Poema oración

Oración inspirada en Daniel 3, 34-43.
Por / Sacerdote Alberto Franco, CSsR, JyP.
Dios Padre-Madre, fuente de Vida,
me aterra la velocidad de la propagación del “coronavirus”,
me angustia ver al personal de salud desbordado por el número de pacientes,
me asusta ver morir personas sin poder atenderlas,
me indignan las decisiones del poder pensando más en el dinero que en la vida,
me da rabia la insensibilidad de quienes piensan que son “inmunes” al contagio,
me aterra el hambre que viene para los pobres y marginados,
me desconciertan quienes creen que la fe en ti los salvará, sin hacer lo que les toca
(cuidarse y cuidar),
me desesperan quienes dicen que, como Tú eres “su médico”, no les pasará nada, y
actúan irresponsablemente.
Dios de la vida, en medio de esta crisis, es difícil creer y asumir:
que eres Amor,
que estás presente, silencioso y constante a nuestro lado, en el dolor y en el sufrimiento,
que eres misericordioso y fiel al compromiso con el mundo y la humanidad, obra de tus
manos,
que estás actuando en quienes se juegan la vida por salvar a otros, sin medir su riesgo
personal (aunque no te conozcan o no crean en ti),
que estás enfermo o moribundo en los hospitales,
que estás muriendo en las calles,
que estás solo y encerrado,
que estás en todas las personas infectadas,
que estás protegiendo la humanidad, por medio de las personas que, responsablemente,
se cuidan y cuidan a los demás.
Reconozco, con mente y corazón sinceros:
que los seres humanos hemos sido prepotentes e irresponsables,
que nos creíamos poderosos por las armas, la tecnología, el dinero acumulado, el
conocimiento científico, la capacidad de producir y consumir sin límites;
que nos sentíamos inmunes al dolor, a la fragilidad, al sufrimiento y hasta la muerte;
que estábamos entretenidos e ilusionados, como hipnotizados, con cosas superficiales;
que nos creímos superiores a los otros seres humanos, a los otros pueblos, a la tierra, al
aire, al agua, a los animales, a los minerales, a los bosques, a los microorganismos;
que los irrespetamos, los envenenamos, los destruimos, los modificamos, los
manipulamos;
que los convertimos en mercancías, en dinero, en ganancia, en capital;
que desconocimos que éramos interdependientes, unas especies de otras, unos seres de
otros;
que olvidamos que estábamos interrelacionados con toda la creación.
Y ahora estamos sufriendo las consecuencias.
Ahora, sentimos pánico, impotencia, rabia e “incredulidad” por el ritmo de la
contaminación;
ahora, el miedo a la muerte nos hace perder el control, la tranquilidad, incluso la fe;
ahora, reconocemos que lo considerado importante en la vida –el poder, el dinero, el
reconocimiento social, ser los primeros en todo, estar a última moda en todo, la
tecnología e incluso nuestra manera de creer y relacionarnos Contigo–, es relativo y
secundario;
ahora, este virus nos obliga a reconocer la fragilidad humana, la dependencia de los otros,
de la naturaleza y de la solidaridad;
ahora, sabemos que una sola persona contaminada en cualquier parte del mundo importa
a toda la humanidad;
ahora, comprendemos que dependemos los unos de los otros, de toda personas.
Ahora estamos desconcertados, encerrados y sin saber lo que va a pasar.
No podemos ir a los centros comerciales, ni al bar, ni al estadio, ni al parque, ni al cine, ni
al centro recreacional, ni a la calle…
no sabemos cómo pasar el tiempo,
no sabemos estar solos,
no sabemos cómo vivir de nuevo, todo el tiempo, con toda la familia.
Los templos están cerrados y no podemos ir a alabarte, a celebrarte, a orar con calma, a
pedirte por la salvación del mundo, a despedir dignamente a nuestros difuntos.
No tenemos un lugar para darte un culto adecuado.
Dios de la Vida,
solo puedo ofrecerte un corazón dolorido, angustiado, desconcertado; un espíritu humilde
y una mente abierta.
La única celebración, desde este encierro físico, humano y existencial es poner en tus
manos mi ser y actuar; pero “es en espíritu y en verdad”.
La oración que sale del alma, es expresarte los sentimientos desgarrados, asustados e
incoherentes; confío que la escucharás, como una madre o una amiga escucha atenta las
historias que ya conoce, porque sabe que nos hace bien repetirlas.
Quiero seguirte de todo corazón, buscar tu rostro, respetarte en los seres humanos y en
toda la naturaleza.
Creo que estás presente en este momento de la historia, aunque no sepa cómo.
Creo que nos amas porque soy obra tuya, el fruto de un largo y bello proceso evolutivo,
porque dijiste que “aunque una madre se olvide del hijo de sus entrañas yo no te
olvidaré”.