El placer que uno siente viajando por su habitación está libre de la envidia inquieta de los hombres; es independiente de la fortuna […] ¿Existe, en efecto, un ser bastante desgraciado para no poseer un cuartucho donde poder retirarse y esconderse de todo el mundo?

 

Por / Rodrigo Argüello G.

Y si solo de libros se tratara… porque sabemos que, para muchos en este momento, existen otras cosas, sin duda, más apremiantes… las necesidades básicas para mantenerse con vida.

Pero también, este tipo de estado de emergencia nos interpela la existencia, nuestras seguridades ontológicas básicas, y por eso emergen de nuevo las grandes preguntas de la antropología filosófica: ¿Cómo resol- vemos los conflictos, disyunciones, obstáculos que se presentan en la trama de nuestra existencia? ¿Cómo compensamos, nivelamos, soportamos la existencia cuando carecemos o nos arrebatan algo vital, en este caso la dinámica de una vida aparentemente normal y cotidiana, cuando eso tan vital quedó allá afuera y no podemos vivirla en nuestra casa? Está claro que, en más de un sentido, somos seres carenciales. Eso es lo que explica la necesidad de vínculos, de placebos simbólicos, de mitos auténticos o de experiencias estéticas… lo que explica, incluso, el surgimiento de las tecnologías, como ya lo han argumentado muy bien algunos antropólogos. Es en la carencia, en la disyunción, en el Desgarro Ontológico, que reafirmamos que somos “Humanos, demasiado humanos”.

Por otro lado, siempre hemos tenido la curiosidad por saber qué hay más allá de la muerte, pero habíamos ido perdiendo la curiosidad por saber qué hay más acá y más allá de la vida que vivimos. Esa de la que ahora estamos privados, o de esa que ahora estamos viviendo.

Por ahora, además de las personas que nos acompañan (suponiendo que de verdad estamos acompañados por ellas), los personajes de los libros, de las películas, se van configurando también como la compañía y los vecinos más reales.

Dicho esto, creo que podría sonar obvio que, para estos momentos de aislamiento social obligatorio, podrían existir dos clases de libros. La primera tendrá que ver con los relacionados, de alguna manera, con la situación que se está viviendo, esto es, libros sobre pandemias (pestes), encierros o confinamientos. Libros que, para algunos lectores, podrían producir miedo, angustia, claustrofobia o la sensación de catástrofe. Aunque también debo decir que, para otros lectores, este tipo de lecturas, por el contrario, les dará fortaleza, o aprenderán de ellas.

Los más comunes son: El Decamerón de Bocaccio, El año de la peste de Defoe, La máscara de la muerte roja de Poe, La peste de Camus y Ensayo sobre la ceguera de Saramago… Pero hay uno que se sale de lo común: La peste escarlata de Jack London, una nouvelle que, así haya sido escrita en clave de ciencia ficción (publicada en 1919, pero cuya historia se ubica en el 2013, y quien la narra, un profesor, lo hace 60 años después), es una de las novelas más aterradoras y apocalípticas acerca de una pandemia de dimensiones devastadoras. También sobre escritos relacionados con la peste, podríamos incluso mencionar “Las tipologías de los comportamientos en tiempos de peste”, el capítulo tres del monumental libro La historia del miedo en Occidente, de Jean Delameu. Sobre confinamientos y encierros, de los mejores sin duda son: Sufrían por la luz de Tahar Ben Jelloun y Swkwan island del escritor alaskeño David Van, entre otros.

La segunda clase de lecturas para estos tiempos, contemplaría los libros que, por el contrario, dan la sensación de libertad, de desplazamiento: la ilusión de ser una gran ventana por donde puedan entrar grandes bocanadas de aire, esos que nos pondrían en un lugar diferente al que se está viviendo. Libros para espantar o exorcizar situaciones adversas, que algunos han denominado “Lecturas de evasión”1. Aunque me gusta más la terminología usada por la estética y la antropología filosófica, cuando hablaban de desvigorización de la realidad, mediación mítico-poética, filosofía de la compensación, resistencia a la tiranía del presente… Lo que Hans Blumenberg denominó: poner a raya el absolutismo de la realidad.

Ahora bien, para que esto no suene tan aleccionador o proyecte la sombra de la prescripción, sugiero que debemos habitar y dejarnos habitar por el libro, en el género que sea y en donde mejor nos sintamos.

Por ahora, quisiera comentar un libro muy particular.

Se trata de Viaje alrededor de mi habitación, del conde Xavier de Maistre, publicado en 17942 (para mi gusto sonaría mejor Viaje alrededor de mi cuarto, tal como, incluso, dentro en la edición que citaré, se usa muchas veces el término). Este es el primer libro3 que, de una manera consciente e intencional, narra el tema de un viaje en espacio tan limitado como es nuestro cuarto. Para una época en la que se hacía apología al viaje tradicional, en que se dieron las grandes exploraciones -recordemos que se acababan de publicar Los tres viajes alrededor del mundo del Capitán James Cook  (Diarios  que,  por cierto, están en la biblioteca del personaje), en la que se escribieron libros sobre el tema tales como El viaje sentimental de Laurence Sterne, El arte de viajar de Franz L. Poselt (1795),  a quién se le hubiera ocurrido escribir un libro sobre un viaje en apariencia absurdo, tan disparatado, propio de un chiflado. Más curioso nos resulta, cuando es sabido que el conde Xavier de Maistre era un viajero como el que más. De hecho, pasó poco tiempo en su país. Por tanto, por muy ridícula que pueda parecer, esta puede ser su explicación: cansado de exterioridad, decidió hacer una inmersión radical en la interioridad. Fue tal vez por todo esto que el libro resultó ser un éxito de publicación y, en lo sucesivo, las imitaciones no se hicieron esperar. Las más sobresalientes fueron: Voyage a ma fenêtre (Viaje a mi ventana) de Gaston de Chaumont, 1865, y Voyages au coin du feu (Viaje al rincón del fuego) de León Foster, 1852.

Permítanme mostrarles, in extenso, algunos apartes para que se hagan una idea de lo particular de este libro, que ni es novela ni ensayo, es un libro de viajes a la interioridad.

Desde el comienzo, el personaje nos dice: “El placer que uno siente viajando por su habitación está libre de la envidia inquieta de los hombres; es independiente de la fortuna” Pues, se pregunta: “¿Existe, en efecto, un ser bastante desgraciado para no poseer un cuartucho donde poder retirarse y esconderse de todo el mundo? Estoy seguro de que cualquier hombre sensato adoptará mi sistema; cualquiera que sea su carácter y su temperamento; ya sea avaro o pródigo, rico o pobre, joven o viejo, nacido en zona tórrida o cerca del polo puede viajar como yo…”. Así que exhorta a “todos los desgraciados, los enfermos y los hastiados del universo” para que lo sigan y a que todos los perezosos se levanten en masa… De modo que, haciendo un paralelo con lo que ha viajado ninguno, invita de manera burlona a seguir un viaje sin obstáculos donde la imaginación será fundamental.

“Dignaos –dice– acompañarme en el viaje, caminaremos poquito a poco, riéndonos a lo largo del camino de los viajeros que han visto Roma y París; ningún obstáculo podrá detenernos y, entregándonos alegremente a nuestra imaginación, la seguiremos a todas partes a donde le plazca conducirnos”.

Luego apela a la curiosidad del lector para introducirnos en su viaje: “Estoy seguro de que querrían saber por qué mi viaje alrededor de mi habitación ha durado cuarenta y dos día en lugar de cuarenta y tres”.

Desde luego, no podría empezar su extraño periplo por describir su cuarto, que vuelve una realidad ampliada cuando dice que “está ubicado cuarenta y cinco grados de latitud según las medidas del padre Becaria. Su ubicación es de levante a poniente”. “Las paredes estaban ador- nadas con cuadros y grabados…”. También nos comenta que su recorrido no tendrá un trazado recto, sino oblicuo y en zigzag: “De modo que cuando viajo por mi habitación rara vez recorro una línea, voy de mi mesa hacia un cuadro que está colocado en un rincón, de allí paso oblicuamente a la puerta. Pero, aunque al partir mi intención sea dirigirme a mí, si me encuentro en el camino con un sillón, no me lo pienso y me acomodo de inmediato”. Aquí hace apología a ese mueble y recuerda las noches de invierno en que se echaba en él perezosamente lejos de los estrépitos de las reuniones multitudinarias. Ya que para el tedio “un buen fuego, unos libros, unas plumas, ¡cuántos recursos contra el aburrimiento!”. De hecho, su biblioteca contenía los libros de grandes poetas y novelistas, como las obras de Homero, Virgilio, Milton, Ossian; las novelas epistolares de Richardson (Pamela y Clarise), el Werther de Goethe… Incluso, los viajes del capitán James Cook… Libros a los que acude en sus momentos de aflicción.

Lo extraordinario de este libro consiste en la manera como el personaje penetra en los objetos, cómo lo hacen viajar al pasado. Así, podríamos decir que sus cosas, que parecían tan cercanas, tan familiares y domesticadas, se vuelven vitales, extrañas portadoras y recuperadoras de tiempo. También lo incitan a la auto-reflexividad, como pasa con el espejo del que dice: “El espejo presenta al viajero sedentario mil reflexiones interesantes, mil observaciones que lo convierten en un objeto útil y precioso”. La importancia también de los cajones, que lo abren a un mundo privado que había olvidado. Por ejemplo, en uno de esos cajones encuentra un manuscrito de un libro que había abandonado, o encuentra el compendio de cartas que había archivado y no recordaba, allí estaban todas las misivas que había recibido en diez años y él había ordenado, “Las más antiguas están ordenadas según las fechas, en varios paquetes: las nuevas están desordenadas, me quedan varias que datan de mi primera juventud. ¡Qué placer volver a ver en esas cartas las interesantes situaciones de nuestros años jóvenes, ser transportado de nuevo a esos años felices que no veremos más! (en este pasaje, me recuerda a Ella imagina, el fantástico relato de Juan José Millás).

Sin duda que abrir un cajón abandonado es también abrirse a una buena parte de nuestra bio- grafía escrita en letra o inscrita en los objetos que allí se encuentran. Es también descubrir que, muchas veces, en todo cajón habita una nostalgia.

En fin, la riqueza de Viaje alrededor de mi cuarto está precisamente en estos descubrimientos. Pues si todo viaje, en un sentido clásico y tradicional, implica transformación, cambio, reflexión, encuentro y desencuentro… el viaje alrededor de un cuarto:  es un viaje consigo mismo y con su entorno inmediato. Este periplo alrededor de sí mismo nos obliga a desplegar todo tipo de virtualidad, si la entendemos como posibilidad, nos obliga a soltar la imaginación de la percepción o nos refuerza las formas de sentir y percibir a través de la imaginación. A mi modo de ver y percibir, ese debe ser el verdadero acto de admiración.

Por ahora puedo decir que, al menos, el personaje de este curioso libro tenía un cuarto propio o una habitación propia –por usar la acertada expresión de Virginia Woolf– donde en este momento cada uno podría escribir la novela de su vida.

  1. Desde una perspectiva estética, política y existencial, pocas veces acudo al verbo evadir. Como en psicología (profunda…) no me gustó jamás la expresión mecanismo de defensa y, menos, la palabra sublimación.
  2. Usaré la bella edición de El Funambulista, publicada en 2017 con la traducción de Puerto Andón.
  3. Ya Emma Faucon había escrito Voyage d´une jeune fille autour de sa chambre (1764).