..Con sus columnas de El Tiempo, confirmaba que una de las facetas más interesantes de Óscar Collazos, indudablemente, era la que tenía que ver con su forma de pensar: sus opiniones, sus reflexiones, sus matices, el tener una clara conciencia de para qué sirve la información, el dato y, ante todo, tener la claridad y la valentía que exige la responsabilidad de un intelectual.

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Por: Rodrigo Argüello G.

Hace algunos años, en un exitoso ensayo novelado, encontré, a propósito de la muerte según los epicúreos, la siguiente sentencia: “Nadie se ha puesto nunca triste por estar muerto“. Creo que resumía a la perfección cualquier teoría sobre el luto; ante todo, contenía de forma implícita esa idea que dice sin duda, un lugar común que quien sufre realmente por la partida definitiva de alguien es el que aún sobrevive. Y una de las razones, entre otras, por las cuales se siente tanto dolor es que la muerte hace más palpable y visible las cualidades del que se lleva. Mucho más si el que se muere es un ser muy querido. Esto es lo que hace que, indiscutiblemente, nadie se lamente por sus defectos. Por el contrario, los invisibiliza. Y es, tal vez, por esto mismo que con la muerte de alguien valioso por lo que pensaba y decía no es difícil la invención de historias o expresiones exageradas. Porque la muerte, en este caso, mitifica o falsea las cualidades del que se va para siempre.

En este corto homenaje a Óscar Collazos, no hablaré de sus cualidades, sino del verdadero valor que él representaba. Un hombre inteligente, con carácter, que miraba con circunspección todo tipo de fenómenos o sucesos, desde el más cotidiano, pasando por el estético y, desde luego, todo lo que tenía que ver con temas sociales y políticos. Un intelectual de tiempo completo, no de cátedra; amante del debate, de la polémica con criterio. Un intelectual que discutía, refutaba y replicaba con argumentos, no con reacciones apasionadas y resentidas. Un intelectual que dialogaba con franqueza, con una admirable amplitud de miras y una gran voluntad de estilo. Esto demostraba también que   Óscar   era   un hombre Valiente, pues tenía mucho valor: decía lo que pensaba y pensaba (con inteligencia y, repito, con gran estilo) lo que decía y escribía.

En últimas, un hombre auténticamente democrático.

Este era su gran valor.

Un Quijote que encontró su lugar en las Indias

Recuerdo que hasta 1990, conocía de Óscar Collazos un magnífico relato que había sido incluido en una antología de cuento colombiano. Su título: Son de máquina. Pero el libro que más circulaba y gozaba de gran popularidad a comienzos de los 80, al menos en la Universidad Nacional, era Revolución en la literatura y literatura en la revolución. Un libro hecho en colaboración con Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar.

Luego   tuve   la oportunidad de conocerlo –eso fue en 1997– cuando me contactó, por medio de María Angélica Pumarejo, para que habláramos en su programa de literatura del canal 11 sobre algunos escritores brasileros. Después de la entrevista me invitó a almorzar en uno de esos restaurantes que recién inauguraban en La Macarena. Allí tuve más conciencia o mejor perspectiva, quizá, del timbre de su voz y la solemnidad en el tono, muy coherente con la leve inclinación de su cabeza, que interpreté en ese momento como la actitud de alguien con una inteligencia muy despierta.

Si bien hablamos de nuestros escritores favoritos en ese momento, del español Eduardo Mendoza y su ya clásica novela La Ciudad de los prodigios; de Vila-Matas y su Asesina Ilustrada, que, junto con Suicidios ejemplares, nos parecía lo más lúcido e inquietante que había escrito hasta ese momento; de Cristina Fernández Cubas y sus Altillos de Brumal; de Quim Monzó y sus cuentos desconcertantes…, lo que resultó muy curioso fue el hecho de que me enterara, por su propia voz, que su esposa hasta hacía poco había sido la escritora que en ese momento yo leía con avidez y de quien no solamente me habían gustado sus libros, sino la foto que la mostraba como una gitana de ojos verdes, en las contraportadas de las ediciones de Anaya & Mario Muchnick. Se trataba de Nuria Amat.

Desde entonces nos seguimos reuniendo en su apartamento de las Torres del Parque, con un invitado más: R. H. Moreno Durán. Tres lectores, antes que escritores, excitados y aguijoneados por la pasión que generan los libros, especialmente literarios. (Cada reunión era siempre una fiesta, donde había más de un invitado, pues hablar de literatura es tener siempre a más de un invitado).

Después de esos tres o cuatro encuentros, fue que comprendí que el lector, o por lo menos cuando ejercemos el rol de lectores, somos más tranquilos, menos angustiados, más generosos y, por supuesto, menos egoístas, que cuando nos creemos escritores, porque, en general, además de la pasión por la lectura, todo lector apasionado habla siempre del libro de los Otros. (Debo decir aquí que Óscar era un gran lector, sin especialidad, desbordado, al fin y al cabo pertenecía a esa raza de escritores que leían demasiado y sin medida. Sí, era un lector desmedido. De esos que ya casi no se dan).  Digo que fueron dos o tres encuentros, porque Collazos ya había tomado la decisión de dejar Bogotá para instalarse en Cartagena. Recuerdo también, cuando nos contó la noticia, que le hice un comentario a manera de broma:

–Espero que no le vaya a pasar lo del ingenioso cuento de Pedro Gómez Valderrama, En un lugar de las Indias.

No me dijo nada, solamente esbozó una sonrisa contenida.

(Ahora puedo decir, después de su muerte, que no fue así: no le ocurrió lo del Quijote que aparece en Un lugar de las Indias, pues en Cartagena, Óscar escribió y leyó más, me imagino que amó y lo amaron más, es decir, encontró su lugar, a diferencia de la ficción de Pedro Gómez, donde el Quijote tuvo un destino más que desastroso).

 Sus cartas democráticas

Más adelante tuve la oportunidad de escribir el prólogo a uno de sus libros, se trataba de sus Epístolas, al estilo de Voltaire, unas cartas sobre arte, educación y democracia. Un prólogo en el que ya decía muchas de las cosas que ahora estoy diciendo, lo que significa que las dije cuando él aún vivía.

Allí decía –con el fin de rescatar el valor de estas magníficas epístolas– que con el tiempo y con sus columnas de El Tiempo, confirmaba que una de las facetas más interesantes de Óscar Collazos, indudablemente, era la que tenía que ver con su forma de pensar: sus opiniones, sus reflexiones, sus matices, el tener una clara conciencia de para qué sirve la información, el dato y, ante todo, tener la claridad y la valentía que exige la responsabilidad de un intelectual (un tema sobre el cual a él mismo le gustaba reflexionar).

Pero, sobre todo, que no era el típico escritor actual, autista, sin discurso, que desprecia el intelecto, los conceptos o lo teórico, como él lo demuestra en la discusión que tuvo con Alejandro Gaviria –actual ministro de salud– sobre Las Dos Culturas de C.P. Snow. En cualquier caso, un escritor con ideas y que, por eso mismo, pocas veces decepcionaba en una  conferencia, en una intervención en los medios de comunicación o en una simple y espontánea conversación. Un escritor con opinión y que, si bien tenía una postura crítica y siempre circunspecta con respecto a ciertas circunstancias específicas, no era dogmático ni fundamentalista. Óscar Collazos poseía y ejercía lo que se denomina opinión calificada, tan necesaria en la actualidad.

Es lo que podemos ver en estas Epístolas, que si bien están escritas en clave dieciochesca, con el tono de otra época –y eso es lo que me gusta de ellas–, no obstante, sus temas son muy actuales. Pero ante todo era el tono de Óscar Collazos, siempre personal, reflexivo, agudo, polémico… un tono, insisto, auténticamente democrático.

En la primera epístola, por ejemplo, no se andaba con nostalgias patéticas o decadentes; reconoce la situación de las diferentes formas en la era de la comunicación de masas y también de la era pos-mediática. Sobre todo, la forma como las diferentes artes circulan libremente, quiéranlo o no los tecnofóbicos. Pero no se queda en esa simple descripción. Pues es la segunda, La Enseñanza del arte en la Sociedad de Masas, donde nos dice que lo fundamental es entender las diferencias que hay entre lo grande y lo mediocre, y en cuanto al arte será importante aspirar a que exista cada vez más gente capaz de entenderlo y disfrutarlo. Allí daba una gran importancia al hecho de que educar para entender el arte es educar para elegir. Ese es realmente el aspecto más democratizador de la relación de las artes con las nuevas formas de divulgación.

En esta segunda epístola, Óscar Collazos termina diciendo que sólo un proyecto educativo es capaz de llevarnos a este acto democratizador. Pues este tipo de avances, se refería a las tecnologías, contiene los ingredientes de Dios y del Demonio. Me recuerda a Heidegger cuando en La Serenidad, a propósito de la técnica, decía que sería miope querer ordenar el mundo técnico como obra solamente del demonio.

En la tercera epístola, Sobre la democracia o la enseñanza de las artes, nos decía que en la enseñanza del disfrute y comprensión de las artes anidan otros valores, en especial la democracia. Y para esto, señala, hay que enseñar a quienes enseñan, y a éstos, educarlos para que enseñen algo distinto, pues en el acto de enseñar anida también la intolerancia. Pero creo que lo más importante que se encuentra en esta epístola es la manera indirecta como Collazos critica con inteligencia el concepto siempre problemático del Aura, de Walter Benjamín, cuando nos aclaraba que “no es por lo comercial que una obra de arte pierde su vigencia o calidad –(Aura, diría Benjamín)–, la pierden porque no eran grandes obras, o porque la sensibilidad de una época las ignora”. Y “más allá de ser poseída o enajenada, la obra de arte verdadera será siempre devuelta al mundo donde nació”.

En últimas, insiste en el convencimiento de que sólo educando a seres capaces de discernir y elegir, se habrá cumplido en buena medida un proyecto democrático.

Lo inaceptable

Decía Voltaire, a quien Collazos tanto quería y admiraba, que Uno se muere una vez y para siempre. Cómo refutarle al pensador francés esta sentencia más que lapidaria, pero sobre todo: cómo discutirle a la muerte esta decisión más que inapelable. Quizá, a pesar de Voltaire, lo que no muere para siempre, lo que no deberíamos aceptar aún, sea la muerte de las ideas o formas de pensar, la estela simbólica y afectiva esparcida en el registro oral o en la palabra escrita. Ojalá alguien rescate sus escritos democráticos, sus artículos, sus conferencias… Así como en vida habíamos rescatado sus Epístolas.

Finalmente, debo decir, sin ningún tipo de ampulosidad, que a Collazos sí lo vamos a echar de menos, porque siempre estaba presente con su mirada circunspecta, con el gesto que ya esbozaba o prefiguraba la polémica, con su amena conversación, con sus columnas tan bien escritas y en muchos casos tan aforísticas… con su gran generosidad… Ojalá nadie olvide sus ideas democráticas que son para la actualidad tan valiosas como necesarias.