Jáiber Ladino reseña la novela Plaga de Juliana Javierre un lugar donde la radio trata de responder qué le sucede al pueblo. “¿Y el pueblo? Enfermo, muriendo sin saber de qué. Siete y quince minutos de la noche. La voz de Sopinga, su emisora amiga, lo acompaña. Hoy, que el miedo es dios” (p. 82).
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris
Es inevitable pensar que la segunda novela de Juliana Javierre[1], Plaga, nos está hablando del maremágnum de emociones aprisionadas al cierre de 2021. Con Emilia, la joven protagonista, compartimos un desespero que invade las entrañas, las corroe; a punto de abandonarlas, se queda cómodamente allí, estable y tranquilo con lo que nos carcome. La de Javierre es pues una novela de terror en el trópico del valle interandino.
Si bien el relato se ubica en un pasado cercano, en un caserío cuya ubicación geográfica está de más, la zozobra que va de la primera línea a la última puede parecerse a la que vivimos en los tiempos actuales.
Esa angustia compartida se genera a partir de tres niveles en los que la obra puede ser leída. El primero de ellos es el del seguimiento lineal de la trama. Juliana sabe cómo mantenernos atentos al progreso de las acciones: escribe para los sentidos, la epidermis y el oído expuestos al nubarrón de moscas, el olfato y el gusto irritados por la náusea, los ojos apretándose para negar la realidad. Capítulos breves, escenas contundentes, imágenes grotescas que no se olvidan y que van acumulándose hasta generar la presencia indeseada y contundente de la plaga.
De esta lectura se desprende una pregunta que nos lleva a un segundo nivel: la metáfora en Javierre, ¿a qué realidad nos aproxima? ¿Una relectura de Risaralda la épica de Bernardo Arias Trujillo? Hay índices para pensarlo. El preferir el nombre Sopinga a La Virginia para llamar al poblado, en la presencia tenue de la Canchelo, o en ese vacío que deja la maestra Inesolda, desaparecida después de un activismo que buscaba soluciones reales al problema:
Nadie volvería a escuchar las historias que decían que en el principio era la selva. Que era en el principio la selva inmensa y silenciosa, poblada de misterio y osadía ni escucharía hablar sobre los siglos que rodaban sobre el lomo del río al vaivén de las aguas. Sin ellos, a Sopinga solo le quedaba el presente, desflorando la pubertad del suelo (p. 86)[2].
Sin embargo, a pesar del homenaje literario, también existe la posibilidad de trasladar significantes a la esfera del conflicto armado interno colombiano. El momento en que puede introducirse mejor esta inferencia corresponde a la alternativa que presentan las autoridades del orden nacional para superar el problema de las moscas.
El emporio azucarero, ante los estragos del gusano diatrea, “también llamado el barrenador de la caña, un bicho diminuto capaz de destruir hectáreas completas del cultivo” importaron una mosca que se les salió de control por la corrupción estatal. Lo que no es una novedad, como lo señala Conrado Betancur, el locutor de La Voz de Sopinga: “culpa del gobernador del Valle, que quiso salirse con la suya poniendo como condición a los ingenios la contratación de un proveedor norteamericano que ofrecía comisión sobre cada mosca vendida”, y que, para redondear el robo: “los laboratorios hayan reproducido otras especies de moscas que requieren de menos cuidados y tienen una vida más larga”. (p. 60) Traer sapos para que se coman las moscas -control biológico- se convierte en la nueva alternativa para salvar las plantaciones a pesar de que envenene a los pobladores. Ese intervencionismo en el ecosistema sintetiza una manera de entender el modus operandi de los grupos paramilitares. La desaparición de la maestra se debe precisamente a la advertencia que ella grita a los sopingos: “Van a acabar con las moscas y de paso con nosotros”.
Para evitar que la infección producida por los batracios se multiplique entre las personas, aparecen los “Rapaces” quienes bajo las órdenes del “Pájaro” marcan con una cruz las puertas de las casas de los enfermos para asesinarlos después. Los seudónimos nos recuerdan la violencia bipartidista y esas primeras manifestaciones de unas fuerzas armadas paralelas.
Jorge Alí Triana, García Márquez y Orlando Senna, al proponer la revisión cinematográfica Edipo Alcalde (1996), en la que vuelven la mirada sobre la tragedia griega para actualizarlo como un alcalde promotor de paz en la Colombia de los noventa, presentaron el conflicto tripartito Estado-guerrillas-paramilitares como la plaga con la que el destino castigaba el crimen de Layo.
Este segundo nivel engendra a su vez una tercera posibilidad de lectura: ¿encarna el cuerpo de Emilia la nación colombiana? ¿Estamos embarazados de un odio, una miseria, un resentimiento que no hemos encontrado cómo parir? ¿hasta qué punto las tragedias padecidas nos han imposibilitado para amar?
Entender ese cuerpo adolescente de mujer negra, al que la mosca le castra la posibilidad erótica de reconocerse, es quizá la forma de responder el acertijo de la esfinge, y así curarnos, sanarnos. He ahí la inmediatez que encuentro en la propuesta de Javierre. Cerramos un año difícil en el que la presión por las condiciones de vida, malogradas por la pandemia, estallaron en movilización social. Y, así como la intromisión de una especie para regular el hábitat genera un nuevo desbalance, la recuperación de la gobernabilidad empañó de sangre las instituciones constitucionales. Al fin de cuentas, con nuestras muertes, los que salen ganando permanecen ausentes cuando los desastres inundan el territorio.
La novela cierra en la oscuridad de una noche en la que aletean millares de moscas entre las pavesas de los incendios. Moisés, que tuvo control sobre las plagas en la literatura hebrea, es ahora una muchacha encerrada en la cárcel de su secreto, manoseada por un faraón apodado el Pájaro.
Como un nuevo Tiresias, Conrado Betancur no se cansa de acusar la ceguera de un poder que aprovecha la calamidad ajena. “¿Y el pueblo? Enfermo, muriendo sin saber de qué. Siete y quince minutos de la noche. La voz de Sopinga, su emisora amiga, lo acompaña. Hoy, que el miedo es dios” (p. 82).
[1]. Ha publicado el ensayo Cultivo una rosa blanca: Martí desde su epistolario; la novela Siete veces Lucía (Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira, 2018) y Pecuecienta: historia de un desencantamiento (Beca para Creación de Libro Infantil Ilustrado, 2020)
[2]. Editorial Planeta, 2021.
*Reseña sobre la novela Plaga de Juliana Javierre


