Anhelo volver a marearme en la serpenteante vía que nos llevaba a Marsella a curarnos de todos los males con un “Danilito” y alocadas conversas a la luz y la risa de buenos amigos, sentir el rocío de los días lluviosos subiendo en moto desde Puerto Caldas…

Foto de Andrés Felipe Rivera

Foto de Andrés Felipe Rivera

Por: Luis Carlos Ramírez Lascarro

Hace un par de años, cuando compartía con los Locos de su Luna, el poeta Giovanny Gómez nos proponía hacer un ejercicio de pertenencia por o con la ciudad de Pereira… No lo pensé mucho. En realidad esa respuesta debía venir del corazón. A mí, un extranjero en esas tierras cafeteras, que tuve que cruzar valles, llanuras, ríos y montañas para llegar a allí, con mi carga hereditaria de otros antepasados, otros paisajes, otra cultura, otro clima y otras variantes de la lengua, la rotonda que une la Vía del Pollo con la Avenida de las Américas y la Avenida Treinta de Agosto, conjugándolas en la Vía Panamericana, me hacía sentir en casa, no solo por su cercanía a mi lugar de residencia, sino a mi lugar de trabajo y a todas las cosas buenas que había venido significando Pereira para mí.

Yo he sido una suerte rara de gitano en los últimos años, por causa de mi trabajo. Nunca un desarraigado. Sin embargo, después de un largo tiempo fuera de mi espacio, de mi hábitat natural, hacía falta la tierra y todo lo que con ella trae. Volví a casa, al Caribe, emocionado, y en Pereira dejé a la que hoy día es mi esposa.

Jamás pensé en llegar a extrañar esa ciudad tan amable y variopinta por sí misma.

Mi mejor amiga por esas latitudes, hace poco menos de un año, me decía que mi nostalgia por Pereira era por mi esposa, por tener a mi esposa allí y el tiempo demasiado largo sin verla: mi esposa emigró también. Es ella quien desde hace un tiempo enfrenta un nuevo mundo al cual no le ha sido fácil adaptarse, ante todo por la temperatura, a veces infernal… No sé si volvamos, no sé si del todo. Espero volver: volver a abrir la ventana y ver respirando al nevado desde atrás del aeropuerto en una mañana de domingo en Belmonte o sentir el ronronear del río Otún entre las piedras y los guaduales, lamiendo las bases del viaducto, arrastrando las aventuras y los amoríos de quienes se lanzan y adentran a buscar sus inicios por La Florida, La Suiza y más allá.

Tomada de Radio Humanet

Tomada de Radio Humanet

Anhelo volver a marearme en la serpenteante vía que nos llevaba a Marsella a curarnos de todos los males con un “Danilito” y alocadas conversas a la luz y la risa de buenos amigos, sentir el rocío de los días lluviosos subiendo en moto desde Puerto Caldas y el golpe seco y caluroso del río Cauca somnoliento, antesito de entrar a La Virginia y sus cañadulzales. Quiero volver a ver sus bombillas titilar mientras yo tirito de frío y de miedo en un recodo de la vía a Arabia y Altagracia. Quiero volver a remar en el Parque Lago de La Pradera, humear mientras espero a que me pasen mi chorizo en la Avenida de las Araucarias, justo antes de ir a renovarme de cuerpo y alma en los bellos termales de Santa Rosa. Quiero volver a recorrer la calle diecinueve, desde el Parque Olaya Herrera hasta la Clínica Risaralda y por allí tomar la carrera quinta hasta estrellarme con el cementerio San Camilo, bajar por la sexta y comerme unas costillitas en Czardas antes de volver a mojarme las abarcas en El lago Uribe y echar madres por el berrenchín inmarcesible en las patas del caballo del Bolívar empeloto que le pone el culo a la alcaldía.

Hace falta tomarse unas amargas en El Pavo o en el Rincón Clásico, al calor de unos buenos poemas o mierda literaria, filosófica y política, antes de irse a escuchar algo de Rock en Oz, meterse un postrecito en La Lucerna o un expresso doble en Marruecos o en Arakataka y salir a echar una tacada en Anarkos, justo frente al Banco de la República donde casi siempre nos reuníamos los del Viaje de la Poesía. Hace falta la enorme y burbujeante librería Roma y hasta la horrible y emblemática Plaza Victoria, la paz y quietud del Lucy Tejada en medio del barullo de los mercaderes de todo tipo, transeúntes y demás especímenes de la fauna urbana que pululan a su alrededor. El grupo de lectura del piso veintiuno del edificio del Diario del Otún con el cual descubrí la cara amable, culta y pluriversa de Pereira y que en la biblioteca Ramón Correa se puede ir a leer las veinticuatro horas del día. Extraño los jugos de La Jarra y el olor de los árboles y la tierra mojada de los senderos de la UTP. El vibrar escandaloso del parque Guadalupe Zapata bajo el cual roncan los articulado del Mega antes o después de haberse deslizado por las Curvas del Diablo. Extraño los atardeceres dorados vistos desde Naranjito hacia el Valle del Cauca y el Quindío, tanto como los verdeoscuros desde Padre Valencia hacia Manila y el Nororiente.

Extraño el olor del café recién tostado y la textura de la tierra empinada bajo mis pies dubitativos al enfrentar la montaña, el Cerro Batero que me ayuda a ubicar la cabaña de mis suegros al llegar a Quinchía y a este querido pueblo, tan golpeado, desde las muchas montañas que lo rodean.

Extraño a Pereira como se extraña a un amor, con todo y con toda. Ciudad sin puertas, de inquietudes y tendencias dispares, de oportunidades y posibilidades abundantes. Enérgica. Vibrante. Adolescente. Soñadora. Pujante.

A veces, la recuerdo con algo de tristeza, a veces quiero salir corriendo a buscarla y tragármela de nuevo, como me pasa con Cali o con Barranquilla y con el centro de Bogotá y de Cartagena, pero mi remembranza, mi extrañamiento, va mucho más allá de la tristeza que a veces me asalta y se centra y se concentra en los recuerdos gratos que diluyen el tiempo y el espacio, y me vuelven a tener en una esquina con mis amigos, que son lo que más extraño, charlando, jugando, riendo, caminoteando, leyendo, comiendo y tratando de construir ciudad a veces sin pensarlo.

Te extraño, Pereira. ¿Nostalgia matecaña? No. Saudade, diría mi amigo Oquendo. Saudade.