En la trama hay espacio para el diálogo entre el mundo mágico de la niñez, el saber ancestral representado en el abuelo y el rigor científico.
Escribe / Jáiber Ladino Guapacha – Ilustra / Stella Maris
Desde hace unos años he venido alimentando la inquietud por conocer mejor la narrativa que se escribe y publica en la región y, de manera especial, tratando de seguir los mecanismos, temas, inquietudes de las narradoras Cecilia Caicedo y Susana Henao Montoya, razón por la que al final de 2022, tuve la grata sorpresa de cerrar el año lector con sus más recientes publicaciones. Sobre ellas les comparto estas breves impresiones.
La lectora crítica que es Cecilia Caicedo, quien a través de ensayos y conferencias nos ha compartido una postura ética frente al fenómeno cultural, desbaratando y rearmando novelas con las herramientas de la academia, continua ese camino desde una postura menos rígida como lo permite la narración. A través de los ocho relatos que conforman La intrusa (Pijao Editores), el trabajo del intelectual es puesto bajo lupa para exhibir la relación entre ideas y sentimientos, pensamientos y afectos.
A su vez, la narradora ingeniosa que es Susana Henao propone una revisión sutil y contemporánea de la figura de la “bruja”: aquella mujer sabia que domina el conocimiento del mundo natural y que por ende, con el respeto y la bondad en las relaciones con el entorno, ofrece respuestas que sanan y curan. La novela juvenil Copias auténticas (Espresso literario) nos conduce hacia una niña que comienza la adolescencia y que asume gozosa el legado ancestral sin menosprecio de las disciplinas científicas.
La intrusa
El camino narrativo de Cecilia Caicedo, iniciado con la publicación de La Ñata en su baúl en 1990, ha tenido como preocupación constante una indagación por el sujeto de la cultura, es decir, al leerla nos preguntamos también por cómo hombres y mujeres se establecen en un mundo de códigos y símbolos, instaurados en las relaciones sociales.
El primer relato antologado, “La hermana. Crónica de un instante”, advierte la atmósfera intelectual que tendrán los cuentos siguientes, pues reconoce la deuda que tiene con la literatura misma como catalizador de la memoria:
“Cuanto mayor es el tiempo que hemos dejado atrás, más irresistible es la voz que nos incita al recuerdo. Pero esta afirmación es igualmente falsa, o por lo menos es ambivalente […] El húngaro que termina su vida en el suicidio [Sándor Márai] no tiene porqué imaginar este deslizamiento de sentido, este fluir de una lectura literaria a un recuerdo que estaba aletargado. Y la falsedad del recuerdo es que se liga invariablemente a la conciencia o inconsistencia del deseo”.
Quienes hemos seguido atentos las publicaciones de la maestra, podemos decir que el Esteban atormentado al final de La Ñata, y al que luego la autora le dedicaría las Versiones de 2008, sigue presente en estos relatos también, aunque no se le mencione.
Y es que Esteban y los personajes de La intrusa comparten una transformación de la mirada para explicarse la Latinoamérica de la que provienen, después de los viajes a España y a Francia. Caicedo dibuja un mapa sobre la militancia, como máxima expresión del compromiso con las ideas debatidas en los claustros universitarios; es decir, salda cuentas con la rebeldía intelectual de la época posguerras y su influencia a este lado del océano Atlántico. De ahí que por estos cuentos se anden hombres y mujeres empeñados en excavar la tradición familiar preguntándose por aquellos personajes silenciados por el patriarcado, como lo son los protagonistas de “La casa del zaguán” y “La niña”. O también para hacer justicia y encontrar el lazo indígena que nos ata al paisaje y a la sangre como lo reclaman las cabezas reducidas del cuento “No me saques de Sierra Mágina”.
Ahora bien, el cuento que mejor impresión me dejó es justamente el que da título a la colección. Goza del humor intelectual que caracteriza las conversaciones con Cecilia, además de proponer el juego de espejos. La historia de un hombre involucra a dos mujeres que no llegan a conocerse sino después de décadas y es entonces cuando el sentimiento de venganza se revitaliza. La paradoja de quién es la que realmente se «entrometió» hace que cada línea se lea atentamente para inclinar la balanza a favor de una o de la otra.
Copias auténticas
Susana Henao ha sido una destacada autora del ámbito infantil y juvenil cuya novela, Memorias de un niño que no creció, sigue ofreciendo horizontes para la reflexión acerca de cómo cada uno percibe la propia vida y, en especial, la de los niños con facultades cognitivas diversas.
En esta ocasión, la filósofa inquieta por el problema del lenguaje -otra faceta de la profesora Henao Montoya- vuelve a la carga con una propuesta encantadora: una niña, Mariana, encuentra el lenguaje apropiado para comunicarse con los árboles y así contestar a sus necesidades con un idioma carente de semántica, pero cuya sintaxis ofrece las respuestas que ellos necesitan:
“Pero Mariana no sólo encontraba el rostro de los árboles, sino también sus estados de ánimo y sus emociones […] los árboles escuchaban con paciencia, daban ejemplo de fortaleza y siempre estaban ahí, cuando se necesitaban […] Cada rama poseía su propio talante, sus propios matices sentimentales, a veces inestables, pero el árbol como un todo ejercía un efecto envolvente y protector sobre los que se acogían a sus influencias”.
Esa relación con el “alma” de las plantas se cataliza con la aparición de un libro que perteneció a su abuelo y en el que se recopilan las recetas médicas que pueden ayudar a curar distintas enfermedades del cuerpo y la psique. Ahora bien, lo que podría quedarse en el universo etéreo de la niñez, va asimilándose con las demandas de la transición a la etapa de la adolescencia. No se trata de menospreciar e invalidar esas intuiciones, sino de permitirles un desarrollo adecuado con las herramientas tecnológicas a las que tiene acceso gracias a la mamá de su amiguito Tomy, una mujer de ciencia que tiene el encargo de estudiar y aliviar los mangos de la plaza Bolívar de Pereira.
Y así como en la trama hay espacio para el diálogo entre el mundo mágico de la niñez, el saber ancestral representado en el abuelo y el rigor científico, la novela aborda otras esferas de la existencia como las búsquedas afectivas de la madre, el matoneo escolar, el verdadero sentido de la amistad. De ahí que la niña Mariana llegue a preguntarse: “¿Qué era lo que en verdad necesitaba conocer? ¿Sobre la sensibilidad del mundo vegetal? ¿Sobre maneras de la enfermedad y la salud? ¿Sobre el afecto y la compasión? ¿Sobre el abuelo? Todo le interesaba, aunque no estuviera segura de nada”.
Las últimas líneas de Copias auténticas no establecen el final de la historia sino el paso a una nueva etapa en la que la magia y el juego se aquilatan: se ciernen los grumos la nostalgia y queda todo dispuesto para la integración de nuevas experiencias. Y ese motivo la convierten en una obra que cae bien en cualquier etapa de la vida.
@JáiberLadino


