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Por: Diego Firmiano 

 

Con sus ojos encharcados en lágrimas y con una mirada derrotada preguntó: ¿es realmente tan injusto que el hombre vuelva a salir de este mundo por la misma puerta por la que entró?

Él solo contestó que la vida nunca será del todo justa, pues cuando empezamos a vivir, nos toca partir como un acto sin un claro sentido existencial. La sed de eternidad habita en el corazón del hombre desde que nace hasta que termina su tiempo en la tierra. La muerte interrumpe la vida, no la destruye.   Ella calló.

Él tomó el rostro de Mía, lo levantó y en silencio la besó en sus labios color cereza. Ella desesperadamente lo tomó de su brazo derecho como un niño tomándose de las extremidades de su padre. Se podía ver el miedo en sus ojos. No quería morir. Su silencio y sus lágrimas querían expresar que tanta juventud y adrenalina destruidas por la muerte era un entero absurdo humano.

 

Artículo publicado en Diego Firmiano