Durante la extenuante guerra que vivimos los colombianos, la verdad no es lo que juzgamos que posiblemente sucedió, sino lo que sucedió en realidad. Una cosa es ver por las pantallas u oír por los altavoces de la radio pregonar que entre colombianos nos matábamos o sufríamos violencia. Otra, como hoy, escuchar y ver dos personas, una exguerrillera (María Cardona) y una víctima (Albert Marín Sánchez), hablar del conflicto, las heridas, y lo más importante, dándose públicamente un abrazo de perdón.

Albert y Maria

 

Por: Diego Firmiano

 

Coser y descoser el corazón

Albert Marin

Su cara y su voz son como las de un niño. Son las señales de la inocencia. Y aunque tiene 75 años, según él bien trabajados, don Albert Marín Sánchez no olvida una fecha que lo marcó para siempre: el 8 de septiembre de 2008 a las 6 de la mañana. Día cuando las FARC lo desplazaron de su tierra en Cartago, Valle del Cauca, y asesinaron a sus hijas, su yerno y una nieta.

Él dice que uno nunca se olvida de eso y si se olvida es porque nunca ha sido víctima. Hace 8 años sufrió ese flagelo  y ahora es un gestor de paz desde la Unidad de Víctimas, donde junto a María Cardona, desmovilizada, son protagonistas del Panel de Reconciliación, que hace parte del Segundo pacto por la paz en Pereira.

 

¿Usted cree que es víctima del gobierno o del conflicto armado?

Albert Marín Sánchez: eso es de ambos lados. Primero el gobierno por no aceptar y la guerrilla por tomar el poder. Ese es el problema de nosotros, estamos entre dos bandos. A nosotros nos metieron en un problema que no era de nosotros. En un problema en medio de dos fusiles. Las consecuencias las tenemos ahora.

 

¿Cómo fue el proceso como víctima en su caso particular?

A.M.S: Yo duré 31 años en Bogotá. Y en ese tiempo trabajé en el diario El Espectador. Me gradué como periodista, sin embargo, dejé la profesión porque me dediqué a una finca que compré en Cartago, y de ahí me desplazó la guerrilla de las FARC-EP. Mataron a mis hijas, la nieta y un yerno.

 

¿Hace cuánto vino a decirle a la sociedad que usted es víctima?

A.M.S: El problema más grande es el después del desplazamiento. Muy doloroso. Porque no sabe uno nada al venir acá a la ciudad. A quién recurrir. No fue ciudad grande para mí, pero me quedó grande, porque qué pensaba yo ante la sociedad. No podía venir a decirle al alcalde, señor alcalde yo soy desplazado. Porque hay instituciones como la Unidad de Víctimas, que fue la que me albergó y conoció mi caso.

Ahí fue donde empezó el que me conocieran, quien era, sin miedo. Y recién ahí fue que empecé a darles entender que éramos víctimas del conflicto armado de Colombia. Ahí empezamos el proceso de meterme en los entes gubernamentales para que me conocieran. El Centro nacional de Memoria Histórica, el adulto mayor; las victimas del desplazamiento como una asociación. Hasta que ya conocieron quién era Albert Marín como una víctima del desplazamiento.

 

¿A usted como víctima le quedaron secuelas?

A.M.S: La Agencia Colombiana de Reconciliación (A.C.R) estuvo haciendo un seguimiento de mis pasos, porque yo era el más indicado para eso, ya que un día cualquiera tenía cosido el corazón de odio, de rencor, resentimiento, desearle la muerte a quienes asesinaron a mi familia. Que es un dolor muy grande. Pero otro día cualquier vi la oportunidad de que se estaba firmando el fin del conflicto. No la paz. Y ellos reconocían que habían sido asesinos, despojadores de tierra, reclutaban menores, secuestradores, violaciones, etc.

El gobierno estaba aflojando, y en alguna parte ellos dijeron una cosa, fue Iván Márquez: “logramos que el gobierno se diera cuenta de que en verdad había víctimas y había necesidad de indemnizarlos”. Y esa era mi necesidad del aporte de la casa, de la restitución de mi tierra. Hasta ahora estoy en un proceso de tres años y medio. Parece que ya va a resultar eso.

Y ahí es donde yo dije: voy a descoserme el corazón. Me uní con la A.C.R y vi con María Cardona, en la Universidad Libre, la oportunidad de perdonar por medio de este evento. Yo me pregunté: ¿por qué yo no puedo perdonar a la gente? Si no puedo sanar este odio, me estoy enfermando del corazón, porque tenía guardado estas cosas malas. Dije: “voy a perdonar”. Ahí cogí a María Cardona en la universidad y le dije, si usted fue o no fue, no me importa.

 

Usted cree que es equitativo la reparación que va a tener el gobierno con las víctimas.  Y si no lo es, cree que sería justo.

A.M.S: No es justo. Primero no van a revivir los seres queridos. Segundo no van a dar las tierras que a uno le quitaron. Tercero no con veinte o treinta millones de pesos para un proyecto productivo no van a ser lo mismo porque allá se sentía paz, en ese tiempo, tranquilidad. Eso no se lo puede quitar nadie, pero me la quitaron y eso el gobierno no me la puede dar. Primeramente, porque ya tengo más edad, y menos rendimiento. Yo dije, tengo que dejar el perdón a ellos, a las personas que hicieron o no hicieron el mal contra mi vida o con la de otros. Yo perdoné y de corazón. Dije: voy a subir otro escalón, que es seguir adelante con la frente en alto. Y el legado que le voy a dejar a mis nietos y bisnietos es que hubo una guerra, más ahora hay paz. Si no logramos y cogemos el hilo de la colita, no vamos a tener paz.

 

¿Como víctima cuál es su aporte a la paz?

A.M.S:  El aporte es muy importante. La paz es salud, educación, paz en el hogar, con los demás, incluso con el gobierno, porque ellos aportan para uno, nos exigen y nosotros damos. El aporte que podemos dar es la reconciliación con todos, incluso con los mismos agentes del gobierno.

 

¿Va por el sí o por el no en el plebiscito?

A.M.S: Voy por el sí. Lo recomiendo mucho. Este si no es a favor del gobierno o de las FARC, o del ELN, o algún expresidente, este si es para nosotros. Para que tengamos tranquilidad y paz, a ver si salimos adelante con nuestra futura generación.

 

¿Cuál es el mensaje que le van a dar a la gente que los van a escuchar en el Panel de Reconciliación?

A.M.S:  Acá hay mucha juventud. Y este arte es muy bonito, aunque ellos no sepan qué es el desplazamiento o qué es una persona reintegrada. El mensaje que se va a dar es que si se puede dar un abrazo aun en las condiciones en que nos encontramos todas las personas que tenemos rencor o el dolor, con un abrazo. Un sastre me dijo una vez que el mejor vestido que le puede quedar a un ser humano es un abrazo.

 

Me regala un abrazo…

A.M.S: Sí, claro.

 

Los sueños de María

Maria Cardona

María Cardona es una desmovilizada de la guerrilla. De baja estatura y con un semblante de autoridad, tiene una mirada como la de aquellos que han visto y palpado el dolor. Sus manos son delgadas, y conservan las marcas de haber cargado un fusil durante años.

Siendo tan solo una niña fue reclutada, junto con su sueño de montar a caballo, competir y ganar un premio. Luego en la guerra creyó ver un país más justo, pero cuando fue obligada a abortar y a regalar a su hija a una familia cualquiera, cambió todo. Se escapó de las filas y ahora es promotora de reconciliación dentro del plan nacional de la Agencia Colombiana para la Reintegración (A.C.R).

Tiene otros dos hijos, Johan y Alex, y sus sueños no los ha matado la guerra. Ahora lucha porque salgan adelante, sean profesionales, y crezcan en un país libre y en paz. Con ellos planea el próximo sueño, que concibió en libertad: conocer el mar.

 

¿Qué significa ser reinsertada en la sociedad?

María Cardona: Significa algo complicado. Porque no todo el mundo nos acepta. Nos juzgan, nos estigmatizan. Entonces es complicado cuando nos damos a conocer como personas reinsertadas. Muchos nos aceptan, pero otras no. Entonces el rol así es como mucho temor. Mucho temor.

 

¿Temor por parte del gobierno o de la sociedad?

M.C: El estigma y peligro de parte de la sociedad. Porque usted sabe que los grupos armados están en todas partes, en la ciudad, en el monte. Entonces uno no sabe dónde están metidos y donde están planeando cosas. Entonces esto significa inseguridad también.

 

¿Porque María Cardona decidió reintegrarse en este tiempo?

M.C: Porque yo vi que la vida en el monte no es vida. ¿Por qué no es vida? Porque se pierde la libertad, el derecho a opinar, a ver a la familia. Allá en el monte se pierde totalmente la libertad.

 

¿Dónde la reclutaron y cómo fue esa experiencia?

M.C:  Para mi esa experiencia fue muy amarga. Me engañaron porque yo era una niña muy inocente. Era feliz en mi casa. Me reclutó las FARC acá mismo en Risaralda. Y anduve por muchas partes, Risaralda, Antioquia, Chocó. Estuve siete años y medio con ellos.  Allá en el grupo hay cosas positivas, buenas, pero también cosas que uno no comparte.

¿Cuáles cosas buenas? El compañerismo, la solidaridad entre los compañeros. Que si uno comió arroz los otros también o una libra de arroz para todos. O si cae un compañero herido en combate no se puede dejar abandonado.

Lo que no comparto es que desplazan a la gente; o porque no les colaboran (vacunan) los asesinan; o se puede volver uno enemigo de un día para otro con los demás compañeros si una persona deserta. Por el hecho de yo haberme desmovilizado yo ya soy enemiga para ellos. Entonces acá estamos.

 

¿A usted le tocó ver personas desplazadas, personas salir con sus enseres, llorar…?

M.C:  Yo nunca vi. Estando en el grupo nunca imaginé que les hacía daño a las personas. Yo vine a saber eso estando acá afuera. Porque en las FARC escogen un personal específicamente para eso. Para que vayan y hagan ese trabajo. Nunca vi, sino hasta ahora cuando las victimas me cuentan. Y eso para mí es muy triste.

 

Usted le apuesta a la paz

M.C: Obvio, totalmente. Por eso estoy aquí como persona reintegrada apostándole a la paz. Porque quiero aportar muchos granos de arena a esta paz que se viene.

 

Este pacto por la paz, y específicamente el panel de reconciliación, es un diálogo referente en Risaralda. ¡Qué mensaje tiene para toda esta juventud que vino a escucharlos?

M.C: El mensaje es que nosotros los reintegrados somos los más interesados en que la paz sea posible. Yo creo en la paz porque la paz empieza desde nosotros mismos, desde la casa, el trabajo, la calle. Porque si andamos en conflicto en la casa, seguramente donde estemos no vamos a hacer la paz en ninguna parte.  Mucha gente cree que nosotros los desmovilizados somos los conflictivos en el país. Pero no.

 

¿Guarda rencor a alguien? ¿Quizá algún líder del grupo en el que usted incursionó?

M.C:  Al principio cuando me desmovilicé guardaba mucho rencor contra el comandante. Yo estuve embarazada en el grupo. Y él dio la orden de que me pusieran medicamentos para abortar. Pero gracias a Dios no aborté. Pero cuando mi hija nació ellas me la quitaron y se la dieron a una familia. Ellos se niegan a entregármela, dicen que fue un regalo de la guerrilla y no me la devolvieron. Entonces yo guardaba mucho odio contra el comandante. Pero en estos momentos ya no. Porque uno con odio es como enfermo. El corazón está triste. Pero cuando uno perdona se siente diferente, aliviado, un descanso en el alma y en el corazón.

 

Ya sabemos que María Cardona tomoó la decisión de no estar más en la guerra, apostar por la paz, ¿cuál es su aporte a la paz.

M.C:  Ahora soy promotora de reintegración. Hacemos actos simbólicos de reconciliación entre víctimas y excombatientes. Y es el aporte a la paz. Además de demostrarle al país de que nosotros los reintegrados si podemos cambiar, volver a ser personas humanas. Salir adelante.

 

Usted conoció las FARC-EP, porque estuvo dentro, cree que la guerrilla va a entregar las armas y hacer política honestamente.

M.C: Yo creo que sí. Ellos han luchado muchos años y nunca han llegado a lo que ellos quieren. Y nunca lo van a lograr, porque eso nunca va a ser. Creo que sí. De pronto algunos no, porque muchos no saben lo que es la sociedad o estar acá afuera, ya que muchos fueron reclutados siendo niños. Pero sí, la mayoría sí quiere reintegrarse a la sociedad.