Eric Arthur Blair (muerto en Londres el 21 de enero de 1950) es mejor conocido por el seudónimo de George Orwell. Agudo escritor, de su puño son obras cimeras como 1984 y Rebelión en la granja, además de muchos otros escritos que incluyen ensayos y columnas de opinión. Su espíritu crítico no pudo contenerse luego de la lectura en inglés de Mein Kampf (Mi lucha), autobiografía de Adolfo Hitler; estas sus impresiones publicadas en New English Weekly el 21 de marzo de 1940.

Por / George Orwell

Es una señal de la velocidad a la que se mueven los acontecimientos que la edición sin expurgar de Hurst y Blackett de Mein Kampf, publicada hace solo un año, tuviera un ángulo favorable a Hitler. La obvia intención del prefacio y las notas del traductor es suavizar la ferocidad del libro y presentar a Hitler a la luz más amable posible. Porque en esa fecha Hitler todavía era respetable. Había destruido el movimiento obrero alemán, y por eso las clases propietarias estaban dispuestas a perdonarle casi cualquier cosa. Tanto la izquierda como la derecha coincidían en la idea muy superficial de que el nazismo solo era una versión del conservadurismo.

De pronto resultó que Hitler no era respetable después de todo. Como resultado, la edición de Hurst y Blackett volvió a lanzarse con una nueva sobrecubierta que explica que todos los beneficios irán destinados a la Cruz Roja. Sin embargo, a partir de la evidencia interna de Mein Kampf es difícil creer que se haya producido ningún cambio real en los objetivos y opiniones de Hitler. Cuando comparas sus declaraciones de hace un año o así con las que pronunciaba quince años antes, lo más llamativo es la rigidez de su mente, la forma en que su visión del mundo no se desarrolla. Es la versión fija de un monomaníaco, y no es probable que se vea muy afectada por las maniobras de la política de poder.

Probablemente, en la cabeza de Hitler, el pacto ruso-alemán no representa más que una alteración del horario. El plan expuesto en Mein Kampf era aplastar primero a Rusia, con la intención implícita de aplastar después a Inglaterra. Ahora, tal como han salido las cosas, hay que ocuparse primero de Inglaterra, porque Rusia fue la que resultó más fácil de sobornar de las dos. Pero el turno de Rusia llegará cuando Inglaterra esté fuera de escena –así, sin duda, es como lo ve Hitler. Por supuesto, que vaya a salir así es otra cuestión.

Imaginemos que el programa de Hitler se pudiera realizar. Lo que vislumbra, en cien años, es un estado continuo de 250 millones de alemanes con abundante “espacio vital” (es decir, hasta Afganistán aproximadamente), un horrible imperio descerebrado en el que, esencialmente, nada ocurre nunca salvo el entrenamiento de jóvenes para la guerra y la incesante crianza de carne de cañón fresca. ¿Cómo ha podido describir esta visión monstruosa? Es fácil decir que en una etapa de su carrera lo financiaban los industrialistas más poderosos, que vieron en él al hombre que podía aplastar a los socialistas y a los comunistas. No lo habrían apoyado, sin embargo, si no hubiera creado con sus palabras un gran movimiento. De nuevo, la situación en Alemania, con sus siete millones de desempleados, era obviamente favorable para los demagogos.

Hitler en sus tiempos de camisa parda. Fotografía / Life

Pero Hitler no podría haber triunfado sobre sus muchos rivales sin el atractivo de su propia personalidad, que se puede percibir incluso en la torpe escritura de Mein Kampf, y que es abrumador cuando oyes sus discursos. Me gustaría registrar que nunca he podido sentir desagrado por Hitler. Desde que llegó al poder –hasta entonces, como casi todo el mundo, me engañaba pensando que no era importante– he pensado que sin duda lo mataría si lo tuviera a mi alcance, pero que no podía sentir una animosidad personal. El hecho es que hay algo profundamente atractivo en él. Se nota cuando ves sus fotografías, y recomiendo especialmente la fotografía al comienzo de la edición de Hurst y Blackett, que muestra a Hitler en sus días de camisa parda. Es una cara patética, perruna, la cara de un hombre que sufre bajo males intolerables. De una manera un tanto más viril reproduce la expresión de innumerables imágenes de Cristo crucificado, y no hay mucha duda de que es así como Hitler se ve a sí mismo.

Solo se puede especular sobre la causa inicial y personal de ese agravio contra el universo, pero en todo caso el agravio está ahí. Es el mártir, la víctima, Prometeo encadenado a la roca, el héroe sacrificado que lucha en solitario y con opciones imposibles. Si matara un ratón sabría cómo hacer que pareciese un dragón. Da la sensación, como con Napoléon, de que lucha contra el destino, de que no puede ganar, y sin embargo, de alguna manera, lo merece. La atracción que ejerce esa pose es por supuesto enorme; la mitad de las películas que uno ve tratan de un tema así.

Fiel aliado del dictador Francisco Franco, Hitler aparece acompañado por el español durante una visita a Hendaya, en la Francia ocupada por los nazis.

También ha entendido la falsedad de la actitud hedonista hacia la vida. Casi todo el pensamiento occidental desde la última guerra, sin duda todo el pensamiento “progresista”, ha asumido de manera tácita que los seres humanos no desean otra cosa que tranquilidad, seguridad y evitar el dolor. En esa visión de la vida no hay sitio, por ejemplo, para el patriotismo y las virtudes militares. El socialista que encuentra a sus hijos jugando con soldados de hojalata suele molestarse, porque nunca se le ocurre un sustituto para los soldados de hojalata; por alguna razón los pacifistas de hojalata no valen. Como en su mente sin alegría lo siente con una fuerza excepcional, Hitler sabe que los seres humanos no solo quieren comodidad, seguridad, una jornada laboral breve, higiene, control de la natalidad y, en general, sentido común; también, al menos de forma intermitente, quieren lucha y autosacrificio, por no mencionar tambores, banderas y desfiles de que afirman la lealtad.

Al margen de su validez como teorías económicas, el fascismo y el nazismo son psicológicamente mucho más sensatos que cualquier concepción hedonista de la vida. Probablemente esto también resulta válido para la versión militarizada del socialismo de Stalin. Los tres grandes dictadores han incrementado su poder imponiendo cargas intolerables a sus pueblos. Tras unos años de matanzas y hambrunas, “La mayor felicidad para el mayor número de personas” es un buen eslogan, pero en este momento gana “Más vale un fin con horror que un horror sin fin”. Ahora que luchamos contra el hombre que lo acuñó, no deberíamos subestimar su atractivo emocional.

Traducción del inglés de Daniel Gascón.