Hay otra cosa: en Manizales para poder ser publicado hay que: a) Tener apellido Vélez Correa b) Ser amigo de Orlando Mejía c) Vivir en Paris d) Ser amigo del dueño de Hoyos Editores e) Ser recomendado por Octavio Escobar f) Tener dinero.

 

Texto: Mateo Ortiz Giraldo. Ilustraciones: Alejandra Villamizar

Para llegar hasta la guarida de Carlos hay que escalar interminables pendientes. El nombre del barrio en el que vive me es desconocido, sólo sé que la buseta que tomo en el paradero del Teatro los Fundadores me deja justo al frente de esa casita de fachada ruinosa y ventanas dispares. Desde el fondo de la buseta grito “¡por aquí, por favor!”.

Voy encartado con tres libros a los cuales me aferro, primero porque no quiero que se caigan y verme sumergido en el ritual molesto de agacharme, acariciarlos, disculparme y luego lamentarme de por vida por sus cicatrices; segundo, porque ninguno es mío, hecho que le agregaría un paso más al ritual que ya mencioné: el de pedir disculpas, una y otra vez, por los daños provocados por mi torpeza a sus libros, a los libros de Carlos.

Como venía diciendo, le grité desde atrás al busetero “me deja por acá, por favor”, a lo que él respondió “la puerta está dañada, mi niño”. Quise refunfuñar, pero me limité a sonreír; así que caminé, dando tumbos y sintiéndome ingrávido, a través del diminuto pasillo de la buseta vacía, porque, según parece, a esta zona no suelen venir con frecuencia.

Por fin abajo, ya he pasado una cuadra completa desde que vi la casita. Debo caminar bajo el cielo canicular el cual parece pintar con aerosol las sombras sobre el asfalto. Camino. Llego. Respiro. Y observo el siguiente pictograma:

Mientras lo miro pienso que es una ingeniosa manera de sintetizar una frase que en palabras sería más larga y en una placa se vería fatal. Toco el timbre, una, dos, tres, cuatro veces. Nada, no hay respuesta, solo el sol brillando como en el desierto y mi cuerpo ardiendo bajo él. Toco de nuevo “ding-dong”, una vez más “diiiiiin-dooooong”. Por fin, tras la puerta de metal, creo oír señales de vida. Algunos pasos y el altisonante “ya voy, güevón, ya voy”. Respiro profundo. Espero que abra.

Escucho el sonido del postigo de la puerta que tiene la llave dentro. Le da tres vueltas para así poder, al final, abrir la puerta de metal que chirrea debido al óxido que la carcome. Ahí está Carlos Alonso Gil. O Carlos, porque detesta su segundo nombre. Me observa con cierta desazón:

-Marica, ¿no que llegaba hace como una hora? –, dice, mientras me registra con sus ojos de arriba abajo- menos mal trajo los libros, ya me hacían falta.

No atiné a responder nada. Solo sigo sin ser invitado, es la segunda vez que estoy en esta casa, y de nuevo me toma por sorpresa el denso aroma a grasa que habita el espacio. Escucho que la puerta se cierra tras de mí, me sobresalto un poco por el chirrido. Lo miro. Se está riendo.

-¿Usted sí es muy mimado, no?, ¿su mamá no le enseñó a no hacer ese gesto cuando no le gusta algo?

-Carlos, no me joda. Agradezca que le traje los libros, se veían muy lindos junto a los de Héctor Abad.

-Usted puso a Vallejo junto a Abad. No sea bestia, respete al maestro-. Una vez dicho esto, me arranca de un zarpazo los libros de la mano.

Ahí están los primeros tres de la pentalogía de “El río del tiempo” de Fernando Vallejo: “Los días azules”, “Años de indulgencia” y “Todos los caminos conducen a Roma”. Me los prestó hace un mes, pero hacía tres semanas me enviaba mensaje por Whatsapp todos los días reclamándomelos. “¿Usted cuándo pretende devolverme los libros?, ya me hacen falta. Con amor, Su Peor Pesadilla”, escribía. Nunca le respondí. Él no sabe a qué vine en realidad a su casa, tampoco sabe que hace dos días hablé con su mamá y su exnovia, mucho menos que voy a escribir un perfil de su vida como escritor.

-Carlos, no solo vine a traer los libros de su amor-, le digo con una sonrisa que no logro disimular.

-¿Vino a llevarse más, o qué?

-No, lo vine a entrevistar o charlar con usted, como quiera.

-¿Qué le pasa? No me venga con esas pendejadas de periodista que me saca el espíritu vallejiano que llevo dentro.

-Pues sí. Estoy redactando un perfil sobre usted. Una “no-ficción”, como diría Fuguet.

-Además de periodista cita esos autorcitos pop de pacotilla. Respéteme- mientras dice esto, revisa los libros por todas partes, luego los pone cuidadosamente sobre la mesa de centro de la sala (la sala tiene un decorado espartano, sólido. Gris, si se quiere. Imagíneselo como si fuese un monje, entonces solo hay una mesa, un mueble junto a una lámpara de pie y un bodegón feísimo).

-Bueno, ¿charlamos aquí o en su habitación?

-¿Para qué me dijo que es la entrevista? Usted sabe que me choca hablar de mí, qué estrés.

-Es para un trabajo de Universidad sobre artistas que se resisten a desaparecer o, en su defecto, morir de hambre por falta de todo, menos de talento.

-Es decir, va a hacer un ejercicio de Porno Miseria. Muy bonito lo que le están enseñando en ese reclusorio ¿no? -se rasca la nariz-. Bueno, bueno. Hágale pues, pero ahora me invita a un pola, porque con este calor no da para más.

Carlos no quiere dejar de hablar:

Yo nací en Manizales ¿qué desgracia, no? Nací en este pueblito que se cree ciudad, pero siempre me gustó. Desde pequeño disfrutaba andar por esas pendientes llenas de niñas en faldas y de piernas grande, más fuertes y musculosas que todo mi cuerpo. Ya desde esa edad era un morboso terrible, pero de eso hablamos luego ¿o no, señor periodista?

­-Sí, sí, Carlos. Continúe.

En fin. Estudié en el Colegio Normal, allá fui desgraciado hasta la médula porque eso estaba lleno de feas y de muchachos horribles, así que así fuese homosexual, me hubiese frustrado montones porque nada me excitaba. Tenía 13 años, así que tenía la  libido en los pelos. Quizás fue en esa aridez donde nació esta fascinación mía por el erotismo y la pornografía literaria. En ese ambiente pasé mis años mozos de púber; unos años bastante raros, pues además de feo, barroso y flacucho, se me pegó el vicio de la literatura. Nada que hacer: leía en las clases –hecho que me generó miles de peleas con los profesores–, en los recreos, en las charlas con los compañeros; leía en la biblioteca, en el patio, en el salón. En fin, en todas partes. Nadie me hablaba ni yo le hablaba a nadie. Por tanto, mi único vínculo comunicativo con el mundo era mi constante observación del mismo. Incansable, ilimitada.

­­- Carlos -le interrumpo- ¿le hacían bullying?

Sí, pero en ese entonces no se llamaba así. Eso fue hasta ahora que tipificaron ese delito. Mateo, pero no empiece con las preguntas pendejas de periodista de Cromos porque me desespera. ¿No que íbamos a hablar de mi historia como presunto escritor? ¿Seguimos o no?

-Vale, entonces siga.

En el colegio, como venía diciendo, fue raro, pero yo no sentía despreciado ni yo despreciaba al mundo, simplemente no me interesaban ni yo a ellos, no teníamos de qué hablar. En ese tiempo yo ya escribía, es decir, defenestraba hojas y gastaba tinta. Todo era muy Benedetti, muy Onetti, tal vez, un poco de Raúl Vallejo y, un poco más del Marqués de Sade que hacía poco había descubierto. Pero esos poemas y cuentos los escribía para luego botarlos, me daban pena. Además, por esos días estaba el chisme que un poeta que yo no conocía, pero que ahora sigo leyendo con aprecio, se había suicidado. Cada pueblo tiene su Andrés Caicedo. Entonces, se llegó a pensar que ser poeta o escritor era ser un suicida….yo solo escribía poemas sobre las fabulaciones de qué sería el sexo, nada serio; eso sí, eso era mi porno.

­-¿Cuándo decidió estudiar sociología?

­Para allá iba. Pero bueno. Decidí estudiar sociología cuando ya me estaba graduando del colegio, a inicios de los 90. Estaba muy interesado por los temas de la violencia en Colombia, así que un profesor marxista del colegio, del cual nunca supe su nombre pues sólo trabajó un mes allá, me recomendó varios libros sobre el tema, entre ellos los tomos de “Violencia” de Fals Borda y compañía. Ahí está el culpable de mi decisión. Orlando Fals Borda me llevó por ese camino. Ruta que solo me duró cuatro semestres porque luego dimití. Supongo que me va a preguntar por qué lo hice. Bueno, le respondo antes de que me pregunte: lo hice porque me harté del sectarismo político, de los paros, los mítines, las amenazas y las peleas mamertas que a nada llevaban. Yo no leí El Capital, me rehusé al Libro Rojo de Tse Tung y hasta ignoré a Eduardo Galeano y los poemas de izquierda de Violeta Parra, además de Neruda. No quería saber nada de eso. Yo sólo quería leer literatura sin compromiso político, por eso hasta a Cortázar lo dejé por un tiempo, luego hicimos las paces. 

Carlos se detiene un momento. Su anatomía, delgada y despreocupada, se levanta de la silla. Desde la leve distancia puedo verlo por completo. Tiene rasgos muy definidos: una mandíbula fuerte, una nariz delgada y recta; sus pómulos sobresalen bajo sus ojos verdes, profundos, penetrantes. Es muy parecido a su padre, aunque él no sabe que yo sé cómo lucía su padre. Nunca habla de él, ni de su mamá. Por eso me tocó buscarla por otros medios; fue a través de su exnovia, Catalina, quien poco me dijo de su relación y de cómo era Carlos, pero sí me puso en contacto con Sandra Aguirre, la mamá de Carlos. Mientras recuerdo la charla que sostuve con Sandra, Carlos va a la cocina, lo escucho a lo lejos golpear cacharros.

Mira, yo no comprendo muy bien a mi hijo, pero algo sí tengo claro, ese niño nació para escribir. Lástima que no haya nacido en una familia adinerada como cualquiera de esos filósofos o como Andrés Caicedo, que era bien mimado. En fin, en lo que iba. Mi muchacho fue obstinado desde el vientre. Me daba unos patadones mayúsculos. De pequeño no le gustaba jugar con nadie, miraba feo a las niñas y prefería quedarse solo viendo los Looney Toons o cualquier basura en televisión. Yo pensé que era gay porque nunca iba se juntaba con nadie. En el colegio sólo le iba bien en las materias que tenían que ver con libros, excepto el de Baldor, pasaba las materias a la  última hora. Mi esposo no decía nada, sólo le compraba libros y lo cargaba en las piernas de chico o lo abrazaba muy fuerte, ya de grande. No tuvo hermanos, pero jamás lo sobreprotegimos. Fue feliz como quiso en esos años y nosotros también. Es todo lo que importa.

La mamá de Carlos es igual de tajante a su hijo. Me invitó a su casa, en Chipre, pero hablamos más de Borges que de Carlos, pues resulta que es una admiradora ferviente de Borges desde sus años de colegio de monjas. Eso fue todo lo que me dijo de su hijo, palabra por palabra. También observé la fotografía de su papá de joven que, hasta donde sé, se llama Carlos, pero Enrique no Alonso. Ese segundo nombre salió, según Catalina, de su tío. Carlos padre también poseía esos rasgos marcados y mirada profunda. Lo vi en una fotografía en la sala de la casa de Sandra, con una versión infantil de Carlos hijo sobre las piernas quien mira con desprecio a la cámara. Muy típico de él.

Por cierto, ha regresado a la habitación. Trae dos tazas en la mano. Están humeando. Debe ser café, porque según Catalina es lo único que sabe cocinar bien.

-Mire, el suyo sin azúcar, como le gusta.

-Gracias. Ayer hablé con su mamá.

-¿Sí? Ella no me dijo nada. ¿De qué hablaron, o qué?

-Pues  de usted, no ve que cuando uno es periodista (hago comillas con los dedos), debe contrastar fuentes. En este caso, lo que usted me cuenta lo debo poner en relación a lo que su mamá y Catalina dicen.

-¿Catalina? Mateo, esa vieja me odia.

-Pues sí, pero es de las pocas que han leídos sus poemas y la única que ha tratado publicarlo.

-Pues sí, pero igual me odia. Seguimos, es que si no me va a dar malgenio y se me daña el cafecito.

-Bueno. Hablemos de su obra ¿qué escribe?

Desde mi primer poema y cuento, siempre he escrito sobre el mismo tema: sexo. El sexo como acto político, social, económico, gastronómico, caritativo, poético y prosaico. Pienso que el sexo es el motor real y único de nuestra especie y como tal, la sociedad occidental se ha encargado de destruirlo, nos ha quitado día tras día a Eros; somos una sociedad que ha asesinado a dos dioses: al que denunció Zaratustra, ese dios que los hombres asesinaron y a Eros, el que la masificación dentro de sociedad de mercados asesinó sin consideración. Entonces mi obra habla sobre una defensa a lo erótico, al sentir profundo de los cuerpos que vibran bajo el toque de otro cuerpo, a la dimensión estética de las anatomías desnudas. De eso habla mi obra: de hallar en la otredad una extensión erótica de mí mismo. Desde los 13 años escribo, o creo hacerlo, y no pretendo dejar de hacerlo. No quiero.

Se detiene, dejando en el aire un invisible punto final. No sé si preguntarle lo que quiero saber o lo que este texto necesita, sé que para él es un tema molesto. Mientras yo medito sobre qué preguntar, él enciende un cigarro. Un Lucky Strike de sello rojo. El fuego del encendedor se refleja en sus ojos, es como si su mirada fuese esa misma llama, como si ambos naciesen del mismo calor. Le da tres caladas al cigarro. El humo entra y sale con delectación, se nota en su rostro como disfruta la nicotina asesina recorriendo todo su sistema respiratorio.

-Mateo, diga algo. Me aburre ese silencio tan apabullante.

-¿Por qué no ha publicado nada? Según usted lleva 20 años escribiendo. ¿Dónde está su obra? – le pregunto de manera brusca, el humo del cigarro es cada vez más denso y su mirada parece encender todo el lugar. Me siento asfixiado, pero lo disimulo. Tomo un sorbo de café y Carlos sigue sin decir nada. Rompe el silencio. Habla, con cierta lentitud, impropia de él.

Sé que no es necesario explicarle el contexto social de esta ciudad. Por tanto, vamos a lo que me atañe. Desde los 17 años empecé una cacería de premios, lo que Bolaño llamaría ser “un escritor búfalo”, un caminante infatigable por la geografía de los concursos literarios, como “Sensini”. Participé en todas partes, créame, pero no gané en ninguno. Ni siquiera quedé en la lista de los recuerdos de ninguno de esos concursos. Eso me ha golpeado fuerte, pero escribir para mí es una necesidad. Una acción integral en mi ser. Por eso sigo aquí. Hay otra cosa: en Manizales para poder ser publicado hay que: a) Tener apellido Vélez Correa b) Ser amigo de Orlando Mejía c) Vivir en Paris d) Ser amigo del dueño de Hoyos Editores e) Ser recomendado por Octavio Escobar f) Tener dinero. Es claro que yo no tengo ninguna de las anteriores. Nunca me he juntado con los escritores u otros lectores, sobre todo porque los clubes del mutuo elogio son tonterías. Lo diré para su panfleto sobre la pornomiseria en el arte: para poder seguir escribiendo he tenido que empezar a trabajar en un call center. Sí, en esa nueva forma de esclavitud. Leo menos, pero puedo pagar el café, los cigarros, los recibos y los libros. Esta casa me la dejó mi papá. Estoy planeando autopublicarme. No pretendo lamer más culos en revistas o concursos o en el Instituto de Cultura. Me harté, estoy muy viejo para esas bobadas pueriles.

De nuevo silencio. El cigarro de Carlos se consumió entre sus dedos mientras hablaba. Así que sólo le queda mirar hacia otro lado, hacia la pila de libros que está tras de mí, para distraerse un rato. Yo hago lo mismo, pero con la otra columna que está tras Carlos: allí están  Poe, Hemingway, Bukowski, Lovecraft, Douglas Adams, Kerouac, Burroughs y otros que se ocultan entre una serie de papeles desperdigados por el piso. Solo hasta ese entonces me fijo en el caótico orden de toda la estancia. Carlos me mira, sonríe un poco.

-Mateo, tengo que ir a trabajar. Ya sabe, el call center….

-Listo, Carlos. ¿Me puedo llevar ese librito de Bukowski que tiene allá abajo, entre esos papeles?

-¿Pulp?

-Sí, ése..

-Hágale- una vez dicho esto, sale hacia la cocina. Lapso que yo aprovecho para tomar cuatro hojas que están junto al libro. Son algunos poemas con tachones y lo que parece ser el inicio de un cuento. No aguanto la tentación, así que los guardo en el maletín junto al libro de Homero que cargo allí. Tomo “Pulp” de Bukowski. Le echo un vistazo final a ese hábitat extraño y contrahecho donde duerme Carlos; impregnado por ese denso aroma a grasa, ahora mezclado con una imitación barata de 212, de Carolina Herrera.

– Vámonos- aparece de repente con su raudo cabello castaño peinado, una chaqueta y un libro de Elena Ferrante bajo el brazo- dejemos la pola para otro día.

-Está bien, Carlos- cuando escriba el texto, se lo mando.

-Listo, espero que quede retratado como el mísero escritor inexistente que soy. El pornógrafo además de pobre, alejado de la mano de dios que es el poder y los contactos, así como la capacidad de sonreír con hipocresía.

-Sí, puede ser. O quizás termine haciendo una especie de crónica de esta charla. Usted es un personaje digno de ser narrado.

– Jajaja, Mateo, deje de leer tanto a Wolfe, terminará haciendo cosas raras. Yo sé por qué se lo digo.

Carlos se acerca a la puerta. Me invita a salir. Afuera el sol no arde tanto como cuando llegué, pero a pesar de ello el calor que emana el asfalto es suficiente para hacerme sentir de nuevo en la realidad. Una vez ambos afuera, nos despedidos con un abrazo, hecho que me toma por sorpresa pero al cual respondo. Se va caminando, con el libro bajo el brazo y la chaqueta sobre el hombro, un poco encorvado.

Así lo veo alejarse, fundiéndose con el paisaje urbano de casas grises. Gira a la izquierda. Ya no lo veo más, así que decido tomar un taxi. Mientras espero que uno cruce cerca, acaricio las hojas donde están revoloteando las palabras maltrechas de Carlos. Las siento ahí, palpitar con la fuerza del corazón de un búfalo, de un escritor búfalo.