También se subyuga al lenguaje: pasajes eliminados de los libros, millones de páginas pasadas por la hoguera, palabras prohibidas que rememoran el pasado o las demás características del cuerpo. El intento por borrar la memoria.

 

Por / Giussepe Ramírez

Portada / Cinta Arribas

Los relatos distópicos pueden tener el carácter de profecía, recuento de hechos ya olvidados o bien la consciencia de asuntos presentes pasados por alto o por el tamiz de la indiferencia: “Nada cambia en un instante: en una bañera en la que el agua se calienta poco a poco, uno podría morir hirviendo sin tiempo de darse cuenta siquiera”, comenta Defred sobre el pasado en el cual se empezaba a cocinar el modelo de sociedad que ahora la esclaviza.

El cuento de la criada no es un relato futuro, es más bien un recuento de viejas cosas, de opresiones de siempre y dominaciones anacrónicas. Es, más allá de un universo distópico, una alegoría, una catástrofe ya vista y padecida: un juego especular de realidades solapadas pero latentes, de retrofuturismo aterrador. Sería, en palabras de Benjamin, el Ángel de la historia mirando hacia el pasado, sus ruinas, empujado hacia el futuro por un huracán, sin poder hacer nada. Defred, como el ángel, es arrastrada hacia el futuro, un futuro de esclavitud por una fuerza sin escrúpulos.

La narración se construye en tres tiempos, principalmente, y un cuarto tiempo que presenta la trasformación de la República de Gilead. Pueden entenderse estos tiempos a través de la nominación de la mujer, de una identidad individualmente nombrada, al de un mote que depende del nombre de su carcelero. La mujer como propiedad validada únicamente en su imaginario de contenedor de criaturas al servicio de un hombre.

La narradora inicia el relato de su tediosa rutina describiendo el paso del tiempo en la forma de unos aros de baloncesto sin redes, en las líneas y círculos pintados sobre el piso de madera de lo que antes era un gimnasio. Un lugar para ejercitar el cuerpo es convertido en un centro de adoctrinamiento para someter al cuerpo femenino, para obligarlo a ejercer una sola función dentro de la sociedad. Antes de las mentes han de someterse los cuerpos, práctica común de los totalitarismos, pues el cuerpo es siempre un arma que puede rebelarse, la primera conciencia de las cosas.

También se subyuga al lenguaje: pasajes eliminados de los libros, millones de páginas pasadas por la hoguera, palabras prohibidas que rememoran el pasado o las demás características del cuerpo. El intento por borrar la memoria. Pero el lenguaje sigue vivo en los subterráneos, en arcaísmos desenterrados, en los susurros que crean las condiciones para la revolución. El lenguaje hace leve el cautiverio, la tortura.