Este autor venezolano es profesor en la Universidad de Zulia. Ha publicado varios libros, entre ellos Adiós y despedida y América, un canto a la libertad. Sus diversos libros se pueden adquirir a través de Amazon.

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Por / Edinson Castro Pedrozo

A la luna de Valparaíso

La luna abrió un boquete en la ventana

para entrar sigilosa haciendo su juego de sombras

sobre el mismo lado de la costa que nos miraba a la bahía.

No quiso compartir la cama, sólo quería compañía

pensaba que dos no necesitan más que luz, por eso se quedó

a ver con sus ojos transparentes el nacimiento del sol.

Estuvo atenta al calor de los cuerpos bebidos de ella

cuando recién comenzaba la noche con ritmo de puerto

entre dedos que se rozaban buscando el calor de dos.

Sólo el crujir de la madera, quizás centenaria,

le hacía volver su mirada hacia los espacios

donde los amantes se miraban entre sábanas pesadas.

Me di cuenta que dormía sin hacer figura alguna

como si su sombra fuese el nombre de quien se ama

cuando se le acompaña a placer sin pedir compañía.

La luna no pudo más,

se sentó sin cerrar su luz para que no extrañaran su ausencia

y la desperté al despuntar para que no la castigara el día.

El boquete quedó abierto esperando el regreso de la luna,

esperando los cantos de la bahía que empujan al puerto,

esperando que vuelvas cuando el frío se vaya con el mar.

 

El encuentro

Esta vez no fue el tiempo,

fuimos nosotros llenos de nosotros mismos

que nos atrevimos a todo sin pensar en nada.

Aunque fue de cuerpo el encuentro

se rodeó del ser invisible que nos habita

y que no creemos dejar que se asome a cada uno.

Allí estábamos tirados al borde del adelante

buscando el juego que te lanza a ningún lado,

pero que buscas lo que no sabías encontrado.

Quizás casual, quizás planeado, seguro deseado

así se cruzó el encuentro que nos hizo libres

para sujetarnos a los días de la lejanía.

 

Amantes de sueños compartidos

Ella supo que lo amaba, lo aceptó.

Ella entendió que lo deseaba, lo promovió

Ella me llevó a los tres lugares

donde anidó sus grandes amores con sabor marino

allí me rodeó con la esperanza de abrazarme por siempre,

allí me empujó a vivir el romance que el tiempo me negó.

Ella se quitó sus capas y sazonó mis días

en el mismo lugar donde cantó sus cantos

quien me embebió en mi tiempo y mis deseos

quien me hizo su amante en mis “sueños infalibles”.

Ella me hizo vivir lo que la vida me anunció.

Ella abrió sus brazos para que pasara el sol.

Ella me llevó a las tres casas del amor

donde Pablo me esperaba para hablarme de mi

allí le observé en silencio como observa el amante

allí le alcancé sus brazos abiertos al mundo, el mundo.

Ella vivirá, como él vive con el sonido del mar que le llama.

Ella estará donde viven quienes aman el tiempo de los días.

 

Desde el once cuarenta

Todo te reclama, yo te reclamo

el espacio está vacío sin tu silencio.

No encuentro más que dibujos de tu sonrisa,

de tu mirada buscando profundidad en mis ojos.

La ventana pide que un poco de café

se asome cuando cae la tarde con ojos distantes.

Nadie acompaña al horizonte que te busca

en los brazos rodeando tu cuerpo reclinado en el mío.

Yo te reclamo, todo te reclama

y tu miras desde lejos con ojos recién bañados.

Tus horas ya no serán las mías,

pero mis días serán parte de tus horas que no cesan.

Aquí te busco en cada picardía

en cada frase que no encuentra sentido fuera de ti.

El tiempo se hace lento en tu encuentro

y acelera el recuerdo de tus días, de tu alegre despertar.

Todo te reclama, yo te reclamo

la presencia, porque sin ella pierde sentido el tiempo.

Yo te reclamo, todo te reclama

la despedida que no conoce el adiós que nos junta.