Hablar de cada una de las prendas, de las diseñadoras y los diseñadores, es una tentación y un agravio. Una tentación para el ego, pues contaría cómo mi novela estuvo en un botón, en un estampado, en un tejido.

 

Texto: Jáiber Ladino Guapacha

Fotografías: Leidy Montoya

Es común que cualquier hombre vaya por la calle y que, por la manera en que se viste, alguien comience a imaginarle la vida cotidiana que tiene, por los colores, por el desgaste, por las texturas y las formas de las prendas. Es lo habitual. Extraordinario es que alguien, primero se acerque a sus ideas sobre el mundo y luego lo vista, que hable de ese hombre al que ha leído a través de una costura, un botón. Cuando esa insinuación coincide con la opinión respetada de un gran amigo, dicha años atrás, resulta sencillamente ¡Fantástico!

Hace unos cinco años hablaba con el profesor Rigo sobre mi novela Andago, a unos meses de su publicación. De su lectura concluí que “el pudor ahogó la sensualidad”: fui sugerente, pero no di paso a la entrega; acepté que al pensar en un probable lector, me avergoncé y evadí, con la elipsis  asfixié a los muchachos protagonistas de mi novela. El pie de página y la estructura de ensayo hicieron del velo que suscita, una pared que separa. La semana pasada, estudiantes de la Universidad del Área Andina me han vuelto a decir lo mismo: mi deseo lucha por reventar las cadenas que le impongo. Esta reseña crítica no utilizó los vehículos acostumbrados del debate, la exposición, la escritura, propios del ejercicio académico, sino que recurrió a la tela, al metal, al sintético, a la lana, a la piel, al hilo, incluso, al cemento. Así le dieron la razón a mi profesor, sujetando la desnudez, la juventud, la vitalidad, la masculinidad, utilizando correas, arneses, cremalleras. Sin embargo, la asfixia del texto, la rompió el volumen de los modelos, revestidos de otra manera de la poesía.

Cuando me notificaron que mi propuesta Andago sería publicada por Ediciones Sin Nombre, luego que resultase ganadora en una de las convocatorias del concurso Letras de Pereira para el Mundo, aparte de la alegría de pensar en esa primera edición, también nacía la curiosidad de que algún día, mi novela llegase al taller de un diseñador y que lo que yo escribí fuese impreso en unos bóxer.

Gracias a las profesoras Erika Gómez y Nathalia Arango, no tuve que esperar años y no moriré sin ver mi sueño realizado. Andago no sólo ha sido libro que arrope momentos con el silencio, sino que ahora se graduó: fue libro-prenda en la piel de alguien, con posibilidades de quedarse y algún día llegar a un público más amplio.

Hablar de cada una de las prendas, de las diseñadoras y los diseñadores, es una tentación y un agravio. Una tentación para el ego, pues contaría cómo mi novela estuvo en un botón, en un estampado, en un tejido. Y un agravio, al olvidar detalles de los planteamientos de estos artistas. Además no fui el único homenajeado y no debo quitarle la palabra a quienes representaron la música y las plásticas.

Terminaré, entonces, agradeciendo desde esta nueva desnudez. Como en un espejo, me han devuelto por reflejo los pliegues de un poema. Sus versos son capuchas y mangas que ocultan, caparazones de hierro sobre camisillas metálicas que marcan la piel negra. Y para que tanto peso y oscuridad puedan moverse, están sus mallas y encajes, sus boleros y sus colas, encabalgando el deseo. Me veo como un dios de la cotidianidad, en las rutas de buses, cuestionando la simetría, admirando la contradicción y seguro de que “no hay cosas feas sino mal enmarcadas”. Devoto de Ganímedes y por eso en mi espalda las plumas de águila. La libertad arde en mi cabeza y me vuelve un Prometeo leve. Busco mi Ítaca y Pereira se le parece.

En el fondo de la panorámica veo que me espera un uniforme gris que ya no me avergüenza y una chaqueta más, para recoger el silencio de la divinidad y para proteger la fe en esta ciudad.