“Así andan sueltos los punks por las calles. Sus paraísos infernales son el Soho de Londres, el Lower East Side de Manhattan, la zona de Strasbourg-Saint-Dennis de París y casi todo barrio mugriento de cualquier metrópoli. No brotaron por generación espontánea en el tedio de las naciones industriales sino de una grieta del mundo capitalista…”

Punk, la muerte joven. Juan Carlos Kreimer

 

 

“Los Sex Pistols eran una propuesta comercial

y una conspiración cultural; habían sido lanzados para transformar

el negocio musical y sacar dinero de esa transformación,

pero Johnny Roten cantaba para cambiar el mundo”.

Rastros de carmín. Greil Marcus

 

 

“Nadie puede esperar gustar a todo el mundo y les diré que a veces es mejor no gustar, una vez te ha subido al escenario te pertenece”.

John Lydon. Sex Pistols

 

 

Por: Omar García Ramírez

   A mediados de los setenta un virus comenzó a invadir las barriadas de Londres. Los cuerpos afectados por esta enfermedad parecían sacados de una película de terror de la Hammer Productions. Los hijos del proletariado con las caras golpeadas por el abuso de drogas y alcohol, mala alimentación y humo de tabaco; piercings y ganchos cruzándoles las mejillas, aretes de todas las tradiciones tribales debajo de las orejas, y cortes de pelo mohicanos coloreados con tintes industriales sobre sus melenas atacadas con cuchillas; alimentaban el río de freaks que bajaban buscando la niebla londinense.

Vivienne Westwood con su pareja.

Laceraciones, tatuajes de baja calidad y un vestuario sacado de las tiendas del ejército de salvación que vendían los saldos de la segunda guerra mundial, daban el look a la nueva tribu de la escoria. Allí, una pareja Malcolm McLaren, exestudiante de arte, publicista anarquista y amante de la diseñadora de ropa Vivian Westwood, dueña de la boutique Sex, vieron su oportunidad, en una corriente de inconformismo que podía transformarse en una moda.

McLaren había conocido de cerca la contracultura que se estaba fermentando en New York; grupos como: Iggy Pop and the Stooges, Ramones y otros de no tanto renombre, habían patentado la actitud y sembrado la estética básica de la nueva corriente en los bajos fondos de la capital norteamericana: riff rápidos, tres o cuatro acordes, baterías a reventar y letras de canciones directas que no superaban los tres minutos.

Este promotor improvisado venía de haber sido representantes de un grupo de rock en donde la actitud transexual estaba en su A.D.N.: The New York Dolls. Vieron que aquellas hordas de Angry Young Men, solitarios corredores de fondo de los que hablara el novelista Allan Sillitoe, habían regresado 20 años después de su primer campo traviesa; y estaban en las calles de la urbe como una tribu que inoculaba sus venenos en el ambiente citadino. Tenían algo que gritar, pero no estaban vestidos adecuadamente para la ocasión. Decidieron conformar un grupo de música que rompiera los esquemas.

   Buena parte de los créditos del nacimiento de la banda le corresponde a esta pareja Maclaren/Westwood, como a un dueto de modernos Percy Bysshe Shelley & Mary Wollstonecraft Godwin que tocados por un rayo de luz crearon un Frankenstein musical; aunque en un principio sus ambiciones solo se limitaban a la creación de una banda que diera publicidad a sus creaciones en el campo de la moda urbana; muy pronto todo esto quedó superado por la dinámica de los acontecimientos y por la entrada en escena de dos poderosas y anárquicas figuras:  Jhonny Lindon Rottem y Sid Vicious. El primero aportaría las letras más revulsivas de la escena del rock británico de su época, el segundo aportaría la actitud grotesca de un zombi rebelde.

 

Sociedad desquiciada

   MacLaren/Westwood dieron impulso a algo que comenzaba a tomarse las calles, una corriente que ya era incontenible; golpearon con picas sobre la zanja de la fractura generacional mediante una agrupación que tenía mucho de comedia de guiñol y de atracción de feria. Esa caricatura de los hijos del proletariado tan vilipendiada y garroteada por la realeza británica y su middle class acomodada.

Tradición de odio que se remonta al menos a Bernard Mandeville, quien, en su más conocido discurso satírico, escribía: “En una nación libre, en la que no se permite la esclavitud, la riqueza más segura consiste en una multitud de pobres laboriosos. Para hacer feliz a la sociedad y tener contentas a las gentes, aun en las circunstancias más humildes, es indispensable que el mayor número de ellas sean, al tiempo que pobres, totalmente ignorantes” (La fábula de las abejas).

   En esta sociedad tan marcadamente clasista, el derrumbamiento de las fuentes de trabajo y la arremetida de los dragones neoliberales acabaron con la poca dignidad de las clases trabajadoras británicas.

Una formación que cambió la historia de la música… a pesar de no ser buenos músicos.

Owen Jones en su libro Chavs: La demonización del clase obrera Británica nos ilustra con algunas pinceladas que trazan una perspectiva histórica de lo que pasaba en aquellas épocas; aunque las fechas del apogeo del punk son anteriores por unos pocos años a lo explicado en estos párrafos, la base estructural era la misma: “…En el centro de esta cruzada había un intento concertado de desmantelar los valores, instituciones e industrias tradicionales de la clase trabajadora. El objetivo era acabar con la clase obrera como fuerza política y económica en la sociedad, reemplazándola por un conjunto de individuos o emprendedores que compiten entre sí por su propio interés. En una nueva y supuestamente ambiciosa Gran Bretaña todo el mundo aspiraría a escalar, y el que no lo hiciera sería responsable de su fracaso. La clase se eliminó como idea, pero se reforzó en la práctica…. /… En el corazón de la estrategia tory (conservadores), estaba su astuta manipulación de una serie de huelgas protagonizadas en su mayoría por trabajadores mal pagados del sector público en 1978 y 1979, o, como se le empezó a llamar, el Invierno del Descontento…./… Los tories habían dado una importancia exagerada al hecho de que se hubiera alcanzado el millón de parados durante el Gobierno laborista en 1979 y contrataron a la firma publicitaria Saatchi & Saatchi para diseñar su famoso cartel que decía: «El laborismo no está funcionando». Pero durante el Gobierno de Thatcher, algunas estimaciones sitúan el número de parados en cuatro millones en su punto álgido.”

   El fermento de aquella fiebre, en su corto y anárquico verano, fue la recesión previa a los años de la arremetida neoliberal  del thatcherismo; el desempleo, la fractura social de la Inglaterra de los años setenta que el partido laborista (liberales) no había podido contener. Las cifras que los economistas de aquellas fechas dieron, no eran las más alentadoras; además, el contrabando de drogas estaba en su apogeo.

La muerte joven estaba deambulando bajo el centro de Londres, venía mostrando su pálida cara mientras caminaba sobre la niebla. Docenas de nuevos grupos de garaje salían a los pubs; la llamada de Londres (evocada en la canción de The Clash London calling) convocaba a un gran teatro de guiñol en medio del desencanto y la precariedad. Se estaba gestando el punk.

La tienda sex de Kings road Street, en el céntrico barrio del  Chelsea, fue la factoría Warhol de Londres, pero de allí no salían musas platinadas vestidas de satín; por el contrario, aquella tienda-museo-miscelánea vomitaba freaks de miradas grotescas y gestos agresivos que te cortaban el cuello con la cuchilla de la provocación; la incubadora en donde la pestilencia y lo podrido anidaría, para después ladrar en los pubs londinenses.

   El rock británico, que en las décadas de los 60/70, en sus orígenes, tuvo su eclosión en un contexto proletario que alumbró a grupos como “The Who”, “Kinks”, Animals”, “Small Faces”, “Yadbirds”, “Pretty Things”, “Black Sabbath” o los mismísimos “Rolling Stones”, había venido perdiendo  mecha y fuego; la locomotora parecía perder fuerza, para estos nuevos músicos; algunas de las estrellas de aquella época habían periclitado temprano y entregado sus banderas; los grupos emergentes no transigían y veían en ciertas bandas como Led Zeppelin y Pink Floyd, la representación musical y estética de los hijos adocenados del viejo y agonizante imperio.

El modo de vida de las superestrellas, tan alejado de la realidad de las calles de los barrios proletarios, establecía un divorcio entre aquella vida suntuaria sumado al “esoterismo” de su arte y la dura realidad del momento; de alguna manera constituía una burla al dietario cotidiano de miles de jóvenes que nadaban en una corriente de malestar.

Aquellos working man class hero (héroes de la clase trabajadora) de la canción de Lennon, y que en algún momento representaron sus ideales y sus sueños, se habían confundido, habían perdido la ruta en medio de orgías y bacanales de drogatas.

Johnny Rotten y Sid Vicious, dos figuras que trascienden el tiempo.

El poder, siempre fascinado por la libertad y el libertinaje de los trovadores modernos comenzaba a fagocitar ya, desde un principio, todo lo que de pura rebeldía y anarquía podría florecer en el campo de la música; la nobleza decadente, sabía que aquella música era un arma de doble filo, y tal vez, esa tentación de fuerza, vitalidad y juventud, establecía una relación de mutua corrupción. Al cuerpo de la vieja Britania siempre le ha gustado coquetear con las drogas duras; desde la guerra del opio, hasta la heroína en los backstages de los grandes conciertos.

Se comienza coqueteando con los músicos, luego se pasa fornicar con las groupies, hasta que se termina con hipodérmicas que pinchan la vena azul; para terminar perdiendo las buenas costumbres de la City. Por lo tanto, seamos realistas, estas mutuas corrupciones y capitulaciones, venían de parte y parte.

 

Llega la podredumbre

   Nuevos grupos alejados del star system musical, promovieron un cisma y una corriente rupturista al interior de la nueva música británica. Al contrario de las supernovas musicales de aquella época, estos artistas constituían el lumpenproletariat de las clases musicales.

No habitaban castillos en Escocia, vivían en apartamentos de protección social en barrios obreros como Benwell Road, comunidades del sur como Brixton, o del oeste como Hammersmith, de donde, en mejores épocas y bajo condiciones más adecuadas, habían surgido un David Bowie o un grupo como The Who, respectivamente.

Una ruptura con el sistema, una rabia contenida, esos fueron algunos de los ingredientes que alimentaron el punk.

Hijos de la clase trabajadora del área metropolitana de Manchester, que por razones de economía, recesión y cambios dramáticos en las políticas sociales orientadas desde el N° 10 de Downing Street (sede del primer ministro británico), estaban abocados a un conflicto que los ponía muchas veces en la senda de los vertederos de la White Trash.

No tenían grandes estudios académicos (la mayoría había sido desterrados de los conservatorios y reformatorios), sus conocimientos musicales eran rudimentarios y en esencia solo querían destruir la escena; y de paso dejar la huella de un atentado simbólico contra el establecimiento.

   El lenguaje corporal de los punks convivía entre decenas de otras tendencias estilísticas que buscaban acaparar la mirada del público; desde el back to basics (vuelta a lo básico) de los skinhead a la izquierda del espectro; los boneheads a la derecha de esas corrientes, y los supervivientes mods (modernos) que se anteponían al barroquismo exitoso de los hijos de papi y mami de Carnavy Street.

La reivindicación de las botas Martins, camisa Ben Sherman, Levis remangados, cazadoras Harrington, abrigos estilo Crombie por parte de las tribus duras de las derechas gamberras; hasta el bricolaje circense, anárquico y tribal de los punks; pasando por el look obrerista y minimalista de otras tribus urbanas: pulcritud sencilla de clase trabajadora, influenciada por los rude boys jamaicanos y los ritmos reagge y ska. Todo aquello constituía una semiótica  en el campo expresivo de las hordas; lenguaje cifrado, pero a la vez abierto a las influencias, de mucha utilidad para marcar territorios y establecer categorías.

   Cuatro gamberros se encargarían de construir una leyenda:  Steve Jones (21 años, guitarra); Paul Cook (20, batería); Glen Matlock (20, bajo), a quien echaron del grupo en 1977 porque “le gustaban demasiado los Beatles” y fue reemplazado por un tal Sid Vicious quien había sido un fanático del grupo y a quien se le considera el inventor de las delicadas maneras en el baile del pogo; y por último  John Lydon (20, cantante), al que Jones bautizó como Johnny Rotten (Juanito el Podrido), por su mala relación con la higiene dental, se convertiría en poco tiempo, como escribió Greil Marcus, en “el único cantante verdaderamente aterrador que ha conocido el rock and roll”.

 Estos inspirados delincuentes, tras algunas bajas y ajustes conformarían la escuadra sediciosa. En la vida de ellos se podrían sumar decenas de delitos menores, reformatorios, adicciones varias, hogares destruidos. John Lydon dice en sus memorias “La ira es energía”: “…todos éramos mercancías rotas, juguetes dañados” y esa frase resume los orígenes traumáticos de este colectivo musical. Sus letras directas, escupidas como piedras ácidas, romperían la cristalería y las porcelanas de la familia real.

   Que una banda tan pobre, limitada musicalmente, pero llena de carisma y energía se enfrentara como en una cruzada contra todo el establecimiento, constituye su verdadera gesta. Fueron contratados y despedidos en menos de seis meses por tres importantes casas disqueras (A&M/EMI/VIRGIN) para evitar inconvenientes y escándalos, previo pago de multas en cifras de libras esterlinas, muy importantes para la época; todo un record nunca superado por ninguna agrupación en el campo de la música pop.

Aquellos jóvenes en tan poco tiempo (nueve meses dicen algunos, dos años dicen otros) dejaron una huella generacional para devolver a la juventud un papel protagónico con la toma de riendas de su vida pública y privada, mediante un teatro surrealista que minaba la hipocresía cotidiana de los ingleses; pusieron de nuevo a los jóvenes en la senda de la autoestima, a pesar de su aparente decadencia y su desaliño; alimentaron una corriente de fanzines como un medio alternativo a la gran prensa del sistema, y su grito traspasó las fronteras de la Gran Bretaña, como algo crudo que llamaba a la revuelta. Estas cosas, en esencia, constituyen su aporte a la historia del género.

  Dos o tres canciones son lo que considero el legado musical de los Sex Pistols; en esas canciones se resume todo el potencial de la banda; y no es poco para una agrupación que dirigió sus baterías contra la estructura de poder de un país que, a pesar de haber exportado muchos modelos de cultura juvenil al resto del mundo, en su interior parecía mantener las férreas normas de conducta de un internado.

La gran prensa, que en su momento los declaró enemigos públicos de las tradiciones y las buenas costumbres; esa que los convirtió en chivos expiatorios y materia de escándalo; esa que presionaba en su momento para que su single número uno en las listas de la BBC “Good Save  the Queen” fuese censurado y borrado; ya muchas décadas después, pretende dejar como imagen póstuma, la cara de hastío de un Sid Vicious en trance de heroína buscando minimizar el aporte fundamental de un John Lydon, quien a su vez (es necesario recordarlo) consideraba al periodismo cotilla de aquella época “una gran bolsa de bilis salvaje, vengativa y tendenciosa”.

Los escándalos, las miradas furibundas, las peleas contra el público, la invención de los pogos por parte de Sid Vicious, los conciertos sobre yates en el Támesis para huir de la prohibición oficial durante el jubileo de la Reina Madre; la muerte de una de sus musas más emblemáticas y aguerridas Nancy Spungen en Nueva York en una habitación del legendario hotel Chelsea; el encarcelamiento de Sid en Rikers Island y el suicidio del bajista (todavía no bien dilucidado); son solo la parte negra de la leyenda; esa que vendía más periódicos en Inglaterra que los que se habían vendido en la época del armisticio. Pero creo, que los Pistols representaron algo más importante: fueron la espuma del fermento, la cresta de la ola que teñiría de purpura su revuelta.

Continuará mañana.