Pensará el lector que pretendo hacer literatura para no atender mis obligaciones académicas y de curaduría.

  

Por / Jhonattan Arredondo Grisales

Pensará el lector, de acuerdo con el inicio de El museo de la calle Donceles (2015), que no se trata de una novela. Pero lo cierto es que desde las primeras líneas nos encontramos frente a una historia de ficción que nos toma del cuello y nos arrastra hasta el final. Pocos escritores tienen esta suerte, porque, para lograrlo, se necesita mucho más que la rigurosa madurez en el oficio. Es decir, que lo que se escriba tenga vibraciones, que sacuda nuestras concepciones del mundo y que nos permita sentir las diferentes adversidades de los personajes como si nos pasaran a nosotros mismos. Sobre todo, que los posibles lectores, no sólo sean observadores anónimos, sino que, desde el primer momento, se conviertan en cómplices de las vidas ajenas que aparecen ante sus ojos. Esa complicidad es el aliciente que permite seguir los vestigios de un relato que insinúa resolver los entresijos de un conflicto. Como sabemos, muchas veces, dicho conflicto no se resuelve; pero esto, creo, carece de importancia. Lo valioso es el hecho de compartir un secreto que se pacta una vez abrimos el libro. Leer es una especie de confesión.

Esa complicidad, por cierto, se encuentra en El museo de la calle Donceles. Esta novela obtuvo el segundo puesto en el III Premio Nacional de Novela corta que otorga la Pontificia Universidad Javeriana en el 2014. Año en el que su autor, el novelista risaraldense Rigoberto Gil Montoya (4 de abril de 1966), el hijo del sastre, también recibió el Premio Nacional de Novela de la Universidad de Antioquia con su obra Mi unicornio azul. Dos textos que, a pesar de sus diferencias temáticas y estilísticas, denotan tanto la calidad como la afirmación de un escritor que cuenta con una obra sólida. De hecho, para quienes todavía creen que nuestra ciudad no cuenta con escritores(as) en el panorama literario nacional, aquí hay un claro ejemplo de alguien que, poco a poco, ha ido ocupando un lugar en el ámbito intelectual y en quienes se acercan curiosos a sus historias. Estas dos ediciones, en dos editoriales de reconocido prestigio, seguramente le permitirán —y supongo que le han permitido— ganar más lectores por fuera de su región. Algo positivo, pues son ellos, en últimas, quienes deciden si una obra es mala o es buena. No hay mejor crítico que un lector desconocido.

Quien investigue sobre este autor, sea por curiosidad o sea por el cumplimiento de un estudio académico, pronto se dará cuenta que su acervo literario es amplio. Entre sus libros de narrativa se encuentran: El laberinto de las secretas angustias (IX Concurso Nacional de Novela Ciudad de Pereira, 1992), La urbanidad de las especies (Cuentos, Colección de Escritores Pereiranos Vol. 13, 1996), Perros de paja (Novela, 2000) y Plop (Concurso de Novela Breve “Álvaro Cepeda Samudio”, 2004); en ensayo se destacan, entre otros: Pereira: visión caleidoscópica (Colección de Escritores Pereiranos, Vol. 18, 2002), Guía del paseante (Primer puesto, Caldas 100 años, 2005), Arlt y Piglia. Conspiradores literarios (Colección de Escritores Pereiranos, Vol. 22, 2006). Y su más reciente publicación: La buena hora de la literatura colombiana en el siglo XX (2020), libro de ensayos donde ahonda en las ideas y posturas críticas que, en sus inicios, puntualizó Gabriel García Márquez con el ánimo de resaltar que la literatura colombiana necesitaba evolucionar si quería adquirir un carácter universal. Por ese entonces, quién lo podría imaginar, el joven escritor no alcanzaba a concebir los alcances que tendría el malestar de sus señalamientos.

En fin. La figura del nobel de literatura aracateño es central en el argumento de El museo de la calle Donceles (2015). La máquina de escribir que éste perdió en una casa de empeño el fatídico 9 de abril de 1948, es el detonante de la trama en la que se desenvuelve su protagonista: Eduardo Ovalle, curador y profesor de artes, quien un martes “poco antes de las tres de la tarde” recibió en su departamento un guacal con una máquina de escribir derruida. El caso es que ese objeto enigmático irrumpe en su vida para traer de vuelta su pasado y la misteriosa presencia de su antiguo amante: Leopoldo Vallejo. Pero no sólo esa presencia, sino, también, los sucesos que acaecieron la noche en la que su madre desapareció en el incendio del museo. Lo interesante aquí es que, si bien el argumento se puede relacionar con los fondos que se encuentran en las novelas negras, Rigoberto Gil trasciende esos rasgos capitales porque explora más allá del suceso central las profundidades humanas desde diversas perspectivas.

Para demostrar esto es importante mencionar un rasgo fundamental. Ese rasgo, en pocas palabras, se encuentra en la voz en primera persona que narra su versión de los hechos; convirtiéndonos, de entrada, en sus anónimos y silenciosos encubridores. ¿Cómo? Diciéndonos que su historia no es una mera invención, sino que obedece a los terrenos, siempre huidizos, de la verdad: “Pensará el lector que pretendo hacer literatura para no atender mis obligaciones académicas y de curaduría”. Por esa advertencia, entonces, no sabemos a ciencia cierta si lo que nos dice es cierto o es falso. Y eso, precisamente eso, es la razón por la cual avanzamos página tras página. En una reseña publicada en el Boletín Cultural y Bibliográfico (VOL. LII, NÚM. 95, 2018), Valerie Osorio Restrepo propone “tres elementos fundamentales” que “construyen la narrativa” de esta novela: en primer lugar, “la relación con los objetos” (la máquina de escribir); en segundo lugar, “la superstición” (la obsesión por las fechas, especialmente, por el día martes); y por último, “la literatura” (el diálogo constante que el narrador establece con varios autores de la literatura latinoamericana).

La propuesta de lectura es bastante acertada; sin embargo, me atrevo a decir que hay un cuarto lugar: “cómo narrar la violencia omitiendo la realidad más cercana”. La violencia y la política, todos ustedes lo saben, están emparentadas hasta hacernos pensar que son la misma cosa: una clase de minotauro en el que no sabemos quién lleva puesto los cuernos. En este caso, estas dos problemáticas sociales son tratadas con mucha suspicacia. Por ejemplo, los diálogos que utiliza con distintos escritores latinoamericanos (Arlt, Bolaño, Sábato, entre otros), sirven como pretexto para colocar en cuestión las heridas de un continente marcado por la ambición destructora del poder. Lo que quiero decir es que nuestro autor mira estas heridas de soslayo para atenuar, creo, el estruendoso disparo en medio del concierto: “algo grosero y sin embargo imposible de ignorar (Stendhal)”. En el libro de ensayos El arte de la distorsión, el escritor colombiano que a juicio personal mejor entiende en la actualidad el arte de la novela, Juan Gabriel Vásquez, dice algo al respecto: “Los novelistas saben que la política es una Gorgona que transforma en piedra a quien la mira a los ojos”. Y, en seguida, agrega: “Su éxito se medirá por la forma en que logren esa entrada indirecta, esa mirada indirecta”.

La mención que acabo de realizar no es gratuita. El 8 de octubre de 2014, en una entrevista para el periódico El Espectador, Ángel Castaño Guzmán preguntó a Rigoberto Gil sobre cómo han sido abordados los dilemas sociales y políticos por los escritores actuales en el país. A lo que el escritor risaraldense respondió: “Me parece que sí hay un registro interesante al respecto y caminos distintos, desde lo estético y literario, para abordar esa complejidad que es nuestra historia reciente, llena de excesos y guerras de variada índole. Ya superamos la escritura de panfleto y la mera enumeración de muertos, tan recurrente en la llamada “literatura de la violencia”. Ahora el escritor propone historias, dramas, situaciones con las cuales y de manera indirecta, es decir, como correlato, toca el nervio de los dilemas sociales y políticos”. De modo que estamos ante una historia que cumple con esas premisas, pero, además, ante una historia en la que podemos rastrear el trasfondo de una sociedad tan corroída como la máquina de escribir que el curador de arte, sin éxito, intenta rescatar entre los escombros.

Por otro lado, ustedes notarán que en El museo de la calle Donceles (2015), los lugares donde ocurren los hechos tienen una atmósfera extraterritorial. A su vez, cierto léxico empleado y la carencia de referencias topográficas acentúan esta percepción de la novela. No obstante, como sugerí anteriormente, esto debe tomarse como un acierto. La obra adquiere un carácter universal y dialoga con un contexto social que no escapa a las realidades que vemos a diario en nuestra cotidianidad. Pero la calle a la que se hace referencia en el título sí existe y puede confirmar en el lector las sospechas que se puede plantear sobre el posible lugar donde se ubican los personajes. Esta calle, en “la vida real”, se encuentra situada en el Centro Histórico de Ciudad de México; y es, de acuerdo con varias fuentes, una de las calles más antiguas de ese país. En todo caso, más interesantes resultan, si se quiere, las relaciones que encontramos con dos obras importantísimas de la literatura latinoamericana. Hablo de Sobre héroes y tumbas (1961) de Ernesto Sábato y Aura (1962) de Carlos Fuentes.

Miremos. En la primera, leemos el caso de una mujer, Alejandra Vidal Olmos, que se prende fuego en el ático de un viejo caserón de Buenos Aires; en la segunda, en cambio, leemos el caso de un joven historiador, Felipe Montero, que encuentra un trabajo como redactor gracias a un aviso con esta dirección: “Donceles 815”. Ambas, a mi parecer, son dos claves de lectura que se suman a los dos epígrafes que abren la novela: una nos advierte el destino de Eduardo Ovalle y la otra el enigma que oculta el lugar donde acontece el trágico y misterioso incendio del museo. Así las cosas, ese juego intertextual se puede interpretar, además del homenaje a estos dos escritores del boom, como una forma de decirnos que la literatura es clarividente: las vidas que leemos, para bien o para mal, se pueden convertir en nuestras vidas. ¿Cuántas veces no hemos dicho que “eso” que acabamos de leer nos ocurrió exactamente igual? Es posible que no sean muchos los casos donde la acción sea “exactamente igual”, pero las similitudes y las confesiones que hemos callado durante años, abundan en las voces de esos seres que imaginamos en nuestras mentes.

Quizá, para algunos, ese diálogo constante con diferentes escritores que transversalizan esta novela sea algo confuso o, inclusive, algo que puede tomarse como un exceso de erudición. Sin embargo, habría que hacer hincapié en dos cosas: primero, que esa polifonía obedece a la obsesión del personaje, a su naturaleza delirante, mas no al “abuso” del escritor que concibió las dimensiones psicológicas de dicha personalidad; segundo, como mencioné en párrafos anteriores, ese recurso narrativo funciona como un pretexto para hablar de circunstancias sociales e históricas que han marcado a nuestro continente. Asimismo, la evidente obsesión del personaje por la exactitud, en relación con una de sus afirmaciones más puntuales, hace cuestionar su presunta inocencia: “en mi mundo no existe ni lo casual ni lo repentino”. ¿Eduardo Ovalle y Leopoldo Vallejo son culpables del incendio del museo? Y, aún mejor: ¿La decisión de incendiarse, después de la irrupción de su amante en su nueva vida, es la revelación de un modus operandi delincuencial? Las posibilidades quedan abiertas.

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Por otra parte, es preciso señalar la actitud crítica que a lo largo de los trece capítulos encontramos cuando se hacen referencias a diferentes focos de poder, desde lo privado hasta lo público, complejizando así la dimensión escritural de la novela. Por ello, pienso ahora que llegamos a este punto, no es extraño encontrar ciertas semejanzas con los intereses literarios de un autor como Ricardo Piglia. Esta similitud, aclaro, se debe a una temprana deuda de amor que tiene el escritor risaraldense con el escritor argentino. Rigoberto Gil toma distancia, por fortuna, de sus formas y estilo; pero, sagazmente, se fija en su agudeza narrativa para la construcción de una obra que podemos leer en clave de novela negra. Esa deuda queda saldada con un texto publicado en la revista ElMalpensante (No.182) en febrero de 2017: Ricardo Piglia. Cenizas de Plata quemada. Allí, luego de una ingeniosa introducción acerca de un confuso asesinato que leyó en el diario Clarín, nos dice que ese caso “era el tipo de historias enigmáticas” que el escritor de Adrogué “se encargaba de convertir en literatura”. Y algo más, que, en cierta medida, me da luces para sostener las pasadas afirmaciones: Piglia “sabría dimensionar” esa historia del asesinato “en un contexto social más complejo, no exento de psicoanálisis y reflexión moral faulkneriana”. Tal como sucede en El museo de la calle Donceles (2015).

El texto que menciono, en el mismo año que fue publicado, recibió el Premio Nacional de Periodismo en la Categoría de Crítica (Prensa). Los jurados, entre otras cosas, resaltaron lo siguiente: “El trabajo ganador, aunque presenta una narración por momentos íntima y siempre acronicada, tiene la ventaja de estar escrito de una manera creativa. Se acerca a la crítica en el sentido de descifrar el modus operandi del escritor y tender un puente entre su obra y el público”. Esta última mención, por cierto, me remite a un evento que no puedo pasar por alto. El 10 de septiembre de 2015, en el marco de las exposiciones que se realizan en el Muro líquido, la Maestría en Estética y Creación de la Universidad Tecnológica de Pereira presentó a la comunidad estudiantil un bellísimo ejemplo de cómo la ficción puede interactuar con los lectores y cómo los objetos que la habitan se pueden materializar en una obra de arte. Los organizadores de la exposición, Margarita Calle y Oscar Salamanca, tomaron algunos de los objetos que aparecen en la novela para crear una representación del museo de la calle Donceles.

Esta manifestación artística, en retrospectiva, bien podría apreciarse como un medio para decirle a sus despistados visitantes que la literatura es y seguirá siendo posibilidad. Tanto como para que algún día, el espectro del profesor y curador de arte, en otro cuerpo, vuelva a pasearse por los pasillos del Bloque H.

@Jhonattan_1990