Celebra sus 30 años de carrera, lanza su última producción, representa al país en la India, da conciertos, dicta clases, toca en bares y restaurantes… Es Óscar Acevedo y su pasión es el jazz. Ah, no le gustan los estudios de edición y prefiere actuar en vivo. Entrevista.

 

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Por: Andrés Ruiz Zuluaga
ma.ruiz55@uniandes.edu.co

En la sala lo primero que se ve es un cuadro sin pintura, sin dibujo, sin ninguna ilustración. Un lienzo blanco, sin marco, con palabras que describen una pintura que debe imaginarse: “En una mesa hay una piña, dos cebollas. Y se ven dos vasijas”. Simple y claro. Como el dueño de casa, el considerado ‘maestro de maestros’ del jazz en Colombia, Óscar Acevedo, que en 2014 cumple 30 años de carrera artística.

En la mesa de centro una lupa –en lugar de mango tiene un cuerno– adorna una pila de libros encabezada por Emputados: el libro de los indignados colombianos, escrito por su esposa, la periodista María Ximena Duzán, quien ganó el Premio Planeta de Periodismo este año. Llevan juntos 19 años. Viven con sus dos hijas: Beatriz y Matilde, que están terminando el bachillerato.

Son las nueve de la mañana de un martes y hace frío en el apartamento, al pie de los cerros nororientales de Bogotá. Acevedo ofrece tinto. La vista, desde los sillones de la sala, es una bella panorámica que ni el esmog daña y en la que se mezclan techos cercanos, árboles, y de fondo, el occidente de la ciudad. Al otro costado de la sala, ubicado como una máquina para hacer ejercicio, el piano en el que Acevedo ensaya por lo menos dos veces por semana.

– Cumple 30 años de carrera pero apenas publica su tercer álbum… ¿Por qué?

– Me gusta darme tiempo y no salir a la carrera. El propósito de publicar un disco por año lo perdí hace como 14. Me he dedicado más a tocar, a hacer conciertos, me salí del estudio.

Acevedo trata de tocar en vivo por lo menos una vez por semana con su banda Cuarteto de jazz, nombre simple y claro, como el de su último trabajo titulado Jazz colombiano en vivo, lanzado en 2013, que incluye un DVD y un CD. El trabajo se trata de un recorrido por el jazz latino, el cha cha chá, el bolero, el son e incluso el joropo, el pasillo y la música del Pacífico colombiano. También tiene algo de blues en piezas como Doxy, de Sonny Rollins, o el vals de la película Alicia en el País de las Maravillas.

—Se salió tanto del estudio que su último proyecto también es en vivo. ¿Qué es lo que no le gusta de la posproducción?

La experiencia de tocar ante un público es mucho más satisfactoria que hacer música ante un vidrio o un micrófono –responde sin titubear–. Sé que eso después llega a miles, pero no disfruto tocar ante un público imaginario. Me gusta la respuesta, sentir ese calor.

El vivo es su fuerte, sin duda. Le gusta la improvisación, sudar, los nervios porque todo salga bien. Orgulloso de sus presentaciones, monta en YouTube varias.

—Se pierde plata pero se gana en divulgación. Mi música suena más en emisoras culturales, no en comerciales y YouTube me suple eso. Son algunas versiones con cámaras caseras. Mal grabadas, pero bien tocadas.

No se afana por los derechos de autor, pero no es ajeno al tema y a su explotación.

Las obras son el único patrimonio de los compositores. Si hay ganancia económica, debe haber beneficio para el autor. Si nuestra música se pone en emisoras para vender pauta, debería llegar algún porcentaje. Igual pasa en Internet.

Para él, lo importante es darse a conocer y entender cuál parte de su música funciona. En eso se siente respaldado por las nuevas tecnologías y especialmente por YouTube.

– Me deja saber quién me visita, qué tanto, qué gusta. Me permite trabajar más enfocado.

 

El pianista

Un día atrás –lunes en la tarde– mientras Acevedo se preparaba para presentarse en vivo en el restaurante Andrés DC en la calle 82, ya había mencionado su negativa hacia la post-producción. Lo hacía entre luces amarillas y rojas, con el tradicional fondo de ladrillo del lugar, y decenas de corazones colgando del techo.

En el estudio se maquilla demasiado. A veces veo a los productores más como estilistas que como verdaderos músicos –decía sentado al lado del piano, mientras revisaba partituras con un cantante italiano que lo acompañaría esa noche.

Después de unos 30 minutos de ensayo, en los que revisaba el repertorio junto al grupo, empezaría su concierto. El público, una muestra de turistas extranjeros entretenidos en su charla y tomándose fotos con cientos de cachivaches del restaurante, quizás ni notó cuando la presentadora anunció a un músico con 30 años de carrera, que se sentó frente al piano. No era la única ni sería la última vez que este persistente músico, que empezó a tocar jazz en los ochentas –un género no comercial–, enfrentaba a un público así.

—La gente está en otro plan, pero ahí es que uno debe atraparla. Si no aplauden no me resta, pero si estallan en aplausos uno sí reacciona positivamente –comentaba minutos antes–. Hace 10 ó 15 años no llegábamos a cinco bandas de jazz en el país. A veces se programaban grupos internacionales en centros culturales o las embajadas traían solistas, pero no había mercado.

Esa noche, después de la primera canción, los comensales, de a poco, empezaron a interesarse por el músico, graduado en Berklee School of Music en 1983. El dorado de las cortinas ayudaba a resaltar las improvisaciones en piano, bajo y batería del cuarteto liderado por Acevedo, quien, recién egresado de Berklee, dividió su tiempo entre el jazz y la música para cine y televisión.

—En los noventas empezaron a apoyar más a las bandas nacionales y los resultados se ven ahora con un gran número de grupos, nuevos departamentos y facultades de música e, incluso, muchos más bares programando jazz. Ahora vemos en concursos a 50 o 60 bandas de gran calidad.

Aunque el plan de la mayoría era comer, charlar y relajarse un rato, con el pasar de los minutos los cubiertos empezaron a quedarse en el plato, las charlas se fueron interrumpiendo y aparecieron los celulares tomando fotos y grabando.

Cuando hay un músico que no es de la banda y nos exige, lo disfrutamos. No controlamos la situación como pasa con nuestro repertorio, esto nos da fuego. Creo que gustó.

Algo similar pasaría un par de semanas después, en marzo, cuando la prestigiosa banda noruega Magnolia Jazzband, que interpreta New Orleans Revival Jazz, lo invitaría a una tocata.

– Un orgullo que una banda como esta lo invite a uno.

 

El compositor

El apartamento de Acevedo es amplio, en una esquina tiene un ala que funciona como estudio, delineado por ventanales. Chorros de luz iluminan un teclado, un computador Mac, un micrófono profesional y un par de bafles. Allí escribe sus partituras y viaja al pasado para recordar sus épocas produciendo música comercial.

—Entre 1984 y 2000 me dediqué principalmente a hacer jingles para comerciales y música para televisión. Ahora solo lo hago para ciertas producciones muy especiales. Disfruto más esto –dice mientras estira antes de sentarse frente al piano para empezar su rutina de entrenamiento.

Aunque se siente un poco resentido por el concierto de la noche anterior, no es como en otras ocasiones cuando ha tenido que ponerse hielo en el cuello para bajar la inflamación. Ni como un par de veces que se ha llegado a romper las uñas con las teclas del piano.

—Cuando pasa uno sabe que fue un muy buen concierto, que lo dio todo.

Esta pasión en vivo es la que lo ha alejado de la música comercial, de buenos resultados económicos pero no emocionales. Ahora le apuesta un poco más al corazón.

Entre sus trabajos más destacados para el cine están la música del largometraje Nochebuena, dirigido por Camila Loboguerrero en 2008, y la musicalización de la versión restaurada de la película muda Alma provinciana de 1926, dirigida por Félix Joaquín Rodríguez. También ha sido productor de discos de rock y pop (dos de Marbelle y uno de Poligamia) y columnista de música para el periódico El Tiempo. Trabajó en el disco de Valeriano Lanchas Todo Vale, de 2004, y, en 2005, montó una obra musical con la productora Misi.

Calienta frente a un par de estantes abarrotados de libros que mezclan música, literatura, periodismo y conflicto armado, rodeados por cuadros entre los que se destaca un Zalamea. Un elefante de telas azules, fucsias, moradas, amarillas, verdes y blancas, proveniente de la India, llama la atención en la repisa principal.

—El año pasado estuve tocando en Dehli. Era un escenario divino, con un clima espectacular, la crítica y la prensa indias nos trataron muy bien.

2013 fue, sin duda, un gran año para Acevedo. Recuerda gratamente una presentación en Mompox, el lanzamiento de su disco, su concierto en Calcuta y su participación en el III Festival Internacional de Jazz en India (Asia).

—En Dehli se confundieron y leyeron la biografía de un baterista santandereano que tocaba rock. La gente esperaba verme tocar Led Zepellin –dice sonriente–. Preferí no decir nada, me subí y empecé con mi repertorio.

 

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El maestro

Después de una hora de rutina, de toque solitario frente a su piano como lo hace por lo menos dos veces por semana, se come un banano.

Me gustaría ensayar por lo menos tres veces a la semana, pero es difícil cuadrar los tiempos entre conciertos, clases, familia y desplazamientos en la ciudad. ç

Acevedo, además del jazz, es profesor de música de la Universidad de los Andes, toca con frecuencia en dos restaurantes de Bogotá y se mueve para conseguir más conciertos.

—Si uno deja de tocar se oxida. A veces, en los viajes, me queda difícil conseguir dónde ensayar.

Sería imposible llevarse un piano a donde vaya. Usa la imaginación para rebuscarse la forma de tocar. Recuerda que en una ocasión pidió prestado el piano del hotel y terminó dándoles un concierto a los huéspedes para mantener sus sesiones de entrenamiento.

—Mejor si es con público real –agrega–.

Antes de empezar con su segunda tanda de entrenamiento, aprovecha para recordar su presentación en el II Festival de Jazz en Mompox (Bolívar), en octubre de 2013.

—Era un público bien diferente. Pescadores, agricultores, transportadores…  No hice la fácil, tocar canciones sencillas. Me fui por el lado de bandas sonoras de películas para acercar más a la gente. Mompox me parece un lugar de película y fue como hacer una banda sonora allá.

Empieza la segunda parte de su ensayo y da pinceladas de lo que será una nueva composición. Aún pega “frases”, prueba sonidos. Sin embargo, no hay mucho tiempo. Entre la entrevista y las pausas para explicar, la segunda parte no alcanza a los 60 minutos como esperaba. Se acerca la hora de marcharse a clase. Su destino es en el Centro de la ciudad.

—¿Se puede vivir del jazz en Colombia? –la pregunta se hace necesaria–.

Solo de conciertos y vender discos es difícil. Tocaría tener mucha actividad nocturna. En mi caso me sostiene el trabajo como docente y así pasa con la mayoría. Otros tocan en tres o cuatro bandas diferentes para tener una ‘estabilidad’, pero dedicarse a un solo proyecto de jazz… No. También pasa en Estados Unidos, allá se dedican mucho a las producciones de televisión.

No es negocio, es pasión, pero hay que sostenerse. Por eso carga siempre un portátil con la presentación de su proyecto para buscar inversionistas, patrocinio. Además de músico debe ser productor, mánager y empresario.

—Solo si puedo pedalear los domingos en la ciclovía, con mis hijas, se justifica la semana de música –dice antes de salir para el Centro. Lo esperan los estudiantes de su clase y sus exámenes finales.

 

El encantador de serpientes

Por: Jaime Andrés Monsalve
Periodista, jefe musical de Señal Radio Colombia

Bogotá, enero de 1991. Es muy probable que el primer músico del que haya tenido noción al llegar a la ciudad desde mi natal Manizales haya sido Óscar Acevedo. Sentado en su puesto creo recordarlo como el tipo de pelo rubio (igual que ahora, pero más) y, tal vez, saco rojo de cuello redondo, dueño de una juventud que contrastaba con la veteranía y el mirar experimentado de los dos decanos de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad Javeriana que compartían mesa redonda con él.

Estábamos por entrar al primer semestre de universidad, y nos habían preparado una charla con casos exitosos en cada una de las ramas de la carrera, entre ellas la publicidad. No recuerdo quién más estaba en esa conferencia de época de inducción, y creo que mis compañeros tampoco conservan esa noción, básicamente porque el hombre casi termina convenciéndonos a todos de especializarnos en publicidad. ¿Y cómo? Cantándonos un muy popular jingle comercial que había compuesto para una marca de jeans.

Tardé en conectar mentalmente a ese encantador de serpientes con aquel otro músico, el pianista, habitué de los festivales de jazz bogotanos a partir de su fundación, que entre otras cosas tenía un tema llamado así, Encantador de serpientes, a ritmo de chandé. Difícil evocar quiénes lo acompañaban la primera vez que lo vi con su ensamble (¿Diego Valdés en bajo? ¿Ernesto Simpson en batería?), en la edición número 1 del Festival Jazz al Parque, en la íntima media torta del Parque de la Independencia. Recuerdo, eso sí, un par de temas cuyos nombres remitían directamente a algunos de sus músicos favoritos, como Metheniana, en honor al guitarrista Pat Metheny; o el curioso Ahora sí, apócope de lo que alguna vez tituló A Horace Silver. Luego me vine a enterar de que el bueno de Antonio Carlos, padre de la bossanova, también tenía su propia mención en un tema llamado Yo-Bim!

Como referente que ha sido, como personaje omnipresente en una escena cuya consolidación es cosa de un puñado de lustros, la obra de Óscar Acevedo siempre ha sido una suerte de medidor de un canon, de la salud de un género en una geografía puntual, a partir de lo personal. Los temas y los arreglos incluidos en Como un libro abierto (1996), por ejemplo, son del todo consecuentes con un momento en el que el jazz colombiano buscaba beber de las fuentes del funk y la fusión estilo Grusin y Ritenoir. La aparición posterior de Dedicatoria (1999) habla de la búsqueda de una raíz acaso más acústica y artesanal.

Ahora, de manera reciente y tras años de seguirle obligatoriamente la pista, Óscar Acevedo se rodeó de jóvenes ejecutantes para ofrecernos el primer DVD de jazz colombiano hecho por iniciativa privada. Una obra íntima que no le teme a cruzar los límites entre géneros y que emociona hasta el llanto, en especial en el momento en que suena su arreglo del pasillo No voy a quedarme, de Doris Zapata.

El cantante español Miguel Ríos se me adelantó con la paráfrasis del poemario de García Lorca que andaba buscando. Con esa salvedad, desde este rincón de letras inspiradas en música, también digo: Mi querido Óscar Acevedo, ¡así, que pasen 30 años!

 

Artículo publicado en www.uniandes.edu.co