Doña Libia es una mujer robusta, morena y con un marcado acento antioqueño. “Soy de San Jerónimo, Antioquia”, dice cuando se le pregunta. Sin ningún rastro de pena en la cara dice que se trasladó a esta zona “por amor”, no sin antes romper en una carcajada.

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Texto: Kevin Marín

Fotografía: Diego Valencia Gómez

José Saramago tiene una frase que es fuente de regocijo y aprobación entre los pesimistas que leen su obra: “Los únicos interesados en cambiar el mundo son los pesimistas, porque los optimistas están encantados con lo que hay”. La recordé mientras un motorratón nos conducía a la casa de una líder comunal, después de pasar la interminable fila recta que conduce hasta la vereda San Isidro, luego de sortear el barrio El Cofre. La frase, después de todo, no era impertinente; pensaba en todos aquellos que por diversos motivos, algún día, tuvieron que entrar en este corregimiento que llaman Puerto Caldas.

5Alberga una población aproximada de 14.000 habitantes y, como muchos otros asentamientos humanos de Pereira, su origen no es nada glorioso, ni brillante. Se convirtió en el foco de ubicación de desplazados por el gran fenómeno de migración en Colombia, la violencia, que, como era de esperarse, no iría a acabar en el nuevo sitio.

Empero nuestra tarea no sería refundirnos como tantos otros que visitan este lugar para hablar de lo evidente, de lo que los políticos y las instituciones públicas parecieran, a pesar de la insistente cantaleta social, no comprender. La desilusión saramagiana se desvaneció al poco tiempo de estar allí, aunque la mirada se concentrara constantemente con un paisaje desolador y una evidentísima ausencia de lo que es la calidad de vida: casas muy pequeñas para estructuras familiares amplias, muchas aún construidas en bahareque, un alcantarillado que, como dice una de las residentes del sector, “toda esa millonada está enterrada en la tierra”, a pesar de las promesas de la Alcaldía municipal de establecerlo allí después de protestas de la comunidad y, lo que revivía el temor de los extranjeros, una sensación de que se entró en zona de conflicto.

Nada de eso, a pesar de lo obvio, es lo que quiero dejar aquí. Con las personas que me acompañaron –un periodista y un fotógrafo– concertamos que queríamos escribir una crónica que fuese muy distinta de los temas recurrentes que suscita Puerto Caldas. Una población que, para volver a lo pesimista, no es ni siquiera conocida por muchas personas de Pereira: algunos, por ejemplo, sostenían que el nombre mismo daba para equívocos y me decían que seguramente se encuentra en el departamento caldense.

Cuando llegamos a la casa de la líder tuvimos la sorpresa que la mujer que nos acompañaría por la zona no se encontraba. Quedando a merced del viento caminamos hasta la Fundación (como la llaman los propios residentes) donde, otra vez a fuerza de esperanzas, esperábamos encontrar una persona que nos sirviera de guía. Nada. Pero nuestra idea inicial se reforzó: justo cuando nos apresurábamos a entrar en la Fundación El comienzo del arco iris, un grupo de ancianos hacía coro alrededor de una mesa cubierta por una enorme carpa. Nos enteramos, a través de doña Emma, la cocinera, que si estaban tantos allí era porque esperaban el almuerzo. Después de un intercambio de palabras, se nos permitió subir el segundo piso que funciona como centro de formación artístico donde la batucada, el teatro, la danza, la música y una modesta biblioteca se refugian de los sonidos intimidantes de las balaceras y las persecuciones. Son voluntarios universitarios y extranjeros los que trabajan allí, según nos informan.

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Ya avisados de la existencia de una huerta en el patio de la Fundación, nos dirigimos hacia ella apenas llegados al sitio donde los ancianos aún esperaban el almuerzo. No hablaban entre ellos, las miradas de muchos parecían ausentes, como recordando. Un calor de treinta y cinco grados abrasaba las siembras de cebolla, tomate, zapallos, yuca, plátanos, sidra, repollo, cilantro y maracuyá; los peces de un pequeño estanque parecían ser los únicos que no se daban cuenta del tiempo de afuera. Esta huerta funciona como una pequeña fuente de alimentación para la comunidad que participa de su cuidado y, por supuesto, para la alimentación de la población más vulnerable. “Todas las verduras se utilizan en esta cocina, y de los maicitos que están por allí –señala a través de una enorme ventana– los vendemos para comprar lo que haga falta”, dice Emma. “Cincuenta almuerzos diarios para los de la tercera edad, y setenta para los niños”, continúa. Justo cuando terminó de decir esto se presentó doña Libia, la señora que de manera voluntaria se prestó para guiarnos por el lugar. “Doña Libia, ¿cuántos niños son?”. “Ciento cincuenta”, responde la guía a través del enmallado de la Fundación. “¡Ciento cincuenta!”, se sorprende doña Emma, no sin cierto pudor, sin mirarnos a la cara.

3Doña Libia es una mujer robusta, morena y con un marcado acento antioqueño. “Soy de San Jerónimo, Antioquia”, dice cuando se le pregunta. Sin ningún rastro de pena en la cara dice que se trasladó a esta zona “por amor”, no sin antes romper en una carcajada. Un solo caso como este nos sirve ya para borrar ese mal que estigmatiza, pues no todos los que resultaron viviendo aquí son desplazados ni han sido víctimas directas de la violencia. El amor la convirtió en una mujer muy productiva y ocupada: cuida y mantiene la siembra de la huerta de la Fundación, vende perros calientes y hamburguesas cuando comienza a caer la noche, hace manjar blanco –cuando caminábamos hacia su casa cargaba al hombro un enorme tronco para la preparación del día siguiente– y tiene uno de los jardines más coloridos del sector: rosamarillas, rosas, novios, campanitas, dalias (a las que consiente con enfática emoción), campánulas y un enorme almendro que produce sombra en gran parte de la casa. Los perros, los gansos y los canarios fortalecen el vínculo emotivo que siente por la casa que ha venido manteniendo desde hace más de treinta años: “Yo vivo nostálgica de esa época cuando el tren pasaba por aquí; recuerdo que me sentaba a esperarlo largas horas y eso sí era una dicha. ¡Ah, ojalá volviera a pasar!”.

Discurre largamente sobre esos años “dorados” en los que seguramente el narcotráfico y la violencia derivada de él apenas comenzaba a florecer. “Aún siento esa sensación que uno tenía cuando iba caminando por estas trochas y de un momento a otro sentía los pitazos y las ruedas del tren aproximándose”. Doña Libia nos interroga largamente, sosteniendo la mirada, como pidiéndonos aprobación.

4Se nos iba acabando el tiempo en Puerto Caldas, pero aún no podíamos irnos sin un testimonio. “Ese fue mi ahijado, yo lo crié”, comentó cuando un muchacho saludaba a doña Libia desde la calle. “Él puede servir para lo que buscan”.  Juan David Ortiz, Juancho, como lo llaman, es un muchacho de diecinueve años que se dedicó a la fotografía después de que su puntaje de Icfes no le alcanzó para acceder a una licenciatura en la universidad. “Y hasta mejor, descubrí lo mío, aunque sí he pensado en volverme a presentar”. Las clases de fotografía las recibió en la Universidad Tecnológica de Pereira, gracias a la ayuda de los líderes comunitarios de Puerto Caldas y de los voluntarios, uno de los cuales fue su profesor. “Las primeras veces que subí la vida en Pereira azara”, comenta, subiendo la mirada hacia los techos de las casas próximas, “después me acostumbré”.  Luego de haber terminado su curso en la universidad, dice que encontró su fuerte: el retrato: “no me gusta nada que no refleje las expresiones humanas, ni sea espontáneo”, prosigue mientras enfoca y nos pasa revisión a cada uno de nosotros con su cámara.

Mucha de la confianza que le ha otorgado la gente del corregimiento a los visitantes ha sido por el esfuerzo de esos líderes y voluntarios, mediante los cuales algunos estudiantes de Artes de la UTP han pintado fachadas y decorado cercas con motivos florales y fauna de la región, hecho que le ha cambiado la cara a la zona y propicia un mejor acercamiento de los residentes de muchas de esas casas con los de afuera.

En ese momento pasa una familia con las herramientas de pesca.

Luego, una mujer en bicicleta se apresura a pintar las porterías de una cancha que la propia comunidad construyó. Pronto será el campeonato veredal.

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El calor insoportable y el viento bravo ya peleaban contra las ramas de los árboles. Los motorratones venían en camino. Doña Libia sacó su teléfono celular para mirar la hora y, como si fuese una adivina, comenzó a sonar cuando salía del bolsillo de su dueña. El timbre era música decembrina de Rodolfo Aicardi. En San Isidro siempre hay tiempo para festejar.

Junio 2015