EN ESTE CUARTO FRENTE AL MAR

EN ESTE CUARTO FRENTE AL MAR

 

Escribe / Pablo Villa* –

Dicen que la palabra ‘mar’ no suena igual en los oídos de un turista y en los oídos de un náufrago; gracias a la poesía, podemos decir también, que la ciudad es un mar. Alan González nos deja entrever en sus versos algunos vestigios de su navegar a través calles, cafés, cuartos, balcones y ventanas, noches y días, con sus lunas y soles.

Con el asombro de un turista recorre esa ciudad entre los límites de la realidad y la ensoñación y con la sensibilidad de un artista nos adentra en la intimidad de su «yo poético», de esa multitud de fantasmas que lo habitan, que naufragan entre la desolación y la belleza, pero que pasan también por el silencio que tiene que ser nombrado para que exista en el poema y aquí, ese silencio existe, como una atenuación de la melancolía.

«En este cuarto frente al mar» es un viaje profundo, un tour por la oscuridad y la luz, por el amor y la muerte, por el caos y la esperanza. Este libro es una aventura interior, olas de agua salada, mares y llantos, olas que suben y bajan con la misma fugacidad de un verso.

 

I

 

El agua inclina, “por ley de lluvia”,

persianas y párpados.

Espeja las avenidas

serpenteantes,

deslíe los muros de la pequeña ciudad.

Aprisiona el cuerpo en la maraña del sueño

¡Delicia del vértigo!

De la noche que persiste

al romper el alba

en cristales los astros

y fundir su luz uniforme,

su blancura de arena en el horizonte.

 

La carrosa del sol se habrá perdido,

sin auriga, del calendario, del error del día.

 

Hoy

tiene prisa el olvido.

Hoy

no es posible el llanto.

 

A raudales, el agua sin fin,

de nubes que dejan las golondrinas de marzo ganar el cielo.

 

 

 

 

 

 

II

 

Vine a parar a este rincón de la ciudad

a ocultarme en algún recoveco absurdo

en medio de los andamios entrecruzados,

de las callejas por donde desaparece la gente,

en la geometría infernal de estos edificios.

Vine a confundir mi cuerpo entre las sombras

a ondular sobre el café

con un grito que apaga las estrellas en lo alto.

 

 

IV

 

Sobre innumerables aceras

se enfila la multitud, se atropella

con bolsas y paraguas y hay en su marcha regular

un pulso

de reloj de cuerda, de retraso crepuscular

a sus hogares en los extramuros.

 

¿Por qué, solo hasta ahora, me resulta equívoco el destino

de cada uno?

 

Siento el temblor de sus huesos

como cristales que gritan en la noche

cuando pasa el aire y los reclama

y deja su música de fondo

rodar en la consola

de algún café barato.

 


*Prólogo  al reciente libro de poesía del escritor pereirano Alan González Salazar