David y Carlos son dos personas diferentes, pero con un pensamiento en común -dejar de vivir-, suicidarse para no seguir cargando con sus penas, sus tristezas y sus depresiones. “¿Qué puedes llegar hacer, para tener un poco de serenidad en tú vida?”

sombras

Por: Leidy Julieth Giraldo Barón*

Domingo 13 de Octubre, Carlos se levanta de su cama como de costumbre a las 8:00 am. Observa el reloj que está sobre la repisa de roble negro que se sitúa a la derecha de su cama. Abre la ventana y observa que el día está nublado, gris y opaco, siente que está en la misma tónica que sus pensamientos.

Sus ojos se tornan tristes, melancólicos, ausentes. Se dirige al baño, se cepilla los dientes, y mira, en el espejo, su rostro y ve como se ha oscurecido su alma; cierra los ojos esperando que su alma se aclare y sale del baño, se dirige a la cocina, saluda a su familia, desayuna y vuelve a su cuarto.

Melancólico, frío y pensativo, así se siente al despertar cada día. Se recuesta en su cama y trata de volver a dormir añorando nunca despertar.

Son las 11:00 am y Carlos despierta con el deseo de hacer algo con su vida, algo diferente. Sale de su casa y se dirige a la tienda, compra un veneno para ratas, y al volver a casa, toma de manera discreta un Red Bull que se encontraba en la nevera. Sube rápidamente a su cuarto, no habla y no mira a nadie.

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Se sienta en su cama, abre el empaque del veneno, destapa la lata de Red Bull y, de manera cuidadosa, disuelve el veneno en la pequeña abertura de la lata, lo toma en su mano derecha y se dispone a beberlo. Mientras con su mano izquierda aprieta con fuerza el empaque del veneno conocido como “Campeón”, empieza a beberlo.

Al terminar de ingerirlo, cae al suelo, su estómago recibe todo el explosivo contenido de lata y empieza a convulsionar. Sus ojos se dilatan, su corazón bombea tan fuerte que llegaba a tener 200 pulsaciones por minuto. Su cuerpo envía señales al cerebro para que responda. Pero no hay respuesta, se encuentra inmóvil, inconsciente y solo, o al menos eso cree.

En realidad, Carlos no lo estaba. Abajo, en el primer piso, su familia estaba haciendo los quehaceres cotidianos, como el aseo del hogar o ver televisión y jugar con sus perros. En ese momento, no imaginaban que Carlos estuviera con una posible convulsión.

De repente, se escucha un fuerte golpe en el cuarto superior. Su familia sube inmediatamente para ver qué había sucedido y al entrar al cuarto encuentran a Carlos tirado en el suelo tal vez agonizando y con un gesto moribundo. Inmediatamente ven la lata y la envoltura del veneno. No hay tiempo para preguntas.

En ese momento, lo cargaron entre su padre y sus hermanos y se dirigieron de inmediato al hospital San Jorge, el reloj ya marcaba las 11:45 am cuando llegaron allí.

Carlos estaba inconsciente, el médico lo examinó, y procedió por atenderlo. Lo acostaron en una de las camillas que se encontraban en la sala de urgencias, le conectaron suero vía intravenosa y le acoplaron un tubo en la garganta para hacerle un lavado de estómago.

Conectaron, drenaron, limpiaron y removieron todo el contenido estomacal que se podía, para sacar el veneno de su cuerpo. A pesar de todo, Carlos aun no reacciona, continúa inconsciente. Luego de todo esto el reloj marca las 6:00 pm, su corazón late muy fuerte pero su cerebro parece dormido.

El reloj se mueve rápido y a las 8:00 pm. Carlos despierta, abre sus ojos y lo primero que ve es esa lámpara blanca incandescente en el techo. Empieza a recobrar el conocimiento y a recordar lo que había sucedido. No se siente mal, excepto por los dolores de los piquetes de las inyecciones y al mal sabor en su garganta por el tubo que tenía allí. Empieza observar a su alrededor y ve a su madre sonreír, aunque con lágrimas en los ojos. Ella, a pesar de que se sentía culpable por la decisión que había tomado Carlos, se sentía aliviada por saber que estaba vivo.

Carlos no pronuncia palabra alguna. Estuvo en el hospital por 7 días, ya que debían hacerle seguimiento nutricional. Controlar que su organismo estuviera bien, y que no hubiera rastro de la sustancia tóxica en su cuerpo.

Al salir del hospital, su familia toma la decisión de llevarlo con un psicólogo, para que hablara con él, ya que esta actitud suicida fue repentina y también para que éste pudiera aconsejarlo. Carlos no habla mucho con el psicólogo. Solo le nace decir: “Mi vida es un asco y no tengo empleo, me gradué como profesional pero eso no me ha servido para nada. Peleo frecuentemente con mis padres,  y mi novia me dejó porque no era lo suficiente para ella, dígame, ¿esto es tener una vida feliz?, para mí no lo es, me siento pobre, desgraciado e inservible.”senales_de_un_suicida

El psicólogo lo mira y solo le hace una sonrisa.

“La vida no es tan fácil joven, hay que luchar por los sueños que se tienen, y no desfallecer solo porque todo empieza a ir mal. Todo tiene solución, y la encontraremos para usted”, dice el psicólogo mientras Carlos lo mira con desprecio y descontento.

Las sesiones no funcionan y el psicólogo lo remite con un psiquiatra para que trate con medicamentos las posibles dolencias de Carlos. Y así fue, Carlos llega al psiquiatra, éste lo revisa, le habla, y escucha los problemas que tiene Carlos, le hace pruebas, pero no tienen efecto. El psiquiatra después de varios exámenes y diagnósticos descubre que Carlos sufre de un trastorno de bipolaridad, enfermedad  poco común, pero suele presentarse en jóvenes y ancianos, la cual afecta no solo sus pensamientos sino también sus estado de ánimo, el psiquiatra le manda medicamentos muy fuertes para controlar cualquier recaída que pueda tener.

Ha pasado un año desde aquella decisión que tomó Carlos, ha conseguido empleo, y a pesar de que su estado de ánimo sigue inestable, él toma su medicamento, y trata de vivir aunque no lo quiera.

***

En otro lugar: Lunes 8 de febrero, David se alista para ir al colegio, son las 5:30 am y espera a que llegue el transporte para poder llegar a tiempo.No tiene buenas relaciones con sus padres,  están en proceso para divorciarse, y no pasa mucho tiempo con ellos, se siente un poco solo, pero espera que al entrar a un colegio nuevo, sea lo que balancee sus sentimientos y emociones. Llega el transporte y David es el primero en él, saluda al conductor y a la auxiliar, se sienta y empieza a observar por la ventana cómo empieza a llover, y como cada uno de los asientos empieza a ocupar un lugar, al lado suyo se sienta Matías, un niño muy extrovertido que le gusta hacer amigos, es mayor que David por dos años, tiene 16. David es muy tímido y le cuesta hacer nuevos amigos, por ende no le habla a Matías sino hasta la mitad del recorrido.

¿Eres nuevo?”, le pregunta Matías.

“Sí hoy es mi primer día en este colegio”, responde David.

La conversación no avanza más, y al llegar al colegio David llega directamente a la dirección para confirmar sus salones, y los profesores con los que tendrá clase, ingresa al salón, se sienta, y espera al profesor, no habla con nadie, el profesor llega, saluda, y empieza a llamar a lista, y al nombrar a David, en el fondo suena un comentario, “¡Gordo, cuatro ojos!”. David no dice nada, y el profesor regaña al estudiante que dijo el comentario.

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En el descanso David se sienta a comer solo, y queda pensativo con el comentario que le hicieron. “Yo no soy gordo, uso gafas sí, pero estoy en mi peso normal, porque me habrán dicho gordo”, dice él para sus adentros. Al volver a clase una niña se le acerca y quiere ayudarle para que socialice con los demás. David prefiere estar solo y no entablar conversación con nadie.

Llega la hora de volver a casa, y David vuelve al transporte donde Matías se sienta con él. No entablan la más mínima conversación y Matías no insiste para no molestarlo. David llega a casa, con la alegría de encontrar a su madre allí, pero ella no se encuentra, solo dejó una nota diciendo que debía trabajar y llegaría tarde. David calienta el almuerzo que está en la alacena, se sienta a ver televisión y luego duerme por la tarde. Son las 5:30 pm cuando llegan los padres de David, llegan discutiendo, hasta el punto en que el padre de David lanza los platos de la cocina por rabia, David se despierta, y baja a ver qué sucede, al mirar lo que estaba ocurriendo no se siente capaz de afrontarlo, su madre llora incesantemente, su padre con ira sale de la casa. David no sabe qué hacer, y vuelve a su cuarto, se siente asustado, temeroso, no era la primera vez que sus padres discutían. Pero esta era diferente, porque ellos se divorciarían.

David tiene pensamientos tristes, y le gustaría saber cómo ayudar a su madre para que deje de llorar y pueda prestarle atención, ya que pasa poco tiempo con ella.

Al día siguiente en el colegio David espera que el día sea mejor, y que pueda disipar un poco su tristeza y su dolor, pero no fue así, Maicol, el joven que le gritó el día anterior lo de gordo y cuatro ojos, llega tarde al salón de clase muy enojado, se sienta y comienza a tirarle bolas de papel untadas de saliva a David, él se cambia de lugar, pero nada de lo que hace funciona y Maicol sigue haciendo lo que quiere.

Llega la hora del descanso y David se encuentra con Matías, quien lo acompaña, habla con él todo el descanso y David se siente un poco aliviado ya que ha conseguido un amigo.

Al volver a clase en el asiento de David había un papel que decía “¡Cuatro ojos, maloliente, gordo!”. David lo quita con rabia, se sienta y no pronuncia palabra, todos los demás, se burlan de él, menos la niña que estaba a su lado.

Maicol era considerado el popular, el que hacía burlas, chistes, y bromas de mal gusto. Los profesores lo regañaban y hablaban con sus padres, pero al parecer esto no funcionaba.

David presta atención a la clase, es buen estudiante y muy dedicado, las bromas de Maicol fueron todo el día, no había momento en que no le dijera alguna frase ofensiva o le tirara papeles o pedazos de borrador. Se acaba el día y David solo quiere llegar a casa. Matías ve que David llega con un papel pegado a la espalda que dice “Soy muy estúpido, péguenme aquí”. Matías se lo quita, y David no dice nada en todo el camino.

Matías lo aconseja y le dice que puede contar con él, Matías era de un grado superior y podía defenderlo si David lo quería pero él no inmuta palabra.

David llegó a casa, no quiso almorzar, su madre ya estaba allí y se dio cuenta que algo sucedía, sube a hablar con él, pero

no inmuta palabra. Llega el papá borracho, estaba en una fiesta de la empresa, por que habían vendido unas acciones, y comienza a pelear con su esposa, de nuevo. David llorando inconsoladamente en su cuarto, toma la almohada y se tapa lo oídos, no quiere escuchar nada, no quiere saber nada del mundo.

Toda la semana transcurrió igual, burlas en el colegio, peleas de sus padres y David ya se sentía agotado, solo, aburrido.

Cada día nuevo en el colegio, era una broma diferente que le hacia Maicol, tanto que un día que David se encontraba en el baño, Maicol arrojó varios cuadernos al inodoro, y le volteó el maletín de David por el revés y volvió a ponerlos ahí, escurriendo agua, y mojando todo lo que había dentro.

David ya no lo soportaba, y la niña que siempre se sentaba a su lado, lo acompañó a la coordinación a poner la queja, pero de nada sirvió, solo suspendieron a Maicol por tres días y le dieron una excusa por no hacer las tareas. Era ilógico pensaba David, que en vez de darle un castigo o una lección le dieran un regalo de faltar y poder tener  tiempo para presentar las tareas.

Sus padres se divorciaron y dividieron la casa, como no la venderían aun, para tener partes iguales, viven en la misma casa, en diferente piso, pero se ven todos los días. David no comparte la idea de que su padre quiera llevárselo cuando se venda la casa, nunca ha tenido una buena relación con él y sería algo  abrumador, sabiendo que nunca le brindo cariño. Un mes después, la casa se vende, y David quiere quedarse con su madre pero al ser menor de edad y no poder decidir, su padre se lo lleva con él, y todo empeoró.

Su padre no tenía tiempo para hacer de comer, así que los quehaceres de la casa los hacía David, él no le ayudaba con sus tareas, y siempre le repetía la misma frase “para eso lo mando a estudiar, para que sea capaz de resolverlo solo”, o le decía “¡es que es bruto o queé!, eso es muy fácil busque en Internet, yo no tengo tiempo para perderlo con usted”.

David se sentía cada vez peor, y prefería vivir con su madre, aunque la viera poco, sabía que ella se interesaba  por él y que hacía todo por ayudarle. Pasa los fines de semana con ella, y se siente feliz, sus tristezas y melancolías se disipan por el aire cuando pasea con ella.

Pero su felicidad no dura como él quisiera. Al llegar el lunes al colegio tiene un clase de educación física, donde juegan fútbol, David no es fan de este deporte pero no tiene problema en participar, se divide el salón en dos, y le toca contra el equipo de Maicol, el juego iba bien, hasta que Maicol por quitarle el balón a David, le pega un puño en el estómago y David cae al suelo sin aire, y Maicol empieza a golpearlo de tal forma, que le revienta la nariz y le daña las gafas. David queda inconsciente, y es llevado a la enfermería del colegio, donde le curan las heridas, y llaman a sus padres.

Despierta y observa que ya no se encuentra en el colegio, está en la casa de su madre, y al lado de él, su padre. Este al ver que despierta lo reprende y le dice “¡usted no es pues varoncito, porque se dejó pegar, vea como lo dejaron!”

Su madre trata de calmar al padre, para que deje descansar a David y no haga más grande el problema, así que este se va. David se recupera pero no quiere volver al colegio, su madre le insiste en que debe hacerlo, ya que pronto acabará el año, y ella lo cambiará de colegio. David acepta pero con la condición que lo deje vivir con ella.

Al llegar de nuevo al colegio, Maicol cada día es insoportable, irritante. Matías pasa los descansos con David donde Maicol no se le acerca. Todo iba bien por esos días, hasta que el viernes 29 de octubre, David llega demasiado triste a clase, no quiere hablar con nadie, y Maicol recurre a hacerle burlas como de costumbre, David no lo aguanta, y en un momento en el que el profesor se va del salón, David coge su maletín y se va.

Se dirige a la sala de profesores, entra al baño, se encierra. Solo piensa en acabar con su vida. Se dice a sí mismo: “ Yo no soporto esto, quién quiere vivir en esta basura de vida, mis padres me odian, no pasan tiempo conmigo, mi padre solo me trata como si fuera un estorbo y mi madre no hace nada, yo no quiero esto para mí, no soporto a Maicol y sus bromas pesadas, sus ofensas. Yo no quiero vivir así, no lo quiero”.

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Al repetir una y otra vez esa frase por su mente, David saca un lazo que había guardado previamente en su maletín, se sube al sanitario, amarra la soga de un barandal del techo, hace un nudo ciego, se empina, y sujeta la soga en su cuello, cierra los ojos, y jala la cuerda. David queda colgado del techo del baño de profesores, y es encontrado dos horas después.

Lo que David nunca supo fue que Maicol tenía los mismos problemas que él, su padre le pegaba todo el tiempo, y él reprimía todo este odio y desesperación, que hacía que se desquitara con el más débil, como David.

David y Carlos son dos personas diferentes, pero con un pensamiento en común -dejar de vivir-, suicidarse para no seguir cargando con sus penas, sus tristezas y sus depresiones.

 Estas historias han sido relatadas por los familiares y allegados a los casos del suicidio, como profesores, y psicólogos.

* Los nombres de los personajes han sido cambiados para proteger su identidad.

*Estudiante de Licenciatura en comunicación e informática educativa.

juliethgiraldo@utp.edu.co