ESTUDIO PARA UNA NOVELA

Alejado de las reseñas impresionistas que dejan constancia de la aparición de un libro, su estudio incorporó categorías y teóricos, no para comparar el producto local con los europeos del momento sino para darle el estatus, la dignidad de artefacto cultural que merece disfrute, exégesis, promoción y conservación.

 

Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

@JaiberLadino

PREFACIO

Cuando escribió la primera línea: El libro, como un camino que se recorre en cada lectura, tuvo que admitir la influencia del taller literario del que hizo parte, La poesía es un viaje. La literatura como vida compartida y no como ejercicio solitario. Kavafis habla de detenerse en mercados fenicios, comprar perfumes y visitar ciudades egipcias. Giovanni Gómez, mentor de dicho taller, pedía una palabra que tenga la forma de un barco, para dejarse sorprender por la vida llena de verde eternidad, no de prodigios, verso de Borges que enmarcó uno de los festivales Luna de locos. La escritura no podría ser entendida más que como una trinchera, siguiendo a Miguel Ángel Rubio, ante el peligro constante de sucumbir en la nada.

La escritura, ese modo de abrir trochas interiores, mientras se vaga por esos muelles a los que llegan y de los que parten, los amigos.

TESIS

La idea que quiere perseguir el novelista del que hablaremos, la transcribió en su libreta después de escuchar a Cecilia Caicedo: “El decurso del miedo en la focalización que va de Estaba la pájara pinta (Alba Lucía Ángel), pasando por Crónica satánica (Susana Henao Montoya) hasta llegar a Plaga (Juliana Javierre)”.

Él, que había creído leer en Plaga alguna reescritura de Risaralda, no sospechaba que Javierre podría estar actualizando una imagen de Estaba la pájara pinta. Sin contar con un testimonio con el cual corroborar que lo dicho por la investigadora fuese admitido por la novelista, lo cierto es que el clima, el decorado, los movimientos sí reproducen la intimidación, la zozobra, el acallamiento generado por el militar en la niña y en la adolescente. El miedo de la mujer que narra el mundo cobra un matiz distinto en Crónica, pues en esta novela la monja tunjana, Sor Josefa del Castillo, es acosada no por una masculinidad con arreos y banderas, sino por una entidad sobrenatural que viene para hacerla partícipe del don de la poesía.

Al repasar las flechas y las palabras clave de la conferencia pronunciada por Cecilia Caicedo el miércoles 16 de marzo en el Teatro Comfamiliar, él se pregunta si a esas tres mujeres podría haber sumado a Ana María Jaramillo con Las horas secretas. El miedo también se respira allí, pues se ama a un rebelde en el momento en el que la tregua comienza a desplomarse. El Negro, como el Satanás de Henao, siembra en la piel, semillas para exorcizar lo que los uniformes quieren que permanezca relegado ante el afán de la guerra.

TOPOS, I

Enfrentarse a los dispositivos con los que se amedrenta la voz de la mujer, para entablar un diálogo con la tradición que Caicedo insinúa: he ahí la idea que perseguirá. Imaginar la mujer sabia y hospitalaria, rebelde y sensual a partir de las mujeres de su vida. Sus creencias erróneas, sus batallas pérdidas, su credo ingenuo para revestirla de humanidad. La falsedad de las aliadas y la desorientación de sus lideresas, para que no se pierda la capacidad de crítica ante la ebullición de tantos feminismos. La acogida y la empatía con las migraciones y los tránsitos; el ecumenismo y la ecología como urgencia para salvar la casa común, para que pueda lograr el cometido de hacerle frente a los embates que desde las sombras amenazan la vida.

Después de estos esbozos, de los que puede desprender los rasgos de una personalidad, de una historia de vida, es necesario comenzar a pintar el paisaje. Caicedo le ofrece de nuevo una cartografía: Narrativas de fundación: reconstruyendo caminos, hilvanando memorias, tomo 19 de La Chambrana (2021).

Se trata de una compilación que preparó la maestra en la que recoge las primeras líneas de 5 obras claves, según ella, para reconocer la constitución de una narrativa regional. De ahí que inicie con Risaralda la obra de Bernardo Arias Trujillo que habla de ese primer poblado que fuera Sopinga en el centro de un valle “de dulce nombre, que de tan serlo se deslíe en los labios como un confite de infancia”. Otro relato de ocupación del territorio, esta vez en la vecindad quindiana, es el que se entreve con Benjamín Baena Hoyos y El río corre hacia atrás. La herencia antioqueña recibida en estos pueblos cafeteros puede leerse bien en las memorias de infancia que recorren el Jericó de Martín Abad Abad en cada página de Coclí coclí el que lo vi lo vi. Una imagen de controvertida belleza para presentir la ciudad caótica que se aproxima late en el cuento de Silvio Girón, La ninfa de los parques, cuarta estación en un recorrido que termina con la aludida ya Plaga, de Juliana Javierre, que viene a interpelar esa herencia cultural, económica, política recibida en las estaciones precedentes.

TOPOS, II

Narrativas de fundación no es una obra menor en la bibliografía de Cecilia Caicedo. Aunque el ejercicio compilador no merezca una recepción que se cuestione y se defienda como llegan a serlo otras publicaciones, lo cierto es que en esta colección se rescata una memoria y se propone una forma de entender el presente de una región, a partir de cómo se cuenta el viaje y el establecimiento de los pioneros.

Era la maestra Cecilia Caicedo la que tenía que realizar ese ejercicio. Con Literatura risaraldense (1988) se convirtió en la precursora de los estudios literarios regionales en el país. Alejado de las reseñas impresionistas que dejan constancia de la aparición de un libro, su estudio incorporó categorías y teóricos, no para comparar el producto local con los europeos del momento sino para darle el estatus, la dignidad de artefacto cultural que merece disfrute, exégesis, promoción y conservación. El alcance de esta publicación puede medirse, precisamente, en la necesidad de encontrarlo disponible para una ciudad en la que los estudios literarios maduran. Acertada decisión la de la editorial de la Universidad Tecnológica de Pereira con la segunda reimpresión disponible ya y cuya presentación será una celebración del quehacer literario.

Ahora bien, él, nuestro novelista, recibe la obra con gratitud, no de manera dogmática. Si se trata de las primeras narraciones, ¿no son La bruja de las minas y Tomás fuentes para comprender, ya no lo que pasaba en los valles regados por el Risaralda y el Quindío, si no la cotidianidad de las montañas de Marmato y Riosucio? Que son caldenses, lo sabe él. Desde hace poco, unas décadas. La realidad demuestra que las fronteras administrativas se deslíen: la diáspora reparte las querencias mestizando el territorio.

Las inquietudes e intuiciones recogidas, hasta el momento, gravitan alrededor de una persona: Cecilia Caicedo. Es ella la auténtica protagonista de la novela que quisiera escribir.