Los asistentes a este evento fueron personas de todas las condiciones académicas, escolarizados y no, jóvenes y viejos, incluso niños.
Escribe / Ana Lucía Cardona Colorado – Performance / Yulian Olaya – Fotografías / Rodrigo Grajales – Portada / Santiago Ramírez
Los que tienen por oficio lavar las calles,
Los que tienen por oficio lavar las calles
(madrugan, Dios les ayuda)
encuentran en las piedras, un día y otro, regueros de sangre
Y la lavan también: es su oficio
aprisa
no sea que los primeros transeúntes la pisen
José Manuel Arango
Ya llevamos 29 días de paro nacional en Colombia, hasta el momento justo en el que escribo estas líneas. El primero de ellos, fue el 28 de abril. Recuerdo que ese día me levanté muy temprano para llegar al punto de encuentro desde el cual salía una de las marchas. Las sorpresas fueron muchas en medio de la caminata. Encontré personas que jamás imaginé ver en un evento como ese: comerciantes, hinchas de diferentes equipos de fútbol, hombres y mujeres muy bien arreglados con su bloqueador y sus gafas de sol; otros, con su sus zapatos y su ropa gastada por el ritmo de unas manos afanadas en mantener la pulcritud; motos, que solían colarse por entre los espacios de algunas marchas poco nutridas en el pasado, ese día acompañaban a ritmo lento, la extensa procesión.
La marcha fue todo un carnaval. Después de meses encerrados, con miedo a contagiarnos, aquel día nos reencontramos. La euforia no era poca. La energía de los barristas del Deportivo Pereira, llenaba de emoción a quienes, en pleno sol de las doce del medio día, ya teníamos la lengua afuera por el esfuerzo. Recuerdo ver personas desde las casas brindando agua a los marchantes, otros, que no se atrevían a salir por miedo al contagio, gritaban arengas y agitaban banderas desde sus ventanas. Hoy, cuando escribo este texto me pregunto ¿dónde quedó toda la solidaridad de ese momento?
La noche del 28 se tornó violenta. Pronto se instauró la rutina: “Furia en el día, fuego en la Noche”. Varios recuerdos invaden vertiginosamente mi memoria. Recuerdo escuchar disparos desde mi ventana. Recuerdo estar preparando una clase y leer que habían asesinado a Lucas Villa, también habían herido de gravedad a Andrés Felipe Castaño. Luego, Héctor Fabio Morales, es asesinado frente a las instalaciones del Museo de Arte de Pereira. De Santiago Andrés Murillo me enteré después, aunque su asesinato fue de los primeros. Vino la depresión, la angustia, el llanto. Siguieron muchas marchas a las que cada vez asistimos con un sabor agridulce entre los labios. Las multitudes se mantenían, los más jóvenes impregnan de fuerza y esperanza la protesta, la policía y los grupos paramilitares los masacran. Como siempre, el cuerpo de las mujeres se convierte en botín de guerra y Alisson Méndez se suicida tras haber sido abusada en el marco de las protestas.
Simbólicamente un grupo de personas tiñe de rojo el agua de la fuente que embellece el parque El Lago, en Pereira. Un amigo, Yulian Olaya, conflictuado por la misma situación, observa el evento y recuerda que hace tiempo, siendo estudiante de artes escénicas, construyó un performance llamado Fregar la patria. De eso hace ya más de ocho años. La vigencia de su mensaje, por el contrario, cada día se actualiza.
Yulian, quien ahora es docente en procesos de formación teatral, decide, como muchos de nosotros, que el arte tiene que hacer una presencia cada vez más activa dentro de la movilización social. Con Yulian me une una amistad que siempre ha estado mediada por lo que las artes puedan aportar a la construcción de una sociedad más consciente, más justa, más pacíficamente participativa. Él decidió entonces convocarnos para apoyar en la ejecución de este performance. Nos convertimos así en un colectivo de docentes, artistas, fotógrafos, diseñadores, a quienes unía un dolor profundo y la necia necesidad de responder con transgresión simbólica a la irrupción violenta de las balas. A lo largo de una semana, trabajamos como parte del equipo de producción del performance Fregar la Patria, evento que muestra diferentes perspectivas de circularidad histórica desde la resiliencia, pero también desde la desesperanza.
Fregar la patria: fregar y esparcir
Si el lector busca en el diccionario el significado de la palabra performance, se dará cuenta que es algo un poco extraño. Podría uno caer en el error de pensar que es una suerte de obra teatral, sin embargo, en ella no hay un libreto prefijado, no hay actores con roles definidos, pero sí existen una serie de acciones predeterminadas, con una escenografía preestablecida, en las que el público puede tener, si así lo desea, participación activa. Para entender qué es un performance es más fácil vivirlo que contarlo.
La primera experiencia performática llamada Fregar la patria fue desarrollada por Yulian en las instalaciones de la Universidad de Caldas y, como ya lo he expresado antes, hizo parte de un ejercicio de creación para una de las asignaturas que se encontraba cursando como estudiante de artes escénicas. Los elementos simbólicos de este acto se mantuvieron intactos desde la idea inicial, hasta su nueva puesta en práctica este 19 de mayo de 2021: ganchos de carnicería, toallas blancas (32 en total), seis traperos, elementos de seguridad industrial (tapabocas, botas, guantes), una lona blanca de extensión considerable, 90 litros de sangre de cerdo o res, 90 kilos de maíz amarillo y una canasta de mimbre; fueron parte de la logística del evento. Todos estos elementos, tanto en el 2014 como en el 2021 se dispusieron en un espacio abierto. En su segunda presentación, ese espacio abierto fue la Plaza de Bolívar de Pereira. Las acciones performativas se mantuvieron: fregar y esparcir.
El ejecutor de ambas acciones fue el mismo: Yulian Olaya. El contexto y la respuesta del público fue bastante diferente.
Cuarenta minutos tardó Yulian en esperar que alguno de los observadores de la primera experiencia, se tomara la molestia de ayudarle a limpiar el mar de sangre que había esparcido por la lona tendida en el piso. Los asistentes a ese encuentro fueron estudiantes de la universidad y su comunidad académica en general.
Después de haber realizado la instalación de los elementos en la Plaza de Bolívar, justo frente al monumento que le da nombre a este sitio, nos dispusimos a esperar a los marchantes para dar inicio a la acción performática. Sin haberlo premeditado, sin saber siquiera que la cosa sería de ese modo, los primeros en llegar y ubicarse frente a la lona, como espacio escénico, fueron los jóvenes de la primera línea. Los asistentes a este evento fueron personas de todas las condiciones académicas, escolarizados y no, jóvenes y viejos, incluso niños.
La acción empezó a desarrollarse, Yulian esparció la sangre por la lona. El olor inmundo de la sangre que ya llevaba un buen tiempo allí, inundó las narices de todos los presentes. La náusea y la angustia nos invadió de manera inmediata. Un chico de primera línea empezó a gritar: “no queremos más sangre”. Otro hombre entró en un estado de catarsis y empezó a vociferar diferentes frases de cuyo contenido recuerdo en realidad muy poco. Su voz estaba conmovida por el evento, la única frase de ese hombre que fue inteligible para mí decía algo así como: “yo que no daba un peso por esta juventud, creo ahora que son unos berracos, unos valientes”. Yo, mientras tanto, temblaba y sentía unas ganas tremendas de vomitar.
No pasaron más de diez minutos después de que Yulian esparciera la sangre, e iniciara la difícil labor de limpiarla con algunas toallas, para que uno de los asistentes se sumara al ejercicio. Después de ello, una chica con la bandera de Colombia amarrada a la cintura, entró también en un estado de catarsis y empezó a gritar animando a los demás a ayudar a limpiar la sangre. Fue así como se concretó la segunda jornada del performance en la que participaron personas de diferentes condiciones, entre llanto, contención de la náusea y limpieza de la sangre que escurría de sus manos hacia el balde.
La limpieza se hizo relativamente rápido. La sangre ya no inundaba la lona, sin embargo, era imposible ignorar su presencia en ella, por el olor y el color rosáceo que ahora tenía. Y ¿después de limpiar qué seguía? Expectantes observábamos los demás elementos que rodeaban el evento. Ignorado hasta ese entonces, sobre un costado esperaba paciente el canasto de mimbre en cuyo interior estaban los granos de maíz. El tiempo, detenido y fugaz como ocurre en todo evento simbólico, se tornó lento, o tal vez fueron más pausados los movimientos de Yulian, quien, transcurrida una larga secuencia de minutos, ahora iniciaba la labor de esparcir los granos de maíz sobre la lona manchada por la sangre. La joven de la bandera en la cintura ayudó también con esta parte del proceso. La lona, otrora rosada, se tornó ostensiblemente amarilla; la gente empezó a aplaudir.
Fregar la patria: ¿una tragedia en dos actos?
La palabra fregar tiene para los colombianos de esta parte del país (eje cafetero) dos significados, pero solo uno aparece en el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Curiosamente el significado que no aparece en este ente normativo, es el que nosotros más utilizamos. Fregar es un sinónimo de molestar, de estar mal: “me tiene fregado”; suele ser una expresión común para indicar el malestar que algo causa en una persona.
Fregar es, desde lo normativo, un verbo transitivo, es decir, que la acción que expresa el verbo recae en otra cosa. Fregar es limpiar y la acción de limpiar siempre ha de tener un objeto o sujeto que es limpiado. Fregar la patria, puesto en estos términos, sería equivalente a decir: limpiar la patria.
Al ver y dialogar en torno a todas las acciones descritas arriba. Al pensar en las personas que asisten a las marchas, en las realidades sociales, partícipes y espectadores tanto del performance como de lo que ocurre en Colombia, uno constantemente se está cuestionando qué significado escoger: ¿estamos generando malestar, estamos esparciendo la sangre y la miseria? o por el contrario ¿Estamos tratando de construir sobre la sangre, limpiando esta herencia perversa de segregación y muerte? ¿Es posible no estar inmerso en una de estas dos esquinas?
Para algunos espectadores, el maíz sobre la lona es una metáfora de la siembra. La posibilidad de que, sobre la muerte derramada, surja una nueva vida. Este significado no es nuevo y fácilmente puede asociarse con las cosmogonías de muchas comunidades indígenas, para quienes somos hijos del maíz. No olvidemos la hermosa historia de creación del hombre contada en el Popol Vuh, del pueblo k’iche’, donde los seres humanos somos hechos de maíz blanco y amarillo.
Ya sea producto del maíz o de la ralladura del huito (como en Magutá, le Gente Pescada por Yoí, historia mítica del pueblo ticuna), es apenas lógico que, para nosotros, habituados a la exuberante inclemencia de nuestros paisajes naturales y nuestra diversidad biológica, esta sea una lectura posible, incluso deseable. Si algo nos muestra cada día el campo es esa posibilidad resiliente de crear nueva vida, de brindar con ella esperanza y futuro.
Pero, la circularidad de los relatos de nuestras comunidades indígenas y sus prácticas agrarias nos han mostrado que para que haya nueva vida y renovación, la destrucción es necesaria. Esa destrucción puede ser simbólica. También, lamentablemente, todo acto simbólico, toda palabra transgresora, puede verse siempre interpelada desde una acción violenta, incluso puede inspirarla.
Eso nos lleva al segundo significado posible. Nosotros, marchantes fregadores de patria, destructores de un orden que funciona para muchos y para otros, es quizá el “mejor malo conocido”. Dicho popular en el que se expresa el miedo que nos genera pensar en circunstancias diferentes a las actuales, solo para justificar el quedarnos inmersos en la inacción, dejando que todo siga igual: “mejor malo conocido, que bueno por conocer”. De la unidad inicial y el descontento que llevó masivamente la gente a las calles, pasamos nuevamente a la polaridad y la división y muchos de esos, otrora marchantes momentáneos, claman que vuelvan los indignados a sus casas, a seguir allí sin empleo y con hambre.
De ahí que, otros observadores del evento, no tuvieran una lectura esperanzadora. Para ellos el amarillo del maíz representa el oro y el oro a su vez el dinero con el que siempre se “lava” la sangre de los mártires. El oro, el dinero que hace perdurar ese “malo conocido”, esa política rancia, como la sangre que intenta ocultar, que responde con leyes injustas, con violencia de estado, con balas, con aturdidoras.
Pero ojo, quienes friegan la sangre, quienes la limpian o la derraman, no son únicamente aquellos que mueven los hilos del poder. El barrendero, el comerciante, el alcalde, la niña de la bandera amarrada a la cintura, la profesora, el fotógrafo, el muchacho de primera línea, el policía, el militar, cada uno controla también la medida y la justicia de sus propias acciones.


