En Colombia, el oso aparece en la moneda de cincuenta pesos, que es la de menor valor; seguida por la de cien, donde figura el frailejón, el arbusto emblemático de los páramos.

Nadie puede certificar que sea un oso –explica Fernando Bermúdez–. Aquí en la cuenca dicen que han visto hasta leones y elefantes, pero para que una institución de conservación ambiental pueda certificar se necesita una huella. Fotos Archivo

 

Por: Camilo Alzate González

Las plataneras de Luz Mila estaban rasgadas en filamentos como si alguien hubiese tumbado las matas al piso y rayado la corteza con un rastrillo. Comentaron la cosa con los vecinos y supieron que había plataneras dañadas en varias fincas a la redonda. Lo raro, dice Luz Mila, era que los racimos siempre aparecían intactos. Sin duda no era obra de los ladrones, se trataba más bien de algún ocioso dañino o de esos animalitos del monte. ¿Pero qué animalito tiene tanta hambre como para tragarse setenta cogollos de plátano en una semana? Fue entonces cuando alguien dijo que había visto un oso de anteojos.

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–Nadie puede certificar que sea un oso –explica Fernando Bermúdez–. Aquí en la cuenca dicen que han visto hasta leones y elefantes, pero para que una institución de conservación ambiental pueda certificar se necesita una huella. No es porque aquel dijo o aquel otro vio. No. Se necesita una certificación válida.

Fernando Bermúdez es funcionario de Parques Nacionales. Lleva veinte años en la institución y doce como guardabosques del Santuario de Fauna y Flora Otún Quimbaya, uno de los parques más pequeños del país. El Santuario comienza en la vereda La Suiza, al oriente de Pereira, y protege una zona de poco más de 400 hectáreas de bosques andinos en la cuenca media del río Otún y también algunos terrenos que colindan con los nacimientos de los ríos Consota y Barbas, donde los campesinos siguen diciendo que anda suelto un oso de anteojos.

Hasta ahora, asegura Bermúdez, sólo hay rastros dudosos que no son concluyentes. Según él, los funcionarios de la Corporación Autónoma Regional del Risaralda visitaron el lugar y tampoco quedaron muy convencidos de que se tratara de un oso. Pero El Diario del Otún del 7 mayo informó lo contrario: “tras las visitas de campo efectuadas por el equipo de biólogos de la corporación a la zona se determinó debido a los rastros y huellas encontradas que se trataba de un oso de anteojos”.

Bermúdez sostiene algo que los ecologistas sospechan desde hace años: que los osos parecen haber desaparecido de la cuenca del río Otún mucho tiempo atrás. Gustavo Marín, el veterano guardabosques fallecido en 2016, recordaba que uno de los últimos ejemplares de la región fue un cachorro que había crecido en cautiverio en el refugio de La Pastora y posteriormente fue liberado. Debido a eso el animal era manso y le gustaba acercarse a los turistas para que le dieran panela, era normal encontrarlo en el camino sin que se espantara. Un día, a mediados de los noventa, unos cazadores lo mataron de un tiro en la cabeza.

La Pastora hace parte del Parque Regional Ukumarí, también sobre la cuenca del río Otún, al oriente del Pereira. Allí la Fundación Ecológica Autónoma implementó un programa de reproducción de osos andinos con ejemplares rescatados de circos o recuperados en diferentes partes del país luego que los cazadores mataran a sus madres. Este programa fue adelantado entre 1986 y 1991, pero fracasó por falta de fondos. En idioma quechua Ukumarí significa “con la fuerza del oso”.

Los registros más cercanos de estos animales en la región se han dado cerca al Nevado del Tolima y en las partes altas de Salento, donde estudiantes de la Universidad del Quindío monitorearon distintos ejemplares en la quebrada Cárdenas. En la cuenca del río Otún el último registro ocurrió hace 15 años. En 2007 se montó un rastreo con ayuda de la Wildlife Conservation Society y casi medio centenar de personas trabajaron en ello, pero fue imposible hallar presencia de estos animales en la cuenca. No obstante, el año pasado apareció un puma, otro animal que llevaba 15 años sin registros en la zona. Aquello es un indicador del excelente estado de conservación de la cuenca, y en general de toda la zona de amortiguación del Parque Natural de los Nevados, el área protegida más grande del centro occidente de Colombia, que surte de agua a más de dos millones de personas.

–Si el oso está, es una muy buena noticia –añade Bermúdez–. Pero hasta ahora solo hay versiones de que lo han visto. Nada es concluyente.

Las plataneras destruidas, asegura Bermúdez, podrían ser obra de las garras de un perezoso o del mono nocturno, un pequeño primate que también habita en la región.

A media noche los hermanitos Quirama escucharon un chillido extraño. “Mamá” –dijeron– “¿qué es eso que hace como una marrana?”.

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La casa de los hermanitos Thalía y Brayan Quirama es un pequeño rancho de guaduas frente a la cancha de fútbol de la vereda Estrella-Morrón, donde se bifurca la carretera. A la izquierda, catorce kilómetros hasta la Universidad Tecnológica de Pereira, siempre junto al cañón del río Consota. A la derecha, siete kilómetros atravesando el Alto del Chocho hasta la Comuna de Villa Santana, uno de los sectores con los barrios más empobrecidos de la ciudad. A media noche los hermanitos Quirama escucharon un chillido extraño. “Mamá” –dijeron– “¿qué es eso que hace como una marrana?”. Pero ella no quiso salir de la casa y a los niños les dio temor mirar que pasaba afuera. Al día siguiente encontraron el gato destripado junto a la carretera. Todo el mundo creyó lo mismo: “fue el oso”.

A esta historia se sumó la imagen de un oso de anteojos que comenzó a rotar por WhatsApp cuando un vecino de la vereda dijo haber fotografiado al animal en una finca junto al río. Sin embargo, la foto es igual a cualquier imagen bajada de internet y no tiene referencias al paisaje aledaño que permitan deducir que de verdad fue captada en la zona.

Después, otra señora llamada Nelly aseguró haber visto cómo un árbol de plátano en su finca se derrumbó de repente mientras un bulto negro se escabullía por la cañada. El plátano tenía el cogollo comido y el racimo intacto. Por eso los vecinos de Estrella-Morrón organizaron el 16 de junio una reunión con la CARDER, la autoridad ambiental del departamento. Anotaron en una lista a quienes habían perdido matas de plátano y reclamaron que alguien les pagara por los daños. Los funcionarios estuvieron en la cañada buscando al animal aunque todo fue infructuoso. La gente regó el rumor de que había cámaras ocultas de fototrampeo instaladas en el monte.

“O sea que el que lo mate se jode”, sentenció un campesino.

Los funcionarios estuvieron en la cañada buscando al animal aunque todo fue infructuoso. La gente regó el rumor de que había cámaras ocultas de fototrampeo instaladas en el monte. “O sea que el que lo mate se jode”, sentenció un campesino.

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Algunos científicos estiman que en toda América del sur quedan apenas unos 20.000 osos de anteojos. Otros aseguran que la cifra es incierta, pero que las mayores poblaciones podrían hallarse en Perú y Colombia. Un documento de la Fundación Wii y el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF por sus siglas en inglés) con proyecciones estadísticas calculaba entre 5.000 y 8.000 ejemplares en el país, comenzando el nuevo milenio. La especie está catalogada como vulnerable y bajo amenaza de extinción debido a la destrucción acelerada de los bosques andinos y a la cacería. El año pasado unos ganaderos mataron un oso en el departamento del Cauca aduciendo que atacaba a sus vacas. Hace unos meses, en el resguardo indígena de Silvia (Cauca) cazaron otro ejemplar con el mismo argumento. Muchos campesinos persiguen al animal por la creencia errónea de que ataca las reses, pero el oso andino es sobre todo herbívoro y solo ocasionalmente se alimenta de carne.

Según un estudio de Daniel Rodríguez, Orlando Feliciano y Claudia Rodríguez, entre el periodo de 1995 y 2005 se identificaron 56 casos de osos de anteojos extraídos de su medio natural, animales que fueron muertos por cazadores,  que terminaron como mascotas de familias campesinas o en zoológicos. Incluso hubo el caso de uno que vivía con la guerrilla en un campamento de la Serranía de San Lucas.

Los indígenas Uwa y los Yupka de la cordillera oriental consideran al oso de anteojos un animal sagrado. Los incas lo llamaron Ukumarí, todavía se celebra en Perú un festival donde la gente se disfraza como el animal para escalar una montaña donde habitan los espíritus sagrados. En el norte de Argentina se lo relaciona con el mito del Ucumar, aquella deidad que se robaba a las mujeres más hermosas para tener hijos con ellas.

En Colombia, el oso aparece en la moneda de cincuenta pesos que es la de menor valor; seguida por la de cien, donde figura el frailejón, el arbusto emblemático de los páramos.

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El jueves 6 de julio Luz Mila y Gonzalo andaban ocupadísimos empacando el café seco que sacarían a vender al día siguiente. Aún no eran las siete de la noche cuando los perros comenzaron a ladrar arriba de la casa. Luz Mila vio que algo se movía entre las matas de plátano y llamó a Gonzalo, que subió a mirar. Dice que era el oso, que los plátanos quedaron otra vez con los tallos devorados, que su esposo alcanzó a verlo de lejos pero cuando fue a buscar a los vecinos para avisar, el animal ya había corrido abajo por la cañada hacia el río Consota. Desde entonces nadie lo ha vuelto a ver.