EL TRUCO DE LA COLA

…una  buena historia no tiene precio, porque puede  cambiarnos la vida para siempre, tal como lo sugiere la periodista Ginna Morelo en su prólogo : “¿Escribir para qué? ¿ Si leer  es un vicio, escribir qué sería?”. Un vicio impune, a juzgar por los textos compilados en este libro.
Escribe / Gustavo Colorado Grisales – Ilustra / Stella Maris
El periodista argentino Daniel Santoro escribió: “Cuando un reportero encuentra la cola de la rata hay que jalarla, hasta llegar al final”. Esa frase afortunada resume la esencia del periodismo de  denuncia. Otros lo han dicho de distintas maneras. “Sigue el olor del dinero” o “sigue los pasos de la amante o del amante”.
En últimas todos aluden a lo mismo: a la necesidad de no soltar al  corrupto una vez se le ha pillado por la cola. Al final, periodista y medio tendrán su recompensa: la revelación de toda una trama  de robos y saqueos en la que a menudo subyacen dos grandes detonadores: sexo y poder. Porque, en últimas, esas son las dos pulsiones vinculadas a toda forma de corrupción.
Cuando el portal web Tras la cola de la rata nació en un salón de clases allá por abril del año 2011 no pudo haber elegido mejor el nombre. El profesor Abelardo Gómez Molina, que en noches de luna llena se desdobla y firma como Antonio Molina, fue el gestor de la idea en compañía de un grupo de estudiantes de periodismo.
En principio fue un blog en el que se publicaban los mejores trabajos de los muchachos. Pero como en el mundo las ratas son legión, pronto ese formato se reveló corto y migró hacia la condición de página web.
Pero la filosofía siguió siendo la misma: desfacer entuertos. Negocios truchos, políticos venales, saqueos al erario, fraudes y malversaciones constituyen la impronta pública de América Latina y Colombia no es la excepción. De modo que a Abelardo y sus muchachos nunca les faltó trabajo, aunque si tiempo y recursos para desarrollar una tarea que siempre resulta costosa.
A lo largo de esa década se han sucedido los gobiernos, pero sus lacras siguen siendo las mismas. Y el equipo de investigación y redacción de La Cola de Rata –con el tiempo decidieron acortar el nombre- ha estado allí para revelarlo. Las infamias del clan Merheg con recursos tan sagrados como los de la salud. El constreñimiento al elector en la etapa final de la alcaldía de Juan Pablo Gallo. La irresponsabilidad del Ingenio Risaralda en el manejo de sus residuos. Las andanzas del político Mario Marín y sus familiares más cercanos han sido y son parte de una agenda informativa que le ha valido reconocimiento y respeto en el ámbito de  los medios independientes del país.
En épocas recientes, alianzas con medios de comunicación de probada responsabilidad como Baudó Agencia pública y La Liga Contra el Silencio le  han permitido expandir y multiplicar sus audiencias más allá de los límites regionales.
Fiel al legado de los antiguos humanistas, el portal no se ha limitado al campo de la denuncia. En sus páginas han encontrado sitio expresiones tan disímiles como la crónica, el ensayo, el cuento y la poesía, tan importantes todas para la comprensión de los factores que determinan el rumbo de las personas y la sociedad.
Por eso mismo, en la celebración de sus  primeros diez años de vida al servicio de la sociedad la La Cola de Rata decidió publicar un libro cuyo título parafrasea la letra de Volver, el célebre tango de Gardel y Lepera: Diez años son nada.
Con el sello de El editor (así se llama la editorial, a secas) el libro recoge en doscientas noventa y cinco páginas algunos de los más destacados textos publicados durante una década convulsa y sorprendente, como todas.
Diez años son nada o son mucho. Todo depende de la mirada de quien  escribe y de quien lee. Al menos en este  libro uno puede captar la intensidad y la prolijidad de la existencia en una crónica de Giussepe Ramírez sobre el músico Alfredito Linares o en un  texto de Felipe Chica Jiménez alrededor de la vida dura de  los raspachines de hoja de coca. A su vez, el desarraigo implícito en toda  forma de colonización se asoma en el minucioso relato de Maritza Palma, tejido en las entrañas del páramo. También puede desatar los nudos de la memoria en una bella estampa de los días heroicos del ciclismo colombiano en la pluma del cronista Camilo Alzate.
Intercaladas a lo largo del libro están, por supuesto, las investigaciones de mayor impacto adelantadas por el portal en todo este tiempo.
También hay lugar para la lucidez del ensayo, en una propuesta de Alan González anclada en la obra de Constantino Cavafis o en un contrapunto de Jonathan Arredondo sobre la obra del argentino Ricardo Piglia y el colombiano Rigoberto Gil.
Lejos de cualquier ortodoxia, en La Cola de Rata hay espacio incluso para la poesía, ese difícil género que les sirve de soporte a todos los demás.
Esa pluralidad le ha permitido fortalecerse y llegar a su primera década con la convicción de que son muchos los desafíos por afrontar, entre los que los recursos económicos necesarios para  la supervivencia no son asunto menor.
Por eso, siguiendo el ejemplo de los curas de parroquia, han  decidido sacar la ponchera para apelar a la solidaridad de los lectores que hemos enriquecido nuestro mundo a través de sus páginas. En este caso se trata de intercambiar dinero por  historias, de modo que al final todas las partes resultan ganadoras.
Aunque en realidad es sólo un decir: una  buena historia no tiene precio, porque puede  cambiarnos la vida para siempre, tal como lo sugiere la periodista Ginna Morelo en su prólogo : “¿Escribir para qué? ¿ Si leer  es un vicio, escribir qué sería?”. Un vicio impune, a juzgar por los textos compilados en este libro.  Y los vicios fieles no nos abandonan nunca.
PDT.  Les comparto enlace a la banda sonora de esta entrada