Señor Violeta, ¡esta es una ciudad de piedra!

Respuesta a Lord Violeta, a propósito de la invitación a reactivar la crítica literaria en el departamento (ver).

Por / Diego Firmiano  

“La ciudad como el libro de piedra”

Víctor Hugo

 

Saludos. Antes que nada, me parece muy graciosa su metáfora del fútbol ¿Lo hizo porque el deporte vende y atrae espectadores o en este caso lectores? ¿O simplemente como un juego introductorio? Lo que sea, considero atinado iniciar su texto de esa manera, ya que desemboca en una buena razón: hablar de crítica literaria en Risaralda. Un tema interesantísimo; sin embargo, hay que desgajar todas esas ideas que «lanza» a la «cancha» del mundillo literario de la región, para encontrar puntos en común.

Lo primero, entrando en materia, es partir del presupuesto de que la crítica literaria no consiste, de ninguna forma, ni bajo ningún pretexto, criticar a los literatos. Criticar es un verbo asociado a una actitud humana y revanchista; crítica es una disciplina literaria que estriba en leer sin prejuicios, valorar lo propuesto por él o la autora, y recomendar tal obra a un público deseoso de saber de qué va lo publicado. Con esa diferenciación, podemos empezar a desmontar el prejuicio generalizado de que el Crítico literario es enemigo de la literatura. De ninguna manera. Podría decir que es el mejor amigo de los libros y la cultura, pues no solo lee, o «escudriña» la mente del autor, sino que relee, y emite valores nuevos en torno a la creación.

Un Crítico, a decir verdad, no necesita de un «equipo» editorial, esa es una idea equivocada, pues como dice el profesor Rodrigo Argüello, en un buen texto titulado La ciudad en la escritura, «creo que la misma crítica, en gran parte, se crea o se inventa a punta de nuevos y atractivos argumentos» y esto, por supuesto, como un proceso gestado en soledad, porque si el Crítico literario es tremendamente aislado, lo es, no por su marginalidad (a la que está expuesto), sino en virtud de una soledad que le produce compañía consigo mismo, con las ideas, juicios y estímulos que emanan de la obra.

En este sentido, piense por ejemplo en Sainte-Beuve, en Edmund Gosse, en Luciano Foa, en Marcel Reich-Ranicki, en Jaime Rest, quienes fueron grandes solitarios por un oficio que beneficiaba, en primer orden, sus lecturas personales, luego a la editorial, y por último al «buen» mundo literario que supo entender formalmente la «buena crítica» derivada de sus juicios estéticos y literarios. Concuerdo en que necesitamos activar el «aparato» crítico en la ciudad (en eso le estrecho la mano), aunque como expuse en el artículo, en este mismo medio, En defensa de la crítica literaria en Pereira:

Lo más cercano a especificar el por qué no existe tal disciplina literaria llamada Crítica es que Pereira es un pueblo grande, y deconstruir una novela, un cuento o un corpus poético de un autor, para analizar su estructura, composición, problemas semánticos, sintácticos, tema, contemporaneidad, importancia, etcétera, puede ser motivo no grato. 

Y esto, querido Señor Violeta, es algo que no debe desanimar a nadie que tenga su tren bien ensamblado en los rieles literarios de la ciudad, ya que un buen Crítico es aquel que sabe diferenciar el marco que encierra un cuadro, del marco que encierra una ventana abierta a la realidad. Así que confiemos. Porque sí se puede hacer crítica en este «Pueblo grande.» Soy testigo de eso.

Hay que aclarar, eso sí, el llamado «lenguaje incluyente» que usted menciona, a propósito del «Ecosistema» nombrado por el profesor Vélez Quiroz. Ya que más que lenguaje, pienso en todos los profesionales que se ven involucrados en la creación, lectura y crítica de un libro, a saber: el escritor, el escritor fantasma, el scout literario, el agente literario, el editor, el lector profesional, el corrector, el diseñador de portadas, el impresor, el distribuidor, el marketing editorial, el periodista cultural, el librero, el bibliotecario, el promotor de lectura y, por supuesto, el Crítico literario.

Desde cualquier pieza de ese teselado se puede separar el trigo de la paja, o la frialdad de los estímulos literarios verdaderos, porque no es cierto que los Críticos hacen o deshacen a un artista o a un escritor, podrán, eso sí, hacer o deshacer su moral o a su público, pero el artista o el escritor está hecho o deshecho de antemano.

De ahí entonces esa sana inquietud que usted plantea, de si es conveniente separar al profesor del Crítico, o de si enseñar lectura crítica es diferente a formar a un Crítico literario. Señor Violeta, no ignore que, en la historia de la crítica literaria, vemos un desplazamiento sutil, pero metódico, que comienza a darle forma, o al menos dirección, a esta disciplina que por mucho tiempo estuvo arrumada. Fíjese que ya la crítica no se dirige a develar la falsificación de la obra, descubrir los «nothoi», la «pseudografía», la composición «pseudográfica», propia de los textos griegos durante la edad media y parte de la Ilustración, sino que su enfoque ahora es la calidad literaria, el compromiso con la forma y con el contenido.

Y aquí es donde afirmo con sinceridad que estamos en una buena hora de la Crítica literaria, pues no necesitamos meternos en escollos etimológicos, o puramente estructurales, sino que nos basta con revisar el contenido, la forma, el estilo y otros elementos para valorar el o los libros, ya que es reconfirmado que la literatura es una copia de una copia ad infinitum, y esto incluye tesis, ensayos, y libros de autores reconocidos en Risaralda, Pereira y Colombia.

Señor Violeta, detalle esto. Si reclamamos a Albalucía Ángel como nuestra narradora y a Luis Fernando Mejía como nuestro poeta, es porque están ausentes -¿si estuvieran presentes los reverenciaríamos del mismo modo?- y aunque están vivos, no les interesa lanzar una palabra o una pista al «ecosistema literario de la ciudad.», tengan o no razones para haber abandonado la ciudad. Y esto también aplica a los monumentos, homenajes y a obras póstumas de escritores muertos, que confirman una verdad: amamos lo que es etéreo, lo que no se ve, pero que sabemos que existe. Por eso nuestra historia literaria en Risaralda es una historia de fantasmas.

¿Qué cuál es mi posición frente a la Crítica literaria en Pereira? Es muy simple -perdón que me repita-, en otro aparte de la nota previamente citada afirmo que:

Desde el punto de vista del oficio de Crítico en Pereira, para la asimilación técnica y el provecho de este arte, hay que leer, sobre todo, a los autores risaraldenses (más de 400 en la región) para que estos nos dejan ver sus procedimientos, sus medios de trabajo, las técnicas de su estructura narrativa, los detalles del estilo, la ciencia de la expresión, las yuxtaposiciones, la intensidad, el relieve, el ángulo, todo lo que evidencia su intervención textual. En otras palabras, hay que captar todos esos elementos para desdoblarlos. 

Esa es mi propuesta Señor Violeta, ya que me interesa el juego que propone (recuerdo la frase de Saw: «Quiero jugar un juego»), aunque creo que no se deberían imponer barreras, pues ninguna disciplina es más libre y subjetiva como la Crítica literaria, aunque otro género hermano tiene esta misma naturaleza: el ensayo crítico.

Por último, si no desea firmar con su nombre, créame, es válido dentro del mundo literario (recuerde los pseudónimos de Gabriela Mistral, Stendhal, Rubén Darío y otros), aunque espero que su motivación no sea para evitar caer en desprestigio, o en juicios sumarios por los escritores o creadores inmaduros que «ningunean» o «rebajan» al Crítico y no a la crítica, dos categorías, como expliqué, enteramente distintas.

Por favor, conserve esta máxima: «Todo lector es un Crítico en potencia». Mientras tanto, siga siendo Lord Violeta, y no olvide el imperativo de lograr poner a Risaralda en el panorama literario nacional, ya que a decir del periodista Adel López, hay que leer a los autores de la región, y si encontramos calidad literaria (que en efecto la hay), debemos estimularlos y promocionarlos. Salud.