Algunos integrantes de la Sociedad de Amigos del Arte, durante una copa de champaña en 1957. Entre los presentes está Rubén Jaramillo en primer plano y las señoritas de atrás de izquierda a derecha son: Amanda Mejía de Nauffal, Dora Tangarife Castiblanco y Maruja Uribe de Botero. Archivo Dora Tangarife.

Un reportaje para el teatro pereirano (I)

Socialización de los resultados de la Beca de investigación: Reportaje de sala en la escena pereirana 1925-1980, ganadora en la categoría de periodismo cultural, crónica y reportaje, de la Segunda Convocatoria Estímulos 2013 del Instituto de Cultura y Fomento al Turismo de Pereira.

Pereira años cincuenta, carrera octava entre calles 18 y 19, a la derecha El Teatro Caldas. Foto Donato García. Archivo Javier García.
Pereira años cincuenta, carrera octava entre calles 18 y 19, a la derecha El Teatro Caldas. Foto Donato García. Archivo Javier García.

 Por: Nathalia Gómez Raigosa

Preguntarnos de dónde viene el teatro pereirano es el asunto que nos convoca hoy en este auditorio, en el marco del Día Mundial del Teatro. Poco, por no decir nada, se sabe sobre el tema. Algunos más avezados se atreven a asegurar que las artes escénicas en la ciudad no tienen historia, lo que según Fernando González Cajiao: “siempre ha constituido el camino más fácil, hasta que alguien tenga la paciencia de hurgar en los viejos manuscritos”.

La historia del teatro en Pereira es muy antigua, casi tanto como su fundación, pues al tiempo que en la ciudad se fueron irguiendo las primeras construcciones de dos pisos con múltiples propósitos: habitacionales, gubernamentales, bancarios, clericales, hospitalarios, comerciales, empezaron a nacer planteles educativos y sitios de esparcimiento como parques, clubes y teatros.

Asnoraldo Avellaneda Aguilar, un pereirano raizal, que nació en la villa Pereira del empedrado y la cabalgadura, atestiguó en unas crónicas amenas, que remontan vivencias ocurridas entre 1885 y 1902, lo trascendental que fue para sus coterráneos la construcción del primer teatro casero.

Como en la actualidad, constituía una, quizá la mejor diversión de la época, el teatro. Le tocó ser a Ernesto Mogollón el iniciador de este arte en Pereira; era persona correctísima, natural de Bogotá, lo instaló en una casa pajiza, situada en la carrera 8 calles 18 y 19, donde más tarde fue el Teatro Caldas, y servía a la vez de gallera, pues la pista la adaptaba como escenario.Uno de los primeros espectáculos que se presentaron allí, fue la compañía de acróbatas de Lara y Maltaner, espalo (sic) e italiano, respectivamente, que traían como barítonos famosos al español Larrañaga y el argentino Quezada[1]

En su cuadro de costumbres, el cronista Avellaneda continúa refiriéndose a las actividades que se llevaban a cabo en el improvisado teatro de Don Ernesto Mogollón, donde se ofrecían todos los espectáculos que llegaban a la aldea.

Después hizo su debut el espectáculo circeneo, cuyo empresario era el señor Salvini (italiano), que traía como el fuerte de su compañía, un grupo de animales amaestrados que él consideraba sabios. Todo su equipo e instalaciones fue traído a “Lomo de mula” (…). Ya con el correr del tiempo fueron desfilando infinidad de artistas y compañías y así veremos cómo llegan la Cía de Opera española del maestro Luque[2], el primer presdigitador argentino, el profesor Soria y la de marionetas (títeres) del Gran Arlequín (italiana) famosa por sus hermosos decorados.El primer circo de toros fue allí mismo, pero con anterioridad ya la casa había sido adaptada y acondicionada para el acto.[3]

El prosista Avellaneda argumenta que el teatro del señor Mogollón sirvió además como primer zoológico, pues allí exhibía un hermoso tigre que alimentaban con los gallos muertos en las riñas. Es así como finaliza explicando que era “su casa teatro, gallinero, circo, zoológico”, pues en ese tiempo, el teatro albergaba todo tipo de espectáculos comerciales, donde acudía el público pereirano sediento de conocer el mundo a través de los artistas trashumantes y de sorprenderse con las luces, la música y los artificios presentes en la escena.

Era ese patio polvoriento que como por arte de magia se convertía en teatro, un lugar maravilloso que conectaba la aldea con el exterior, por medio de ornamentos exóticos, música de lugares lejanos, vestimentas coloridas, estilos cautivadores, de extranjeros con diferentes acentos y colores de piel. Visitar estos escenarios artesanales, significaba para el pereirano toda una aventura, muy similar a la narrada en Cien años de soledad, cuando José Arcadio Buendía llevó a sus hijos a conocer los misterios del mundo bajo una carpa gitana. En un periodo incipiente, cuando las cosas parecían tan nuevas, apenas saliendo del cascarón, en un villorrio con ansias infantiles de volverse grande.

En 1916 un editorial del periódico Polidor, semanario crítico-literario dirigido por Obdulio Gómez, advierte la necesidad urgente de edificar un teatro a la altura de una ciudad en ascenso, con el fin de: “contribuir de manera visible al engrandamiento de la tierra y por dar realce al embellecimiento estético del poblado”[4]. Hasta el momento se contaban sólo con espacios teatrales improvisados que no respondían a las especificaciones que exigían las compañías artísticas internacionales, por lo que muchas declinaban las invitaciones de presentarse en Pereira, pues no poseía la infraestructura requerida. Citemos un párrafo del artículo periodístico, donde se precisan las características que el editor Gómez consideraba como indispensables para el nuevo inmueble:

Teatro éste, al estilo moderno, higiénico, cómodo y bello, donde tenga cada clase social su puesto; donde el palco de I.ª fila luzca donairoso su corte de arte; la luneta su orden riguroso; el palco de 2.ª no sea una afrenta para la clase media, y a la galería entre lo que deba entrar. Este teatro podría construirlo la Empresa Eléctrica de la ciudad sin mayor sacrificio y le reportaría una halagadora ganancia.[5]

Al final no fue la Empresa Energía sino Francisco Mejía Uribe, el hombre más acaudalado de la población y uno de los más pudientes del suroccidente colombiano, quien decidió que ya era tiempo de pasar de la sábana doméstica al majestuoso telón rojo. Adquirió los predios de la carrera 8ª entre calles 18 y 19, que antes le pertenecían a Ernesto Mogollón y abrió las puertas del primer teatro de la aldea, el Circo-Teatro Caldas, que “servía para la comedia, para el cine y por su dotación especial para el novedoso espectáculo de la corrida nocturna” (González, 1992, p. 59). Años más tarde su propietario, a quien le decían ‘Quico’ Mejía, le realizó unos cambios estructurales de modo que éste pasó de circo-teatro a señorial Teatro Caldas, “único lugar de diversión que tenemos en Pereira y que bueno o malo presta el servicio que hoy necesitamos”[6], anota una columna de opinión de Variedades, “revista semanal ilustrada”, fundada en 1925.

Dentro de las reformas al establecimiento, estaba contemplada la contratación de un administrador, que primero fue Francisco Antía y después Emilio Vélez L. El Teatro Caldas estaba hecho en madera, contaba con “un formidable equipo parlante de fabricación alemana con proyectores Zeiss Ikon y sistema de sonido Phillips”[7], tenía capacidad para 1.325 personas que se acomodaban en tres galerías circulares y un palco reservado para personas que estuvieran de luto, con un visillo especial por donde podían mirar el espectáculo sin ser vistos por el público. Ya no se realizaban las corridas nocturnas, pues el patio de lidia se había entablado y convertido en una platea con 400 butacas y corredores alternos, para los espectadores especiales. Además, fue “dotado de camerinos para actores, escenario para actuación y parrilla para el movimiento de decorados y telones” (González, 1995, p. 49).

Estamos hablando de esos años cuando el teatro tenía que turnarse con el cine mudo, para poder ocupar el escenario del Teatro Caldas, los miércoles y sábados, días de mercado en la polvorosa Plaza de Bolívar. En “El Caldas” se presentaron compañías teatrales procedentes del antiguo mundo, países hispanoamericanos y otras ciudades de Colombia, que arribaron para dar a conocer sus comedias, operas, zarzuelas, revistas y dramas. Luciano García, otro de los cronistas de esa época remota, relató la presentación de la compañía mexicana de revistas Lupe Rivas Cacho, que fue tachada en Pereira de inmoral y escandalosa, pues sus bailarinas se presentaban con vestuarios diminutos e incluso había escenas despojadas de todo tipo de atuendo.

Unas muchachas bonitas se presentaron en Pereira como se presentan ahora las bellezas mundiales, con la misma indumentaria regalada por la naturaleza antes de salir del paraíso. Esta compañía destruyó aquí largas amistades. La vieja decía: no vas. El viejo decía: Ya fui. En Armenia, el ingenioso barbero GUAZABRA, informó al cura diciendo: Sí se visten. Se visten con estampillas. (…) En Bogotá los hijos dijeron a un general de la república: Papá, las muchachas deben ir a eso. Por qué? Porque salen mujeres desnudas. Para ellas debe ser indiferente. Lo importante es que salgan vestidos los hombres, contestó el general… Los círculos continuaban los comentarios. Bueno y cómo es la cosa? Qué es lo que hacen? Qué es lo que dicen? Hasta cuándo se quedan? La próxima vez sino me la pierdo. Aunque se enoje hasta el diablo. Esa compañía ampolló y alborotó esta sociedad excitando todo lo que es excitable en la humana flaqueza[8]

Estos artistas errabundos se veían obligados a enfrentarse a extenuantes travesías, mientras realizaban sus giras internacionales, que incluían viaje en barco, en tren y a lomo de mula, pues los caminos aún era de trocha y arriería. El costumbrismo extranjerizante se imponía como una segunda colonización europea, pero al mismo tiempo por ser pintoresco, folclórico y por tener esa forma tan parroquial de ver la vida, se convirtió en caldo de cultivo para acercar a la bisoña Pereira con el arte y sembrar el deseo en los jóvenes del municipio, de agruparse y de ser ellos quienes llevaran hasta las tablas, estas representaciones tan afines a las vivencias simples del poblado.

Son los cuadros vivos que el profesor Benjamín Tejada Córdoba montaba, se presume, con los estudiantes del Instituto Manuel Murillo Toro, la primera expresión teatral local de la que se tiene registro. Uno de ellos realizado, entre 1915-1918 aproximadamente, fue inspirado en la Gran Guerra Europea, “cuando hasta nosotros llegaban noticias que anunciaban el horror de sus combates”,[9] aclara un artículo de El Diario que años después rememora la labor del cultor. Entre los actores de la estampa se puede identificar un niño, en la esquina inferior izquierda. Ese pequeño era Fernando Jaramillo Ángel, quien más tarde será protagonista de la primera película grabada en estas tierras.

Cuadro vivo dirigido por Benjamín Tejada Córdoba. Facsímil de El Diario, No. 2.000, septiembre 30 de 1935.
Cuadro vivo dirigido por Benjamín Tejada Córdoba. Facsímil de El Diario, No. 2.000, septiembre 30 de 1935.

 

Hablo del desaparecido largometraje silente, Nido de Cóndores, del cual sólo se conserva un fotograma, que se ha convertido en la obsesión de muchos historiadores. La cinta tenía el único fin de “mostrar el origen, progreso y adelanto de Pereira, fue producida por la Sociedad de Mejoras de Pereira y fue filmada creo que en 1926”,[10] aseguró el camarógrafo español Máximo Calvo, quien la dirigió con el apoyo del reconocido empresario cinematográfico Nicolás di Doménico.

El guion fue escrito por Alfonso Mejía Robledo, primer novelista de la imberbe ciudad e interpretado por los integrantes del Grupo Escénico, primer colectivo que se advierte del teatro local en 1925. Esta agrupación estaba conformada por: Tulia Drews, Teresa Restrepo, Anita e Inés Rendón Bustamante, Olga Sierra, Concha Vélez, Antonio Gómez Villegas, Gonzalo Martínez, Abelardo Echeverry, Fernando Jaramillo, Luis Eduardo Marulanda, Mariela Gutiérrez, Enrique Aristizábal Moreno y Emilio Correa Uribe,  jóvenes entre los 19 y 24 años, que pertenecían a la crema y nata de la sociedad, ya que sus padres o ellos mismos, eran los patrocinadores de obras arquitectónicas e institucionales que abanderaban el desarrollo del municipio.

Los repentinos aficionados al teatro fueron convocados por “la entusiasta e inteligente Justina González González,” (González, 1985, p.125), quien tomó la dirección acompañada por Pedro Piedrahíta, el apuntador. El Grupo Escénico “tenía por objeto el montaje de piezas teatrales con el animo de recaudar fondos destinados a la realización de obras de importancia general” (González, 1985, p. 125). Las obras teatrales del colectivo completaron la oferta cultural, principalmente de las kermeses, fiestas benéficas de “Derroche de lujo, de gracia, de dinero”,[11] tal y como lo anota la columna social “Confetti” de la revista Variedades.

Entre su repertorio figuraba obras como: Fuego Extraño, original del famoso dramaturgo colombiano Antonio Álvarez Lleras, montaje que colaboró a la construcción del Asilo de Ancianos. Después vendría Puñao de rosas, escrita por Carlos Arniches, luego Rima eterna, de los hermanos Álvarez-Quintero, más adelante serían recordados por las representaciones de Juventud y Abandono, estas dos últimas del poeta antioqueño Alejandro Mesa Nicholls, entre otras.

Teresa Restrepo en la escenificación de Fuego Extraño(González. 1985. P,127)
Teresa Restrepo en la escenificación de Fuego Extraño(González. 1985. P,127)

Se puede inferir que no era el amor por el arte o las búsquedas estéticas lo que impulsaba a los emprendedores artistas del Grupo Escénico, sino el bienestar común y el sentido de cooperación; sin embargo, con su esperanza visionaria estas gentes cultivaron sin querer una inquietud por la manifestación teatral y por acercarse a los autores del llamado teatro burgués.

Como bien lo explica Luis Carlos González en sus crónicas sobre el movimiento escénico de la época, “motivo permanente de acercamiento social y fuente inagotable de recursos destinados a necesidades comunes fueron siempre bazares, becerradas, recitales, veladas artísticas y representaciones teatrales” (1985, p.125).  Es el caso de la Diócesis de Pereira, que pudo llegar a feliz término, gracias al grupo teatral que en 1954 dirigió de nuevo Justina González, quien llevó hasta el escenario la comedia Una obra de beneficencia, escrita por la dama pereirana Sofía Ospina de Navarro. Es importante mencionar esta producción teatral no tanto por la obra misma, que entra a engrosar la lista de presentaciones filantrópicas, sino porque estaríamos, posiblemente, frente al origen de la dramaturgia pereirana.

Del mismo modo en 1960, distinguidas personalidades de Pereira, integraron un nuevo grupo de teatro, a beneficio esta vez, de los trabajos iniciales de la Villa Olímpica. La obra presentada en el Teatro Caldas fue La nueva ola, dirigida por Enrique Valencia Martínez y escrita de nuevo por una dramaturga de la ciudad, Eucaris Jaramillo de Uribe.

Algunos de los participantes de este colectivo, pertenecían a su vez a la Sociedad de Amigos del Arte, fundada 18 de noviembre de 1947[12]por: Carlos Drews Castro, Santiago Londoño (hijo), Nacianceno Marulanda, Francisco Monsalve, Silvia Osorio,[13] Gretel Drews, Alicia Espinosa, Beatriz Ramírez y Lucía Correa Echeverry. Única organización que por cuatro décadas enriqueció la sensibilidad artística de la ciudad y fue simiente para la configuración posterior de las dependencias de cultura del municipio y departamento.

Algunos integrantes de la Sociedad de Amigos del Arte, durante una copa de champaña en 1957. Entre los presentes está Rubén Jaramillo en primer plano y las señoritas de atrás de izquierda a derecha son: Amanda Mejía de Nauffal, Dora Tangarife Castiblanco y Maruja Uribe de Botero. Archivo Dora Tangarife.
Algunos integrantes de la Sociedad de Amigos del Arte, durante una copa de champaña en 1957. Entre los presentes está Rubén Jaramillo en primer plano y las señoritas de atrás de izquierda a derecha son: Amanda Mejía de Nauffal, Dora Tangarife Castiblanco y Maruja Uribe de Botero. Archivo Dora Tangarife.

En 1961 los “Amigos del arte” organizaron otra exhibición teatral en el Teatro Caldas con el fin de reforzar los fondos de la Villa Olímpica. Cerca de mil personas apreciaron la obra El Traje Azul de Ciro Mendía,interpretada por una agrupación que se hacía llamar Grupo Escénico, en honor a la actividad teatral de antaño. El nuevo Grupo Escénico estaba conformado por: Amanda Mejía Nauffal, Rosina Molina, Ricardo Mejía Isaza, Edilma Escobar de Cardona y Samuel Arango J. y dirigido por la española Catalina Font de Gómez, quien arribó a la ciudad el 13 de octubre de 1958 y se incorporó,casi de inmediato, a la actividad teatral local.

La directora Font había creado una cátedra de teatro al interior de la Sociedad, que hasta ese momento solo había tenido profesores itinerantes en la práctica de esta manifestación artística. Conformó dos grupos: el Teatro Experimental de Pereira para adultos y el Teatro Escuela para jóvenes, con los que realizó presentaciones no sólo en la instalaciones de la entidad, sino también en los diferentes escenarios culturales de Pereira y hasta de la región.

Algunas de las obras montadas fueron: Amable señor viveros de Alberto Dow; El gallo cantó tres veces de la antioqueña Regina Mejía; Los sordos, del argentino German Berdiales; La consagración de la noche, de Jean Tardieu , Demanda en la casa cural de  Pimentel y Vargas, A la salida de Luigi Pirandello[14] y Arrayanes y mortiñosde Ciro Mendía[15].

Fue tanto el éxito que tuvieron estos grupos, que llegaron a oídos de Luis Enrique Osorio,fundador de la comedía nacional e iniciador en la investigación de las artes escénicas en Colombia, quien intrigado por rumores que hablaban de que en Pereira se vivía un momento vital en el teatro de la región, decidió viajar a la ‘Capital Cívica de Colombia’ para ver con sus propios ojos lo que estaba ocurriendo. Llegó en diciembre de 1964 para participar de un acto cultural, que describió con estas palabras:

Me enteré, ante todo, de que en el ambiente social (pereirano) bullía el ingenio y el humor que hubo en el Bogotá de hace medio siglo, cuando en los hogares del expresidente Marroquín aún se representaban comedias para festejo de los cumpleaños y se bailaba luego hasta el amanecer (…) Algo semejante ocurrió aquí entre ruidosas carcajadas en los salones del Gran Hotel cuando a la sobremesa de la comida algunas damas desplegaron su ingenio improvisando sainetes que esbozaban cuadros de costumbres donde se remedaba el acento sirio-libanés y hasta se exageraba el antioqueño.[16].

El trabajo de Catalina Font[17] también mereció el reconocimiento del crítico Osorio, quien dijo que la directora, sabía “combinar muy bien el fomento del arte escénico colombiano con la apreciación de obras de famosos autores extranjeros”[18].

Dentro del extraviado legado de la Sociedad de Amigos del Arte en su primera etapa, hay que resaltar también el grupo de títeres “Jim’s Patelin”, dirigido por Nevert Londoño, donde se diseñaron muñecos, decorados e incluso se escribieron varios libretos. Asimismo el grupo Pinocho de teatro infantil, creado en 1970 por Rossina Molina, quien había pasado de aprendiz de teatro a profesora, después de estudiar con Font Vallbona y luego de formarse durante tres años con Antonietta Mércuri, en el programa de extensión cultural del Instituto de Bellas Artes de la Universidad Tecnológica de Pereira.

Con ‘Amigos del Arte’ finalizamos un periódico mimético, que encontraba en la reproducción de lo ajeno la única respuesta. Los espectadores de entonces estaban padeciendo el tedio de años de repetición y bostezaban ante las mismas recetas del “teatro visita”[19]. Era tiempo de cambiar el menú, con la creación de movimientos, montajes escénicos y dramaturgias autóctonas, que construyeran una identidad desde lo que éramos y representaran los asuntos colombianos.