Distancia de rescate se asemeja más a un territorio accidentado, lleno de picos y de baches, que a una llanura o una pampa donde todo es visible y se avanza en línea recta.

 

Por / Giussepe Ramírez

En Distancia de rescate la tensión no se aplaza ni se dilata, la tensión se mantiene a lo largo de todas las páginas en medio de una alterada linealidad, tanto espacial como de tiempo. La primera imagen nos habla de gusanos por todas partes. Inmediatamente después, invirtiendo los papeles cotidianos, asistimos a una especie de larga sesión de psicoanálisis, donde la palabra da respuestas sobre el dolor, pero no lo disminuye, guiada por un niño extraño; sesión que a su vez tiene lugar en una salita de urgencias sospechosa, un lugar de tránsito, límbico, parecida quizás al purgatorio o al bardo de los budistas, un lugar habitado por niños con deformaciones, se podría pensar incluso que por almas penitentes. En todo caso, un lugar misterioso del que no podríamos precisar si se trata de un lugar físico.

El relato va sobre las consecuencias de vivir en un campo contaminado, de la antropofagia de un territorio, pero el tiempo presente del relato transcurre en el diálogo introspectivo entre David y Amanda, que por momentos incluye voces del pasado y crea un ominoso tejido de diálogos y escenas. El diálogo estructura la historia y sirve para desenmarañar las causas de un destino trágico, de la naturaleza como fatalidad. Lo que Schweblin pone en funcionamiento es un contrapunto entre paisaje rural y paisaje onírico.

Este thriller encuentra su desenlace por medio de un proceso psíquico, donde la memoria conduce a revelaciones ocultas en el inconsciente.

Acudimos, desde la fuga del caballo, a la desidealización del campo. El campo no es lo familiar, dócil y domesticado, sino lo siniestro y contaminado, una advertencia de nuestra extinción. El campo ha reconfigurado su naturaleza. El campo, ahora, es el homicida. Pero lo es por propia mano del hombre. En la inmensidad del campo lo invisible, una brizna de hierba, porta el germen de la monstruosidad. Apoyamos nuestras manos sobre el césped y segundos después nos pican, y luego los gusanos, la descomposición. La naturaleza es lo monstruoso y nos configura genéticamente, espiritualmente. Debemos compartir el alma, dividirla, para soportar lo tóxico, para convivir en medio de la toxicidad.

El diálogo es irregular por el despotismo de David, quien actúa como psicoanalista, editor e incluso como censor, entendiendo la operación de la censura como la operada dentro de un sueño, donde se transforma el lenguaje para cumplir el deseo y desplazar lo traumático.

No todo lo que recuerda Amanda es importante ni todo lo que quiere saber servirá para llegar al punto exacto. Distancia de rescate se asemeja más a un territorio accidentado, lleno de picos y de baches, que a una llanura o una pampa donde todo es visible y se avanza en línea recta. El lector solo puede avanzar por las 124 páginas con máximo nivel de atención, pendiente a los saltos atrás y adelante, fija su mirada en lo que importa pero se pasaría por alto.

El campo de esta historia mina los vínculos de sangre, rompe hilos invisibles, fragmenta las familias y las vuelve disfuncionales. Los padres están ausentes, con otras preocupaciones, y las madres son quienes aventuran un antídoto, una forma de combatir el veneno. Hay en esta nouvelle, si se quiere, una relación especial con la muerte, con el alma, diríase que latinoamericana y sucesora de la obra rulfiana.

Está en discusión la maternidad, sus imaginarios de abnegación, incondicionalidad e instinto. Las madres no han evitado el envenenamiento de sus hijos y ya no pueden llamarlos hijos. Sus hijos son otros, son extraños, son siniestros. La inocencia transmuta en lo contrario: la maldad. Acto antonímico revisitado varias veces por la literatura de terror. Nina no es Nina. David no es David. “Ahora ya no me llama mamá”, se lamenta Carla. ¿Quiénes son los hijos? ¿Pertenecen los hijos a las madres? ¿Son siempre hijos o el vínculo se rompe? En todo caso, los hijos de esta historia siempre tienen piernas muy cortas o frentes muy anchas o almas prestadas, son monstruos y personifican el peligro. Los hijos han mutado.