En nuestro tiempo los antropólogos y los filósofos han intentado situar la línea divisoria entre lo salvaje y lo doméstico, naturaleza y cultura, lo incivilizado y lo civilizado. La línea es fácil de encontrar en las otras especies. Pero ¿no nos habremos domesticado nosotros a nosotros mismos; y cómo?

 

Charles Fourier

Por: Guy Davenport*

El día de Navidad de 1803, y el día posterior, Charles Fourier, el más cabal e imaginativo de los utopistas modernos, escribió su “Carta a un Juez Mayor”. Él era en aquel tiempo fabricante de algodón y un corredor de bolsa sin licencia en la ciudad industrial de Lyons, donde la Revolución había tomado giros divergentes de los de París y había sido reprimida y metida en cintura por Napoleón. He aquí a un pensador mucho más revolucionario que la Revolución, un intelectual de provincia que tenía un plan detallado para la reforma y la felicidad de la humanidad, quien se dio cuenta de que una limpieza y un nuevo comienzo habían ocurrido justo enfrente de sus ojos y que él tenía algo que decir sobre el renacimiento político y social de todo un país. Había escrito un tratado de título engañoso, Teoría de los cuatro movimientos y de los destinos generales: prospectos y anuncios del descubrimiento, publicado cinco años después de la carta al juez mayor, que fue como si hubiera tirado todas las copias al mar.

Por su título y su contenido, la carta es, ahora lo podemos decir, kafkiana. El juez mayor a quien estaba dirigida era el Klamm de Kafka en el cuarto más alto (siempre y cuando él existiese) de El Castillo. Hemos tenido tantos casos análogos al de este juez mayor que no necesitamos elaborar el punto. Es Hitler, Stalin, todos los dictadores charros de América del Sur, Franco, Tito. De alguna manera, todos son equivalentes a la armadura vacía que Felipe II de España envió a pasar revista a sus tropas, las cuales creyeron que el rey estaba adentro. El rey, en cambio, estaba en su cuarto en el Prado (de cuyas paredes colgaban desnudos de Rubens, solo para sus ojos), estudiando minuciosamente cada documento diplomático que cruzaba su vasto imperio, en una actitud muy parecida a la de la araña en el centro de su red, alerta al más mínimo tirón. No había vida humana que no estuviese en sus manos, pero nadie tenía acceso a él sino a través de intermediarios diseminados a lo largo de una exasperante y laberíntica lejanía. Ahora sabemos que todos los comunicados de Fourier a su gobierno “cartas al Ministerio de Asuntos Exteriores, a jueces mayores, a Napoleón mismo” fueron interceptados por la policía, investigados (uno de ellos dice: “de un idiota inofensivo”) y archivados para ser descubiertos a fines del siglo XX por los estudiosos de la historia intelectual francesa.

Plano del falansterio propuesto por Fourier.

Usted y yo sabemos muy bien, Oh Maestro Constructor, que si escribiéramos una carta al Presidente de nuestra República, esta carta nunca llegaría a sus manos. Iría directamente al FBI, con copias a la Agencia de Seguridad Nacional y a la CIA. Ellos leerían la carta no por lo que quisiésemos decir, sino por cualquier indicio que pudiera haber en ella sobre lo que deberían hacer con nosotros: ya sea que fuéramos un idiota inofensivo, un asesino, un terrorista o cualquier otra amenaza a su hegemonía. Nuestra carta bien podría ser un plan para revertir la entropía que está transformando todas nuestras ciudades en barriadas, un plan para cancelar la deuda nacional que como un hoyo negro está succionando todos nuestros impuestos hacia adentro, una queja de que nuestra comida está envenenada con conservantes o que la podadora eléctrica del vecino y su bocina de cien decibeles (el ruido que se escucha y se siente estando debajo del ala de un 747 cuando se prepara para el despegue) están haciendo intolerable la vida en nuestro vecindario. Todo esto provocaría una misma indiferencia a los ojos cansados del interceptor.

En su última carta a Napoleón, Fourier solicitaba cuatrocientos huérfanos (había varios miles, gracias a Napoleón y sus guerras), cuatrocientas cuagas (cebras con rayas solo en el cuello, ahora extintas gracias a los fabricantes de guantes) y una propiedad en cualquier parte del país (en el que también abundaban, habiendo quedado despoblado por la guillotina). Estos huérfanos, todos de una tierna edad, y las cuagas (sus monturas) serían criados en la propiedad (la casa principal, unas barracas) como armonianos que vivirían de acuerdo con los principios filosóficos anunciados en los cuatro movimientos. Estos falansterios ya existían en Estados Unidos: las comunidades de shakers, menonitas, owenitas y otras más. El experimento habría sido, digámoslo, interesante, incluso pintoresco. Estas ideas no eran tan extrañas. Wordsworth y Coleridge tenían el plan vago de fundar una comunidad verdaderamente democrática en Ohio. Marx y Lenin se inspiraron más tarde en algunos de los ideales de Fourier. Pero la carta de Fourier a Napoleón, como aquella primera carta al juez mayor, nunca fueron leídas ni por el juez mayor ni por Napoleón. Fueron interceptadas por la policía.

Así pues, Oh Maestro Constructor, no espero que los sentimientos y las ideas de esta carta sean leídos por usted, quienquiera que usted sea. Lo llamo Maestro Constructor, el nombre que le dio Ibsen a su arquitecto imaginario y que se convirtió en un símbolo muy elocuente para el discípulo de Ibsen, Joyce. El Finnegan de Finnegan’s Wake es un maestro constructor [masterbuilder]. Es el símbolo del Homo faber, el Hombre Hacedor. En nuestro tiempo los antropólogos y los filósofos han intentado situar la línea divisoria entre lo salvaje y lo doméstico, naturaleza y cultura, lo incivilizado y lo civilizado. La línea es fácil de encontrar en las otras especies. Pero ¿no nos habremos domesticado nosotros a nosotros mismos; y cómo?

Para algunos pensadores esa línea se encuentra en el comienzo del habla, para otros en la comida cocida, para otros en las agrupaciones tribales que forman la familia y el Estado embrionarios y para otros en el sentido de la justicia. Para Ibsen y Joyce la línea se encontraba en la arquitectura: la casa, el templo, el pueblo. Carl Sauer, ese geógrafo sutil, tenía dudas de Louis Leakey y del origen de la sociedad humana en el llano de Olduvai, donde parecía haber evidencia de nuestro principio como criaturas sociales. No, dijo Sauer, ese es territorio de caza, desprovisto de refugio o de campamentos permanentes. El animal humano está indefenso en su infancia por más tiempo que cualquier otro animal. Debe enseñársele a caminar, a hablar, a protegerse a sí mismo, y necesita de tres años, y más, para sobrevivir con el mínimo recurso de independencia. Así las cosas, Sauer conjetura que el hombre habría construido en África chozas en la costa, teniendo el océano a mano para escapar en bote en caso de un ataque, y con comida del mar. La Garganta de Olduvai habría sido territorio de caza.

Vista de la acrópolis en Atenas.

Probablemente nunca sabremos cómo o cuándo sucedió, pero somos ahora, y lo hemos sido por tanto tiempo como la perspectiva de la historia nos lo permite ver, animales que construyen casas. A. M. Hocart y Lewis Mumford han escrito historias convincentes sobre el origen de pueblos y comunidades, y la descripción de Fustel de Coulange de una ciudad griega antigua es perfectamente válida, me dice Rodney Needham, como una descripción de los pueblos primitivos en el sureste de Asia y África. Esto quiere decir que el sentido de las fronteras, de los clanes, de la distribución de la propiedad sagrada y secular viene siendo una misma cosa. De esto se desprende que la ciudad es un concepto compartido por la raza humana, como quiera que la difusión de esta idea se haya dado.

La vieja polis griega fue construida alrededor de una colina (acrópolis, “cima de una colina”), que era a la vez templo para el ser supernatural imaginado como el protector de la ciudad y un fuerte para que las personas se refugiaran ahí durante un ataque. Nuestra palabra santuario aún tiene este doble significado. Una ciudad era tenida como el origen de una clase particular de gente, y cuando la sobrepoblación hacía necesario lanzar colonias, o comunidades hermanas, ésta se convertía en ciudad (polis) madre (metro): una metrópoli. Roma nunca fue lo que ahora llamamos un país, era sólo una ciudad con muchas ciudades coloniales que a nuestros ojos modernos constituyen un imperio, por verlo como un gran Estado. El Estado es una invención del siglo XVI, no del mundo clásico. Ni Grecia ni Roma tenían para ellas un nombre en cuanto organizaciones políticas. Ligas y tratados las mantenían unidas.

Antonio Gramsci

Lo que quiero decir en esta carta, Oh Maestro Constructor, es que su arte civilizatorio, el de la construcción, ha pasado, como todo lo demás, por cambios de una naturaleza tan radical (“de raíz”) como para motivar el comentario de un intelectual de provincia quien, como Fourier, puede escribir una carta a los poderes en turno, pero debe escribirla en el mundo de Kafka, sin la esperanza de que su contenido será visto por los ojos que deben verlo. Desde los tiempos del visionario Edgar Poe, los escritores han tenido la premonición de que están escribiendo mensajes que deberán ser puestos en botellas y arrojados al mar. ¡Afortunado el escritor que sabe para quién él o ella está escribiendo! Fourier aún no ha sido leído por alguien con el horizonte de un Napoleón (gracias a Dios, considerando la época). Joyce escribió para alguien a quien desconocía. Los escritores más característicos de su oficio en nuestro tiempo son el prisionero Antonio Gramsci (tenido en prisión por Mussolini); Ezra Pound, encerrado en una cárcel y un manicomio (por órdenes de los enemigos de Mussolini); Solzhenitsyn en su gulag; el exiliado, el prisionero, el recluso, el escritor prohibido. No estoy seguro de lo que este patrón significa, porque la mayoría de mis conocidos escritores sufren tanto de ser publicados y no recibir ninguna atención como de no ser publicados por la razón que sea. Todo esto redunda en la cuestión del juez mayor que no recibe su correo.

Pero seguimos escribiendo. Déjeme decirle, Oh Maestro Constructor, que yo veo en usted al genio práctico de la civilización, y lo prefiero a muchas otras clases de genio que podemos encontrar en el corazón creativo de la civilización. Cuando William Morris habló de la arquitectura como “el principio y el final de todas las artes de la vida”, estaba, pienso, diciendo una verdad absoluta. Yo soy la clase de intelectual provinciano que se ha metido en la arquitectura al grado de tener al respecto una o dos opiniones sustanciales. Conozco los escritos y los edificios de Le Corbusier (él es la continuación significativa de Fourier en nuestro tiempo). He buscado edificios en varios lugares y los he estudiado aprovechando al máximo mis habilidades rudimentarias. Sé un poco de arquitectura. Y tengo preguntas.

Yo vivo en Lexington, Kentucky (desde hace treinta y un años). Como ha sucedido en la mayoría de las ciudades norteamericanas, el centro de Lexington ha sido destruido por el comercio (bueno, a decir verdad el comercio lo construyó en una primera instancia) con la misma eficacia que Dresden fue destruida por las fuerzas áreas estadunidenses y británicas en la segunda guerra mundial. Puedo entender esto: es un proceso que admite una explicación completamente satisfactoria. Lo que destruyó el centro de Lexington fue, desde luego, el automóvil, el cual no encontró un lugar donde estacionarse.

Samuel Erewhon Butler

Cuando se habla del automóvil es útil pensarlo como si este fuese una criatura, como los erewhonianos de Samuel Butler, que vieron máquinas evolucionando a un promedio mucho más rápido que los animales (a su manera Butler había leído a Darwin y a Malthus), y decidieron rebelarse en contra de las máquinas para dirimir esta rivalidad. Butler tenía razón. El automóvil es una cucaracha biónica. Come ciudades. Otro principio que vale para el automóvil fue discernido por Diógenes en el siglo quinto a.C.: esto es, el hombre que tiene un león también es tenido por un león. Todos somos poseídos por los automóviles, criaturas a las que debemos alimentar con gas y petróleo (una necesidad que trasciende tanto la retórica política que no dejamos de comprar el petróleo de Irán a pesar de que éste mantenga a nuestros compatriotas como rehenes, ni de Libia, al mismo tiempo que la bombardeamos), calzar con hule y lavar y colmar con otras atenciones, la no menos importante de las cuales son los pagos que debemos hacer de por vida. El automóvil es el más exitoso de los parásitos, superando por mucho las esperanzas más desaforadas de los microbios o las ratas. No hay sistema de esclavitud en la historia tan riguroso como el que nos tiene sometidos al automóvil. Pero esta queja (y diatriba) no se refiere sino tangencialmente al predicamento del arquitecto en nuestro tiempo.

Nos hemos amoldado al automóvil. El coche tiene un alojamiento en nuestras casas (el garaje o la cochera, conmovedor equivalente del espacio destinado al buey en la casa del pastor italiano), lo hemos convertido en hogar (casa móvil) y hemos renunciado a la casa para vivir en él. Los ojos proféticos de Fourier hubieran notado un retroceso a la barbarie, a las Hordas Doradas sobre sus monturas. Ni hablar: somos los nuevos bárbaros, pioneros de lo inhumano y del nuevo vacío de conocimiento. Pero aún no hemos renunciado a la arquitectura. Y es precisamente la manera en que los edificios se construyen donde yo (un intelectual de provincia que le escribe en vano al Maestro Constructor) veo una dirección equivocada que (ojalá y no) apunta a una dirección equivocada que compromete a toda la civilización.

Es mejor que me remita a ejemplos. Recientemente, el edificio nuevo de un banco fue construido en el terreno baldío que es el centro de Lexington. Es muy alto: unos treinta pisos. Es un esqueleto de acero con una piel de vidrio. Los tres últimos pisos están biselados con un ángulo de inclinación de cuarenta y cinco grados (supongo que a esto no debemos llamarlo techo), de modo que el edificio parece modelado a partir del bote de basura de plástico de una cocina. Eso está bien. La pregunta que quiero formular se refiere a la naturaleza del ser de este edificio. En primer lugar, nunca he podido ver el edificio, que tendría que ver a diario, de no haber trabajadores lavándolo en una tabla suspendida del techo con cuerdas. Para lavar el segundo piso ellos tienen que descender veintiocho pisos mediante cuerdas y poleas. Supongo que este edificio estará lavándose eternamente, de la misma forma en que el Golden Gate estará pintándose eternamente.

Para comentar esta idiotez (me refiero a la palabra) escandalosamente primitiva, debo llegar a ella desde otro ángulo. Ya sea por la inevitable desilusión que trae consigo la madurez, o por una percepción exacta de la realidad, comencé a notar hace una década que el espíritu de nuestro tiempo se permite una cantidad inusual de mezquindad gratuita. Mezquindad: una retención de generosidad, una voluntad de lastimar, una elección perversa del mal cuando el bien está al mismo alcance. El periodismo procede de ese modo: la peor de las noticias es la que vende más periódicos y revistas.

El tipo de letra minúsculo que tenemos que leer en los libros de hoy día es otro ejemplo: antes de los tipos generados en computadora los diferentes tamaños eran diseñados individualmente, siendo las proporciones de los tipos más pequeños diferentes de las de los más grandes. Los diseñadores de tipos modernos dibujan una fuente y la reducen y la agrandan fotográficamente, sin importarles que las reducciones más pequeñas resulten anémicas y signifiquen un esfuerzo terrible para los ojos.

Es difícil distinguir la mezquindad gratuita de la avaricia. La raquítica pared que no es una barrera para el sonido, el concreto podrido que se derruye la víspera del Año Nuevo, la cañería dentro de las paredes que exige la destrucción de una casa para poder repararla, la ventana que hubiera podido diseñarse sin problema para dar vueltas y así permitir lavarla por dentro en vez de hacer necesaria una escalera. Ustedes pueden pensar en un centenar de ejemplos más, pero si éstos son producto de la indiferencia o la estupidez es una bonita pregunta.

Torre de oficinas de la Universidad de Kentucky.

Estoy preguntando cosas en las que, supongo, los arquitectos han pensado profundamente. La torre de oficinas en la que trabajo en la Universidad de Kentucky está sellada. Todo el aire que en ella circula está muerto, ya que lo suministra un sistema de aire acondicionado, una falla en el cual sofocaría a los ocupantes. (De paso, podemos notar que la preocupación contemporánea por respirar humo de tabaco de segunda mano coincide con el hecho de que todos los edificios tengan aire acondicionado, es decir, aire inerte cautivo dentro un edificio, y la opinión general parece soslayar el hecho de que el humo del cigarro es como una partícula de polvo frente a una piedra cuando se le compara con la emisión ‘veneno’ de los automóviles, una emisión diaria en Estados Unidos igual en volumen al volumen del Océano Atlántico.)

Con la modernidad en la arquitectura vino de la mano la paradoja de un retroceso tecnológico. Si una vela medieval se apagaba, una persona quedaba a oscuras; la falla de una planta de energía deja toda una ciudad a oscuras, detiene a los elevadores en sus pozos, a los trenes en sus rieles. Tal es el principio. La actualidad es mucho más sutil. La sustancia de la modernidad está en una conveniencia cada vez mayor y en los “avances” tecnológicos. He puesto esa palabra entre comillas porque he llegado a sentir que la modernidad ha caído en una trampa, que la gran paradoja, antes en equilibrio, ha llegado a pesar más del lado del retroceso.

¿Es un avance la destrucción de las ciudades por los automóviles? Decidida e irrefutablemente, no. ¿Es el edificio de muchos pisos un avance lleno de aire muerto, con ventanas selladas, dependiente de una planta de energía para hacer funcionar sus elevadores, sus lámparas e incluso para permitir la respiración? No. Todos sabemos bien que el edificio de muchos pisos es un atraso espiritual. No hay espacio de vida más solitario o más peligroso que el departamento moderno o el complejo de condominios. El aislamiento de la casa moderna ha convertido en desiertos el patio y la calle. La convivialidad (del tipo mediterráneo que en palabras de Le Corbusier debía ser el solo propósito de una ciudad) ya no existe.

Le Corbusier.

La decisión de hacer de la ciudad moderna una tierra baldía comenzó con la transferencia, hace cuarenta años, de todos los policías a coches-patrulla; así terminó toda la protección que el ciudadano podía esperar del policía. Lo que hace el policía de hoy es responder a una llamada telefónica y corroborar un crimen que ya ha sucedido, y del cual el criminal ha tenido mucho tiempo para escapar.

Lo que pienso es que todo esto redunda, Oh Maestro Constructor, en el factor distancia. Con todos los avances tecnológicos de la modernidad hemos hecho de la distancia algo prescindible, y ahora estamos en posición de preguntar qué era lo que estaba mal con la distancia que hemos empleado toda nuestra ingenuidad en obliterarla.

Una definición sólida de ciudad es un cierto número de gente que vive lo suficientemente cerca para vivir bien. De lo que trataba en realidad la carta de Fourier al juez mayor era de la cercanía. Pedía que estuviéramos cerca, comunidad tras comunidad, emocionalmente, convenientemente, espiritualmente. Aristóteles había dicho que una ciudad donde el alcalde no conociera a toda su gente por su nombre era demasiado grande para ser gobernada. Fourier estaba buscando la retribalización de la humanidad, el grupo que todos hemos tratado de recrear en las congregaciones eclesiásticas, los clubes, las tropas de scouts, las pequeñas sociedades con intereses comunes (jardinería, política, entretenimientos).

El espíritu de la modernidad se fue por otro lado: ensanchar las distancias. En el pasado, ahí estaba el panadero si yo quería hablar del pan que me comía. Ahora todo lo que puedo hacer es escribir una carta, en caso de que llegue a descubrir de dónde viene el pan, y por supuesto la carta no surtirá ningún efecto. La distancia niega la responsabilidad. Me gustaría preguntarle a los arquitectos que construyeron la torre de oficinas donde trabajo si sabían de las fuertes corrientes de aire que crearon al poner su edificio en una colina sin pensar en paredes que obstruyeran los remolinos, y si sabían cuánta presión estos remolinos pondrían en las puertas que abren hacia afuera y que son el único acceso a su edificio. Me gustaría preguntarles por qué no usaron puertas giratorias, inventadas (creo) precisamente para aligerar este problema. Me gustaría hacer un centenar de este tipo de preguntas de arquitecto, sobre el espacio, las ventanas, la privacía, los pozos de las escaleras, el alumbrado, el ruido, los escritorios de los estudiantes (los que hay en mis salones de clase son los peor diseñados en la historia de las sillas) y muchas otras cosas.

Ya que la futilidad ha sido el detonador de esta carta, lo consecuente es que la futilidad la termine. ¿Qué fue lo que pasó, Oh Maestro Constructor? ¿Que había en la modernidad que salió tan mal? ¿Por qué nuestro sueño de gran movilidad se convirtió en una pesadilla de parálisis? ¿No podría usted influir en los banqueros y su avaricia? ¿La mezquindad gratuita lleva la máscara de la innovación revolucionaria? ¿Qué fue lo que ocasionó que todos los edificios de Le Corbusier fueran traicionados, que todas sus ciudades-modelo no fuesen construidas? ¿Por qué es más peligroso vivir en la ciudad de Nueva York que en el Londres de Charles Dickens (más peligroso que el París medieval)?

A diferencia de Fourier, me guardo para mí mi propia visión, ya que no hay nada de práctico en ella. Pero le estoy escribiendo a una persona práctica, porque el arquitecto es la mera esencia, junto con su gemelo el ingeniero, de la practicidad. En mi opinión, su tarea consiste en devolvernos la ciudad, o darnos una alternativa. Esta segunda ruta, como usted comprenderá, implica un re-inicio de la civilización, que desde entonces no ha inventado una alternativa a la ciudad. Hace mucho que la casa ha desaparecido (ahora es una cama, una cochera y una pantalla de televisión), la ciudad está destruida, no hay vecindarios, la callecita más tranquila en el más pequeño de los pueblos ahora les sirve de autopista a los camiones interestatales y a los conductores ebrios, y a todos los árboles y parques les quedan unos cuantos años antes de que los estacionamientos los borren del mapa. Yo sigo viendo todo esto como una derrota de su gran arte, base y corona de la civilización, y mi mente provinciana sigue regresando al edificio de treinta pisos de vidrio que debe estar lavándose eternamente por obreros subidos en una tabla suspendida del techo con cuerdas y poleas, un predicamento tan gratuitamente mezquino, retrógrado y contramoderno que nos lleva a concentrar todo lo referente a la arquitectura moderna en una sola pregunta: ¿por qué?

 *Traducción de Gabriel Bernal Granados