Pesan mucho, a veces demasiado, mucho más luego de cargar por décima vez una pequeña caja de cartón que encierra palabras, sueños y la memoria traducida en ideas que algún día fueron inéditas y hoy hacen parte del saber de millones. Son los libros, cajas mágicas que no conocen de artilugios que les permitan volar, pero que han puesto a levitar a muchos de sus lectores.

Texto: Antonio Molina

Fotografías y video: Santiago Ramírez

Podría parecer que nosotros, los libros,

tenemos que ver las librerías de viejo con repugnancia y horror,

como un lugar donde no se puede caer más bajo.

El libro. Zoran Živković.

 

Son solo 150 metros la distancia entre la vieja sede y aquella otra que se estrenará en enero. Pero recorrerlos les costó a 8 personas un esfuerzo inmenso durante más de 30 días debido al acarreo de toneladas de libros leídos, más otros que nunca lo han sido. La Librería Roma abandona para siempre el local de la calle 21 y esta es la historia.

Miguel, John, Afet, Julián, Carlos y Jhonatan caminan con rapidez mientras llevan sobre sus hombros cajas de cartón con libros, un material valioso para su propietario, Adrián Osorio Cardona, hijo de Pedro y Berenice. Él, un campesino apegado a la tierra, y ella, una esposa que desea huir de allí para que sus hijos puedan educarse.

Miguel, John, Afet, Julián, Carlos y Jhonatan caminan con rapidez mientras llevan sobre sus hombros cajas de cartón con libros…

La casona de la calle 21, número 5-35, deja ver ya las paredes de bahareque que simulan mapas ruinosos de un reino que ya no será. La mitad de la casa está desocupada y los roídos ladrillos en las paredes de lo que antes era un patio son el anticipo de algo que se pierde.

Ella, que fue el paraíso anhelado por decenas de buscadores de libros, en pocos días quedará por completo desnuda, expuesta tal vez a la especulación inmobiliaria que la convertirán en otro más de esos edificios impersonales que no sumarán, dentro de las posesiones de todos sus habitantes alojados en las pequeñas celdas de esta futura colmena humana, ni una centésima parte de los libros que resguardó bajo su techo el ya para entonces demolido local.

Quedará en el recuerdo cuando en 1995 este lugar empezó a ser invadido por miles de libros, desalojando sastres y otros usos de la ya vieja casa. Primero unos cuantos centenares, hasta constituir una masa que hoy puede llegar a 200 mil, especula Adrián. En fin, es imposible llevar un conteo exacto de ocho habitaciones repletas hasta el techo con volúmenes que siempre amenazaron con venirse encima de los visitantes y que desde esta semana empiezan a habitar la remodelada sede propia de la carrera 5, número 22-44.

El desorden parece ser la nota. Por acá salta a la mirada El hueco, de Germán Castro Caycedo, más allá El Jarama de Sánchez Ferlosio –empacado en el celofán original–, en una somera lectura de carátulas que pareciera infinita y provocadora para quienes asistimos como ambiciosos espectadores de tan extraordinaria procesión. Demasiados libros para una vida, escasos para calmar el deseo del libromante.

Atrás, en la vieja casona, queda también el estrecho cuarto de la administración, donde en tres estanterías reposan tesoros bibliográficos inalcanzables, no tanto porque no se puedan tocar, lo son porque ese es el lugar destinado para “las caletas” de libros reservados por dos de los clientes más asiduos: el reumatólogo Juan Carlos Londoño y el abogado Uriel Hincapié, a los que se suma un estante más destinado a una parte de la colección personal del hermano de Adrián, Pablo Osorio, el licenciado en literatura que conoce de memoria la ubicación exacta de miles de los libros pedidos por los clientes.

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Un nuevo lugar por habitar

La furgoneta con capacidad de 4,8 toneladas va y viene de un local a otro. ¿Cuántos viajes van?, es la pregunta reiterada. Los números cambian cada nuevo día: 4, 7, 12, 15… “Hoy haremos 8”, dice con optimismo alguien por allí. De inmediato el resultado de la multiplicación mental causa pasmo: “8 por 4,8… eso pasa de 38 toneladas hoy, más o menos”.

Nadie sabe la cifra precisa porque los viajes no se detienen. ¿Cuántos libros hay, cuántas toneladas pesan?, preguntas que se disuelven en medio de los haces luminosos que se desparraman por las claraboyas de la nueva sede. Solo existe una certeza: el trabajo por hacer es mucho y todavía falta.

Adrián junior, un adolescente de 16 años que dice no gustar mucho de la lectura –una paradoja que su padre espera se echará al olvido con el paso del tiempo–, está al lado de otros dos hombres más mientras organizan los ejemplares recién traídos para ubicarlos en estanterías metálicas, remplazo de los antiguos tablones que soportaban siglos de escondidas voces aprisionadas en pulpa de papel.

Durante tres meses Beiman Cardona y 10 obreros bajo su mando trabajaron para lograr que el espacio quedara habitable. Una tarea con su estela de anécdotas, como aquella sobre la caída de un enorme ladrillo flojo en la pared de una casa vecina, removido al tocarlo en el proceso constructivo, y que por fortuna no causó lesionados.

Todo es nuevo en esta sede de dos niveles. Las baldosas, las paredes, el techo, las redes eléctricas, el acueducto y el alcantarillado.

Incluso, un patio que ocupaba parte del nuevo local desapareció en el proceso de remodelación. Esa zona, que en la actualidad quedó con ladrillo a la vista, será la dedicada a la literatura y al espacio para las tertulias que cada viernes en la noche convocan a los interesados. Encima, en un prometido tercer nivel, con el trascurrir del tiempo se construirá una terraza para adecuar allí un café con vista a La Badea y el Alto del Nudo.

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Pero regresemos a la entrada, resguardada con dos cortinas metálicas. Al nivel de la calle está el espacio para las títulos habituales que integran la colección de “libros leídos” más grande de la región.

Son 225 metros cuadrados que expondrán al ingreso del visitante los textos escolares –al fin de cuentas esto es un negocio y Nacho Lee en sus versiones millennial es la sangre que alimenta de manera constante este laberinto libresco–. Luego Coelho, Riso & Cía se pelearán un vistoso punto de ubicación.

En el pasillo, libros de filosofía, economía, gastronomía y otras áreas del saber robarán espacio en las estanterías, con el deseo íntimo de cautivar al caminante. Un guiño que para muchos es una promesa de felicidad impostergable, así el bolsillo no esté preparado para estos nuevos lances.

Al fondo, en un espacio amplio, la literatura se apropiará del altar de este santuario de las letras, un poco más allá de la sala de lectura y charla que desde hace años integra el sello distintivo de la librería. Mientras tanto, hoy, en este punto se encuentra a la espera el enorme sofá verde forrado en color naranja y que ha servido como silla de cátedra para tantos escritores nacionales e internacionales.

Abajo, luego de descender por una escalera, está el almacén donde se guardarán aquellos libros que antes ocupaban el espacio posterior que tenía aura de sala de emergencias para aplicar primeros auxilios a los libros heridos por la sinrazón humana o el albur de las circunstancias. El piso es amplio y expone en la sala central una pirámide de libros de 170 centímetros de altura, todos ellos a la espera de ser clasificados.

La Librería Roma se trastea. Una de las mudanzas más temidas en esta ciudad parece llegar a su fin y en el camino ningún libro se ha extraviado hasta el momento. La nueva sede no abre todavía sus puertas, pero la primera venta ya se hizo: una edición en pasta dura de El hueco y un libro sobre nuestros indígenas caucanos cautivaron a uno de los reporteros.