SAN JOSÉ: UNA GUERRA SIN OLVIDO

En este corregimiento del suroriente antioqueño las huellas del ELN y de las autodefensas siguen imprimiendo miedo en las mentes de sus habitantes.

 

Texto y fotografías / Norvey Echeverry Orozco

Los paramilitares del Bloque Metro convirtieron a San José, corregimiento de La Ceja, Antioquia, en una de sus bases para contener el avance de las diferentes guerrillas que se ubicaban en las zonas boscosas del Oriente antioqueño, las cuales tenían intenciones de llegar al altiplano.

La vía que lleva a San José es empinada. Curva, curva y otra curva. Fincas lecheras y de flores. Ciclistas que suben hacia Abejorral, municipio de Antioquia ubicado a dos horas y media de Medellín. Los campesinos sacan maderas y tierra de la montaña. Está el relleno sanitario de La Ceja, del que se escapa un hedor putrefacto. Rancho Triste, un par de curvas más arriba en la montaña, aparece en el paisaje a mano izquierda: es una casa de puertas rojas y paredes blancas, construida en tapia, donde un hombre de unos cincuenta años recoge tierra en una carreta oxidada. Más allá de la casa, está el Valle de San Nicolás con las bien trazadas calles de La Ceja, los plásticos extensos de los cultivos de flores, el cerro El Capiro y los edificios de veinte pisos de Rionegro.

Si las paredes hablaran, como dice el refrán, a lo mejor Rancho Triste y sus alrededores contarían este tipo de relatos: los paramilitares del Bloque Héroes de Granada, al mando de Luis Alfonso Sotelo Martínez, alias “John”, tenían ocho radios de comunicación de marca Icon, frecuencias 5675, 8592, 2715, en los cuales se nombraban como Centella, Dragón y Escorpión, canales de comunicación por donde ordenaban a quién torturar y a quién matar en el Oriente antioqueño.

Si los árboles hablaran, narrarían los últimos segundos que vivieron María Eloina, Wilfredy, Nelson Enrique, Omar de Jesús, Juan David, Julio César y Diego. Los únicos testigos que siguen vivos son ellos –a lo mejor queden algunos por ahí andando en las calles, pero no se atreven a hablar–. Dirían que a María Eloina Chica Ocampo la retuvieron la noche del 24 de julio de 2004 en Rancho Triste y la asesinaron, al día siguiente, las manos de Jader de Jesús Guzmán Rivera, alias “Popeye”, en la vereda Pontezuela de Rionegro, dejando su cadáver a la orilla de la carretera, por supuestamente tener una plaza de vicio en la zona urbana de La Ceja.

A Wilfredy de Jesús Pavas Botero –descrito por su familia como problemático, atravesado y amante de las armas–, dedicado a ser mayordomo en la vereda El Carmen del municipio de El Retiro, lo convenció Martín Elías del Río Patiño, alias “Sebastián”, de acompañarlo hasta Rancho Triste el 8 de noviembre de 2004, donde fue asesinado, por supuestamente estar robando al dueño de la finca donde trabajaba.

El letrero de peligro, pintado con blanco sobre el asfalto mojado, contaría que eran las ocho de la mañana del 13 de diciembre de 2004 en el barrio Palenque de La Ceja, cuando apareció en sus calles una motocicleta conducida por Julián Esteban Rendón, alias “Pocholo”, para invitar a Nelson Enrique Villada Blandón, apodado como “Pilincho”, a dar una vuelta a cambio de dinero. Nunca más volvieron a ver a Nelson en su barrio. De camino a El Tambo –una de las dieciséis veredas de La Ceja–, Nelson se percató de que lo conducían hacia el corregimiento de San José, base de los paramilitares, e intentó escapar. Su fuga fue frustrada por Martín Elías del Río, quien se subió como parrillero en la motocicleta. Al llegar a Rancho Triste, los ojos de Nelson vieron los de Diego Fernando Jaramillo, alias “Geodiondo”, quien lo esposó, trató su cuerpo como una lona de boxeo y lo asesinó. Los paramilitares entregaron su cadáver a los miembros del Ejército Nacional, para ser presentado como un guerrillero muerto en un supuesto combate sostenido entre los militares del batallón Pedro Nel Ospina y guerrilleros del Eln el 16 de diciembre de 2004.

Sector conocido como Rancho Triste, donde los paramilitares cometían sus masacres.

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Ya que el hombre de la carreta, con recelo, se niega rotundamente a hablar porque un habitante del corregimiento, de forma anónima, manifestó que algunos paras se habían vuelto a ver en los establecimientos de San José, que hablen los pájaros que estaban divisando el horizonte desde las cuerdas de la luz ese día y cuenten lo que pasó el 31 de julio de 2004. Los titulares de los medios internacionales decían que George W. Bush, entonces presidente de los Estados Unidos, había jugado fútbol americano. Un grupo significativo de feministas acusaban a la Iglesia de promover la violencia machista. Hashem Aghajari, profesor reformista, se libró de la pena de muerte en Irán tras pagar una fianza cercana a los cien mil euros.

Ojalá la suerte de Omar de Jesús Gutiérrez –ayudante de bus en la empresa Transunidos y carnicero, apodado como “Guerrilla” desde que estaba en el colegio– se hubiera parecido un céntimo a la que tuvo Hashem al otro lado del mundo. Ojalá. Ojalá hubiera tenido un millón de pesos en el bolsillo el día de su muerte, para intentar convencer a los paramilitares de que él era inocente. El 31 de julio de 2004 a las cinco de la tarde, hora en la que su vida coincidió con la falta de resultados que necesitaban dar a sus oficiales los integrantes del Ejército Nacional de Colombia, fue bajado del autobús que manejaba Javier Chica Osorio y retenido por los paramilitares John Mario Carmona Rico, alias “Chaco” y Diego Fernando Jaramillo Jaramillo, alias “Gediondo”. Lo esposaron. En Rancho Triste, adonde fue trasladado, lo entregaron a cuatro integrantes del Ejército Nacional, quienes se lo llevaron en un camión; luego dijeron en la prensa y en sus informes que era un guerrillero abatido en Altos del Oriente, sector El Pinar, Medellín, con un revólver en la mano, un tipo peligroso. Ni peligroso, ni guerrillero –tal vez de apodo, nada más–, ayudante de buses y carnicero en Abejorral, esos eran los oficios que desempeñaba en la vida Omar de Jesús.

Virgen del Carmen a un costado de la vía

A un costado de la vía está un altar a la Virgen del Carmen. En el piso hay dos ramos, uno de girasoles y otro de hortensias. El altar, por lo visto, no lleva mucho en el sitio, pero si hubiera estado construido el 19 de diciembre de 2004, los ojos de la virgen hubieran visto pasar a Juan David Echeverry Molina, apodado como “Chayane”, en los últimos minutos de su vida. Seguramente, al ver el altar –de haber estado construido–, Juan David se hubiera echado una bendición y le hubiera suplicado a la virgen que lo protegiera de Arley Alexander Patiño Ríos, alias “Peligro”, Yamid Alzate Correa, alias “Cachama”, Julián Esteban Rendón Vásquez, alias “Pocholo” y Martín Elías del Río Patiño, alias “Sebastián”, quienes, al legar al sector conocido como Romeral, en San José, lo golpearon, lo ataron a un poste como a un cristo y le amarraron una piedra a sus testículos en el momento que intentó huir. Todo, como declaró Luis Alfonso Sotelo Martínez en una audiencia, porque “era un travesti de La Ceja quien llevaba niños para peluquearlos y los violaba”. Cuando estaba muerto, cuando no le quedaba dignidad, cuando su cuerpo se desplomó en el piso, sus verdugos lo entregaron a los miembros del Ejército Nacional, quienes lo presentaron como un supuesto guerrillero dado de baja el 23 de diciembre de 2004, después de un supuesto combate sostenido entre guerrilleros del Frente noveno de las Farc con los soldados del batallón contraguerrilla número cuatro, del grupo mecanizado Juan del Corral, en la vereda Manzanares del municipio de Sonsón, Antioquia, a más de setenta kilómetros de su lugar de residencia.

En versión libre, el exjefe paramilitar Ricardo López Lora, alias “La Marrana”, aseguró que las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá (AUCC) llegaron al Oriente antioqueño por orden de Vicente Castaño, para contrarrestara diferentes frentes de las Farc (noveno y 47) y el Eln (Carlos Alirio Buitrago) quienes venían atacando la infraestructura energética, realizando atentados a municipios y secuestros a pobladores pudientes. Así lo referencia Verdad Abierta en el artículo Vicente Castaño llevó las Aucc al Oriente antioqueño, publicado en octubre de 2009: “Desde La Ceja, López Lora comenzó a controlar las operaciones paramilitares en buena parte de los veintitrés municipios que integran el Oriente antioqueño, una subregión rica en recursos hídricos, atravesada por la autopista Medellín – Bogotá, donde está asentado el aeropuerto José María Córdova, con grandes extensiones de tierra dedicadas a la agroindustria y con uno de los más altos costos de la tierra por metro cuadrado del país. López Lora explicó que para controlar estos territorios tuvo bajo su mando por lo menos a doce hombres en la zona urbana y a otros cuarenta en la zona rural”.

 

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Después de Rancho Triste hay un desvío a mano derecha por el cual se llega al corregimiento. Han pasado dos años desde que la vía fue pavimentada, con la intención de conectar el Oriente antioqueño con el Eje Cafetero, sin tener que ingresar a Medellín. La vía es angosta. Casas campesinas –algunas de ellas, según el relato de una mujer, donde asesinaron a familias completas por negarse a pagar vacunas (extorsiones), o negarse a obedecer las órdenes que dictaban los paramilitares–. Cultivos. Clima agradable. Por el camino solitario transita una que otra motocicleta y camina también “Nariz de Espada”, habitante de calle reconocido en la región que, seguramente entre 1996 y 2005, no podía aparecerse por el camino que lleva a San José como lo hace actualmente, porque, casi con seguridad, lo hubieran presentado como una peligrosa baja guerrillera. En las puertas de las casas, a medida que el camino conduce al destino, hay letreros donde se anuncia la venta de cremas y de tapabocas.

Media hora se tarda llegar a San José, en carro particular, desde el casco urbano de La Ceja. Aparece a lo lejos: se ve un caserío. Más lejos todavía, en la montaña de en frente –donde actuaban los guerrilleros del ELN–, se alcanza a divisar el empinado Montebello, municipio del suroeste antioqueño. Hace sol, pero no mucho. Como la mayoría de corregimientos en Colombia, San José es aburrido, es como si la vida estuviera pausada. Pocos carros, pocas bicicletas, pocas motos; algún caballista, algún niño y, eso sí, por lo menos diez ojos mirando de pies a cabeza –escondidos entre las cortinas y los arbustos– a los desconocidos visitantes que se acaban de bajar de un automóvil al frente de la capilla.

San José está atravesado por una sola calle y cubierto de neblina en días como este primer viernes de octubre de 2020. Tiene cantinas –donde los paramilitares, según el relato anónimo de una mujer, amanecían gritando vallenatos y rancheras en fiestas con todo el volumen–, estación de gasolina, supermercado, dos puestos de salud, estación de Policía, colegio –que, más que colegio, se parece a un contenedor–, cancha sintética, capilla y tiendas de ropa. Por lo menos la capilla, a las doce del día, tiene las puertas cerradas. Cuatro mujeres, tres casas más allá del quiosco central, juegan en una mesa de plástico lo que parecen ser cartas. Al hombre del quiosco le compro mecato, poniendo en práctica la técnica que algún día me enseñó un profesor experimentado de periodismo: cuando el tema sea espinoso, rompa el hielo comprando, si se puede, o sino, entonces dedíquese a hablar de manera discreta de otros temas, como el clima o el paisaje, para así llegar a lo que se necesita hablar. Pues bien, necesitaba hablar del pasado oscuro de San José. Un bombón, por favor, le digo. Me lo entrega. Pago. Le pregunto cómo está el corregimiento. Dice que bien de mala gana, como vislumbrando mis intenciones. El hombre que atiende la caseta de los dulces, vestido con un chaleco gris, a tres pasos de la capilla, se niega rotundamente a ser entrevistado. Solo comenta que una vez los paramilitares lo metieron en un enredo por culpa de una factura de servicios públicos. Nada más. Tengo mucho trabajo, comenta, ya casi llegan los clientes, agrega, sin que se vea todavía el primero.

Es entendible su miedo, porque a los que hablaban en San José los mataban por ser chismosos, o sapos, o traidores a la causa que defendían los paramilitares la cual imponía el orden asesinando a los borrachos y a los drogadictos –así muchos integrantes de los paramilitares en Palenque, el barrio marginal de La Ceja, los vieran comprando y consumiendo bazuca y marihuana, como lo hizo saber Camilo Andrés, un jibaro del sector– y a cualquiera que se interpusiera en ese orden de miedo que habían sembrado. Ellos, con sus armas, decidían quién vivía y quién no, como si fueran los dioses.

Vea, vaya entreviste a ese señor que va ahí, dice el hombre de la tienda. Voy detrás del campesino de botas, sombrero y zurriago, convencido que es un paisa hablador. Tiene pinta de paisa hablador. Le digo quién soy. ¿Lo puedo entrevistar?, agrego, cansado de las negativas que había recibido anteriormente. No, yo igual no estuve en ese tiempo por acá, yo me fui, responde, yéndose con pasos afanados, con miedo. En San José buena parte de la gente no quiere ser entrevistada. Los únicos que cantan felices son los pájaros –en alguna parte están, no los logro ver desde la casa parroquial, pero están, porque se escuchan fuertes–, ojalá existiera un invento humano que me tradujera lo que intentan decir. ¿El horror, el estigma, el miedo, la zozobra de la que fueron víctimas los habitantes del corregimiento? No sé, tal vez, algo de eso quieren que quede en mi grabadora.

Espero a Irene, una mujer que sí está dispuesta a contar lo que pasó en San José. Mientras, para evitar el contagio de la pandemia que azota al mundo, decido ir hasta los baños del colegio y lavarme las manos, encontrándome no agua, sino pantano. A pesar de no tener buen acueducto, el corregimiento cuenta con una cancha sintética pública, rodeada por mallas. Sigo esperando. Mientras Irene llega, apunto en mi libreta lo que logro observar desde el segundo piso del colegio: la valla roja donde la administración local asegura que la zona rural es su compromiso, la montaña a la que le han sido arrasados la mitad de los árboles, la casa campesina amarilla con un guadual al lado. Salgo del colegio. Camino por la calle central. Casas con fachadas verdes, blancas, rojas, amarillas, azules. Decido seguir caminando, así los habitantes me miren como si fuera un extraterrestre. Está un taller de motos, una iglesia evangélica, la ferretería El Regulador, la cafetería Dulce Tentación, el supermercado Don José. Decido regresar.

Para Juan José Ossa, máster en Conflicto y Paz de la Universidad de Medellín, lo que sucedió en San José fue “un conflicto donde hubo un dominio de un actor específico que era el paramilitarismo. Digamos que ellos (los habitantes) identifican la llegada del paramilitarismo más o menos por el año 97, cuando al corregimiento empiezan a ingresar personas foráneas del territorio y empiezan a aparecer en las fachadas de las casas mensajes alusivos a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Es hasta el 98 cuando entran a tomar posesión y dominio del territorio esos grupos. Es básicamente generar terror para lograr cohesión social, porque la población civil es en últimas un medio para tener el control del territorio y a la vez un fin. En la misma medida que vos controlas a la gente, controlas sus recursos, controlas el territorio y controlas un montón de dinámicas sociales, políticas y económicas que se desarrollan ahí”.

Las palabras de Juan José se asemejan a las que dice la tesis de maestría Las formas de la soberanía en el corregimiento San José – La Ceja, 1998 -2005. Incursión, instalación y desmovilización del Bloque Metro de las Autodefensas Campesinas de Córdoba y Urabá, realizada por Sirley Yesenia Muñoz Murillo, donde se lee: “Las primeras apariciones de los hombres armados en el corregimiento fueron silenciosas. Los habitantes de las diferentes veredas recuerdan haber visto algunos hombres uniformados y armados transitando desde 1997 por los caminos. Al respecto, un funcionario de la alcaldía, entrevistado por El Colombiano en 1998, señalaba: ‘Allí hace presencia un grupo de cerca de cien personas, uniformadas y con armas. La gente lo ha reportado, pero la Fuerza Pública existente en la cabecera urbana es insuficiente para hacer frente a esa situación pues solo hay catorce policías’. Esta presencia se hizo más frecuente y tuvo un punto importante en diciembre de 1997, cuando hombres de civil, encapuchados, llegaron en moto a diferentes veredas para pintar con aerosol las fachadas de las casas con letreros que decían ‘muerte a sapos, guerrilleros y colaboradores de la guerrilla’”.

Fachada del colegio, centro del corregimiento.

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Irene, vestida con camisa negra, está en el colegio acompañada por Yurledi, su hija. Me presento. Nos sentamos en tres pupitres de un salón. Comienza a contar su vida.

–Arranque el carro, pero no mire para atrás –le advirtieron los paramilitares del Bloque Héroes de Granada a su esposo.

Era de noche. El esposo de Irene miró por el retrovisor central del carro, encontrándose un hombre joven amarrado en la parte posterior, con la cabeza cubierta por una tela oscura, en el que transportaba a los habitantes del corregimiento.

–No, hasta aquí llego yo, no voy a hacer esto –les dijo temblando.

Lo miraron sin pronunciar palabra. Él agregó:

–Mátenme a mí también, pero yo no voy a hacer esto.

Como lo conocían, le dijeron que bueno, que tranquilo, que se podía ir. Soltaron al joven del carro (al que seguramente, después de torturarlo con sevicia, lo mataron). Cuando llegó a la casa su esposa lo vio asustado. Estaba pálido. No era capaz de hablar. Más o menos una hora después contó lo que le había pasado. “Eso era muy delicado. Con esa gente uno se atenía a cualquier cosa”, comenta Irene.

En su infancia, en 1980, San José tenía pocas casas y mucho monte. Las familias eran muy unidas en las diferentes celebraciones del año. Cuando se salía de noche no existía ningún miedo. Con el conflicto, recuerda, los primeros que aparecieron fueron los integrantes del Eln, quienes, de manera gradual, fueron llegando a las fincas cafeteras. Se presentaban y pedían trabajo. Al tiempo, aparecían más hombres y decían que eran sus hijos o primos. Eran muy buenos para recolectar las cosechas. A su casa también llegaron. Nunca les vio un arma, solo cargaban machetes. Hacían, según ella, la inteligencia: quién era el dueño de la finca, cuántos vivían en ella, qué animales había, quién tenía plata. Con el paso del tiempo, se comenzaron a ver grupos de cinco y seis hombres con pañoletas, los cuales, si llegaban a ver una casa desocupada, la pedían prestada. Poco antes del 2000, las familias se negaban rotundamente a recibirlos para evitar los problemas con los paramilitares, quienes ya hacían presencia en la zona y habían empezado con sus masacres. Siempre, antes de asesinar a los supuestos colaboradores guerrilleros, llevaban a cabo torturas que consistían en cortar los dedos o la lengua de sus víctimas. Después de cometer sus fechorías, llegaban a algunas viviendas, ensangrentados, a que los dejaran duchar y lavar la ropa en los lavaderos. Irene con su familia, cuando llegaban, agachaba la cabeza. Se ponía a rezar y a preguntarle a Dios hasta cuándo iba a ir tal situación. En el momento que se iban, bañaban la casa con agua bendita, para que las almas no quedaran por ahí penando. Esa misma noche, o al día siguiente, se escuchaban los rumores que decían haber encontrado un hueco donde habían enterrado una víctima. Como lo manifestó una mujer diferente a Irene, pedían palas prestadas a los campesinos para excavar las fosas de sus víctimas.

Los paramilitares eran más agresivos que los guerrilleros: entraban a las casas, sin permiso, y pedían las motos prestadas. Muchos decían, así se pusieran bravos, que estaban varadas. Las regresaban tiempo después, pero convertidas en chatarra. Por esa situación fue que las motos en San José fueron escondidas en el monte y en las piezas. “Uno tenía que tener dos partes: una buena y otra mala, porque si se la llevaba a la mala, la tenía uno a la mala, pero si iba a lo bien con ellos, todo bien”, comenta Irene. En el 2000 no había escaleras –como llaman al transporte colectivo que en otras regiones denominan chivas– porque el transporte era muy poco, por eso los viajes se hacían en tres carros Nissan. A su esposo, el conductor de uno de ellos, lo llamaban a cualquier hora a pedirle el transporte para un jefe de un lugar a otro, o que tenía que ir por un mandado de mercado, o por armas o uniformes o un muerto.

–¿Usted perdonaría a esas personas? –le pregunto.

–Sí, igualmente lo que digo yo: todo el mundo tiene consciencia y es la más importante. Yo a juzgarlos no me serviría para nada, porque me lleno como de odio, de resentimiento y eso así. La consciencia nadie puede con ella. Usted para fallarle a su consciencia no es capaz, sabiendo que usted sabe que tarde o temprano su consciencia cobra.

Única vía de San José, por donde transitan los campesinos.

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Teresa, como se llamará en esta historia, tiene los mejores recuerdos de San José en su juventud: los encuentros de baile con su novio en el colegio, donde, por medio de una radiola, complacían a los enamorados. Los viajes en mula hasta Rancho Triste, para salir a La Ceja. Las noches sin luz. Los sembrados de maíz y frijol en abundancia que en la actualidad casi han desaparecido. Pero, así como tiene los mejores recuerdos, también tiene los peores, esos que le duelen revivir: el sobrino que se lo llevaron los paramilitares para pasarlo como falso positivo; la historia de amor de su hija mayor, quien se enamoró de un paramilitar; el asesinato de don José y su familia, dueño del minimercado que, en su memoria, lleva su nombre; la vez que la enfilaron, en una de las heladerías, y mataron delante de sus ojos a un borracho que se opuso; los muertos que arrastraban con las cadenas de los carros; su desplazamiento; las casas del corregimiento donde nadie ha sido capaz de volver a vivir porque asustan. En fin. Son tantos los recuerdos, que, en vez de una crónica, se necesitaría el espacio de un libro. Su sobrino trabajaba en la cafetería, lugar al que ingresaron los paramilitares para retener a tres jóvenes. ¿La causa? No sabían. Eran ellos y el que se atreviera a preguntar el por qué se ganaba el primer disparo. Los subieron a un camión. Teresa se fue corriendo hasta la casa de una de sus hermanas.

–Venga, vino una gente y se los van a llevar en un carro –le dijo.

Su hermana salió hasta la cafetería, suplicando que no se los llevaran. No le hicieron caso. Arrancaron.

Llamó al secretario de Gobierno del municipio y le contó lo que había pasado.

–Cómo le parece que a mi hijo se lo llevaron –le dijo.

Cuando llegaron al lugar donde los iban a descargar en La Ceja, el secretario dijo que el joven que estaba subido en el camión era ahijado de él.

–¿Cómo así? –preguntó el paramilitar.

Los bajaron. Todo indicaba, según Teresa, que los iban a pasar como falsos positivos.

“Los paramilitares mataban marrano y celebraban el día del campesino. Una iba al corregimiento y tenía que convivir prácticamente con ellos. ¿Qué más íbamos a hacer? Si una les mostraba miedo a ellos era peor. Subían a las casas por pollos de engorde. Unos pagaban, otros no”, dice.

Teresa vive cerca del corregimiento. El novio de su hija, un paramilitar, llegaba a pocos metros de su casa y se la llevaba, a pesar de que ella, con dolor e insistencia, le suplicaba que no se fuera. Tenía veintitrés años y estaba enamorada. Cuando su hija quedó en embarazo de una niña, Teresa se dedicó a maldecir el mundo. Actualmente el hombre lleva trece años en prisión.

Las muertes que más le duelen son las de José Tobón, Rosalba y José David, la familia dueña del minimercado donde su padre fiaba las legumbres y los granos que llevaba a la casa y pagaba a final de año. Dice, con desconsuelo, que de no ser por los mercados fiados de don José ella y sus hermanos no se hubieran criado. A don José lo asesinaron en La Ceja, de camino a San José, cuando se desplazaba en su carro azul oscuro, por negarse a pagar vacunas (extorsiones). A Rosalba y José David los asesinaron en Rancho Triste. Primero a Rosalba, como le han contado a Teresa, después a José, para que viera cómo le disparaban a su madre.

No recuerda con exactitud la fecha de sus muertes, pero, por ese tiempo, uno de los paramilitares llegó hasta uno de los negocios que ella tenía con otras amigas del corregimiento, donde vendían los productos que cosechaban. Su intención: cobrar una vacuna de cincuenta mil pesos.

–Nosotras no le vamos a pagar nada –le dijeron.

A los días, le hicieron llegar una carta al jefe, firmada por todas, donde le decían que no tenían plata para pagarle. Nunca más les volvieron a cobrar.

Otro de los recuerdos que la atormentan, sucedió en la cafetería de su sobrino. Había buena gente en las mesas. Llegaron los paramilitares pidiéndoles que se enfilaran (siempre que hacían enfilar, era porque iban con la intención de matar). Uno de los jóvenes que estaba, algo borracho, les gritó: “¡Yo no les tengo miedo!”. No demoraron más de tres segundos para llevar las manos a los cintos y matarlo delante de los demás.

Comentan entre los habitantes de San José, asegura Teresa, que en una casa de La Tablilla asustan, se oyen lamentos, porque en ella asesinaron a muchas personas. Incluso, en días pasados, se vio a los integrantes de la Fiscalía exhumando cadáveres. El día de 2005 que los paramilitares se desmovilizaron, su dolor no terminó, porque su hija mayor decidió irse con su enamorado a los Llanos Orientales. Le mandó el pasaje y ella se fue. “Nunca más la volveré a ver”, se decía, sin saber su paradero, porque ella no le había dejado por escrito cuál era su destino, ni tampoco se animaba a llamarla. De camino a San José la veían llorando por su hija. Fueron dos meses eternos. Su dolor se calmó, en el momento que una amiga en común le comentó que su hija estaba bien.

Cualquier visitante no cree que en San José se cometieron tantas atrocidades. El paisaje invita a la paz, no a pensar que, tal vez, en el muro donde uno está sentado fue torturado un ser humano. Me quiero quedar con las palabras de Yurledi, la hija de Irene, de quien un jefe paramilitar denigró por el hecho de ser niña y no niño cuando su mamá asistió a un control rutinario de su embarazo en el centro de salud: “En el corregimiento hay muchos jóvenes con talentos. De ese tiempo tan duro que se vivió, a la realidad que estamos viviendo actualmente, es un cambio muy drástico”.

Salgo de nuevo en el carro, mirando por las ventanillas los paisajes bañados por la lluvia, siendo consciente de que, a lo mejor, en cada curva del camino alguien vivió los últimos minutos de su vida.

@norveyorozco