EL TRATADO DE LOS ANIMALES

En definitiva, La urbanidad de las especies es la hominización de los animales, desarrollada en clave ficcional.

Por / Diego Firmiano – Ilustración / Alexandra Muñoz Jaramillo

Las primeras preguntas que surgen al terminar de leer La urbanidad de las especies (1996), del escritor risaraldense Rigoberto Gil Montoya, son: ¿Qué metáforas hay entre capítulos? ¿De qué va un libro sobre animales pensantes y dialogantes que narran escollos humanos? ¿Hay alguna relación con el antiguo zoológico de la ciudad, con la clase política de los años 90 en Pereira, o con los habitantes de San Judas? Inquietudes a modo de hoja de ruta que sirven para descifrar la intensión del autor, que, en su producción textual, usa un estilo denso, sintético, rico en significados, y que, como Kafka, usa la invención como el mejor camino para representar la realidad.

Quizá por esto es que el crítico literario Orlando Mejía Rivera (1961) cataloga este libro de bestiario posmoderno y no sin razón, ya que el dolor, la angustia, la vida, la muerte, la civilización, Dios, la historia, la memoria y un sinfín más de tópicos, son tratados por un ratón, una araña, un tigre, una hormiga, un gallinazo, un caballo, una cucaracha y un comején. Monólogos animales, que surgen (literalmente) desde ese primer capítulo denominado: El libro de los comienzos, y que desemboca en Karla desnuda los fines de semana, cuando el guardián de un zoológico descifra un secreto sin precedentes: «Entonces descubrí lo que temía. Los animales se comunicaban entre sí. Habían tejido una red de comunicaciones espeluznante.» ¿Puede tener este cuento una revelación mejor? O quizá ¿Tenemos el punto central del autor delante de nuestros ojos?

Porque en esta obra vemos por un lado la extrapolación de Konrad Lorenz: Salomón hablando con los animales, a través de un anillo mágico, o en contexto, Rigoberto Gil Montoya discurseando por medio de figuras zoomórficas; y por el otro, la suposición de que entre animales se pueden comunicar, organizar, e incluso razonar como la raza humana. Una bifurcación, que nos conduce a la sana inquietud, si acaso el hombre es la suma de todos los animales, porque estos bípedos y cuadrúpedos pensantes, dentro de la narrativa de Gil, parecen ser el uno y el mismo, solo que, con diferentes realidades, pelajes y hocicos.

¿Serán estas creaturas arquetipos de las actitudes humanas? Está entredicho, porque las bestias no pueden mentir, y ninguna de ellas, en realidad, puede hacer una conjunción, no piensan y como no piensan, no hablan. De ahí entonces que este libro sea de difícil lectura, cáustico, si se quiere naif y que subrepticiamente, presente un dilema lingüístico, el mismo que planteó Zenón de Elea, sobre si Aquiles podía o no alcanzar la tortuga, ya que, en la práctica, sí era posible. Una figura que el eleático usó para probar que, con palabras, en ninguna forma, y bajo ningún plano, el guerrero aqueo lograría alcanzar el quelonio, demostrando con una simple y sencilla fábula, que el lenguaje y la vida se contradicen constantemente, o al menos no tiene una relación equivalente.

Paradoja, verbigracia, que no es un escollo matemático, sino lingüístico, el mismo que nos plantea Rigoberto Gil Montoya con su obra, y que es necesario auscultar, atendiendo a los giros, la sutileza de los monólogos, la caracterización de los personajes,  el punto de vista del narrador, los saltos cualitativos, y la parrilla histórica de fondo; elementos estructurales que son envoltorio de lo que hay dentro, y detrás de los ojos vidriosos, las orejas peludas, y las patas alargadas, de animales e insectos que hablan como si fueran filósofos, historiadores, políticos, ciudadanos, profesores, o simplemente personas comunes y silvestres. Toda la riqueza de estos procedimientos en este libro nos deja ver la intención del celianes, autor de El laberinto de las secretas angustias (1992) Perros de paja (2000) y Mi Unicornio Azul (2014) y de media docena de obra más.

Mecanismos ocultos, por supuesto, que no están ahí sin propósito, y que se cuidan de desembocar en moralejas, es más, el buen cuento no debe permitirse esta licencia, y por eso no hay una metáfora como nos preguntábamos al principio, sino unos personajes zoomórficamente estéticos (pienso en las figuras análogas de Gregor Samsa, Nabucodonosor, o el perro parlante de Oskar Panizza). Por eso, es que sí es posible pensar que estos diez cuentos están emparentados con el localismo tradicional; con una ciudad que tiene un claro interés por hablar, reconocerse, y hasta en cierta forma de ver o escuchar lo que dicen los otros, ya que los pereiranos, a decir del escritor Gustavo Acosta, somos fisgones por naturaleza.

Así es que La urbanidad de las especies, tiene que ver más con el lumen recibido por el lector, con una fabulación que pone a los animales como regla de conducta humana, cuyos discursos nos ayudan a comprender un poco más el mundo y al hombre. Ese hombre que es palabra, y sin la cual, se vuelve inasible.  Rigoberto Gil Montoya cree ver en la acción animal, un ejemplo de fidelidad a las reglas, que impone a todos, una naturaleza objetivamente ordenada y razonable.  Sabemos que el ser humano trasgrede las leyes para su mal, los animales casi nunca, a excepción de los pingüinos y los cerdos, que han sido dotados, por la sabiduría universal, de instintos irracionales. En este sentido, el irónico de George Lichtenberg, apunta «los animales casi nunca se equivocan, salvo los más inteligentes de ellos.» Y vaya que da en la diana.

Eso sí, no podríamos afirmar que Franz Kafka es el que apertura el estilo de hacer hablar a los animales, hay otros antecedentes, pero Rigoberto Gil con estos diez cuentos, reflexiona sobre la idea de que, si ellos pueden razonar como nosotros, lo hacen, porque han sido urbanizados o en su defecto, civilizados, que significa etimológicamente, domesticados. Es verdad que los perros no hablan, ni los gatos tocan el piano, ni mucho menos los monos juegan ajedrez, pero otros autores como Cassius Marcellus Coolidge, o Sam Savage, o George Orwell, han hecho que otras especies jueguen Poker, lean libros, o armen una revolución comunista.

En definitiva, La urbanidad de las especies, es la hominización de los animales, desarrollada en clave ficcional. La ruta de lo animal a lo humano, pasa por el camino del discurso, hasta llegar al terreno desconocido de una obra bien pensada en Risaralda. La crisis del zoológico, no es pues, el guirigay escuchado entre rejas, sino, la condición de animales que hablan como personas, se dan cuenta que la realidad es dolorosa, conocen la vida y la muerte, y se enfrentan al difícil roce de las relaciones humanas. Los animales, según los concibe Rigoberto Gil Montoya, son ontológicamente más libres que el hombre, aunque él mismo no formara cada personaje, sino, que les haya hecho creer que son dueños de su cuerpo, de su destino y de sí mismos.

Sería Sigerio de Bravante, al igual que el cuidador del zoológico, el que enseñaría un sofisma que no ha sido rebatido en siglos: «Todo hombre es un animal» omnis homo de necessitate est animalLa urbanidad de las especies, es pues, un libro de gran valor para la literatura en Risaralda, gracias a una temática nunca antes concebida y porque transparenta los ideales antropológicos, sociales, religiosos y familiares, asentando una verdad:  el único medio posible para fundar una sociedad de hombres o animales, es la comunicación.  Sin la realidad del lenguaje, tanto el mundo animal, como el humano se desmoronaría.

@DFirmiano

*Esta publicación hace parte del proyecto ‘En pocas palabras’, ganador de ‘Cultura en Casa’ 2020 de la Secretaría de Cultura de Pereira.