Pero no es solo el homoerotismo, una marca innegable en Un mundo huérfano, lo que extraña de esta novela. Hay muchos otros elementos que asombran al lector que entra a navegar por sus páginas atraído solo por el título.

 

Por Antonio Molina

¿Qué es la soledad?, ¿qué es la desolación?, ¿cómo llevar a buen término un duelo? Muchas preguntas cruzan por la mente del lector mientras lee las 217 páginas de Un mundo huérfano, la primera novela publicada por Giuseppe Caputo, para algunos más conocido como director de la Feria del Libro de Bogotá hasta el presente año. Caputo tiene otra novela inédita (Se va un hombre). De su autoría son los poemarios Jardín de carne, El hombre jaula y Los nacimientos de Jesús.

“Yo adoro las noches y las estrellas, pero tú eres el canto de mi amanecer”, dice en un epígrafe final (¿posepígrafe?). En esa frase de Alda Merini se condensa buena parte de la experiencia de lectura de este extraño relato. Extraño en el sentido de que no compagina con casi ninguna otra producción literaria colombiana de las que conozco.

Pocas veces cualquier autor se atreve a escribir sobre dos hombres solos –padre e hijo– que nada tienen para sobrevivir, salvo el hallazgo maravilloso del abrazo del otro. Es una novela sobre la carencia absoluta, no solo de comida o de algún subterfugio que permita eludir la derrota total, también destaca la ausencia de esperanza.

Una novela que traza la confrontación con una sociedad machista donde los hombres no sentimos, muchos menos nos amamos, porque eso está mal visto. Peor si la ternura marca con su huella las arenas levantiscas de la árida playa del afecto: “Cuando los hombres se besan y empapan los labios de uno, los labios de otro, desaparecen sus dientes, iluminados de violeta”. Así, sin eufemismos, con palabras tiernas, inconcebibles en este horizonte de masculinidad que pregona y exige una sociedad todavía anclada en pasados siglos.

Pero no es solo el homoerotismo, una marca innegable en Un mundo huérfano, lo que extraña de esta novela. Hay muchos otros elementos que asombran al lector que entra a navegar por sus páginas atraído solo por el título. Esa orfandad de mundo, de vida, de saberse parte de algo, es algo tan notorio que apenas queda explorar sobre la creciente desolación que prefigura cada una de sus páginas, un sentimiento que crece en cada nueva hoja que se avanza.

¿Pero qué es la desolación? Quizá solo una palabra aplicada a un sentimiento vago que no parece posible definir. Un algo que nos separa de otro algo. Una palabra. Cuatro sílabas. Diez letras. Algo escrito entre la d y la n. Ese algo innombrable cruza la vida de estos dos hombres y de todos los personajes de la historia, algunos de ellos verdaderos fantasmas que cruzan por un par de párrafos, otros son espantos que van y vuelven en algunos capítulos; pero en su totalidad siluetas de una gran broma que llaman vida.

Tal vez la soledad sea eso, la errancia entendida como fantasmagorías que llenan las páginas de una novela sobre el deseo y la derrota. Una novela que se sacia en la violencia, en las violencias nuestras de cada día; pero que no pretende darnos una lección moral ni ética de tipo alguno. No se trata de moral ni de moralismos, es la simple llaneza de quedarse de manera paulatina vacíos, como esa casa cada vez más aislada en una calle deshabitada de una ciudad irreconocible, pero paradójicamente cercana.

Seres que buscan en la playa, en un bar o un lupanar algo que en sus vidas no tienen, con la certeza angustiante de que tampoco en esos lugares lo hallarán. Imposible hallarlo, como nos enrostra Sabines:

porque están solos, solos, solos,

entregándose, dándose a cada rato

Es posible que en esa soledad ininterrumpida lo que se busca es la calidez del afecto, la ardiente clemencia de un cuerpo que arropa a otro sin pedido alguno, sin nada a cambio, solo la íntima necesidad de ese algo que ancle por un momento el extravío surgido en la desesperanza. No hay promesas, tampoco proyectos futuros, mucho menos la certidumbre de que algo es posible. Solo aplazamientos y sueños inútiles que calmen por un momento esa hambre del cuerpo y del espíritu.

Padre e hijo son dos figuras de una tragicomedia que hace sonreír en medio de la desazón más recalcitrante. Son dos hombres que se aman, intensamente y sin trazar líneas, al fin de cuentas su espectral divagar por las habitaciones de una casa que se desintegra no permite tabiques, paredes, mucho menos distancias artificiales que nublen la admiración y amorosa dedicación del hijo por el padre, una cercanía que exalta la ausencia que se presiente desde las primeras páginas, hasta que se convierte en una total confirmación.

Una novela que nace del duelo, de la pérdida irremediable del “amado padre y compañero”. Es una especie de celebración de la ausencia para poder remediar en algo ese vacío que tantas vergas nunca podrán llenar. Duelo, dolor, derrota… tres momentos que conjugan una infeliz experiencia: la de saberse inasible habitante de un mundo raro.

 

La novela

Giuseppe Caputo, Un mundo huérfano, Penguim Ramdom House, 2017, 217 páginas.