ROBERTO FERRO Y LOS FINALES

Escribe / Mateo Quintero – Ilustra / Stella Maris

Aquel día me escribió una amiga para contarme: “Murió Noé”. Se refería a Jitrik. No podía creer que se hubiese concretado esa muerte. ¡Otro argentino ilustre muerto en mi tierra! ¡Otro grande muerto en Colombia, como Gardel! ¡Ah, mi país, potencia mundial de la Muerte! Colombia, un moridero. Pero cuando me enteré, en lugar de pensar en ello, sentí una tristeza profunda. No era porque lo hubiera conocido, ni porque hubiese tenido la fortuna de tener alguna clase con él, ni porque -debo admitirlo– lo hubiera leído como lo merecía –solo un par de ensayos sobre la novela histórica–. No, la razón de mi tristeza se debió a que pensé de inmediato en lo mal que se estaría sintiendo Roberto Ferro, ya lejos de la muerte en Pereira, allá en su querida Argentina. Supongo que de eso se trata la amistad: de alegrarnos por la alegría ajena, de entristecernos por las desdichas de los otros.

Ya habían pasado un par de semanas desde que Ferro culminara el seminario que nos dio en la Maestría en literatura. Un seminario espléndido en su lucidez sobre dramaturgia. Llegó al tiempo con Jitrik, su amigo de toda la vida, porque aquel iba a dar un seminario en el doctorado, cosa que la enfermedad y la muerte se lo impidieron. No duró mucho Jitrik conscientemente en Pereira, puesto que cayó en coma, así que mientras Ferro daba su seminario pensaba con constancia en su amigo que se le iba. Se le notaba nostalgia en el tono de su voz cuando se refería a él en las clases –se notaba, claro está, en la recurrencia de su evocación–. También es cierto que lo tomaba con algo de estoicismo, con la tranquilidad que la sabiduría y los años le brindaron, así que no reflejaba –o no representaba, mejor, para utilizar un concepto que nos enseñó–  afectación en sus reflexiones, sino serenidad en la certeza de que el fin estaba cerca.

Mi relación con él se fue volviendo más cercana porque, a petición del director del programa, lo llevaba en mi carro cada vez que terminábamos clase a un hotel en el que se hospedaba cerca de la universidad. Esta costumbre se hizo tan radical que él empezó a decirles a todos que yo era su Virgilio en esta aventura –tan vinculada a la Muerte, pensaría yo tiempo después–. Cierto es que lo decía por su misma condición de argentino, porque, a decir de él: “los argentinos somos hiperbólicos”. Tan hiperbólicos son, o tan hiperbólico es, que desde que me leyó me empezó a saludar diciéndome: “¿Cómo está, maestro?”. ¡Ni mi madre me había tratado así! Pero me preguntaba, riéndome, ¿maestro de qué? Y recordaba una frase que quizá le hubiera gustado pero que nunca se la dije que repetía mucho en mi niñez un tío mío: “maestro el burro que lo mete sin cogerlo con la mano”.

También nos relacionamos muy bien por nuestro amor al fútbol. Supe que le gustaba desde la primera clase, en la que contó que su relación con Colombia era muy buena, y que ese vínculo tenía nombre y apellido: Juan Fernando Quintero. No podía olvidar lo que el jugador había hecho por el River al clavarle en Madrid aquel golazo en el ángulo a Boca. Yo, que amo el fútbol y a Argentina, aunque no la conozca, no pude ocultarle la emoción y le mostré, la primera noche en que lo llevé al hotel, una estampita de Maradona que siempre llevo conmigo en mi billetera –junto a una fotografía del Caballero gaucho–. ¡Qué cuentos de fotos de mis familiares o estampas religiosas! Cuando le pasé la imagen, la detalló, me sonrió y exclamó:

– ¡Es que imagináte, ché! Les hizo un gol con la mano y luego ese golazo. Por favor, es un fenómeno.

Así que recurrentemente recordábamos anécdotas futbolísticas en medio de la clase, y yo aprovechaba cualquier oportunidad para demostrarle mi conocimiento sobre Argentina y la admiración que le tenía, tratando, como es obvio, de ganarme su cariño.

Terminando las clases del seminario, nos preguntó a todos que qué queríamos realizar como trabajo de grado. Yo le conté que una novela. Me preguntó si había escrito algo antes y yo le contesté que sí, que escribía varias cosas, relatos, crónicas, poemas, y que tenía un libro de ensayos llamado La frenética desazón.

– Lo quiero leer. Pasámelo la siguiente clase.

Sentí muchos nervios y pena. Yo, dándole mi libro de ensayos a Ferro, el ensayista que desmontó a Vargas Llosa, que lo criticó y vapuleó; que estudió a Onetti y dio las claves de su narrativa; que había escrito tantos libros sobre crítica y teoría literaria. Pero, bueno, cómo decir que no. Así que se lo pasé la siguiente clase que nos vimos, el siguiente sábado. Nos volvimos a ver para una asesoría personal el martes siguiente y él ya lo había leído. Se hace innegable la alegría que sentí cuando me dijo que le había gustado, y que ahí estaba el germen de mi novela.

-Vos no escribís glosas de las ideas de otros, sino que desarrollás tus propias ideas. Podés combinar en un mismo párrafo a Borges, a Gardel y a tu abuelo. Y eso es lo que más me gusta de tu libro: lo diverso. Además, culminás citando a Scarface… ¿Sabés qué es lo que jamás olvidaré de Scarface?

– No, profe, ¿qué?

– A Michelle Pfeiffer.

Seguimos conversando sobre mi proyecto y me dijo que, como también exploré el “fragmento” en el libro, es decir, el aforismo, que ahí estaba la novela. Yo debía, en sus palabras, escribir una novela fragmentaria. Me explicó cómo y fue como si un faro me hubiese mostrado el camino en medio del naufragio. Lo único que me faltaba pensar era el final de la novela.

– Eso sí te lo dejo a tu consideración.

Le agradecí y me preguntó:

– ¿En tu novela habrán personajes mujeres?

– Sí, claro, profe – y procedí a describírselas.

– Bien, sabés que, como te he dicho, cada personaje tiene cuatro dimensiones: ser, saber, poder y hacer. Y, a su vez, cada personaje tiene un conflicto que intentará superar por medio de lo que es. Los personajes son funciones, así que debés darles una función específica a ellas, ya que te veo algo perdido en ese aspecto. Pero bueno, Mateo, ¿sabés algo? Una mujer puede perdonarlo todo: la traición, la mentira, pero hay algo que no puede perdonar jamás: la eyaculación precoz.

Le manifesté que ya dos borradores de la novela habían sido rechazados por mi editor, Rigoberto Gil, y que la verdad sentía miedo de fracasar otra vez, así que le pregunté si no creía que mejor debería meterme en una investigación en lugar de la invención de una novela. A lo que sentenció: “No hay ninguna razón para empezar. Pero, después de empezar, siempre hay, por lo menos, una razón para terminar: haber empezado”. ¿Y yo era su Virgilio?

Por último hablamos del trabajo final del seminario, que consistía en convertir en un  guión teatral o en un guión de cómic una obra que podía ser seleccionada entre un catálogo de canciones, pinturas o cuentos. Yo había elegido la canción de Pedro Navaja. Quería interrelacionarla en un cómic con la de Juanito Alimaña, porque Lavoe canta: “Ayer él iba muy triste, y llorando así bajaba, vengo de un velorio, brother, el de Pedrito Navaja”. Le conté la idea, me hizo unas recomendaciones, pero, otra vez, me dijo que me dejaba el final a mi consideración. Y yo no sabía cómo finalizar.

Además no podía concentrarme mucho en la universidad. En esos tiempos estaba pasando uno de los despechos más bravos que he padecido. Estábamos decidiendo, con mi socio Miguel, si cerrar o no Ramfis, nuestro bar. Tener un bar en una ciudad como Pereira es una empresa perdida. Pero también es una empresa poética, en el sentido en el que Bolaño define la poesía: “La poesía es un gesto de adolescente, del adolescente frágil, imberbe, que apuesta lo poco que tiene por algo que no sabe muy bien qué es, y que generalmente pierde”. No se sabe muy bien la razón de sostener un negocio que no da nada de dinero. No se sabe muy bien la razón por la cual teníamos un bar. Pero lo que sí sabíamos, de lo que estábamos seguros, era que no lo queríamos perder. Nos daba algo más allá del dinero, sí: nos daba felicidad. Y toda apuesta por la felicidad es válida y justificable. Pero esa fuente de felicidad ya llegaba a su fin, y nos estábamos despidiendo de ella, así como Ferro se estaba despidiendo de Jitrik.

Días después de la reunión con Ferro decidimos cerrar. Era insostenible. Pero el cierre debía ser por todo lo alto, y como Ramfis fue un nido de grandes artistas musicales –y de todas las índoles–, convocamos a todos aquellos que quisieran darle una despedida al bar a que nos brindaran la última muestra de su talento. Todo fue previsto para un sábado que, por coincidencia, era el último sábado de Ferro en la ciudad. Así que me dijo a mí que lo llevara al centro porque quería comprar café. Lo llevé a María Antonia y ahí compró algunas libras. Aprovechando que estábamos cerca a Ramfis, y como yo le había comentado que íbamos a cerrar, lo llevé. Habían acabado de abrir. Apenas entró, vio la máquina de escribir que teníamos en una esquina, y dijo:

– ¡Che, mirá esto, me quiero cortar las venas con las patillas de Maradona! ¡Pero cómo vas a cerrar, este es un lugar bellísimo! Tomáme una foto.

Y nos tomamos varias fotos allí, con Esteban, mi amigo y bartender del bar. Empezamos a escuchar tangos y cuando sonó Piazzolla, me explicó: “Si estuviéramos en Argentina, todos nos pondríamos de pie. Por favor, es el himno nacional”. Y cantamos, los dos, Balada para un loco. En ese momento no llegué a imaginar que meses después yo compondría un tango, que se convirtió en una canción verdadera y que le gustó tanto al maestro que me escribió: “Desde que era pibe, en la radio de mis viejos sonaban tangos. Puedo decir que mi oído está entrenado. Entonces te digo: pibe, te mandaste un gran tango”. Luego de escuchar a Goyeneche, me contó las historias de cuando conoció a Julio Sosa, a Julio Jaramillo y a Sandro. Lo llevé al hotel. Fue la última vez que lo vi en persona. En la noche, tuvimos el cierre de Ramfis y Monroy, mi amigo violinista, tocó tangos como para hacer llorar a Cristo.

En lo sucesivo, a pesar de la tristeza del cierre del bar, pude concretar el final del guión del cómic. Aquel guión se convirtió en un cómic real gracias a la ayuda de la artista Camila Cortés, y de allí nació el proyecto de caricaturas que me tiene ahora emocionado y feliz, llamado Sefirá, que comparto con ella. Se lo mandé a Ferro y quedó más que satisfecho con el resultado, por lo que más feliz me hizo. Nos vimos días después por Zoom, y dialogamos de su llegada a Buenos Aires, del cómic, del seminario y de muchas otras cuestiones. Faltaban muy pocos días para que se muriera Jitrik y me dijo que era muy difícil para él, porque era su relación más larga y estable. Ferro ya se había resignado a la muerte de su amigo y lo que le preocupaba era lo que sucedería después. Me dijo que debía reformular, a su avanzada edad, su vida, porque a todo lado donde viajaba, iba con él. Los seminarios que impartía en otros países, los hacía acompañado de él. Además, la vitalidad de Jitrik, su ánimo intelectual, su perpetua curiosidad investigativa, lo llenaban de ánimo a él también y sería muy difícil ahora enfrentar una nueva vida con su ausencia. La insaciabilidad intelectual era lo que los unía, aunque había también cosas que los diferenciaba. Una de ellas, me contó, era la estabilidad con las mujeres. Mientras Jitrik llevaba años con su esposa, Ferro no aguantaba tanto tiempo con una mujer: al igual de rápido que se encendía su interés, así mismo se apagaba. Como la vez en que viajaron juntos Jitrik a Turquía y conoció a una turca que cocinaba tan delicioso, con una sazón tan imposible de encontrar, que le pidió matrimonio de inmediato solo por esa habilidad. Me reí  preguntándole si era cierto lo que me contaba, a lo que sentenció:

– Mateo, vos entendé algo: el amor acaba, pero el hambre nunca.

Tenía razón, pero si yo le hubiera hecho caso, ya hoy en día iría por mi segundo matrimonio.

Días después Luisa, mi amiga, me informó que Jitrik había muerto. No supe al fin cómo lo tomó Ferro. No quise preguntarle cómo estaba. Lo acompañé a la distancia.

La Maestría no aceptó la petición que hicimos de que nos diera Ferro un segundo seminario, esta vez de Teoría y crítica literaria, así que probablemente, no lo vuelva a ver, pero volvimos a hablar a finales de noviembre y principios de diciembre. Uno de los últimos mensajes que me mandó fue el siguiente: “Ganamos la mejor final de todos los tiempos. El primer tiempo fue perfecto”, a eso le anexó una fotografía de un tatuaje que se hizo en la pierna con la fecha: 18 – 12 – 2023, y un texto que decía: “esto no es una caricatura, es una huella”.

Ojalá la vida me vuelva a encontrar con Ferro para que me ilumine de nuevo, porque por ahora sigo sin saber cómo finalizar mi novela. E invierto mi tiempo en escribir esta crónica, que tampoco sé muy bien qué cierre darle.