Jorge Hernán era uno de esos seres con quienes se podía platicar de filosofía, de literatura, de arte, de ciencia, pero que escasamente hablaba conmigo de cosas mundanas.

 

Por / Jorge Triviño

Fotografía / Archivo de Orlando Leyva

Mientras me embriago escuchando la hermosa sonata Claro de luna, de Ludwig Van Beethoven, pienso en el preciso instante en el que conocí a aquella persona de la que llegaría a ser en sus últimos días confidente tanto en ámbitos personales, como en los literarios: a Jorge Hernán Flórez Hurtado; cinéfilo, lector, prologuista, escritor, poeta y filósofo.

Hijo de Libardo Flórez Montoya —emérito rector del Instituto Tecnológico de Caldas, alcalde de Aguadas, creador del encuentro de escritores de Aguadas, profesor del Instituto Universitario de Caldas—. Nacido en el hermoso municipio de Aguadas —Ciudad de la niebla, Capital del pasillo colombiano, Ciudad de tejedores de sombreros—, tierra realmente excepcional, pues su topografía, sus dos parques, que albergan la escultura de la tejedora y del cacique Pipintá, sus construcciones, la manera de ser de sus habitantes y sobre todo el fenotipo especial de la sociedad cruzada con los alemanes que emigraron de Europa en la época del nazismo; la existencia de un templo que alberga uno de los pocos órganos de tubo, llegado a esa población cargado por mulas; sus egregios escritores, músicos, compositores y poetas; la ciudad del pionono, en fin, en esta tierra llena de luz.

Dice Jorge Hernán Flórez en su autobiografía El zaguán de los recuerdos: ´´Aguadas descorre de pronto su velo de niebla y abre un paisaje hacia las tierras duras y fuertes. Se vive en una dulce emoción sucesiva. Las calles se borran súbitamente y cuando la neblina reaparece el episodio ha cambiado. Lo que vimos un segundo antes es ya otra cosa. Y ese es el encanto de Aguadas: desaparecemos como tragados por un sueño y volvemos a la vida con un poco de sol que disipa la ´blanca´ oscuridad de la niebla´´[1], citando a Tomás Calderón.

Era la época universitaria, en la que yo me hallaba engolfado en lecturas de textos literarios, algunas veces; en otras, en textos artísticos y en otros más, en textos de carácter espiritual. Él, mi amigo, se hallaba embebido en la lectura de textos filosóficos y literarios, pues se encontraba estudiando Filosofía y Letras en la Universidad de Caldas, y fue por intermedio de un común amigo, el ingeniero agrónomo William Lepineux Moreno, que pude conocerle y quien me lo presentó, mientras tomábamos café.

Jorge Hernán visitaba usualmente la biblioteca del claustro para pedir prestados algunos libros de literatura y fue en alguna ocasión que supe de su gusto por Aleph de Jorge Luis Borges y Rayuela de Julio Cortázar; pero su gusto era múltiple. Tiempo después, íbamos a los talleres de cine que había en la universidad, y a algunos teatros de la ciudad, cada martes, viernes, o domingo, de acuerdo con las películas que dieran. Recuerdo haberle acompañado a ver películas de Groucho Marx, Federico Fellini, Bertoluci, Pier Paolo Passolini, Michelangelo Antonioni, Luchino Visconti, Hitchcock, Pedro Almodóvar y, sobre todo, a Charles Chaplin, que nos seducía con su imagen en El vagabundo.

En la cafetería de esa universidad tuve oportunidad de departir con él tomándonos algunos cafés y, a veces, algunas viandas cuando teníamos dinero extra.

Posteriormente, cuando fue a un restaurante llamado Caracolcito, de mi propiedad, en el centro de la ciudad de Manizales, retomamos nuestra amistad con tal naturalidad, como si nunca hubiera ocurrido una interrupción.

Nos volvimos a encontrar después, en la biblioteca municipal de Manizales, y solo romperíamos de nuevo, justo en el mes de noviembre de 2019, cuando dejé de verlo después de invitarlo a un café, lo que era en realidad una excusa para hablar de filosofía, de literatura y de cuestiones espirituales; amén de conversar acerca de su papá, un caballero a carta cabal.

Jorge Hernán era uno de esos seres con quienes se podía platicar de filosofía, de literatura, de arte, de ciencia, pero que escasamente hablaba conmigo de cosas mundanas. Un hombre de un elevado ideal, que le hacía sentir incómodo con las injusticias cometidas en nuestro país. Laboraba durante las noches haciéndoles tesis a algunos hombres que iban a realizar algún posgrado, con los contratiempos normales, como la escasa paga —o a veces ninguna—, el desdeño, la actividad malentendida y, en otras ocasiones, realizar un trabajo complejo y abstruso.

Amante de la buena literatura, lector enjundioso y buscador de libros excelsos en las librerías de obras usadas; pero, sobre todo, cazador de obras de grandes escritores caldenses ya olvidados.

Unos meses antes le conté que me había encontrado con el escritor Henry Enrique Quintero Valencia, debido a mi actividad laboral, y decidimos ir a visitarlo en su domicilio y compartimos anécdotas de su vida de escritor y laboral, de lo cual también quedó pendiente una nueva visita, pues partió antes de que consumáramos la entrevista.

Nunca comprendí el motivo por el cual nunca se dedicó a la docencia,  pues tenía tradición educadora en su familia y su padre era el mejor ejemplo; pero cuando medito en ello, concluyo que no estaba de acuerdo con el método de enseñanza que le tocó vivir, pues era un hombre crítico de la educación actual, pero entendiendo que posee algunos aciertos, uno de los cuales era la forma capacitar a los alumnos para  realizar una investigación, mediante el uso de tarjetas para la recolección de textos con sus respectivas citas de autor y página —método usado por él— para llevar a cabo sus trabajos.

Para él, la moderna enseñanza dejaba demasiado que desear, por la mediocridad en la elaboración de tesis de grado y postgrado, por parte de algunos estudiantes universitarios; aparte de la mengua de semestres, permitida por algunas universidades, dispensando profesionales mal preparados para laborar.

En cuanto al aspecto social, tuvo consciencia de que la desigualdad era uno de los mayores obstáculos para el desarrollo de la humanidad, habiéndose matriculado —muy joven— en movimientos de izquierda.

Era un admirador de grandes poetas, como Neruda y Baudelaire.

Toda causa que propendiera por la defensa del medio ambiente era apoyada por él, en las redes sociales, creando solicitudes para que fuesen firmadas.

Publicó un libro de poemas Esos muchachos del sur, además tenía otras obras, como novelas y un poemario, del que fueron publicados estos dos poemas:

 

Palabras vanas para un ser efímero

I

En estas noches en que la Luna lunética nos ilumina el camino,

tú le cuentas a la Vida que no eres más que unas leves briznas y unos vientos al azar.

Te desplazas sobre el pavimento de los sueños y sufres, porque tu piel canela y doradita

roza tus neuronas de fuego.

Y, entonces, en esta noche precisa, tú le cuentas al mundo que no eres más que un instante que se eterniza.

Como la felicidad del suicida italiano

antes de dormirse en una almohada de neblinas traicioneras.

Un instante…

Y nada más.

Y nada más…

II

Y cuando tú, ser anónimo,

le dices al mundo que eres una espuma de los días,

tú simplemente quieres gritar,

quieres esculcar tus neuronas de fuego.

y deseas descansar entre algodones, o lanitas, o plumas.

Entonces, tú intentas, luchas, vuelves a intentar.

Pero, el mundo te derrota.

Y tú mismo te derrotas.

Y te esfumas.

III

Solo sabe Dios que te vas sintiendo en soledad

cuando aquella luna te va carcomiendo las entrañas,

mientras la lluvia cae

y el Deseo te consume y te azota las sienes.

Y tú, solamente tú, sabes que

desde esa lejana infancia feliz,

una mariposa de murano alegra tus días,

alegra tus noches

y enciende la llama vital de la existencia.

Revolotea por tu cabeza tristona,

y va a depositarse en tus neuronas cansadas.

Solo sabe Dios.

cuándo se calmará tu Deseo reptante.

 (Del poemario en preparación)[2]

 

En este precioso texto, Jorge Hernán afirma que su infancia fue muy feliz, como lo asegura en un texto que me envió por correo electrónico, llamado El zaguán de los recuerdos.

Los sucesos de la infancia que vivió fueron extraordinariamente felices, y le dieron la fortaleza para resistir los embates de su vida, llena de altibajos, pero que pudo ser mucho más fructífera, y quizá le hubiera dado el reconocimiento que se merecía; por eso, jamás olvidó el poema de José Asunción Silva, Infancia.

Con el recuerdo vago de las cosas

que embellecen el tiempo y la distancia,

retornan a las almas cariñosas,

cual bandada de blancas mariposas,

los plácidos recuerdos de la infancia (…)

 

       “Cuando lo tenía ya memorizado, tuve que recitarlo ante la comunidad escolar, primero en un tablado ubicado al fondo del establecimiento, en medio de un acto cultural variado y, luego, en la ceremonia de clausura que se convocó en el Teatro “Rialto”, con la presencia de los padres de familia. Dada mi timidez, sentí mucho miedo al tenerme que enfrentar ante un numeroso auditorio, pero logré hacerlo aceptablemente.” Esta es la declaración que hace en sus memorias, y que cito, para dar a entender que su juventud fue un tesoro que le mantuvo firme y vivo, además de darle la altivez que produce la vida, al calor del amor, que lo es Todo. El amor es la vida y es Dios mismo manifestado en cada átomo de nuestro ser.

Amigo Jorge Hernán: tenemos una cita inexorable, para continuar el infinito sendero evolutivo. Aún quedan muchas cosas para saber y esa sed que tenemos jamás será saciada.

 

1. CALDERÓN, Tomás, ´´Mauricio´´, ‘’El centenario de la escuela de Aguadas’’ (Lázaro Villegas y Enrique Hernández, ´´El Centenario de la Escuela´´, Imprenta Departamental, Manizales, 1934, p. 5)

[2] REVISTA DIGITAL BALELIA. Cuarta Temporada.