A pocos seres humanos habrá de interesarles conocer los aspectos vitales de mi pequeño círculo consanguíneo, la anécdota que empequeñece y empobrece mi poesía en vez de agigantarla.

 

Por: Hernando López Yepes

Poeta:

Alberto Manuel Arriola Arciniega. México.

Un poeta ama a la humanidad y, en ella, ama a quienes escriben. Cada poeta es un hermano. Sea que un alma le cante a la dicha o al dolor, el poeta respeta toda voz, toda emoción o sentimiento. Existen quienes elevan la fuerza y la grandeza de su canto por encima de aquellos que se acercan torpemente a la palabra. Sin embargo, toda expresión es valiosa para el hombre, y lo es mayormente para Dios.

El poeta puede escoger el tiempo de su canto, el objeto de sus versos, sus motivos. Puede hacer el elogio de la amada, de Dios o de la libertad; también de la madre… Y todo canto es válido, siempre que el poeta esté empeñado en hacer que su voz suene cada vez más pura. No podemos cantarle al ser amado con un instrumento destemplado. El hombre de las estepas de África le cantará a sus dioses acompañando su plegaria con el sonido de su tambor, y para hacerlo escogerá el mejor. Y la joven judía acompañará su canto con el sonido del más bello laúd o del arpa más perfecta.

No se entiende por qué razón habríamos de detenernos a considerar cuál voz es la mejor o cuál más alta; tampoco a considerar si mi poesía o tu poesía es aceptada o rechazada por el mundo. Uno elabora su poesía porque siente la necesidad de escribir; porque no podría vivir sin hacerlo, y por ninguna otra razón…

Que tu poesía o la que yo escribo nos genere un renombre en la sociedad no depende de nuestra voluntad. Que se la publique o no, en modo alguno habrá de ser motivo para que descreamos o dudemos del valor de nuestro trabajo. Es necesario, sí, que uno crea firmemente en lo que hace. Es imprescindible leer mucho, estudiar, formarse, conocer lo que han escrito y escriben otros poetas, autocriticarse, salir de lo inmediato, abandonar la complacencia del adolescente que gasta sus días contemplándose en el espejo, y también el dolor que lo reduce a uno a la condición de planta de maceta.

He amado a mi padre. Sin embargo, no puedo, en un poema, detenerme en la descripción de circunstancias que pertenecen a su biografía o a la crónica familiar. Si he de cantarle a mi padre o a mi madre, debo abandonar mi deseo de retratar la circunstancia de su desaparición, al igual que el dolor que me embarga por su pérdida. A pocos seres humanos habrá de interesarles conocer los aspectos vitales de mi pequeño círculo consanguíneo, la anécdota que empequeñece y empobrece mi poesía en vez de agigantarla. Todo porque ningún lector tiene el deseo de conocer las circunstancias de mis relaciones familiares. Al escribir sobre mi madre debo hacerlo de tal manera que, en el poema, ella no sea identificable o reconocible. Debo escribir en forma tal que el lector encuentre, en el poema, el amor que cualquier hombre siente por la madre (viva o muerta) más que mi propio amor.

Uno puede cantar sobre el yo; pero el yo doliente, atormentado y sufriente ahuyenta al lector, lo atemoriza, genera su rechazo. Es necesario creer que en la vida hay todavía un poco de esperanza. Hemos de procurar ser los poetas que le cantan al amor, en vez de buscar ser los poetas que le cantan a la queja y a la desesperanza.

En la vida de todos nosotros existen infinitos motivos de alabanza, agradecimiento y esperanza, a pesar de nuestras limitaciones y de nuestros sufrimientos. No podemos mostrarnos como perdedores. Tú sufres, yo sufro, aquél sufre. Pero no podemos ir por la vida mostrando nuestras llagas; porque en las jaulas de los pollos, los más sanos picotean a los pollos tristes y apestados hasta causarles la muerte.

Yo les deseo a mi voz y a tu voz, a las voces de todos los poetas, que nuestros cantos encuentren eco en los corazones de todos los hombres. Pero no depende de mí o de ti el que esto ocurra. Sin embargo, esperemos que de alguna parte venga la mano amiga; que en algún lugar exista quien lea nuestra poesía con emoción y agrado, y ojalá con sorpresa o con asombro, aunque sea por un golpe del azar. Yo deseo que alguien publique mis poemas y tus poemas, que repique nuestro mensaje hasta hacerlo conocer del universo. No sé quiénes habrán de dar a conocer lo que tú y yo escribimos ahora. No sé quién se ocupará de la impresión de tus poemas y de los míos…

Yo sólo sé que soy, al igual que muchos, una voz que habla en el desierto, que mi poesía es “un mensaje introducido en una botella y arrojado al mar”. ¿Cuántos leerán mis poemas? No lo sé.

¿Pasaré a la posteridad? No lo sé y no me corresponde hacer de tal asunto una preocupación. ¿Serán reconocidos mis méritos como poeta? Eso, para mí, no es más importante que el acto de escribir. Lo que sé es que escribo y no podría vivir sin hacerlo.

Considero que este debe ser mi último mensaje para ti. No quiero afectarte, dándole continuidad a nuestro diálogo. Sé que necesitas encontrar otras personas, escuchar otras voces más sabias que la mía, hallar otros oídos más atentos. Existen encuentros con personas que deben acompañamos sólo una parte del trayecto. Yo soy, para ti, una de ellas. Quiero que comprendas que, en el mejor sentido, ha sido un gran honor haberte conocido y leer tu poesía. Pero debes saber que no podemos esforzarnos por darle continuidad a un diálogo en el cual lo más importante ha sido dicho ya; y que empeñarlos en hacerlo sería contraproducente para ti y para mí.

Recibe un abrazo.