CAER EN EL AYER

Agota Kristof desentraña una verdad indolente: el mundo de hoy está hundido en una angustia existencial mucho más profunda y escabrosa porque todos, sin excepción, hacemos parte de esa fauna extraña que deambula por las calles como autómatas a los que el horizonte se nos presenta como una cortina negra.

 

Escribe / Wilmar Ospina Mondragón – Ilustra / Stella Maris

 

“¿Dónde encontrar de nuevo el

camino volcado hacia el vacío?”

Agota Kristof

Ayer, de Agota Kristof, es una novela nostálgica. Un lago quieto y estancado en el que apenas se percibe cómo se eriza el agua con el viento; sin embargo, abajo, en el piso cenagoso, en lo profundo de su trama, se manifiesta una turbulencia severa, el agite de lo que fue; esa zozobra del ayer que nos reprime los deseos del hoy; o, y tal vez es más sensato decirlo, Ayer es esa fosa común en la que las ambiciones del mañana mueren al ser pensadas, deseadas.

En esta obra Kristof se apropia de la nostalgia como eje central porque a veces, sino casi siempre, sufrimos por lo que fue y no queríamos que fuese o, en muchas ocasiones, por lo que pudo ser e impedimos que sucediera. Así, resulta fácil comprender que la vida es, a toda hora, el mismo agujero en el que respiramos ese aire infecto de la monotonía, como si fuésemos un roedor automatizado a la circularidad de la rueda en la que vive y habita hasta morir, desconociendo que jamás llegó al punto B porque nunca se movió, ni siquiera, del punto de partida.

Pensar en lo pasado es una forma cruel de ceder a la indolencia, de entregarse, sin luchar, a la soga del tiempo que nos rodea el pescuezo. De hecho, hay algo macabro en los recuerdos que nos oculta, bajo la sombra del inconsciente, el futuro. Por tanto, es posible que el recuerdo, ese proceso de la memoria en el que se anida la nostalgia, sea, a toda costa, el espejo en el que se reflejan nuestros miedos, nuestros temores; esos monstruos subterráneos que nos aprisionan hasta convertirnos en una caja que, en lugar de abrirse, se achica. Como un cuervo que picotea las entrañas, así roen nuestros recuerdos las ideas y proyectos del presente, impidiendo que, en muchas ocasiones, las personas seamos como queremos ser.

Al parecer, la nostalgia, en la novela de la escritora húngara, es un síntoma psicológico que tiene sus bases en la genética sociocultural que nos lega no solo el territorio en el que nacemos, sino también en otros aspectos menores como el sol, el tipo de alimentación, la salud física y mental, el nivel de adquisición salarial, además de otros factores que, de manera indirecta, terminan de forjarnos y pulirnos.

En este sentido la nostalgia no es un sentimiento o un estado de las personas; puede ser, por supuesto, una conducta inducida que descalabra la voluntad del hombre al no hallar su libertad, porque siempre somos las marionetas de un destino en el que las hadas, los magos y los héroes; o sea nosotros mismos, los seres de carne y hueso, somos apenas personajes ficticios e intrascendentes en un cuento que, en lugar de ser mágico es, sin duda alguna, una narración desencantada y macabra en la que elegimos morir la vida en la monotonía de la existencia.

Pero la nostalgia no necesariamente es una acción que tiene sus raíces en un pasado muy anterior; en muchos casos, esta amargura por las cosas deviene del exceso de realidad en el que vivimos, de esa meticulosidad que exige hacer siempre las mismas cosas en un mundo que, se supone, es moderno y multifacético, agitado. En otras palabras, estamos bajo el yugo de la lógica, la monotonía y una realidad inclementes, devoradoras. En el universo líquido de la actualidad somos, en fin, como el sentenciado que clama misericordia justo cuando el filo de la hoja ya le rebana el cogote.

Para Agota Kristof, la nostalgia está atestada de melancolía por naturaleza; y es ello, precisamente, lo que nos hace seres ariscos, convulsivos y, paradójicamente, agotados ante un mundo que, más allá de la nobleza, nos vende la idea hedionda de que todo aquello que sea diferente es frío y extraño, algo que debe desecharse porque no encaja en los cánones de un universo que ha dejado de ser pluriétnico y multicultural para convertirse en un escenario en el que lo raro, lo extraño ni lo extravagante caben en lo que hoy, con el aval de la posmodernidad, se ha denominado la aldea global; esa aldea en la que nadie tiene consciencia de sí mismo, ni de los otros e, incluso, ni siquiera del entorno en el que todos confluyen.

Ilustración / El País.

En cuanto a la escritura de la novela, descubro un texto limpio, ágil, rápido; un manifiesto casi minimalista en el que los adjetivos superfluos e innecesarios no son fundamentales en la narrativa descarnada y cruda de Ayer, pues la característica más preponderante del minimalismo consiste, en primera medida, en la capacidad de desarrollar una trama elocuente a través de la descripción de los personajes y los escenarios para que toda la obra sea, en el fondo, una atmósfera tan extraña y encantadora por medio de la cual se revelan, desde luego, los entramados íntimos y, por qué no, viscerales de la condición humana.

Agota Kristof desentraña con esta novela una verdad indolente: el mundo de hoy está hundido en una angustia existencial mucho más profunda y escabrosa porque todos, sin excepción, hacemos parte de esa fauna extraña que deambula por las calles como autómatas a los que el horizonte se nos presenta como una cortina negra que nos impide apreciar que el castillo abandonado no es una ruina para el olvido, sino un pretexto en el que la memoria histórica todavía vive, respira.

En la actualidad, somos tan inexistentes que parecemos unicornios melancólicos juzgando la ira del ogro excluido a la soledad, aun sabiendo que su comportamiento iracundo deviene, por supuesto, de nuestra intolerancia hacia su grandeza y fealdad. Esa es, pues, nuestra condición humana: herir al otro, descalificar los sentimientos ajenos, derrumbar, con nuestras palabras y acciones, las ensoñaciones más íntimas de aquellas personas que nos rodean.

Con base en estos argumentos es importante preguntar: ¿será la nostalgia una forma a través de la cual cada quien se dice a sí mismo que si no cambia entonces se está quedando al margen de sí mismo? ¿Será la nostalgia un aliciente para entender que quitarnos la máscara no significa ser otros, sino nosotros mismos con la única intención de replantear esos paradigmas que nos han sumido hasta el hartazgo en la melancolía por la vida?

Si lo analizamos con detenimiento, en Ayer, la nostalgia que se carcome a los seres humanos tiene un tinte vital mediante el cual anunciamos que hemos roto la calma para reconstruir, a la luz de un examen concienzudo, todo aquello que, de una u otra forma, nos ha maltratado, nos ha hecho caer en el error. Y el error es, antes que nada, una dimensión en la que yo no descubro la oportunidad para señalar ni juzgar, sino que, por el contrario, considero que es un llamado a la conversión, al mejoramiento de nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes censurables, si es que existe algo en la humanidad que merezca la censura.

Con Kristof aprendemos que el sujeto nostálgico no es un perturbado mental ni un exhibicionista; tampoco es un individuo que usurpa la identidad de otros; solo es una persona que sufre en carne propia la brusquedad con la que el tiempo, la vida y la realidad lo van despojando de lo que ansía hasta sumergirlo en esa lógica acartonada de los sueños imposibles. Un nostálgico no es impostor, es, desde mi parecer y de acuerdo con Kristof, un hombre que sufre por sí mismo y por los demás por las llagas ajenas que sanan en la piel de su memoria.

La nostalgia, a fin de cuentas, subyace en nuestro interior como un grito a través del cual entendemos lo perjudicial que sería abandonarnos a la angustia, al azar, a la ambición del caminante y a la suerte de los caminos, de los senderos, de las bifurcaciones. Este grito interior solo es un deseo incontenible que nos evita caer en la ligereza y rapidez de un mundo que se aboca más por los placeres ambiguos que por las acciones sensatas que nos configuran como sujetos vivos en un universo que fluye, que cambia constantemente y que, con extrañeza debo anunciarlo, no soporta nuestros cambios, porque es más importante conservar la obediencia y las imposiciones de una moral rancia y asquienta antes que catapultar los sueños y la libertad del ser. Seamos, pues, en las desgarraduras del tiempo y no en la monotonía banal de lo establecidamente incambiable.

Twitter: @wilmar12101