Día 1 / Un vestido del color del sol

Metáfora del desprecio, del mayor de los desprecios: el de los padres, el de los creadores; el de una madre que no echa en falta un vestido del color del sol.

 

Por / Giussepe Ramírez

Portada / Daniela Carvalho

Una tendencia reciente del mercado editorial privilegia el testimonio sobre la calidad literaria. Importa más qué te haya pasado que cómo lo cuentes o la calidad con la cual lo cuentes; habrá mayores ventas si la historia genera polémica, incluso si está escrita con recursos ramplones y total descuido del lenguaje. Un hecho traumático valida contar una historia.

El beso es un testimonio escandaloso, y, a la vez, en su escritura se advierte un gran cuidado, una consciencia sobre la potencia del lenguaje para estremecer al lector con la escogencia sutil de una sola palabra, precisa, o con la elaboración genuina de una escena.

El primer adjetivo que viene a la cabeza al leer El beso no es “aberrante”, sino “bello”, “cuidadoso”, “peligroso”, “conmovedor”.

En la superficie, en las razones por las cuales la historia es un escándalo, El beso es un testimonio sobre el incesto. Sin embargo, en una capa no muy lejana de la superficie, es en realidad el testimonio de un triángulo amoroso, el más sórdido, pero no por eso menos cotidiano, de los triángulos amorosos que uno pudiese imaginar: madre, padre e hija, todos en la pugna por el amor del otro, en un intento desesperado por hacerse notar y ganar el afecto, cada uno en la búsqueda de una atención no siempre dispensada. Es, también, un testimonio de cómo habla el cuerpo, de su poder de arma y su capacidad para sublevarse; de la transformación del cuerpo como forma de lucha y alcanzar notoriedad.

¿Qué sucede si extirpamos a la madre de la historia?

Este testimonio, como cualquier intento por reconstruir un recuerdo tan lejano y doloroso, posee una estructura fragmentaria, llena de saltos temporales, sin linealidad alguna. Una discontinuidad llena de belleza. Puede saltar de un encuentro amoroso entre un padre de treinta y nueve años y una hija de veinte, a un recuerdo de la narradora a los cinco años, e impulsarse desde allí al presente en el cual escribió estos recuerdos, llena aún de preguntas difíciles de responder.

Por otro lado, la historia profundiza en el resquebrajamiento de la idealización del otro, recorre los pliegues de la insatisfacción en el amor, de la defraudación de un sentimiento tan intenso; de un amor trunco que jamás pudo desarrollarse en el momento preciso. Es, en fin, una historia de degradación, en la lenta extinción del cuerpo para comprobar el amor de la madre (hasta dónde me quiere, hasta qué mínima expresión de mi ser su amor perdurará).

Y, sin duda alguna, se trata del cuerpo femenino, acuciado por múltiples estereotipos, idealizaciones y tabúes. En últimas, el cuerpo, la adquisición de la feminidad, es lo que la hace visible ante el padre y, también, provoca el rechazo del abuelo. Su cuerpo de niña pasa desapercibido, pero su feminidad la reafirma más allá del espejo.

Explora el amor interesado solo en la complacencia, en un modelo que no se salga de lo esperado, de los estándares, pues esto parece ser lo único que lo justifica. Un amor artificioso que a la menor anomalía del otro se esfuma y cesa.

El valor de este libro yace en insuflarle ambigüedad a un tema sin matices, condenable para cualquiera desde el principio, pues se trata de la relación de poder más cotidiana y desequilibrada de nuestras sociedades. Pero la autora no condena a su padre. En vez de eso, lo analiza, lo recorre, se esfuerza por entender cómo operan su mente y sus sentimientos, que al fin y al cabo es lo que hace toda literatura con sus personajes inventados o palpables. Lo narra exento de recriminaciones o reproches, con la objetividad de alguien que ha tomado la distancia suficiente para contar, de alguien que no parece ser la víctima.

Desde niña, la víctima lucha por ganar el aprecio de su madre, pero esta la rechaza: “Me coloco bajo la falda de un vestido y me cae por encima como una tienda amarilla, una tienda del color del sol y con el aroma de las flores. Aplasto la cara contra el suave tejido, cien veces más adorables que cualquier otra cosa en esta casa. Si no valía la pena llevarse un vestido como este, ¿cómo iba a valer la pena yo?”. Metáfora del desprecio, del mayor de los desprecios: el de los padres, el de los creadores; el de una madre que no echa en falta un vestido del color del sol.

Y la búsqueda de ese amor materno se transforma en venganza, en deseo, en rebeldía corpórea, en mapa del hambre, en una venganza que arrastra a la hija a la cama del padre para hacer el amor, como él lo llama.