UN CAMELLO EN INGLATERRA

Como una espiral, el hombre siempre retorna al ojo del huracán: la estupidez que lo hace humano. Sobre El camello, de Lord Berners.

 

Por / Wilmar Ospina Mondragón – Ilustra / Stella Maris 

¿Acaso no necesitamos todos de algún estímulo

ocasional que nos haga imaginar algo que

se diferencie de la vida que llevamos?

Lord Berners

El camello es una “novelita” que, en apariencia, es completamente inútil e irracional, pues a un pastor anglicano y a su esposa se les aparece en la vicaría, de repente, un camello. El enorme animal está allí, impávido, mirándolos, como si los extraños aquella mañana nevada fuesen ellos y no él; una bestia más propia de las dunas desérticas del Sahara que de las estepas heladas de la Inglaterra rural.

Con esta trama más abismada hacia lo absurdo, Gerald Tyrwhitt-Wilson, más conocido en el mundo de las artes como Lord Berners, pone en entredicho esa premisa desobligante por medio de la cual se cree que la especie humana es, por encima de las demás, la que mejor florece en un universo que, a todas luces, no cabe en la lógica actitudinal y cognitiva de quien habita el planeta y lo transforma, se supone, a su imagen y semejanza. Imagen y semejanza que es lo subversivo, lo enmarañado; todo aquello que destruya, en lo posible, lo ajeno.

Escribo sobre esta sorprendente obra porque, para el lector ingenuo, apenas será una historia simplona, y tal vez ramplona, una propuesta de hacer una literatura que no se instaura en las leyes de la ficción, pero que tampoco se anida en los cánones de la escritura de culto. Con este argumento solo quiero decirles que El camello va mucho más allá de lo normal, porque, en el fondo, su fuerza narrativa desvela que, como una espiral, el hombre siempre retorna al ojo del huracán: la estupidez que lo hace humano.

En lo hondo de su prosa, Lord Berners nos deja advertir que lo estúpido no necesariamente está remarcado por la estupidez, sino que, en muchas ocasiones, dicha característica es inherente a los hombres y se manifiesta de múltiples formas como, por ejemplo, limitar la hombría a un descalabro que tiene sus raíces en lo hormonal y lo testicular. En otro caso, sugerir que esos mismos “machos” están imposibilitados para comprender el vestido femenino, recatado o insinuante, como una manera de estar y habitar en ese mundo que corresponde, tal vez con mayor propiedad, a las mujeres.

Nada en El camello se expone con el velo de lo lógico ni con la imagen cristalina del reflejo en el espejo. Allí todo está tocado por lo superficial, por lo turbio, por esa voz sincera que, con regularidad, hace de la mentira una verdad eficaz. Es más: sus personajes se mueven con esa malicia sangrona que engendra lo suspicaz, porque lo extraño tiene un fondo oculto, más de un doblez en el que hallamos que la rareza de lo extraño no es lo extraño, sino ese cúmulo de hechos enigmáticos que, finalmente, no son tan enigmáticos, pues boquean, con regularidad, entre las comisuras de nuestro labios, como si fuesen esas palabras con las que anunciamos que no comprendemos el mundo porque ni siquiera nos comprendemos a nosotros mismos.

El Camello, de Lord Berners, contiene un suspenso que raya en lo surrealista, es un manifiesto en el que no se encumbra lo irracional como esa mirada ajena que jamás subyace del subconsciente; aquí es al revés: lo desconcertante e ilógico a menudo están a un palmo de nuestras narices, demostrando así que lo monstruoso no nos invade desde adentro, sino desde afuera, porque lo inusual es una forma cruel de plasmar que la perfección del hombre es una medida pasajera, nimia; tan irrelevante como lo fueron los protagonistas de esta novela corta para ese animal exótico que, en realidad, no comprendía nada, pero denunciaba todo el universo censurable de la humanidad.

Otro factor imprescindible de esta obra narrativa corresponde a sus mensajes encriptados. A lo largo del texto uno descubre que la columna vertebral de la trama está estructurada en la picardía, esa picaresca en la que no se denuncia la comedia humana como un fin, sino como un medio para enfatizar que la moral no deja de ser la raíz del mal, el árbol en el que germina aquello que podríamos denominar ateísmo social. En sí, El camello está repleto de caminos sinuosos, de anécdotas paradigmáticas, de una comicidad que serpentea entre lo inaudito y lo real.

Esta es una novela breve, anclada en la capacidad sintética de las palabras, del lenguaje, en esa disposición que apuesta más por una trama simbólica y profunda que por una obra descriptivamente banal en la que se escribe mucho y se dice poco. De hecho, no es paradójico que el camello sea imprescindible para demostrar, de manera metafórica, que el mundo de los hombres funciona tan mal como asimétrica es la joroba que lo hace único e identificable ante las demás especies. Con este postulado puedo argumentar que la joroba en los camellos es una condición natural; sin embargo, las jorobas en los seres humanos son cruces y rocas que nos echamos encima sin necesidad.

Sin temor a equivocarme, El camello es un tratado psicoanalítico que nos plasma ante el universo como una especie humanamente perversa y, desde luego, perversamente humana, porque nada parece representarnos mejor que el error, la trampa, la malignidad, ese sangrado dulce que nos confiere el epíteto, bien ganado, de raza violenta. En otros términos, el camello encarna, con su silencio exótico, nuestros deseos subterráneos; todo aquello que nos hace babear con el éxtasis de la maldad, con el placer de lo soterrado. En el fondo, la imagen inaudita de un camello en Inglaterra no es otra cosa que el reflejo macabro de nosotros como sociedad; es, sin duda, toda esa represión que anuda nuestro ser a la inutilidad, a esa liviandad carnal que disfrutarán los gusanos en nuestra tumba.

Esta narración, de aproximadamente 100 páginas, no es una historia ficticia que tiene como personaje principal a un simple camello. Lo que uno halla página tras página es abrumador: los animales no son cosas en sí; son dinámicos, activos, perciben cada situación como un todo interconectado; los seres humanos, en cambio, estamos dotados con esa carga oscura de la incomprensión, con ese clamor amargo de la frivolidad.

Para finalizar, es importante decir que la sabiduría de unos cuantos hombres deviene, única y exclusivamente, de esos destellos estúpidos que nos configuran como una sociedad intrigante porque lo marginal y lo trivial es, en definitiva, el material del que estamos hechos, el contorno que nos ha forjado como sujetos irrelevantes. El camello es como un grano de arena en la retina que nos fastidia, que nos incomoda, que nos perturba porque, precisamente, somos a la vez la mugre que impide y el ojo que desea ver.

@wilmar12101