Día 8 / El ojo de Carafa

En Q convergen las luchas por el poder o los intentos de liberación de todo tipo. En estas luchas, a su vez, se despliegan todo tipo de estrategias…

 

Por: Giussepe Ramírez

Ilustración / PowerPaola

¿Qué pasa cuando un libro sagrado, hermético, limitado a la lectura y a la interpretación de un estrecho grupo, se abre a la interpretación de todos? Al formular sus tesis Lutero creyó en la unanimidad de su lectura, en que en su esfuerzo por establecer un reformador acercamiento a las sagradas escrituras no habría desviaciones. No imaginó el desbordamiento, las singularidades que desencadenaría ese punto de origen en contra del mercado de indulgencias. En medio estaban los campesinos, las gentes del pueblo que vieron en la Reforma la oportunidad de sacarse de encima la rémora no solo de lo religioso sino también de lo político y lo económico de quienes imponían la fe, fueran príncipes u obispos.

En Q convergen las luchas por el poder o los intentos de liberación de todo tipo. En estas luchas, a su vez, se despliegan todo tipo de estrategias: el panfleto —posible gracias al desarrollo de la imprenta—, el espionaje, la especulación financiera basada en el poder político y eclesiástico, las intrigas, el debate público, el mesianismo, la persecución, la hoguera.

El fresco, la trama histórica podríamos decir, son las luchas campesinas, la Contrarreforma, el radicalismo anabaptistas. De fondo dos individuos, dos enemigos se estudian, se siguen en las sombras. Individuos atrapados en el fresco, movidos hacia su encuentro final, controlados por aquellos que tienen en sus manos los hilos de la trama histórica, pero que sin embargo “sostienen toda la geometría del cuadro”. Sin ellos habría vacíos, se destruiría el conjunto.

Sin embargo en la narración, una de las dos narraciones, es Gert del Pozo, Lienhard Jost, Ludovico o Lot, nombres de muertos en todo caso, quien quiere tener todo controlado. Lot, el que no vuelve la mirada, mira hacia atrás para impedir que la violencia se atenúe, para revivir el estruendo de una época, para salvar del olvido todos esos nombres, nombres de muertos. Desde Frankenhausen, Münster, Amberes, Venecia, Basilea y Estambul va tejiendo los hilos; le cuenta a Eloi, nos cuenta a nosotros. Salta entre años, vuelve a una calle, a un rostro, a un nombre, a un campo de batalla donde todo estaba decidido.

Del otro lado,  a consecuencia de que determinado cuaderno cayó en manos de su enemigo, Qoèlet también narra a través de informes y entradas de su diario. El cuadro se completa, los dos personajes del fondo de la historia, invisibles, el hombre sin nombre y el hombre sin rostro forman el arco que sostiene toda la escena.

En un primer momento el espía observa y analiza los hechos para que Carafa, o una de las “figuras que destacan en el centro del cuadro” como comenta al inicio de su diario, tome decisiones.

Después, hacia el final, avanzada su acción de inteligencia e infiltración en los movimientos herejes, exhibe sus pensamientos más allá de la utilidad para su jefe. Q, instrumento y ojo de Carafa, escribe para sí mismo, piensa en la posteridad. “¡Vanidad, pura vanidad! ¡Nada más que vanidad!” dice Qoèlet, el predicador, en el inicio del Eclesiastés.

Los dos protagonistas, imágenes oscuras de un rompecabezas, se encuentran al fin en el inicio de su vejez. Un encuentro propiciado por la inversión de roles. Es Lot quien ha preparado la estratagema. El ratón se ha devuelto en la ronda contra el gato.

En este contrapunto de informaciones y pronunciamientos religiosos y políticos extensos la tensión dramática se sostiene. Avanzamos entre el laberinto armado por Q y por Lot durante cuarenta años de agitación y reconfiguración del centro de Europa: Lutero termina transando con los príncipes electores, los campesinos son arrasados en Frankenhausen, a Münster jamás llega el apocalipsis, los Fugger erigen un gran entramado financiero, Carafa lleva a término su plan: sentarse en el solio pontificio. Pero en la última misiva de su Ojo queda de manifiesto que la victoria no será completa.

Lejos de Europa, del lado del Turco, el hombre sin nombre, o de múltiples nombres, se dispone a seguir una vida sin objeto como un ángel de la muerte en retiro, pues todos aquellos que lucharon a su lado han muerto. El plan ha tocado su fin, y sin plan su enemigo ya no existe, la lucha pierde sentido. Los días convulsos continuarán, pero él ya no hace parte de la trama.