‘SI ES UN NIÑO DE AIRE, ¿ENTONCES ES EL NIÑO DIOS?’

Un hombre tiene una necesidad, una empresa puede cubrirla. En la carencia de un ser, la posibilidad de innovación, de reinvención. Hasta ahí no hay problema, es la dinámica económica a la que nos han acostumbrado.

 

Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris

Cuando en el 2020 Klepsidra Editores anunció por sus redes sociales al ganador de la segunda versión del Premio Nacional de novela “Los Fundadores”, la satisfacción y la ansiedad comenzaron. De un lado, la alegría por el autor, el profesor Jaime Andrés Ballesteros, con quien siento una deuda enorme por lo que él y sus amigos nos permitieron aprender y vivir desde el Cineclub Borges, cuando quedaba a dos cuadras del parque El Lago. De otro, una mezcla de fe en el narrador y la ansiedad que se desprende por seguir su carrera y coleccionar un tomo más de esa prosa limpia, fresca y contundente como el puño y el abrazo. Desde que en el 2015 ingresó a la Colección de Escritores Pereiranos con Películas favoritas, seguirle la pista se convirtió en una valiosa inversión.

Silicona es una novela audaz. Desde las primeras líneas el narrador centra nuestra atención en un enigma: “La primera reacción de Tomás fue desconfiar de las cifras. Lo que estaba anotado en el papel que le habían pegado en el tablero de actividades con las medidas habituales de los pedidos”. La intriga aumenta en la sorpresa del moldeador: “¡Sería una cabeza muy pequeña, de niño prácticamente!”. Para no perder el clima de curiosidad, el narrador describe el recorrido del empleado desde su taller hasta la oficina del jefe entre: “decenas de cuerpos desmembrados: los brazos colgados en pares, igual las piernas, las cabezas usadas para separar un torso del otro”. Luego, un índice embrionario, ese algo que aglutina capacidad de sentido cuya presencia se desliza fácilmente: el nombre de la empresa, Angelex Ltda. El cambio en la grafía no es descuido, es la intromisión de algún asesor de mercadeo que sugiere, en la terminación -ex, innovación tecnológica. No son los ángeles seráficos alrededor del Trono de alguna divinidad. El “Ltda” nos recuerdo que éstos hacen (son) el negocio. En el segundo párrafo se describe la naturaleza de la fábrica: “sector de la industria del sexo, especializándose en la fabricación y comercialización de ‘amantes inflables’”.

La primera página ha logrado su propósito. Uno desea continuar bien por lo singular de la propuesta (lo que se escribe en la región no suele preguntarse por el erotismo aséptico, industrializado), como por la posibilidad de las preguntas alrededor del sujeto escindido, incomunicado, fragmentado, esclavo del hiperconsumo, que se desvela como población objeto de la industria erótica para la que trabaja Tomás.

Lo que sigue a continuación es una montaña rusa de emociones. El rojo del picante en los chistes de los operarios, pronto se transforma en un humor negro que enfría la disposición para avanzar. El dilema moral se instala y la primera parte de la novela, El pedido, se lee rápido y sin pierde ante la urgencia de comprobar qué tan inmorales somos. Aprobar o desaprobar las acciones de la planta manufacturera nos involucra. Exponemos nuestras elaboradas ideas progresistas en materia sexual, las confrontamos con la crítica de un sistema neoliberal que es capaz de comercializarlo todo. Hasta de la simpleza de valores tradicionales echamos mano buscando un mínimo de empatía hacia el prójimo.

Hemos pasado de la risa a la preocupación. Si en lugar de las texturas siliconadas encontrásemos la piel humana, estaríamos frente un thriller de terror o una novela negra con trasfondo de realidad nacional. No se reclama la presencia del superhéroe para que imparta justicia porque no hay crímenes ni delitos. Un hombre tiene una necesidad, una empresa puede cubrirla. En la carencia de un ser, la posibilidad de innovación, de reinvención. Hasta ahí no hay problema, es la dinámica económica a la que nos han acostumbrado. El lío está en la naturaleza del producto a ofertar. Ante tamaño desafío bioético, apresuramos un juicio: Ballesteros ha dirigido un filme de suspenso ético.

Con la creación de esa atmósfera tensa en la que se adivina que lo peor está por venir, la resolución del conflicto es una muestra del talento del narrador que no precipita la salida. En la segunda parte, El comprador, el muñeco fabricado por Angelex Ltda., y que descabezó héroes y villanos durante su producción, llega a perturbar la paz de un barrio, un pueblo anónimo, en el que vive la persona que lo solicitó.

El “Pinocho de aire” ha sido concebido como barrera y contención, tabla para no naufragar ante las embestidas del trauma y el deseo. Su perfección, no obstante, es el señuelo para que aparezca la víctima a la que debe reemplazar. La simulación inspira una serie de acciones solidarias, precisamente, en las víctimas potenciales. Como granada que encuentran los niños en su exploración por el bosque. Ya Román, el muchacho de Acabado y Pruebas, había considerado en su informe de mercadeo un nicho inusual que ganaría tamaño: “el de mujeres mayores que buscaban simulación infantil para satisfacer deseos maternales agraviados”. No obstante, hay otros consumidores que Román no contempló, los niños que lo ven como a un igual, aún sin poder definirlo de una manera precisa:

 

-Es como Pinocho –apremió Rolando–; el muñeco del vecino es un Pinocho, se puede convertir en niño.

-Es un niño de aire –completó con seguridad Raúl, mientras les mostraba la foto en la pantalla a Esteban y a César–. ¡Tenemos que unirlo a nuestra pandilla! –prosiguió, pero esta vez mirando con unos ojos bien abiertos a Rolando.

-¡Tenemos que rescatarlo de la cárcel! –sentenció animado Rolando.

-Pero, si es un niño de aire, ¿entonces es el Niño Dios? –preguntó César a quemarropa con irritado entusiasmo, haciendo que los otros se miraran desconcertados. Rolando no tuvo otra alternativa que contestarle al pequeño afirmativamente.

 

El protagonismo recae, entonces, sobre el objeto. A diferencia de las películas de terror en las que el muñeco, la muñeca, está habitada por la presencia de un demonio maléfico, en Silicona el pánico lo produce la perfección de la textura. La presencia del “Niño” bien convoca los versos de Rilke: “Pues lo bello no es sino el comienzo de lo terrible, lo que todavía soportamos, y si tanto lo admiramos es porque su serenidad desdeña destrozarnos. Todo ángel es terrible”.

Twitter: @JáiberLadino