Uno de los estudiantes, retirado por ahora del programa de Turismo debido a problemas económicos, se afana por limpiar la fuente central de la cual brota el agua salada que emerge de las entrañas de la tierra. 

Con ánimo y sin otro deseo que ayudar, docenas de personas acuden a cada mes al llamado de El Salado, un hallazgo que permanece oculto en la memoria de muchos.

Con ánimo y sin otro deseo que ayudar, docenas de personas acuden a cada mes al llamado de El Salado, un hallazgo que permanece oculto en la memoria de muchos.

Por: Abelardo Gómez M.

Fotografías por Diego Valencia

El ruido rasguea incesante, su presencia es inocultable, aunque la abundancia de arbustos y malezas no permitan verlo desde las ruinas. Es el río, el Consota, así, sin tilde y en castellano. Aquí, entre las ruinas, El Salado de Consotá, con tilde y pleno de reminiscencias quimbayas, sintetiza ante los ojos siglos de historia.

Algunos ladrillos pequeños, de barro cocido, sobreviven a las múltiples depredaciones provocadas por el descuido de los paseantes o, peor aún, por el vandalismo de los necios. Por eso, para prevenir más daños, quienes resguardan el sitio lo cubren con guaduillas tan frágiles como el apoyo de las entidades gubernamentales.

Por lo menos esa es la impresión que resulta cuando cada cierto tiempo, a través del “Laboratorio de ecología histórica y patrimonio cultural” de la UTP, se programan convites para hacerle mantenimiento y darlo a conocer entre los espontáneos que asisten a las convocatorias abiertas. Allí -en medio del asombro y las risas- estudiantes, profesores, amas de casa, periodistas, policías bachilleres y toda una variada fauna de curiosos, hacen lo que pueden con machetes, palines y los dedos de sus manos, esas mismas que parecen revelar otro universo cuando levantan las cubiertas que ocultan ese tesoro de historia que a los ojos de los desconocedores no es más que un hueco con un charco.

Uno de los estudiantes, retirado por ahora del programa de Turismo debido a problemas económicos, se afana por limpiar la fuente central de la cual brota el agua salada que emerge de las entrañas de la tierra. No importa el mal olor, lo hace con amorosa entrega, así tenga la certeza de que en un mes deberá repetir la operación. Luego, como un milagro, la fuente se remoza y aparece ante los ojos expectantes un surtidor denso pero fresco: la sal está de nuevo entre nosotros.

“Sí, es salada”, repite incrédula una chica delgada y alta que tiene la punta de un dedo en sus labios, mientras mira con desconcierto a Rosa Castellanos -pasante de Ciencias Ambientales y una de las líderes de estas convocatorias-, junto con la antropóloga Martha Cecilia Cano y el arqueólogo Carlos Eduardo López. Todos ellos siempre están vigilantes para cuidar que no se cometan errores en la espontánea intervención del lugar.

Martha y Carlos, una pareja complementaria no solo en lo académico, permanecen tan atentos como cuando en su casa llenan enormes termos con café cosechado de la finca familiar, para luego distribuirlo en forma de caliente líquido entre los asistentes. En fin, son diez años de continuo rastreo a este redescubrimiento logrado debido a los buenos oficios de unos pocos viejos campesinos que los guiaron para dar con esta inmensa puerta de la historia pereirana.

Escondido, así permanece El Salado de Consotá. Como avergonzándose de ser ese lugar que marca buena parte de la historia precolombina de la región.

Escondido, así permanece El Salado de Consotá. Como avergonzándose de ser ese lugar que marca buena parte de la historia precolombina de la región.

Cruce con el pasado

Este lugar huele a historia. No hace falta un título profesional para reconocerlo. Es un aroma de cosas idas, también de sabores olvidados, como esas comidas hechas con raíces que saboreaban nuestros ancestros indígenas. Es, también, un pequeño espacio plano y escaso de maleza en medio de cerros que parecen vigilantes, cubiertos todos ellos por árboles inmensos. Cerca del Salado, docenas de platanillos, que invitan a comerlos corriendo cualquier riesgo, aparecen como lanzas de puntas rojas que cuelgan de los tallos.

Todo es exuberante… hasta el sonido producido por docenas de irreconocibles aves; incluso, si se escucha con atención, vuela entre las hojas un temeroso aullido de un mono que se refugia en la espesura del bosque. Todo es primitivo, todo invita al descubrimiento.

Cerca, a menos de 20 metros, está el Consota, que ondula limpio y frío en medio de los bosques nativos y de otros plantíos artificiales impuestos allá arriba, en su cabecera, por la ambición desmedida de las multinacionales papeleras que con cinismo se autonombran como “de Colombia”. El cauce tranquilo invita al nado… pero primero hay que trabajar, luego del almuerzo ya habrá tiempo para sumergirse en ese otro útero ancestral.

Por ahora queda limpiar la fosa inmensa que expone parte de este tesoro que muchos pereiranos desconocen. El pozo, una caldera, el ducto que llevaba hacia la chimenea del horno, todo, se dibujan con trazos deleznables, casi imposibles de concretar para la persona inexpertas, pero claros ante la mirada de los estudiosos que acompañan esta cívica aventura.

La mina de cobre, ubicada a corta distancia del Salado, se encuentra inactiva desde la década de 1940.

La mina de cobre, ubicada a corta distancia del Salado, se encuentra inactiva desde la década de 1940.

Minas, minas

Antes del mediodía, luego de limpiar docenas de residuos dejados por la industria del consumo en los alrededores, parte una pequeña expedición hacia la mina de cobre, una brecha abierta en medio de las paredes verticales de una de las montañas. Pero llegar allí no es tarea fácil.

Los entusiastas que se atreven pronto se encuentran un primer obstáculo: deben cruzar la quebrada El Chocho, un cauce de aguas malolientes que baja contaminado desde su paso por algunos barrios de la Comuna Villasantana. El residuo espumoso alerta del peligro sanitario que se corre si se cae en sus aguas, por lo demás abundantes.

El ingenio y una buena dosis de paciencia salvan el problema. Pronto, ansiosos, todos los de la expedición están al otro lado, en medio de un infranqueable entramado de arbustos y temidas pringamozas. Con machetes y tenacidad, como repitiendo escenas vividas en las anteriores centurias, el grupo abre un sendero que los lleva hasta la orilla del Consota, para luego caminar sobre rocas dispuestas como una invitación al juego del equilibrio. El salto repetitivo a orillas del río queda interrumpido por breves caminatas por una terraza tallada en la roca de la montaña -bajo los arbustos- que aparece y desaparece a cada tanto. Allí es notoria la huella del ser humano.

Sal, cobre y oro… todo ubicado a unos centenares de metros de distancia, facilitaron su empleo para crear la tumbaga, esa amalgama de metales que constituye varias de las más notables piezas Quimbayas.

Sal, cobre y oro… todo ubicado a unos centenares de metros de distancia, facilitaron su empleo para crear la tumbaga, esa amalgama de metales que constituye varias de las más notables piezas Quimbayas.

Luego de buen rato, en un recodo, está la mina: un boquete ojival que conduce a las profundidades de un socavón sostenido por gruesos y deteriorados bloques de madera. Los murciélagos, atemorizados por el ruido y las luces de los invasores, huyen con agilidad. En las paredes, colores verdosos como finas esmeraldas, se combinan con los tintes amarillentos y rojizos de los residuos de cobre. Son décadas de abandono, tal vez más de 70 años, pero allí se siente todavía la intrepidez de esos hombres que arañaban la roca para sacarle de manera avariciosa unas cuantas muestras de cobre.

Como el hambre afana, apenas queda iniciar pronto el regreso. Allí, junto al Consota, al lado del Salado, los tamales y bebidas provistos por los organizadores esperan a los ya satisfechos expedicionarios.

Durante el retorno, pasan por encima de terrenos erosionados y algunos débiles cambuches semiocultos en las orillas de la quebrada El Chocho. Son la muestra palpable de la voraz explotación artesanal para encontrar oro. Pero esa es otra fiebre, motivo de una futura crónica, por ahora sola queda redescubrir los tesoros que El Salado de Consotá guarda en sus entrañas y que Pereira no se afana por ver.