“Si puedes soñarlo puedes hacerlo, recuerda que todo esto comenzó con un ratón.”

—  Walt Disney

 

Por / Diego Firmiano

En esa semana, la iglesia de la Resurrección había aumentado considerablemente el número de fieles que venían a confesarse y a recibir la sagrada Eucaristía. Al Padre Mejía aquella aglomeración le pareció un asunto de la providencia. ¿Gentiles llegando en manada a la casa del Señor? Meditó por un instante, y reposado consideró el evento una respuesta divina a sus oraciones.  Un milagro, de esos que dios sabía hacer sin intervención humana.

Con el pensamiento enfocado en su vocación sacerdotal, y para responder a las convicciones de sus feligreses, contactó a la monja francesa Dupin, quien dirigía una comunidad religiosa y cultivaba una parcela vía a Cerritos, para que enviara un buen número de hostias a la iglesia. Una bolsa grande. Un gran cuerpo para consagrar.

Al recibir el envío con diligencia y siguiendo el ritual litúrgico de la santa cena, ungió con sumo cuidado las hostias presentándolas delante del Espíritu Santo como el cuerpo del Señor y el vino como la sangre redentora. Se encargó de efectuar el misterio de la transustanciación con sumo cuidado.

Esa noche, el padre Mejía, junto con su ayudante, el diácono Martín V, dejaron los elementos consagrados dentro del Sagrario principal ya que a la mañana siguiente celebrarían misa dominical. Cerraron con doble llave la iglesia y enseguida se dispusieron a ir a la casa parroquial a descansar, cada uno en su respectivo aposento.

A media noche, un ruido copioso dentro del templo despertó al joven diácono. Este, cauteloso, se levantó despacio evitando interrumpir el sueño del padre y dispuesto a verificar el origen del extraño sonido. Al llegar a la nave principal, divisó con horror cómo en la puerta del dorado Sagrario, entreabierta, se asomaba un ratón, que opíparamente, comía las hostias consagradas. Con cara de asombro y en silencio, pensó rápidamente qué hacer al respecto, pero se abstuvo porque no llevaba puesto el calzado habitual para pisar el altar santo, sino un par de babuchas con forma de león. El roedor al sentir la presencia del joven, lanzó una doble y cautelosa mirada, y con un fragmento de hostia en sus manitas, movió sus bigotes y luego huyó despavorido.

El diacono, mitad preocupado, mitad cansado, regresó a sus aposentos, sin dejar de pensar en el sacrilegio y también en la reprimenda que podría granjearse, si omitiera tal suceso a sus autoridades. A la mañana siguiente, decidió comunicarle todo al padre Mejía.  Inicialmente al sacerdote le pareció que era una de las muchas ocurrencias del muchacho, pero luego de solicitar cinco minutos para ponerse su hábito, salió con una pequeña hoja entre sus manos donde anotaba las actividades de la iglesia, para comprobar efectivamente lo que al principio le parecía una broma.

—“¡Recristo!, Esto no puede estar sucediendo”, gritó al cielo, luego de ver migajas de ostia desperdigadas en el altar. Su rostro mustio se transmutó, y sus músculos faciales se paralizaron. Descompuesto, y sobrecogido, agregó.

Ahora será necesario declarar santo este ratón, por cuanto ha comido las hostias consagradas, porque… no se puede matar a quien haya comido el cuerpo de nuestro señor.

Desparramado en la silla principal, y en silenció, sobó su barbilla, mientras el diácono que aún no comprendía los misterios litúrgicos, rascaba su cabeza como tratando de entender aquella resolución. Luego el padre Mejía añadió:

—No hace falta ser un gran predicador para decirle la verdad a la gente, y aunque el pobre diablo también puede decir verdades, considero que un animalito tan pequeño como un ratón, quizá pueda dar esperanza al ser humano. ¡Los designios de dios son inescrutables!

Con la hoja en la mano, esa que acostumbraba a llevar, se despidió del diácono estampándole un ósculo santo en su mejilla derecha, y luego se dirigió a su santo aposento a meditar antes de aperturar las puertas del templo para oficiar el servicio dominical. En esa hora de la mañana, en la casa parroquial, en su cuarto personal, el sacerdote levantó una noble plegaria:

“¡Oh dios mío, dime algo para la hojita!”. Y siguió orando sin la menor preocupación.

Entró al templo con serenidad, y como esperaba, lo encontró abarrotado de penitentes, feligreses del centro de Pereira y de comunas aledañas. Reposado, el padre Mejía meditó por un momento en cómo anunciar la voluntad de dios a los cristianos y no cristianos presente en esa hora de la mañana. Decidido, empezó el sermón desde el púlpito de esta forma:

—“Hermanos, he entendido por la luz de la revelación, que dos animales simples pueden formar uno simétrico. Los minerales no tienen vida, pues existen para ser pisados. Pero nuestro dios creó los animales con un propósito y este es, que los respetemos y los honremos. Así que, a partir de hoy, ordenó como palabra del señor, que la iglesia debe dejar toda violencia contra los ratones. -Levantó su voz como un predicador lleno del espíritu y siguió con voz enérgica- ¡Saquen de sus casas los gatos!, ¡las ratoneras! ¡y las trampas debajo de la cama! Dejen vivir la creación divina, que, con sus patas, colas, orejas y hocicos peludos, fueron hechos con un propósito. No vaya a ser que, matando estos roedores, estemos sin saberlo, atentando contra la integridad de nuestro señor.”

Un torrente de aplausos inundó el lugar. Entre la gente se escuchaba el amén, creyendo que, al fin, el padre Mejía había comprendido la idea universal de respetar cualquier forma de vida animal. Luego empezó a sonar el cantus firmus que anunciaba el momento de recibir el sacramento de la Eucaristía. Todos en fila, como escolares, delante del ministro.

Martín V, el diacono, sentado a la derecha del padre, quedó admirado por la sinceridad y la fe del santo hombre, y juzgó su carácter como el de un ministro muy benevolente y entendido en las artes espirituales.

Y así fue que empezó el tiempo de peste en la ciudad, a causa de los ratones que ya nadie osaba matar sin irrespetar por mandato divino, y hasta el día de hoy se desconoce cómo se contagiaron del Hantavirus las primeras cincuenta personas en la ciudad.