La propuesta periodística y artística que trae la Fundación Músicas en Albor apunta a crear un tejido documental de las músicas tradicionales con ritmos de hoy. En El blues de la parranda, su primera entrega, convergen varios lenguajes para narrar las historias de la montaña.

 

Texto / Christian Camilo Galeano Benjumea

Fotografías / Jess Ar

La vereda La Florida, zona rural de la ciudad de Pereira, es una de las entradas al Parque Nacional Natural los Nevados y despensa agrícola, cómo si no bastará con esto, fue el epicentro de un encuentro artístico. El Blues de la Parranda es un álbum que surge de un diálogo de varias voces, las más visibles son las de Rubiel Pinillo y Carlos Elliot Jr., pero en el fondo de esta obra coexisten otras visiones sobre lo rural, la música y la cultura.

Este trabajo musical resulta valioso porque, como toda verdadera obra de arte, no se agota en sí misma, crea puentes y abre caminos. El blues de la parranda no es solo una apuesta musical, es la construcción de una obra que contiene: música, literatura, fotografías e ilustraciones; la música es la excusa para que confluyan varias miradas. Se lee para escuchar, se escucha para leer y se mira para sentir esta parranda.

Podemos comprender entonces el propósito de la Fundación Músicas en Albor con este primer álbum, a saber, construir un diálogo entre diversos tipos de lenguaje. Cada una de esas miradas es tan particular y diferente sobre el campo y el arte, pero no se excluyen, se encuentran en una misma obra. Las fotografías, las ilustraciones, los relatos y entrevistas bailan al son de la música de El blues de la parranda.

Ahora bien, ¿cómo explicar entonces esta fusión musical –música parrandera y blues– en apariencia disímil? Uno de los textos que contiene El blues de la parranda, ofrece una posible respuesta. Ya Jaime Andrés Monsalve identifica que tanto la parranda como el blues provienen de ambientes rurales que se asientan luego en bares, cantinas y burdeles, al tiempo que recogen ese ambiente festivo que inunda las letras de muchas canciones.

Basta recordar esas fiestas campesinas que aglutinan jornaleros y paisanos que buscan en la música un respiro. Estas fiestas traen a esos juglares rurales que abren un paréntesis en medio de las noches silenciosas del campo. La música irrumpe y la comunidad se congrega para compartir, cantar y bailar.

Uno de esos juglares es Rubiel Pinillo, el cual recoge historias que nacen y mueren en la vereda. Es usual que las vidas de hombres y mujeres que trabajaron, amaron y sufrieron en el campo se pierdan en las montañas, en medio del silencio y los cultivos. Rubiel Pinillo rescata algunas de esas historias y las hace canción.

Arraigado a las laderas y faldas de la vereda, este hombre proviene de una tradición familiar ligada a la música escucha y canta. Un buen ejemplo es Chuma, que dice: “Le bailo al ritmo que sean, donde hay parranda allá me esperan”. Aquel hombre que se adapta a la vida y la ve como un baile que no puede parar o qué decir de los saberes de Miguelito. Lo cierto es que Rubiel seguirá siendo memoria viva de La Florida, una memoria que entona melodías que resisten al olvido.

Por su parte, Carlos Elliot Jr., con ese raigambre e ímpetu del blues, construye los sonidos y los ritmos de varias canciones, entre ellas Katrina la mula y los pájaros; baña la fauna de la vereda con las cadencias sonoras del Misisipi.  “Ay mujer divina, Ay mujer hermosa / Mueve sus caderas la noche entera”. La música es un hechizo que emula a la mujer que en vez de caminar vuela por la vereda.

Esta obra, que termina por ser una conversación entre varios artistas, es la vía para comprender un poco mejor esa vida rural, tan cercana, pero a la vez tan enigmática. Al leer el libro álbum de El blues de la parranda se encuentran esas experiencias de dos músicos con historias diametralmente opuestas, que coinciden en la vereda; una vereda plagada de historias y silencios.

A su vez, el libro álbum contiene una serie de fotografías que exploran la intimidad de los músicos y los rincones de la vereda. Retratar esas imágenes de los espacios y momentos no es fácil, ya que llevar a los lectores a esos instantes de creación y ensayo implica adentrarse en los lugares y tiempos precisos. Las fotografías que componen el libro hacen que el lector vea y haga parte de los diálogos que tuvieron los músicos y de los caminos que atraviesan la vereda.

Estar con Rubiel en su casa y ver esas fotos viejas que atestiguan el paso del tiempo y su amor por la música es una virtud que logra una de las fotografías. Otra capta ese amor de Carlos Elliot Jr. por la música y contagia de ese sentimiento cuando toma la guitarra entre sus manos, como si allí tuviera el amor de su vida. Son muchas fotografías, afortunadamente, que aportan imágenes al lector de la forma como se construyeron esos sonidos a la orilla del Otún.

Al igual que la vida, toda obra de arte se construye a partir de pequeños detalles, casi imperceptibles, pero fundamentales. Es el caso de la serie de ilustraciones que atraviesan todo el libro y acompañan las lecturas, las fotografías, la letra de las canciones, allí están como pequeñas pinturas que enriquecen este trabajo. Estas ilustraciones reviven un espacio tradicional de la vereda, El cine-club La Florida, punto de encuentro de Rubiel y Carlos Elliot Jr., junto con los Parranderos de La Florida y Bobby Gentilio, llegan a improvisar y armar esas parrandas. Las ilustraciones son el testimonio silencioso de esos momentos.

En pocas palabras, este libro álbum es una obra notoria de la producción cultural local que pone a la ciudad en el punto de mira de los grandes referentes editoriales. La fortuna es que la Fundación Música en Albor ve El blues de la parranda como el inicio de una serie de obras que surgirán del diálogo de diferentes artes. Nosotros, los lectores, los oyentes, los transeúntes de esta ciudad estaremos a la espera para hacer parte de esos futuros diálogos.  

*ccgaleano@utp.edu.co