Perdido el rastro de la supuesta Jimena, muy abatido por lo visto y escuchado, camino de regreso a mi rutina, tengo mi ropa, incluso mis baratijas en la bolsa y me siento desnudo.

 

Por:  Alejo Buitrago (el croni)

Serían las siete de la noche de aquel viernes cuando salía de una cacharrería en la séptima con una bolsa de baratijas para mis experimentos, y en esto venía pensando cuando la volví a ver: era una joven morena, que haciendo uso de una técnica precisa, se agachó y orinó en la alcantarilla.

No sabría decir si se llamaba Jimena. La había visto varias veces en la calle y con cada escena trataba de imaginarme un nombre. Un día la vi acunando un muñequito, curándolo con zalamerías y besos. Otro día la observé mientras caminaba por la diecisiete, ella venía hablando con el aire y, como de pasada, le besaba el busto a un maniquí. Con el pelo muy corto y piel de color caoba, andaba por ahí, casi flotando, en un viaje de quién sabe qué.

El caso es que esa noche ella orinó corriéndose con la mano el short hacia un lado, y agachándose sin protocolo. Luego se sentó en unos cartones al lado de un hombre de rostro borroso. Pensé que se podría llamar Jimena por la manera en que chupaba el cigarrillo, dando inhalaciones largas con la mirada ausente. Y cuando parecía que la escena iba a seguir así, y estaba a punto de seguir mi camino, llegó un grupo de mujeres, niños y niñas indígenas.

Las niñas se acercaron a Jimena, le hablaron algo y yo, que tiendo a idealizar a los indígenas, me alegré por ella, pensé que era valorada por esta gente puesto que le dirigían la palabra… me equivoqué en mi interpretación, creyendo que aquello era un gesto de simpatía. Las indígenas dijeron algo y la morena se levantó de los cartones, respondiendo tranquila alguna cosa que no se oía desde la distancia a que yo estaba. Entonces un niño de unos ocho años se acercó por detrás y como si estuviera entrenado y fuera solo un juego, bajó el short de la morena desde la cintura, poniéndolo en el suelo.

El sexo de esta mujer quedó expuesto en plena calle, pero desde su viaje de sustancias simplemente sonrió. Al ver que su respuesta era tranquila, las pequeñas indias terminaron de sacarle el short de entre los pies descalzos y patearon la prenda hacia la alcantarilla, en donde finalmente cayó. En un santiamén, una de las madres jaló hacia arriba también la camiseta, y enseguida la insertó en la alcantarilla; entonces esta mujer quedó completamente desnuda y sin posibilidad de retomar su ropa, en la séptima con diecisiete de Pereira.

Ella, en su viaje de sustancias, seguía mirando el aire, sonreía vagamente, triste, y se devolvió hacia el tipo gris de los cartones, pero para entonces este ya se escabullía por la calle. Trató de seguirlo, pero una jauría de niñas y niños indios la rodearon y le dieron nalgadas. La gente se reía, parecía estarlo viendo en NatGeo; la gente murmuraba con picardía, con asco, con un deseo manchado de desprecio. Fingían que no, no era con ellos, definitivamente, fingían que Jimena no les importaba, pero era imposible no verla.

Así que ella cruzó la séptima y tomó la diez y siete hacia la octava, por el mismo andén donde besó en aquella tarde el pecho de la maniquí. Las niñas indias intentaron seguirla, yo me interpuse en ese instante y reñí con ellas, les dije que no podían hacer esto, que no tenían derecho. Ellas me preguntaron si yo era el marido de Jimena, no contesté su pregunta. Casi grité que la dejaran tranquila. En ese momento la tribu se fragmentó. Las mujeres siguieron lentamente por la séptima y las niñas y niños tomaron la diez y siete en persecución de su presa.

Me fui tras ellos sin saber qué hacer, desaparecieron como duendes entre el bosque de piernas. De lejos vi andar a Jimena por la octava. Todos los excesos y las faltas de la vida en la calle no han logrado arruinar ese cuerpo africano, perfecto, fuerte y armonioso, de presencia imponente; sin embargo, se oían gritos y burlas. La calle estaba oscura y llena de cuerpos vestidos entre los cuales ella se abría paso con el brillo de su joven desnudez. Su desnudez, pensé, revelaba cuán pequeños somos todos envueltos en nuestros disfraces de trapo.

En cierto tramo la perdí de vista, pues se hacían tumultos en la distancia. Se oyó una palmada y luego risas y algarabía. No lograba ya entender nada. Según lo que dijo un transeúnte, alguien más, algún fulano grotesco, le había dado a Jimena otra nalgada. “Mierda de gente, pensé desesperado”. Por fin me abrí paso para ver la escena más inquietante: en medio del corrillo de ojos afiebrados y bocas abiertas, estaba ella desnuda y un reciclador con su costal.

Cuando él la vio venir se quitó apresuradamente un camisón enorme de color remotamente blanco. Los tipos que estaban en el corrillo empezaron a chiflar pensando que verían una escena porno gratis; entonces, para sorpresa de las buenas gentes, el muchacho cubrió a Jimena con su camisón.  Ella lo miró un momento y se fue. El hombre, el único hombre de la ciudad capaz de quitarse la ropa para cubrir una chica, se quedó mirándolos como diciendo: ¿qué me ven?

A pesar del tumulto seguí los pasos de Jimena envuelta ahora en el camisón, pero cuando llegué a la diez y seis con octava, ella ya había desaparecido en la parte más oscura de la ciudad, en donde no me atreví a penetrar. Perdido el rastro de la supuesta Jimena, muy abatido por lo visto y escuchado, camino de regreso a mi rutina, tengo mi ropa, incluso mis baratijas en la bolsa y me siento desnudo. Tengo honra y me siento deshonrado. Siento como si me hubieran humillado. Siento como si no se hubiera abolido aun la esclavitud, siento como si estuviéramos en la edad media, dudo de la existencia del ser humano, me desespera la vulgaridad y la ignorancia que ha quedado al desnudo en el espejo de esa mujer sin nombre que intenté llamar Jimena y que nunca más he vuelto a ver, desde aquella noche de viernes en la que se sumergió bajo un puente, entre las sombras.