¿Veía que los plomeros, los obreros, los trabajadores de la construcción o cualquier idiota del común carga un machete al cinto como si esta tierra fuera todavía terreno prohibido por la manigua, o nunca hubiéramos salido de la edad media?

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Por: Camilo Alzate

 “Nunca se ve mejor la tierra propia que con ojos de extranjero”, le dijo una vez José Izquierdo Alzuyet a un colombiano impertinente que fisgoneaba incisivo sobre sus experiencias como español visitante en Pereira, la de mujeres trasnochadoras, querendonas y morenas.

Esta afirmación, acusada de sentidos proféticos, llevó a otras y otras más: ¿Había notado cómo los militares andan asustadizos con los fierros al aire por las calles, igual que en Afganistán, las selvas de la Macarena o El Congo, como si viviéramos bajo un golpe de estado? No, a pesar de haber nacido y crecido en Pereira yo nunca lo había notado. ¿Veía que los plomeros, los obreros, los trabajadores de la construcción o cualquier idiota del común carga un machete al cinto como si esta tierra fuera todavía terreno prohibido por la manigua, o nunca hubiéramos salido de la edad media? (ruborizándome). También yo –a veces, sólo a veces– me terciaba el machete del abuelo por si las moscas. ¿Se fija que todas las mujeres alrededor son hermosas, increíblemente atractivas y ensoñadoras? Sí, creo que lo he notado muy oportunamente. ¿Y ya que venden velas de “espermas de Santa Sofía”, cuando acá la religión se concilió con el sexo y la lujuria? Hombre, don José, esperma en América es sinónimo de parafina, de sebo. ¿Qué si no tenían acá otra emisora que no fuera tro-tro-tropicana la más bacana, sonando a 200 decibeles por todas partes aunque el universo la ignore? No, no me fijo mucho en esas bobadas, aunque le confieso que me gusta la algarabía como a todo Latino, el bullicio, el reggaetón y los temas del Gran Combo.

1José, con movimientos y estilos de caminar que sólo pueden adquirirse en las entrañas del Pirineo, adoptó el desafortunado privilegio de andar a pie por las callejuelas y aceras de Pereira, rodeado de la inmundicia y la voluptuosidad tropical andina de este metedero intermedio en el corazón de la cordillera central. Colombia, mejor esquina de América, ese país tan feliz del mundo, el más de todos. La ciudad a pesar de sí misma había sido llamada “la esquina de los fenicios” por vocación comercial, la Perla del Otún, aunque nadie en la puta vida haya sacado una perla de ese charco. La ciudad sin puertas, es que medio siglo recibiendo campesinos desplazados de todos lados, hasta que la volvieron famosa por andar exportando mujeres al extranjero a precio de libra de ampolleta.

Cuando José llegó a Pereira estaban los burócratas del sello y la mordida jugando a bautizarla (ironía malhechora que sólo cabe en la mente de un enfermo mental) “la región de las oportunidades”.

Desde el barrio Providencia penetró al centro de la ciudad. Contemplando cómo toda se transformaba en altos y recientes edificios, el contraste de modernidad y el subdesarrollo, que asombra tanto a los europeos por estos cagaderos, no fue tan significativo para este vasco. Tenía vivas las épocas en que España era una tierra rural de viejos que conversaban con las ovejas. “Y todavía, todavía”, pensó José. Los paisajes cercanos del Alto del Nudo en algo rememoraban su natal Valle de Baztán perdido en la montaña Navarra, pero no supo por qué. “Si a alguien tendríamos que parecernos en este mundo, es a estos colombianos”, creyó, seguro de tener pocas afinidades con un francés, no digamos ya con un alemán o un ucraniano.

6Las edificaciones inmensas lo acorralaron contra la muchedumbre. El desorden y exótico fluir callejero comenzaron a manosearlo, pero Don José sintió hasta la médula que se volvía invisible. Era un insecto anónimo, inexistente para toda esa confusión que son los centros de las ciudades latinoamericanas cuando alcanzan el orgasmo a cualquier hora. Poco a poco, su figura torpe, miope y con palidez involuntaria, se tornó transparente, diáfana, diluyéndose en el entorno, indiferente para todo aquel marasmo humano. Nadie se fijaba en él. Mejor así, pensó. Dispongámonos ahora a ver nuestra tierra con los ojos de un extraño:

¿Por qué hay en Pereira más librerías católicas y cristianas que de que cualquier otro tipo? No halló una respuesta racional, pero en una librería de usados, con tono donde no quedaba definida la frontera entre chanza e indignación, la dependienta le acusó a él, a José, nacido en pleno siglo XX, de no sé cuántos cientos de años de opresión española en América.

¿Por qué van a la plaza los pensionados a lustrar sus zapatos y esperar que las palomas les caguen encima de la cara? No sabía que muchos ni soñarían con ser pensionados, pero tampoco que las palomas llegaron con los españoles y que prefieren cagarse encima de la cara de Bolívar, por obvias razones, vencedor inenarrable a caballo en su estatua de óxido encuerado.

20¿Por qué el vendedor de mangos no se enjuaga las manos sucias antes de pasarme sonriente los amarillos cascotes de fruta tajada, tan mugrosos como deliciosos? Sin delicarse: acá se convive con coliformes, las tenias, la disentería, la salmonella, la malaria, la inocente lombriz áscaris y otros bichos como si fueran buenos e inofensivos vecinos.

¿Por qué todos, absolutamente todos, me preguntan si ya estoy “amañado” en Colombia? Porque amañarse acá es algo bonito y no esa cochinada que significa para los españoles, ¿entiende?

Observó la pobreza de las calles, las fachadas desvencijadas de casas viejas, los cráteres y catacumbas que se forman en el asfalto, las aglomeraciones de basura en las esquinas o las montañas y montañas de escombros tiradas por ahí como si la ciudad acabase de soportar un bombardeo o un terremoto. Veía en medio de la extrema urbanización lotes baldíos o potreros abandonados. Vislumbró la arquitectura más contemporánea y vanguardista conviviendo con tejados podridos de barro que se hunden uno tras otro. Conoció de primera mano una marea de baratijas chinas que encharca las aceras a precios imposibles y al lado indios emberas descalzos, acabados de arribar del primitivismo, que queda a tres horas en bus. Saludando mendigos y sus sonrisas sin dientes -“bultos que cargan bultos”- se encegueció de lujos y excesos más allá, edificios crecidos por la mañana como maleza, derrochando suntuosidad en la última edición de El Dorado.

80Aunque no quería, José tropezó con el nuevo maquillaje de una ciudad que se coló a la brava en el siglo XXI. Admiró las maravillas de contorsionista, de mago, que hicieron los orangutanes de la planeación urbana en la última década. Un inmenso complejo con una plaza desierta llamada “Victoria” (¿de quién?, ¿contra quienes?). Una calle ciega, mejor, enceguecida, para construir un Centro Comercial. Un mamotreto de cemento con nombre de pintora. Un viaducto faraónico. Un gusano mecánico verde moliendo lo que se meta enfrente. Una descuidada plantación de bolardos y adoquines sucios. José no conocía, no conoció jamás, que todos esos hologramas del progreso se levantaron encima de algunos cadáveres. José no vio las familias desterradas por los rigores de la especulación sobre el suelo, los desalojos policiales, los políticos y funcionarios ensayando para una peli de gángsters, y las constructoras, siempre las constructoras, moviendo los hilos de la economía nacional y otros hilos de marioneta sobre el decorado. Debajo de esos barrancos de escombros quizá quedaron los queseros, los verduleros, los mercados tradicionales, los rebuscadores, los indios que tenían contras para el mal de ojo. Los mendigos con nombre propio, porque eran de toda la vida.

Jamás se ve mejor la tierra propia que con los ojos de un extraño. Haciendo el vuelo de regreso a Pamplona Iruña, en el norte de esa península lejana, no sacaba la nariz de esa cascada de impresiones contrapuestas. Entre tanta imagen con tanto manoseo, entre el agrio de los cabellos de la colombiana que se robaba sus madrugadas, a José le quedó la incógnita de no saber, la incertidumbre sombría de no comprender “si a Pereira la estaban terminando de construir o empezando a derrumbar”.

Tal vez más lo primero que lo segundo, José. Y viceversa.