Mientras los hinchas del Pereira van llenando unas pocas sillas del  sector occidental, es posible observar en ellos una tendencia o característica común: la escasez de pelo y, en algunos casos, la calvicie. ¿Fruto del masoquismo que implica seguir al equipo matecaña? Tal vez. ¿Casualidad? Lo más seguro, el asunto es que en lugar de escribir sobre 22 hombres que en una cancha maltrataban a un balón, se podría hacer esto sobre cómo el hecho de seguir a una escuadra históricamente renegada, puede ser explicación a un fenómeno tan interesante como la caída del cuero cabelludo.

La afición del Pereira sigue apoyando incondicialmente a un equipo que no ha dejado de pasar dificultades tanto deportivas como administrativas.
Foto tomada de: veapues.com

Por: Juan Francisco Molina Moncada

Vale hacer la aclaración que no muchos aficionados matecañas estaban presentes en el estadio Hernán Ramírez Villegas. Así, el margen de error es grande, si se tiene en cuenta que se juzga una situación observada en los pocos que estaban en la tribuna occidental.

En este orden de ideas, eran alrededor de 22 o 23 personas sin pelo, con base en lo cual se elabora la conjetura expuesta en el texto, reforzándose esto, con una buena cantidad de gente en la cual se evidenciaba el comienzo de una futura calvicie, dato no alcanzado dadas razones de carácter logístico que no hace falta explicar.

Fruto de una sentida pasión

Un equipo como el Pereira podría provocar caída del cabello, no hay duda. Sus desaciertos no han hecho más que hacer sufrir a una fanaticada que aún hoy acompaña al equipo con un sentimiento que combina algo de esperanza y resignación.

De esta manera, los  hinchas que pueden acusar al equipo rojiamarillo de la pérdida reiterada de su pelo, ¿No lo habrán extraviado cuando por la noche, a lo largo de 4 años, hicieron toda clase de cuentas posibles para hallar la forma o evento probabilístico que salvaría al Pereira de un descenso inminente? ¿Su pelambre no pudo haberse comenzado a ausentar de forma dramática, acaso escandalosa, cuando los matecañas estuvieron un año entero sin ganar? Aunque es difícil que haya algo más escandaloso que aquel anti récord el cual podría exhibir la escuadra pereirana como uno de sus principales logros (malogros).

Volviendo al tema de la presunta calvicie que podría estar causando el Pereira a su más recalcitrante parcialidad, también cabe la pregunta o la imaginación de todos los pelos que uno a uno fueron arrancados de la cabeza por parte de unos hinchas, quienes furibundos ante un televisor o radio, veían o escuchaban malas noticias de un equipo que no más hace unos meses casi desaparece (pérdida del reconocimiento deportivo)… ¿No habrá sido pues esto suficiente para que muchos cabellos hubiesen muerto con el nacimiento de cabezas brillantes ante la angustia causada por una opaca escuadra futbolística? Johnson & Johnson,  Head & Shoulders y el gremio de peluqueros en la ciudad podrían ir prestando la atención a este curioso asunto.

Aunque a decir verdad la hipótesis de la calvicie podría ser falsa. En realidad se trata de una proposición disparatada y sin gracia, que no obstante, no deja de esconder un asunto innegable: el sufrimiento con el que los aficionados pereiranos siguen en el estadio un partido de su equipo, a un punto tal que se podría afirmar que el espectáculo no está propiamente en la cancha… este se encuentra presente en las gradas.

90 minutos para sufrir

Sonrisas por doquier, saludos y reencuentros. Parece una iglesia o un parque, lugar en el que conocidos de diferentes espacios y contextos coinciden. La gente se hace chanzas entre sí, se acusan de ser culpables de los infortunios del Pereira (tal vez hacen de cuenta que se lo dicen a los directivos), hablan de negocios, de la familia, de viejos tiempos y tardes de fútbol como aquellas míticas vividas en el Alberto Mora Mora. La dispersión existe hasta cuando algo llama la atención: salen los equipos a la cancha. Voluntaria o involuntaria, pareciese una coreografía perfecta: la gente se para, aplaude.

Es una esperanza que por momentos parece ser candorosa, en otros, mecánica. En todo caso, es sincera. La parcialidad matecaña reboza ilusión, o por lo menos, eso denotan sus actos, la forma como apoyan a un equipo al que, al parecer, le han perdonado todos sus desplantes. Hace dos goles el Pereira en 30 minutos. Festejos unos fríos, otros cálidos. Un señor que vive el partido serio, inerme, festeja los tantos saltando como un niño que acaba de recibir un dulce. Otro baila, levantando sus índices. Momento de euforia fugaz. Llega la incertidumbre.

De nuevo el sufrimiento, la zozobra. El Pereira, en la cancha, incumple con una goleada que prometieron sus primeros 30 minutos. Es así cuando algunos pierden los estribos, insultan al árbitro. Un señor, en el segundo piso se abalanza sobre una baranda para decirle “burro” al técnico. Otro (calvo) que vivía el partido con una paz admirable de un momento a otro se convierte en alguien desesperado, pierde la compostura, que no era más que una represión de sentimientos encontrados.

Es entonces cuando el asistir al estadio, durante 90 minutos, se convierte en esa oportunidad para desfogar, para crear vagas e inexistentes ilusiones, para insultar al árbitro como si se tratase del jefe explotador, o bien, buscar una forma de compartir la soledad con unos mil tipos que no son conocidos, pero que tienen un fin común: apoyar al Pereira, sufrir junto a él como si se tratase de un acto de reivindicación del masoquismo, la calvicie, de aquellos sueños perdidos que quizá en algún siglo lleguen a ser realidad. Tal vez sea la escuadra matecaña un feo sapo que algún día será un príncipe o princesa, no azul, sino rojiamarilla.

¡No más con las especulaciones usando cuentos de hadas! Aunque a decir verdad,  el hecho de que el Pereira comience con buen pie un nuevo campeonato se podría considerar como tal. Quisieran entonces los hinchas seguir inmersos en tal cuento. Al final, como niños felices que acaban de escuchar por la noche una narrativa fantástica, sale la parcialidad del estadio. Sonrisas de satisfacción, algunos pitos de moto se escuchan, como si se tratase de un título conquistado. Las calvicies brillan: sus dueños saborearon las mieles del triunfo.

Pese a ello, lo más seguro es que muchos pelos sigan cayendo o desapareciendo a causa del Pereira. ¿Un “pelicidio”, acaso?, bah, no importa…se observa en la ferviente afición rojiamarilla el hecho de no importarle tan trivial detalle, y que pase lo que pase, seguirán asistiendo al estadio, así no sea más que para sufrir y pasar un mal rato asesinando múltiples quimeras.

Al final, la síntesis de todo esto era una pancarta que en la solitaria tribuna sur (la barra brava fue una vez más suspendida) rezaba lo siguiente: “Nací pa´ verte hasta que la muerte nos separe”. Es pues esto lo conlleva ser un hincha de un equipo de fútbol, y en forma especial, del Deportivo Pereira.