LA PROYECCIÓN DE PROMETEO

…la escritura de Wilmar Ospina Mondragón se nos presenta como una herida que toma defensas y que revela la verdadera naturaleza de la literatura departamental.

 

Por / Diego Firmiano – Ilustraciones / Stella Maris

El libro A la orilla del abismo. Ensayos sobre lenguaje, literatura y educación (2011), del escritor pereirano Wilmar Ospina Mondragón, es toda una luz en la sima de la carencia de ensayos sólidos en Risaralda, eso sí, resaltando los magníficos escritos de Lino Gil Jaramillo, Eduardo López Jaramillo y Rigoberto Gil Montoya, por referirnos solo a algunos autores locales que se han consagrado al género.

Un trabajo de doscientas trece páginas que gira en torno a tres núcleos fundamentales: el lenguaje, la literatura y la educación; temas que demuestran la versatilidad de un autor que no posee solo un libro, sino que en su haber consta de otro ensayo tipo opúsculo, Simbología y actualización de un mito (2013), una novela llamada Carne para caníbales (2018) que en el 2020 fue reeditada por la editorial Klepsidra, y otra narración sumamente vertiginosa, nocturna, ácida, juvenil, extendida sobre la mesa, que esta pandemia retuvo indiscriminadamente.

Y es que este escritor pereirano, nacido a finales de los años 70, desde sus estudios en la Universidad Tecnológica de Pereira ya venía, literalmente, devorando libros de pensum, novelas, filosofía, y en especial teoría del lenguaje, semiología y otras ramas, que fueron el aliciente necesario para incursionar en el ensayo. Este género bucentauro que se encarnó en él a inicios del 2011 con la composición de A la orilla del abismo, y que realmente comenzó en un café de la ciudad gracias a la amistad con el otro escritor y aforista Rodrigo Argüello.

Relación literaria que fue el estímulo para desempolvar siete ensayos que Wilmar Ospina Mondragón tenía guardados, seguramente escritos de relectura que, de no haber sido publicados, los lectores risaraldenses habrían perdido la oportunidad de disfrutarlos, además de la importancia que suponen estas reflexiones bien elaboradas para la ensayística de la región.

Porque este autor y su obra se han ido revelando con el transcurrir del tiempo y mediante el esfuerzo consciente. Algo enteramente lógico, pues hacerse a un público lector en Risaralda no es tarea fácil, y no precisamente porque leer sea una de nuestras debilidades, sino por la flagrante contradicción de que seamos una cultura fenicia y mercantil que no compra libros, o que le cuesta valorar a un  buen autor.  Aunque, siendo justos, en este siglo las cosas han cambiado, pues hay un boom de escritores jóvenes y modernos como Jáiber Ladino Guapacha, Jaime Andrés Ballesteros, Elbert Coes, Hernán Mallama Roux, Diego Alexander Vélez, Mariana Ossa, y otras decenas de narradores más, que están causando sensación y afición por la lectura, y que desde las universidades y las redes sociales reclaman sus intervenciones.

Wilmar Ospina Mondragón.

Entonces, como dije, Wilmar Ospina Mondragón es un escritor que se nos revela de diferentes formas. Por un lado, es un ensayista consagrado, juicioso, que explora temáticas que van desde la filosofía más clásica, los comics, la música rock, hasta los problemas más contemporáneos; y por el otro, es un profesor comprometido con su oficio, tanto que no tiene reparo en dejar la pluma para salir a la calle a marchar con sus homólogos y al lado de sus educandos exigiendo lo justo. Combinación que en términos literarios se denomina engagement, es decir, un compromiso con el lenguaje, la realidad, la vocación y la profesión.

Así entonces es que el libro A la orilla del abismo. Ensayos sobre lenguaje, literatura y educación, es el resultado de una serie de reflexiones personales y del intenso y extenso aprendizaje en el aula. Un texto, como dije, que tomó cuerpo luego de un sugerente diálogo con el profesor Rodrigo Arguello, quien vio la calidad, la forma, el contenido y motivó al autor a publicar este trabajo ensayístico para el aparato lector de la ciudad.

Una buena decisión, sin duda, ya que esta compilación de diez ensayos con argumentaciones sólidas y bien formuladas, descuellan por sacar la Historia, la filosofía, la literatura, y otras áreas del saber más,  de donde habían sido guardadas por la academia, y así es que el autor reflexiona sobre ellas igual que un poseso para un público que ni ve, ni oye, ni entiende, a menos que, como dijo Friedrich Nietzsche, le rompan los ojos para que aprenda a ver por los oídos.

Un frenesí que nace de una pasión descomunal de Wilmar Ospina Mondragón por la literatura, cuyo objeto central de reflexión es el libro y la lectura, el mundo y las ideas, y todo lo concerniente a lo moderno. Elementos  de sus elucubraciones intelectuales, y que en sus palabras, y en confrontación con ciertas actitudes antipáticas de la literatura regional, dice: «Me sorprende, a mí particularmente, no porque sea un sujeto indistinto, sino porque soy de la misma especie, que el hombre pase gran parte de su tiempo analizando sus más elevadas motivaciones y cantidad similar ignorando, a conciencia, sus actividades fundamentales, entras las cuales, y no por demeritar las demás, la lectura se yergue como la más relevante de todas.»

Por eso es que este libro de ensayos, situado más en la categoría de di-versión que de imposición académica, editado por Net Educativa Editorial de Bogotá, es sugerente en cuanto a contenido, y así es que empezar la primera página, y terminar en la doscientos trece con facilidad, no es un reto, sino una aventura lectora.

A la orilla del abismo. Ensayos sobre lenguaje, literatura y educación, es pues un tipo de obra literaria que no necesita ser explicada, sino leída personalmente, cuyos estímulos, bien asimilados, producen frescas y nuevas ideas entre los que se acerquen a ella.  Como dice el autor, y con acierto: «Una obra literaria no puede vislumbrarse desde un proceso de descodificación puntual, sino desde una óptica múltiple y mística donde las palabras sufren extrañas metamorfosis y referencian espacios ilusorios o ficticios en los que puede el ser humano habitar e, incluso, de manera inmaterial, morir.»

Axioma que deja ver la enmarañada red de sentidos de la literatura, a decir del escritor Rigoberto Gil Montoya, y que nos lleva a repensar que, aunque esta obra sea local, y tenga una importancia para el departamento porque fue difundida acá, no es provinciana en ninguna forma. Una muestra de ello es que este libro fue escrito con vocación universal, con un gran y muy notable manejo del idioma, cuyo contenido nos empapa de un gran amor por la literatura en general.

Finalmente, la escritura de Wilmar Ospina Mondragón se nos presenta como una herida que toma defensas y que revela la verdadera naturaleza de la literatura departamental: «en la última hoja, sobre el final del texto, alcancé a descifrar: en algunos casos, sino en todos, la literatura es una bella herida de muerte, una suspensión del yo sobre el misterioso abismo.» Salud.