Acusado de ser comunista por los fascistas y de ser fascista por los comunistas; tratado con asco por los intelectuales y como el anticristo encarnado en bestia humana, por las comunidades cristianas; Johnny Rotten enseñaba su sonrisa de Rimbaud con viruela, y se carcajeaba: “¿Para qué quiero un publicista si están los idiotas de la prensa?”.
Por: Omar García Ramírez
Sobre lo anterior ya se ha escrito suficiente, como si se tratara de minimizar el mensaje crudo y profundo de aquella poética; como si se quisiera tirar por el excusado el peso de aquel malestar. De cierta manera es la caricatura mediocre para el gran colectivo social. Sin embargo, tiempo después, críticos musicales como Grey Marcus profundizan en el panorama sobre el que se fijó la leyenda y escribe un estupendo libro Lipstick traces (traducido al español como Rastros de carmín), en donde se insinúan los paralelismos entre los movimientos como el dadaísmo, el surrealismo, el situacionismo, el letrismo y el mayo francés, arriesgando un pedigrí bizarro entre los Pistols y estas corrientes artísticas. Son hipótesis bien fundamentadas sobre las intenciones del grupo como proyecto revolucionario y estético.
No estoy de acuerdo en que se le dé demasiado peso a la teoría conspiradora e inspiradora de la propuesta principal a McLaren. Si se investiga en la biografía de un Johnny Rotten, llegamos a la conclusión de que esa meningitis que de niño lo postró por unos años y que lo hizo convertirse en un ser distante, ensimismado y amante de los libros; lo había llevado por la senda de la literatura. No era el más intelectual del entorno de los Sex Pistols, en donde otros personajes y artistas (además de los músicos) quisieron meter baza; pero era su poeta. Y no un poeta cualquiera, era un poeta airado; el que le dio forma escénica al performance violento de la banda, su frontman maligno, vociferante actor de la crueldad, su fantasma de la ópera. Esto lleva a Greil Marcus a escribir en el libro arriba mencionado, que Johnny Rotten “Cantaba para cambiar el mundo”.
No era la pose, era el espíritu nihilista, el aliento libertario y primitivo. La intención de volcar un huracán de ira sobre todo el sistema inundado de basuras (que por aquella época enfrentaba las huelgas de los servicios públicos en Londres), su espíritu se habría podido sentir sobre las calles como una garúa sobre las bolsas de desperdicios que apestaban a pescados podridos y manteca rancia. Su cara, como la de Jhon Dillinger, venía marchando como en el poema de Bukowski, aparecía en las páginas de los periódicos amarillos como un delincuente que sonreía a la cara de la peña; los roqueros de aquellas épocas se apañaban sus instrumentos y sabían librar sus batallas sin caer en la desidia y el derrotismo.
Acusado de ser comunista por los fascistas y de ser fascista por los comunistas; tratado con asco por los intelectuales y como el anticristo encarnado en bestia humana, por las comunidades cristianas; Johnny Rotten enseñaba su sonrisa de Rimbaud con viruela, y se carcajeaba: “¿Para qué quiero un publicista si están los idiotas de la prensa?”. Desde un principio se negó a ser la muñeca Barbie de una Vivienne Westwood y un McLaren, su muñeco de Haití, o su raterillo de confianza. Para Johnny Rotten, ellos “solo eran unos modistillos ambiciosos…/…Unos mirones que solo querían hacer dinero en el mundo de la moda del fetichismo”.
Fue el autor de las letras. Esas dos o tres canciones que le son suficientes a un grupo para establecer un punto de quiebre, una ruptura con la tradición; parecerá poco; pero si comparamos la letra de My Generation de The Who con Anarchy in the U.K., la primera parecerá una canción de adolescentes confundidos; la segunda, fue en su momento, todo un manifiesto:
“MY GENERATION”
(THE WHO)
La gente trata de ponernos hacia abajo (Hablando acerca de mi generación)
Simplemente porque viajamos (Hablando acerca de mi generación)
Las cosas ellos las miran con un frío atroz (Hablando acerca de mi generación)
Espero morir antes de envejecer (Hablando acerca de mi generación)
Esta es mi generación
Esta es mi generación, nena…
(SEX PISTOLS)
Ahora mismo!
Ha ha ha ha ha ha ha ha ha ha!
Soy un anticristo,
soy un anarquista.
No sé lo que quiero pero sé cómo conseguirlo.
Quiero despedazar transeúntes
Porque quiero ser anarquía!
No al cuerpo perruno!
Anarquía para el Reino Unido.
Estará llegando algún día
y quizá provoco el momento equivocado, detener el tráfico.
Tu sueño del futuro es un proyecto comercial,
porque yo quiero ser anarquía!
En Londres!
Fueron dos momentos diferentes en el marco temporal de una época. Lo primero era un balbuceo lírico; algo que no lograba romper el saco amniótico de la rebeldía musical; en la segunda canción la fiera, el homúnculo, estaba afuera; Johnny Rotten imitaba a un jorobado de Notre Dame o un Ricardo Tercero borracho y con los ojos desorbitados gritaba:
(Dios salve a la reina)
Dios salve a la reina
Al régimen fascista.
Hicieron de ti un idiota
Un hombre bomba en potencia
Dios salve a la reina
Ella no es un ser humano
No hay ningún futuro
En el sueño de Inglaterra
Que no te digan lo que quieres
Que no te digan lo que necesitas
No hay futuro
No hay futuro
No hay futuro para ti
…………
Cuando no hay futuro
¿Cómo puede aún haber pecado?
Somos las flores
En el tacho de basura
Somos el veneno
En su máquina humana
……….
No hay futuro
No hay futuro para ti
No hay futuro para mí.
La sofisticación de Sympathy for the Devil de los Stones ya había demolido algunas puertas secretas en la estructura del castillo en un viaje a las profundidades de la psique humana. Los Stones habían entrado a la fortaleza; duendes perversos, Doppelgängers de fantasmas victorianos, Poltergeist ruidosos; que, poco a poco, pasaron a ser sus habitantes, como uno de Los otros. The Sex Pistols, como vándalos en asonada guerrera, pusieron las cargas de explosivos para la ruptura del dique que irrigaba la comarca, con su gira Anarchy tour. Ningún grupo fue tan boicoteado y perseguido; a la vez, los Pistols dieron una lección de resistencia utilizando las armas de la propaganda, y por ello, más que por cualquier otra cosa, marcaron un hito en la historia de la música popular y del rock en particular.
Confrontar a todo el establecimiento del Reino Unido fue una gesta simbólica en el plano de la música. El poder de los hombres contra el poder de las cosas diría Phillipe Manoeuvre, citado en el libro de Kreimer Punk, la muerte joven. Su derrota, frente a la gran máquina, perpetuaría su leyenda.
Al interior del grupo, también se desarrollaba un intenso conflicto que aceleró su caída. Dos versiones cinematográficas del mismo nos dan luces sobre las intenciones de unos y de otros. The Great Rock and Roll Swindle (La gran estafa del rock and roll) y The Filth and the Fury (La mugre y la furia) de Julien Temple, son las dos caras de la moneda en disputa; la primera versión es la parodia-decálogo de McLaren, sobre cómo construir un grupo musical y vendérselo a las disqueras; sacar dinero del caos. Al mismo tiempo es una sátira brutal contra Johnny Rotten.
La segunda versión es más ecuánime y da voces a los músicos; pero a mi parecer, escora en favor de Sid Vicious, en detrimento de Johnny Roten. Al final, este último definiría este duelo con sus libros Rotten. No Irish, no Blacks, No Dogs, en donde patearía algunos traseros. Y el segundo La ira es energía en donde desacraliza el mito y la leyenda, para recapitular en plan de balance sobrio; afina sus dardos conceptuales y como viejo guerrero, muestra las heridas para entregar el testigo a las nuevas generaciones.
Por estas razones, la historia de Sex Pistols es también, la dura crónica de una guerra entre el empresario manipulador, y el artista; entre el genio maligno del publicista que como divisa tiene cash from chaos (sacar dinero del caos), y la osadía luciferina del cantante quien apunta a la estructura simbólica del imperio. Al final es solo eso, un campo de batalla sobre el escenario del mercado; el espectáculo del capitalismo en donde solo queda en pie quien sepa utilizar todas sus trampas. A pesar de que en la prensa, con el paso de los años, pareciera ganar el empresario mediante una simplificación que divierte a la masa; para el amante del rock auténtico, pesa más la actitud y la osadía poética de aquellos jóvenes artistas.

La actitud punk resurge de tanto en tanto, es anarquismo en estado musical, que saludablemente sacude todo lo que aparentemente quiere instalarse en el cuerpo social del imperio periclitado. Si antes la rebeldía tomaba un sentido de lucha de clases con tintes reivindicativos; una década larga después, toma la forma del despreció por una sociedad de consumo que te instala en la mediocridad. Desde el irónico Money for nothing de unos Dire Straits, hasta el preámbulo literario de una emblemática obra de los ochenta; sorprendente relato de perdedores drogadictos en los suburbios de Edimburgo en Escocia:
…No te dejarán hacerlo. No te dejarán hacerlo, porque lo verían como una señal de su propio fracaso. El hecho de que simplemente elijas rechazar lo que tienen para ofrecerte. Elígenos a nosotros. Elige la vida. Elige pagar hipotecas; elige lavadoras; elige coches; elige sentarte en un sofá a ver concursos que embotan la mente y aplastan el espíritu, atiborrándote la boca de puta comida basura. Elige pudrirte en vida, meándote y cagándote en una residencia, convertido en una puta vergüenza total para los niñatos egoístas y hechos polvo que has traído al mundo. Elige la vida. Pues bien, yo elijo no elegir la vida. Si los muy cabrones no pueden soportarlo, ése es su puto problema. Como dijo Harry Lauder, sólo pretendo continuar así hasta el final del camino…!
Irvine Welsh/ Trainspotting
Y no es un vaivén; es un ciclo en donde la conciencia de la juventud se sacude antes de entrar en la cuadricula; una última pelea antes de entrar en los pasillos del sanatorio; última borrachera antes de entrar en el panóptico. Teddy boys, mods, hippies radicales, suedeheads, skins, punks, hoolligans, tribus rebeldes de la conciencia de la Gran Britania; cada diez años resurgen como un salpullido que solo se cura con el tiempo, los hijos, las hipotecas, los abogados, el método Ludovico y cierta madurez cínica. Su ambiente cambia, desde los inviernos de las huelgas, para décadas después, resurgir contra el hiper consumismo de la Cool Britania; mal necesario, para la salud de una sociedad en conflicto que muestra lo más oscuro de su imagen; la máscara deformada de sus guerras, las contradicciones irreconciliables entre su riqueza y su miseria, y de alguna manera, se constituyen en la legión paranoide de su esquizofrenia.
Ver primera parte aquí



