LA SOMBRA DE LA POETA BLANCA

Algunos de los pasillos de la tragedia humana recorridos líneas arriba son los mismos que habitaron los personajes de la serie de relatos titulados como Cuentos de la montaña, de Blanca Isaza.

 

Escribe / Darlyn Alzate Muñoz

En un acto circense un hierro se revienta; una mujer es asesinada y su cabeza destrozada yace sobre “un fantástico espejo rojo” de sangre. Detrás de “ventanas de quebradas rejillas de madera” un niño perfora a cuchillazos el corazón de su padrastro, “borracho y repugnante”, para defender a su madre; mientras en un caserío caldense, el corrillo mordaz del pueblo ajusticia con la palabra al joven asesino que apuñaló diecisiete veces a su patrón.

Algunos de los pasillos de la tragedia humana recorridos líneas arriba son los mismos que habitaron los personajes de la serie de relatos titulados como Cuentos de la montaña, una primera edición que fue escrita por la ungida poeta/madre, Blanca Isaza de Jaramillo. Si usted ha leído sus versos y quedó prendado por el estereotipo que la marcó en vida y que hoy arrastra como legado arbitrario, el de Ángel del Hogar, es un buen momento para leer entre líneas a esta escritora antioqueña, enraizada en la Manizales de la primera mitad del siglo XX. Una época enmarcada dentro de esta obra como la fatalidad del destino que acaeció sobre el hombre centenario, envuelto en las contradicciones que trajo su distanciamiento de la religión y la violenta transformación social de camino a la modernidad.

Este primer libro de narrativa se publicó en 1926, en una Colombia con un profundo rezago económico: una moneda desvalorizada por el azote de la Guerra de los Mil Días entre 1899 y 1902, y con una infraestructura nacional hecha ruina, destino al que tampoco escapó Manizales tras los incendios en 1925 y 1926; además de la prolongación de la crisis, coletazo de la primera Guerra Mundial. Una Colombia rural y aislada que intentaba entrar en el camino del progreso y la industrialización de sus ciudades.

Blanca tenía veintiocho años, para entonces ya había ganado premios en concursos literarios regionales para mujeres, se había casado con el poeta Juan Bautista Jaramillo, se había hecho madre y cultivó notoriedad de poeta romántica de encanto ornamental; hispanista, castiza y pastoril, entre un círculo literario regional dominado por hombres.

Siendo una mujer que nació y se movió en círculos sociales privilegiados, en el subconsciente de la escritora anidaban, entre otros fantasmas, los de la desigualdad social que exacerbaron la Manizales de la época y que en la narrativa encontraría su vehículo de desahogo.

La pobreza y el hambre cercaron familias obreras y campesinas en cuentos como “Sangre antioqueña”, “El limpiabotas”, “Joselín”, “Pepín” o “Cuento de navidad”. Ése es solo uno de los tres tipos de tragedias que Blanca plasmó en estos relatos en los que el antagonismo lo ejerce la sociedad y el progreso, y son encarnados por patrones burgueses fríos, despiadados.

En cuentos como “El regreso”, “Ketty” y “Joselín”, el tren y los edificios son manifiesto de la amenaza y la muerte que suponía el progreso material y económico.

Otra de las tragedias que enfrentan los personajes, principalmente masculinos, es la deshonra familiar.  En cuentos como “La herencia”, el tío Juan es víctima del destino criminal del hijo mala sangre de su hermana, mujer castigada con el destierro familiar por ser “voluntariosa” y haberse ido “de la casa paterna, sin la bendición de su madre a quien la pena mató lentamente con perverso refinamiento”.

“El desconocido” y “La cita” son cuentos en los que el patriarca de la familia, sea burgués o campesino, se empeña en evitar la deshonra de su hija y sobreproteger su desvalida virginidad, determinando así la separación, el destino de los enamorados a través del engaño y la muerte.

En Cuentos de la montaña la culpabilidad, como la muerte, homicida y suicida, también es motor del antagonismo que revela el amor trágico que reúne otro grupo de historias. Por un lado, está el desgaño amoroso de hombres aristócratas y poetas víctimas de la desidia de sus esposas en el cumplimiento de sus deberes como madres y cónyuges, tal y como sucede en “Vida cruel” y “Don Luis Aldana”, o el encanto hechicero de gitanas en “El puñal de plata” y “El vengador”, que llevan a la locura suicida al hombre y al enfrentamiento a muerte a dos amigos, casi hermanos. En “Selim”, son mujeres engreídas, de belleza divinizada, que solo con sangre en la arena del torero deciden demostrar que son capaces de amar.

En este cuadro de tragedias humanas se reconoce, en Blanca Isaza de Jaramillo, más que un acento en lo femenino y sus propios obstáculos en una sociedad manizaleña construida para los hombres, también una preocupación por la condición humana. Un entendimiento de una compleja realidad que atravesaba a hombres, mujeres y niños, sin distingo de estratos sociales, dentro de una ciudad burguesa en ciernes, fundada en medio de las montañas cafeteras bajo los preceptos conservadores, colonizados por la madre patria hidalga más que por la mentalidad pujante y campesina de los descendientes antioqueños.

Cierto es que las voces dominantes son masculinas: aristócratas, artistas y toreros de reputada imagen; patriarcas burgueses, obreros o campesinos. Son ellos los protagonistas víctimas del destino y las mujeres arrastradas en esta tragedia son abnegadas, sumisas o desvalidas, sensibles y resignadas a la inevitable fatalidad; sin embargo, cuando ellos son víctimas de las pasiones, las mujeres no son compañeras de desgracia, son las causantes; las antagonistas de sus deseos, la antítesis de la moral católica y conservadora caldense. Son bellezas seductoras e inalcanzables, ingratas y orgullosas “tan insensibles y frías como nuestros montes nevados”.

Mas, poniendo el foco a distancia, esta narrativa en Isaza está atravesada por los cánones de la literatura romántica y realista del XIX y XX –relacionados hoy como códigos de un legado patriarcal–, es producto de un contexto en el que la mujer fue educada para pensar bajo una norma social, política y cultural erigida sobre los valores masculinos y forzadas a identificarse con ellos.

Así, Blanca, mujer literata, fue empadronada moralmente, entre otros, desde el púlpito católico por un sacerdote español que reprobó versos con alusiones eróticas de su primera obra poética, Selva florida, por considerarlos “insinuaciones casi revolucionarias” no acostumbradas para “un cerebro femenino” y propios “…de una hembra demagoga”, como lo revela Jorge Mario Ochoa en Blanca, escritora y editora. Entonces, ella, mujer católica y mariana, huella alegórica en su narrativa; conservadora y perteneciente a la generación de escritores centenarios, acogió “las correcciones” que censuraron las versiones originales de su poética y las adaptó a sus demás producciones.

No fue de pluma rebelde, al menos no directamente en Cuentos de la montaña, escrito entre 1917 y 1926, como no lo fueron otras literatas de su tiempo; Uva Jaramillo, por ejemplo. Pero la escritura de Blanca era audaz en cuanto su objetivo fue mantenerse vigente en el círculo letrado. Por otro lado, su no irreverencia no significaba que en otros rincones del país sobreviniera igual.

En el transcurrir de esos años, un exiguo movimiento feminista imbricado en las luchas obreras y la literatura se abría camino desde Montería con Juana Julia Guzmán y desde Medellín con María Cano, por nombrar algunas. Y desde Europa, la feminista de la literatura universal, Virginia Wolf, instaba en discursos y ensayos a “matar el ángel del hogar” para liberar a las primeras mujeres trabajadoras, como a las mujeres literatas, de las obligaciones domésticas que asfixiaban el genio escritor femenino.

Más que socavar el oficio literario, para la antioqueña acogida por los caldenes, su rol del ángel del hogar concilió a diario con el oficio frente a la máquina de escribir, pues, “ser escritora es el eje estructurante de su biografía, el cual cohabita –sin conflictos– con las otras facetas de su personalidad”, como la identificó Ochoa. Es ahí donde radica la rebeldía de esta mujer convencional y letrada, la pervivencia en un mundo de letras saturado de laureles masculinos, no solo por haber publicado la obra reseñada en este artículo, sino por escribir poemas, cuento y prosa a lo largo de cincuenta años, de los cuales veintisiete fungió como editora/directora de la revista Manizales. Otra credencial que era mérito exclusivo de los hombres del momento.

También fue un acto insurrecto el que su narrativa se apartara del mundo emocional de lo cotidiano, hogareño y anecdótico, para adentrarse en el entendimiento de la racionalidad del siglo XX, con el fin de describir sus preocupaciones internas por el devenir del ser humano, es decir, revelarse como una mujer con capacidad de pensar y reflexionar sobre su realidad, aunque así no lo percibiera la crítica que acogió con favorabilidad la publicación de Cuentos de la montaña.

El tono de los comentarios, casi siempre elogiosos, no encaja con la complejidad del universo narrativo que encierran estos 21 relatos breves, por lo menos, ante la lectura hecha por un reputado poeta, escritor y crítico, Eduardo Castillo Gálvez. Un explorador de las misteriosas pasiones en el ser humano y cuyos comentarios a la primera edición, limitaron la obra de Blanca Isaza al ennoblecimiento de “narraciones (con) una honda ternura humana y el magnánimo optimismo de un alma que ha hallado en la bondad el secreto de la vida feliz”.

Si bien, la experiencia y percepción de cada lector es individual, con este texto solo he intentado graduar la calificación que hizo Castillo Gálvez en su época, con la experiencia de una lectora que habita el siglo XXI, frente al libro de cuentos de Isaza. Para él “casi todos los personajes” -decía- prefiguraban en “la categoría de héroes literarios simpáticos”, una tipología que como he descrito aquí, resulta insuficiente y ligera, aún reconociendo que dentro de esta compilación hay ocho cuentos en los que el retrato de algunos personajes, no todos protagonistas, encaja en dicha “simpatía”.

Más, una lectura desprevenida y desatendida de las tramas en Cuentos de la montaña de 1926 revela una condescendencia con el estereotipo creado en torno a la escritora que versa sobre lo doméstico y maternal; pone en la sombra y al margen la potencia de la obra que enajena las historias con nostalgia del terruño y de la escritura costumbrista para sumergirse en temas universales. Una obra potente escrita por una mujer sujeta a las convenciones político-sociales, morales y culturales de una sociedad conservadora, y aun, siguiendo los cánones de la época, estaba desafiando el establecimiento literario por el solo ejercicio de escribir y publicar.