Eso ocurre con Sofía y el terco, gana por su carisma, por la historia rebelde y simple de una mujer quien reivindica –no importa su edad– el derecho a soñar. Y los espectadores nos contagiamos de un universo minimal, en medio de un contexto de provincia, de azulados cielos, de verdes y frondosas montañas.

Por: John Harold Giraldo Herrera

john.giraldo.herrera@gmail.com

Docente universitario y periodista

Lo grandioso de una película reside en la forma cómo se nos cuenta, como también por la historia desarrollada. Vamos a cine para entrar en territorios desconocidos, ampliar nuestra visión del mundo y estar presos de un relato que puede generarnos múltiples variaciones en nuestra vida. Y cuando la simpleza acude a nosotros por medio de una película modesta pero contundente en su propuesta, no queda de otra que darle el beneplácito y acogerla (ver tráiler).

Eso ocurre con Sofía y el terco, gana por su carisma, por la historia rebelde y simple de una mujer quien reivindica –no importa su edad– el derecho a soñar. Y los espectadores nos contagiamos de un universo minimal, en medio de un contexto de provincia, de azulados cielos, de verdes y frondosas montañas, con la neblina cubriendo parte de la exuberancia del paisaje, con gentes de poca habla, personas sencillas y repletas de un sentido humano… a tales ingredientes le sumamos el hecho de hacernos reír más el estar atentos al desenlace de sucesos por conectarnos de inmediato con sus personajes.

Sofía y el terco es una película que nos va llevando de la mano por unas postales dado sus esbeltos paisajes, por ese rumbo el diafragma se cierra y abre y obtenemos el detalle de la geografía humana, los rostros descompuestos por los años más la belleza de sus personajes, los cuales parecen puestos en un universo pasmado; Sofía transita por un camino en el que va quedando en nuestra pupila, eso que nos maravilla ver y eso otro con lo cual consagrarse; desde el principio con su música nos advierte de un lado jocoso y otro con cierta expectación hacia lo inhóspito; genera misterio, no obstante el lado más apropiado es el de decir que es una película cuyo drama se desenvuelve en un lugar cualquiera a unas personas de un mundo sin importancia, donde una serie de sucesos repetitivos y quizás monótonos acompañan los días, pero Sofía, quien es ama de casa y convive con un tendero, parece tener un universo menos sobrio y pasivo que el de los demás pueblerinos.

 

El drama no necesita de tintes de acción, o rupturas significativas, los días se ven pasar por el humo que sale del fogón de leña, por la puesta de agua y alpiste para unos pájaros encerrados en una jaula, porque Alberto se va para su trabajo o porque Sofía va todos los días donde su amiga Mercedes a cambiar sus botas blancas por unas chanclas de felpa y llamativas por sus colores, allí la música electrónica ameniza su estar, su amiga le habla y Sofía gesticula; su esposo –Alberto– la sorprende con un vestido de baño que se estrenará cuando vaya a conocer el mar, sin embargo, ese sueño como que debe postergarse porque Alberto, un tipo neurótico, teme perder el control de sus rutinas, entonces Sofía en medio del sueño ve aislar lo que ansìa desde toda su vida, por tanto hará un plan para llegar a la costa. La película entonces se nos instala en medio de diversas secuencias y planos para ser contemplada. Sentimos en lo pequeño lo trascendente y nos reventamos de risa cuando de repente suceden acciones inesperadas.

Los planos de esta película, como su fotografía, son enaltecedores. Construye con ellos una narrativa, de modo que toca deleitarse con lo mostrado para ir armando la línea trazada en el ambiente, se percibe una atmósfera delicada, en paralelo con las montañas o el describir un sitio donde ocurren los pocos hechos, con el que se completa una poética de lo bello. La película goza de pausas, hay ausencia de palabra, y no hace falta. El personaje principal –Sofía– nos narra su historia caracterizada por sus formas de ser, por su deseo y en cierta medida por ser ambivalente: o quedarse a esperar la ida al mar cuando Alberto lo quiera o hacerlo por cuenta propia.  Vale la pena decir que aunque la carga argumental recae en la madura y atinada actriz Carmen Maura – Sofía–, los demás personajes, como Gustavo Angarita –Alberto- o Álvaro Rodríguez –el que atiende un bar–, las prostitutas o la niña con síndrome de Down quien pinta y lo sabe todo, intentan equilibrar la fuerza dramática y darle ritmo a la película,  pero todo el esfuerzo se lo lleva Sofía.

Sofía y el terco nos recuerda a esa otra película emblemática del cine colombiano: Confesión a Laura, aunque la liberación acá es de modo inverso: una mujer, y el devenir político no es notorio, por supuesto que la una es citadina y la otra en el campo, sin embargo, acuden a la misma técnica: una pareja, con la que sostienen un paralelo, complementario y a la vez extremo, igual la búsqueda es la libertad. La forma cómo nos engancha y el entramado que logra nos hacen recordar esa tesis del cine: vale el contar una historia de modo sencillo para ganar el apoyo de los espectadores. Burgos, el joven director con su ópera prima, nos ha sorprendido.

Ficha técnica

Año, país, duración 2012, Colombia, 82 minutos
Guión y dirección Andrés Burgos
Música Varios – Dirección: Javier Villar Rosa
Fotografía Manuel Castañeda
Reparto Carmen MauraGustavo AngaritaConstanza DuqueJair Romero
Género Drama
Página web www.sofiayelterco.com
Productora Coproducción Colombia-Perú-España; Medianetworks, Faldita Films / Imizu SAC