TODA TIERRA ES AJENA

Benjamín Baena Hoyos en El río corre hacia atrás es certero, sin divagaciones, como la muerte misma que usa como metáfora y realidad desde las primeras hasta las últimas líneas de su libro.

 

Texto / Maritza Palma Lozano – Ilustración / David Aronnax García Tapasco

El río corre hacia atrás es una novela histórica publicada por primera vez en 1980. En ella se aborda la lucha por las tierras a partir de un relato de migración antioqueña que llega a la hoya del Quindío. Dos familias anclan sus vidas en un lugar más próspero para pelechar, siguiendo al «voluntarioso» y a veces «encadenado» río Quindío, hasta tejer sus vidas a las de otros colonos, que como ellos padecerán los rezagos de los continuos conflictos armados y la avaricia de una empresa que buscará despojarlos.

Desde el primer capítulo Hoyos marca el ritmo de su obra: sorbos amargos y contundentes arrastran por cada recodo de sus palabras, como un caballo al galope, sin pausas. Cosa que aprovecha con agilidad para pasar de un personaje a otro, para ir del presente al futuro, cambiar de escenarios y extender momentos dramáticos mientras embelesa con historias simples. Cuando menos se espera también puede hundirnos en recuerdos para luego tirarnos sin reparo hacia otra tragedia, otros abismos.

Hoyos nació en Pereira en 1907. Fue novelista y poeta, esto último explica sus tan precisos recursos que llaman una especial atención entre las páginas 140 y 143, donde se descara con la reiteración de las palabras por más de dos páginas, para así construir el escenario que detalla los enseres de uno de los protagonistas.

«Cama pobre»

«Cama labriega»

«Cama sencilla»

Hace uso de la anáfora, una repetición rítmica de palabras que ubica párrafo a párrafo, reiterando sobre unos objetos para vincularlos en cada ocasión a una caracterización complementaria que atraviesa sentimientos, adjetivos y momentos. De la cama pasa al taburete, del taburete a la mesa y de la mesa al baúl, para terminar diciendo:

«Cama, taburete, mesa y baúl, equipaje humilde de los que la vida desposeyó de todo, menos de su fatiga y de los mancillantes zarpazos de la injusticia».

Como esta figura literaria, desde el inicio es común encontrarse personificaciones como «espalda del viento»; sinestesias como el «grito del hacha»; un símil tipo «se le partió la respiración en dos pedazos, como una lombriz de tierra tronchada por el filo de un machete»; o simplemente frases enmarcadas en diálogos:

—[…] Yo a ratos creo que no hay tal tierra, que la tierra somos nosotros.

He aquí otro de sus grandes aciertos: Baena Hoyos usa los diálogos con precisión de guaquero. Quizá por la naturalidad con que los empalma. De nuevo el texto se recorre como se recorre el río.

Luego, con la sencillez de quien relata las historias tal cual como las cuentan en el campo, Hoyos mantiene expresiones como ái, frisolera y guarumos; o se gasta un capítulo entero describiendo los pormenores de una pelea de gallos que se hace nítida en la memoria, que lo ubican a uno como dueño del gallo.

 

No sé si en su momento lo supo, pero Baena Hoyos no solo habló del Quindío, Hoyos escribió de América Latina. La tierra en Colombia –además de ser la médula del conflicto armado y la causa del desarraigo campesino, indígena y afro– también ha sido motivo de disputas por el control de territorios en este subcontinente, especialmente tierras fértiles cercanas al río, como aquellas donde el río corre hacia atrás, porque «donde hay agua, hay pueblo, lo demás sobra».

Un relato similar a la novela de Hoyos es el libro –y luego película– Vidas secas del escritor brasileño Graciliano Ramos, publicado en 1938. En esta, Ramos narró la historia de una familia campesina del Brasil que migró en búsqueda de tierras para vivir y sembrar, sometiéndose a las injusticias y las peripecias de la pobreza. A partir de esta obra, Edson Louidor diría –teniendo en cuenta la película–:

«La novela plantea una pregunta fundamental para América Latina: ¿con qué derecho y justicia en esta región, la más desigual del mundo, millones de pobres tienen que vivir unas vidas secas simplemente por haber nacido pobres y por culpa de un orden socio-político-económico injusto –sostenido y justificado por nuestros Estados– que los oprime y los explota?».

Al final, Louidor suscita si acaso aún hoy (aplica para el tiempo de Ramos, Hoyos, Louidor y el tuyo) en América Latina no hemos superado el colonialismo y, en mis palabras, nos sigue gobernando el rey.

En la obra de Hoyos también es clara la participación del Estado a favor de La Burila, la cual actúa amparada en un claro rezago de la colonización. Para empezar, en el tiempo del libro, La Burila es una empresa de Manizales –realmente existió en 1884– que quiere despojar a los campesinos, reclamando sus tierras a través de unos títulos de 1641 heredados desde la Colonia. Y en efecto, la empresa no está sola, de su lado están el juez, la policía, el coronel y hasta en su momento el alcalde.

De nuevo el desarraigo, que no se queda en la ficción, ya que no más en las tierras del páramo de Pereira se ha vivido esa misma historia: una inagotable lucha por el derecho a la tierra.

Pero Baena no solo nos atiborra el sinsabor del despojo, Baena se mete a lo más profundo del corazón campesino, se mimetiza entre la sangre caliente del amor por la tierra y abraza una rabia que en algún momento del libro describe como «rabia fría», una «rabia olorosa a yerba y a tierra», que encarna el más justo deseo de reclamar por el lugar habitado de sueños y familias, no en vano Nicanor dirá:

«Tierras hay muchas, pero tierra de uno no hay sino la que uno quiere, a la que uno se aquerencia. La tierra la hizo Dios para el que le nace apegamiento, para el que la trajina y la emparama de sudor, para el que le brotan ampollas trabajándola».

Otro elemento, no menor, que transversaliza toda la narrativa de El río corre hacia atrás es la mujer, no como personaje secundario o implícito, sino como personaje latente, protagónico, que a la par de los hombres labran la tierra y son parte fundamental de las nuevas vidas que se enraízan en el Quindío y de los lejanos recuerdos que explican la trashumancia. Entre muchas anécdotas, Rosana nos atraviesa en algunas de sus memorias con su ascendencia indígena, mientras Carmelina rememora sus años de enamoramiento con Severiano. El autor, como cosa normalizada de la época, construye la imagen de mujeres cuidadoras, compañeras, fértiles y encantadoras. Llega a armar frases como:

«La tierra emboba, es como una mujer que nos gusta, se nos entra en el cuerpo y nos quema la sangre y la voluntad».

Pero no se queda en esto, conoce tan bien a sus personajes, que los muestra desde muchos ángulos y en el caso de Carmelina, por ejemplo, así como la describe compasiva también la muestra llena de rabia:

«—¡Maldita Burila! ¡Maldita Burila! La Burila lo despojó de todo y con eso le metió la muerte en el pecho. Él vivía prendido de su monte, de sus matas y de su vena de agua porque eran suyos como las piedras del fogón […] ¡Maldita Burila! Él guardaba su pedazo de tierra entre las manos y le dejaron las manos solas y ociosas».

Esto sin lugar a duda es un aporte significativo de una obra que no construye personajes truncos y estereotipados, aun con las limitaciones de la época tradicionalista que le tocó vivir a Hoyos y que seguramente lo permearon, pero no lo limitaron.

Baena Hoyos es de la época de Luis Carlos González Mejía, antecedió a valiosas plumas nacidas, o que hicieron obra en Risaralda, como Jaime Jaramillo Uribe y Óscar Echeverri Mejía. Y ahondó en el mundo de las letras mucho antes que Eduardo López Jaramillo, Albalucía Ángel Marulanda, Susana Henao y Héctor Escobar Gutiérrez.

Su infancia la vivió en Armenia, en 1934 recibió del titulo de doctor en derecho y ciencias políticas, ocupó cargos públicos como representante a la Cámara y diputado, además de ser profesor de literatura.

Ya muchos han dicho que su obra se adelantó a su época. Aún hoy esta novela se lee como cualquier otra gran obra de Colombia y el mundo.

Solo siete años después de publicar en Bogotá la primera edición de este libro, Benjamín Baena, como uno de los personajes de su libro, «se metió en la muerte […] como si se lo hubiera tragado un camino».

@marpaloza

*Esta publicación hace parte del proyecto ‘En pocas palabras’, ganador de ‘Cultura en Casa’ 2020 de la Secretaría de Cultura de Pereira.